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¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School

 

 

 

Tú eliges Jaime Bacás

Tú eliges

Eres libre. Puedes elegir lo que quieras en todo momento.

Las elecciones que realizas siempre conllevan consecuencias.

A veces las consecuencias esperadas condicionan tu elección, en el sentido de confirmarla o rechazarla.

Pero no lo olvides, también eres libre para aceptar o rechazar esas consecuencias.

Si estás de acuerdo con los párrafos anteriores, aceptarás que eres el único responsable de la vida que estás viviendo. ¿Sí?

Si tu respuesta ha sido negativa, puede que te interese seguir leyendo. Si por el contrario ha sido afirmativa, mejor abandona esta lectura y busca otra más interesante.

Todo lo que sucede en el mundo es neutro

Sí, no es ni bueno ni malo. Todo lo que sucede carece de significado.

El significado se lo das tú.

El significado -la valoración que haces de lo que sucede- depende de lo que has elegido creer, lo que has elegido valorar, lo que has elegido que te interesa, el significado que has elegido de las experiencias vividas…

Las personas que han elegido otras diferentes asignan, por tanto, un significado distinto al mismo evento.

Por esa razón lo que acontece no es bueno o malo. Es bueno o malo para ti y para las personas parecidas a ti, digamos para tu tribu o grupo sociológico.

Entender, comprender y aceptar los párrafos anteriores es clave para ejercer conscientemente tu libertad y para hacerte responsable de ella.

Que muchas personas crean lo mismo no lo hace verdadero

En efecto, porque no lo es para muchas otras. Y no lo es porque las creencias, intereses, etc. de esas otras tribus son diferentes.

Escojo un ejemplo extremo, la pandemia actual por coronavirus.

Un pequeño porcentaje de la población está siendo afectada directamente por esta nueva enfermedad, y otro aún menor por la muerte. Otro, más grande, se está viendo afectado indirectamente en su movilidad y en su economía.

En ambos casos está generando situaciones que algunas personas consideran desastrosas, como miedo, dolores, enfermedad y muerte.

Pero también hay un gran porcentaje de personas que no experimentan lo anterior. Incluso les está beneficiando. Por ejemplo, las personas y empresas de los sectores farmacéutico, logístico, entretenimiento y comunicación online. Por no mencionar los individuos y organizaciones cuya profesión es invertir en la compra de empresas que están perdiendo gran parte de su valor en bolsa.

“Esta pandemia que tantos interpretan como desastrosa es beneficiosa para muchos otros”

Sí. Todo lo que sucede en el mundo es neutro, no tiene ningún significado, no es bueno ni malo.

Eres tú el que le das un significado. Decimos que es un desastre cuando las consecuencias nos perjudican, o nos alegramos cuando nos benefician.

Es el significado que asignamos al mismo evento el que genera sufrimiento en unos y felicidad en otros.

Cada uno de nosotros somos responsables de los sentimientos que generamos. Eres el dueño de tus sentimientos. El bichito no es el responsable.

La pandemia es un evento neutro, que unos viven con miedo y dolor, y otros con felicidad.

El mundo no es el barrio donde vives

El ser humano es tribal. Nos gusta vivir rodeados de personas con gustos, mentalidad y apariencia parecidas a la nuestra. Cada uno de nosotros tenemos nuestra tribu. Nos resulta cómodo.

Tenemos noticia de que hay otras tribus, raras ellas. No solemos interactuar con personas del barrio de al lado, de la otra tribu.

El mundo es un lugar en el que habitan personas que viven en otros países y continentes, y en la mayoría de ellos tienen mucho menos que las tribus más desfavorecidas del nuestro. Algunas incluso nada.

“Tu sufrimiento viene determinado por las creencias, valores, intereses que has elegido tener y sostener”

Sí, hay personas que no tienen nada. Personas que no tienen acceso a nada, ni siquiera la posibilidad de robar algo para subsistir.

Me refiero a los seres humanos que tú y yo no queremos ver ni saber nada de ellos. Personas que si pudieran se cambiarían por el más desfavorecido de nuestro país, ahora mismo. Estarían encantadas de tener la oportunidad de arriesgarse a esta pandemia, en cualquiera de nuestros barrios.

Apego y desapego

Algunas enfermedades generan dolores físicos en el paciente, que pueden aliviarse en países como el nuestro.

Sin embargo, es mayor, y afecta a muchísimas más personas, el sufrimiento por el amigo o familiar que está enfermo o ha fallecido.

El sufrimiento es un sentimiento inútil. No genera ningún resultado positivo y sí negativos, como el victimismo.

El sufrimiento es un juicio que generas acerca de lo que está pasando.

Muchas personas suelen sufrir cuando tienen miedo, por ejemplo, a perder salud, nivel de vida, trabajo, propiedades.

El significado que le das a la pérdida –y a la ganancia- viene determinado por las creencias, valores, intereses, que has ido coleccionando y elegido mantener.

Observa cómo, si los cambiases por otros que no primen el apego de esos elementos, dejarías de sufrir.

Cualquier cosa que quieras conservar puede generarte el miedo a perderla, y el sufrimiento si ello sucede.

“Eres el responsable de tu sentimiento de sufrimiento o felicidad”

Sólo sufren los que tienen. Los que no tienen nada que perder no sufren.

Y tampoco sufren algunos de los que tienen algo y saben que están de paso. Que lo que consiguen en su vida es un préstamo. Saben que cuando termine su viaje se irán, como todos, con las manos vacías.

Apego y desapego por las cosas es una elección, determinada por tus creencias, valores, intereses…

Conclusión

Eres libre para elegir las creencias, valores e intereses que prefieras y, por consiguiente, eres responsable de las consecuencias de tu elección.

Si en algún momento las consecuencias no te satisfacen, sólo tienes que hacer uso de tu libertad y elegir otras que generen las consecuencias que prefieras.

Eres el único responsable de la vida que estás viviendo… y recuerda, sólo tienes ésta.

Eres libre.

Tú eliges.

“Culpar a otro de algo es desempoderante. Cuando buscas razones externas para explicarte tu disgusto o frustración colocas el foco fuera de ti. Puede que te sientas victorioso si consigues que el otro se sienta culpable. Sin embargo habrás fracasado en cambiar lo que hace que te sientas disgustado.” – Brigida Coolidge

Jaime Bacás, socio de Atesora Group

 

 

Andragogía: Cosecha COVID-19. La pandemia que dejó malherida la pedagogía

Andragogía: Cosecha COVID-19. La pandemia que dejó malherida la pedagogía

La dura pandemia del COVID-19 se ha cebado con la humanidad y dejará atrás dramas familiares, destrucción de empleo y la economía mundial más frágil que recuerdan nuestros abuelos. Sin embargo, en mi incansable búsqueda de aprendizaje con todo lo que ocurre, he podido encontrar un buen número de beneficios colaterales que despiertan mi ilusión para el día después de esta crisis humanitaria.

Muchas familias se han reencontrado y se ven más que antes, eso sí, virtualmente. Quizá los niños han practicado menos raíces cuadradas y han conjugado menos verbos irregulares, pero también han disfrutado de más conversaciones y de buenas prácticas de convivencia. Se han rescatado juegos olvidados y algunos hijos emancipados regresaron al calor del hogar familiar.

En el mundo de la empresa, más allá de la deteriorada situación que esta crisis va a dejar en muchos sectores, también están pasando cosas buenas; algunas se están reinventando a marchas forzadas para salir más reforzadas de esta situación, y la actitud apática de algunos trabajadores ha mutado en compromiso para mantener a flote los proyectos, sin olvidar la bienvenida toma de consciencia de lo que de verdad importa en nuestras vidas.

Pero hay más. Pensando en la formación continua de los profesionales, el virus ha dejado malherida a la pedagogía, ese enfoque de formación tradicional en la que todavía hoy se pretende que los adultos aprendan “de fuera hacia dentro”, es decir, diciéndoles lo que tiene que hacer y la manera correcta de hacer las cosas, cuando en origen es una ciencia creada para educar y enseñar a los niños. Como consecuencia del obligado confinamiento, muchos trabajadores con posibilidad de seguir desempeñando sus tareas desde casa se han visto en la necesidad de reorganizar sus vidas tomando decisiones propias, sin nadie alrededor a quién rendir cuentas durante su jornada laboral y sin necesidad de demostrar que siguen sentados en su sitio. Han dejado de ser autómatas que obedecen a rutinas impuestas desde fuera para empezar a tomar sus propias decisiones. Esta actitud es la base de la andragogía, desde la que se aprende “de dentro hacia afuera”. Las personas usan sus conocimientos y gestionan sus condicionantes para tomar las decisiones que les permitan ser efectivas con las tareas que tienen asignadas.

Los enfoques andragógicos en la formación de habilidades garantizan el compromiso de los profesionales con la puesta en práctica de los conocimientos adquiridos. Nadie les dice lo que tienen que hacer, sino que, fruto de las reflexiones compartidas y de los modelos aprendidos, cada uno de ellos aplica lo que cree conveniente en su contexto particular.

Este es el enfoque que el Grupo Atesora utiliza en todos los procesos de acompañamiento que facilita para sus clientes.

Bienvenidos al nuevo mundo del aprendizaje

Y tú, ¿quieres desarrollar enfoques andragógicos?

Si quieres descubrir cómo hacerlo es momento de que conversemos. ¿Hablamos?

Jorge SalinasPresidente de Atesora Group

Presentismo tradicional y ahora también... virtual

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

La irrupción del coronavirus ha obligado a empresas y  trabajadores a implantar el teletrabajo en muchos casos a marchas forzadas. En España, la incidencia del trabajo en remoto ha pasado de un pobre 5% al 34% durante esta pandemia. Aunque en algunas organizaciones era una práctica bastante habitual, otras se han visto obligadas a implantar una cultura virtual en tiempo récord y, en muchos casos, sin tener siquiera los recursos adecuados.

Detrás del mensaje optimista de que el trabajo virtual está funcionando –según un reciente estudio el 68% de los encuestados dicen ser más productivos– se esconde otras realidades, como son, por un lado, problemas de gestión u horas extra no remuneradas y por otro, un viejo conocido para managers: el presentismo, un problema que también se da en los tiempos del trabajo virtual, una modalidad que, según los expertos, parece claro que ha llegado para quedarse.

Pero para analizar esta no tan nueva casuística que afecta al capital humano de las organizaciones, hay que empezar por el principio, por eso hemos querido recuperar el artículo ‘Presentismo tradicional y ahora también… virtual’, de Jaime Bacás, socio de Atesora Group. Porque aunque hayas escuchado hablar hasta la saciedad del presentismo, ¿sabías que también se puede aplicar en un momento de teletrabajo en auge como el actual?

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

Originalmente el término presentismo (presenteeism) – acuñado a mitad de años 90 por Cary Cooper, psicólogo especializado en Gestión Organizacional en la Universidad de Manchester, U.K. – se relaciona con aquellos trabajadores que acuden a su trabajo a pesar de encontrarse enfermos y a las consecuencias que ello origina en su (inferior) desempeño y en su salud (mayor deterioro).

De alguna forma parece el término contrario a absentismo – no ir a trabajar por razones de enfermedad.

Durante estos últimos años otros muchos autores han ampliado la definición de presentismo incluyendo  aquellas situaciones en las que el trabajador – voluntaria o involuntariamente – permanece en su puesto de trabajo más tiempo que el correspondiente a su jornada laboral. En este sentido otros autores utilizan el término “over-time” o alargamiento continuado de la jornada laboral de forma no remunerada.

Así que elijo definir presentismo como “trabajar cuando estás sano pero empleando tu atención y energía en la realización de tareas que no conducen a la consecución de los objetivos de la empresa”. O de una forma más coloquial: “estar presente físicamente, pero perdiendo el tiempo”.

El enfoque de este artículo parte de esta última definición y se ciñe, principalmente, a los efectos negativos de este elemento en la productividad del individuo, su equipo y empresa.

Antes que nada conviene resaltar que las empresas llevan años esforzándose en reducir el absentismo por el elevado coste que representa, sin embargo parecen desconocer que los costes asociados al presentismo son entre tres y ocho veces superiores al absentismo, según las investigaciones realizadas en los pocos países que han investigado este fenómeno (EEUU, Canadá y Australia).

Por ello durante los próximos años asistiremos a un desplazamiento del foco de atención de las empresas hacia la comprensión y reducción de este fenómeno que impacta tan notablemente en su productividad, es decir, en sus resultados.

Presentismo y productividad

Todavía hoy existe un gran número de jefes y directivos que asocian productividad con el número de horas trabajadas y (además) de forma presencial. Creen que el principal indicador para medir la productividad es el tiempo dedicado (que es un input) y, también, que es preciso “ver físicamente” (vigilar) al empleado. De ahí la cultura prevalente, aunque ineficaz, de Gestión del Tiempo.

La productividad, sin embargo, es el resultado (output) de las acciones o tareas realizadas.

En cualquier empresa, medianamente organizada, se asume que la carga laboral por empleado sea mucho mayor de la que puede soportar. Productividad no se refiere a trabajar mucho, ni siquiera a hacer muchas cosas, sino a “completar las acciones que conforman tus objetivos, mientras obtienes satisfacción con ellas y mantienes un equilibrio aceptable entre tu vida laboral y personal”.

El reto, hoy día, no es realizar todo lo que tienes o debes hacer. El reto es discriminar, entre todas las tareas pendientes, las que aportan más valor y ejecutarlas (priorización). Aceptar que “no puedes hacerlo todo” es, precisamente, un cambio de creencia fundamental para liberarte de la sensación de agobio, desbordamiento y estrés, para incrementar notablemente la productividad y la sensación de control sosegado.

Esos jefes, además, no saben cómo gestionar a sus empleados si no pueden “verlos”.

Los jefes y empresas presentistas parecen ignorar que los avances tecnológicos y de organización del trabajo permiten a los empleados trabajar en diferentes lugares y momentos, conservando elevados rendimientos y satisfaciendo, simultáneamente, las necesidades de sus clientes y las suyas propias.

Conseguir tus objetivos (outputs) debería ser lo que importa para asegurar tu éxito personal y empresarial y no las horas empleadas o que tu jefe te vea sentado frente a tu ordenador (inputs).

Algo en apariencia tan simple como establecer objetivos es infrecuente en muchas empresas y, desde luego, en determinadas áreas funcionales y categorías profesionales. Mientras es frecuente que los comerciales dispongan de objetivos, no lo es que un administrativo, por ejemplo, disfrute  de ellos y no se me ocurre ninguna razón para privarle de este derecho.

¿Causas de presentismo?

La lista de razones es muy larga, así que me enfocaré sólo en dos:

  1. Abusiva Demanda de tu Atención (D.A. creciente)
  2. Miedo a perder el puesto de trabajo

1) A.D.A. creciente

Cuando observas tus hábitos laborales y los comparas con los de hace tan sólo diez o veinte años te das cuenta que has incrementado notablemente tu conexión social a través de medios tecnológicos. Y si observas a tus hijos te darás cuenta que el incremento de esa conexión continúa aumentando (¿se les habrá quedado pegada el teléfono en los dedos? ¿realmente se puede estudiar con la radio, el televisor, el ordenador y el móvil enchufados simultáneamente?)

Observa que cuando manejas tu ordenador mantienes abiertas varias ventanas para diferentes asuntos y que saltas continuamente de unas a otras, mientras toleras, aceptas y respondes llamadas al móvil, whatsapps, tweets, interrupciones de tus jefes y compañeros (¿tienes un minuto?) y un largo etc.

Los hábitos que creas por razón de esa conexión social instantánea y constante fagocitan tu atención y energía (que otros llaman tiempo) a tu trabajo, lo que disminuye tu productividad.

Como, en alguna medida, eres consciente de lo anterior decides dedicar más horas (tiempo), para completar algunas de esas tareas, sabiendo además que ese alargamiento de jornada satisfará a tu jefe.

El cuadro, por tanto, es el siguiente: personas saludables desperdiciando enormes cantidades de atención y energía (otros lo llaman tiempo) en el trabajo, como si se tratara de personas enfermas (según la definición del Dr. Cooper).

2) Miedo a perder el puesto de trabajo

La investigación prueba que en momentos, como el presente, de recesión económica y reducción de plantillas en muchas empresas, disminuye el absentismo y aumenta el presentismo. Aumenta la carga de trabajo por empleado y la sensación de estrés.

Los individuos que han mantenido su puesto de trabajo sienten mayor presión por el miedo a perderlo (inseguridad) y una forma de respuesta es “mostrar su involucración” (sincera o fingida) ampliando su disponibilidad y aumentando su jornada laboral.

En ocasiones esa respuesta es voluntaria y en otras forzada, explícita o implícitamente, por sus jefes que trasladan hacia ellos la presión proveniente del equipo directivo.

Sucede que incluso aunque el empleado pueda no sentirse satisfecho con su trabajo o empresa y su involucración sea baja, se esforzará por “estar de cuerpo presente” por miedo a perder su puesto de trabajo. Sin duda, esa presencia física no significa que esté trabajando y, mucho menos, que sea productivo.

La misma presión se puede observar en los trabajadores autónomos entre los que el nivel de presentismo es incluso mayor, al tener que desarrollar diferentes funciones y disponer de menores recursos.

Otra forma de “preservar” el puesto de trabajo es desarrollar una imagen de “imprescindibilidad”, mediante el acopio de responsabilidades, la relación poco colaborativa con los compañeros o la evitación del desarrollo de colaboradores por parte de sus jefes, es decir, actitudes de no jugar en equipo y el despliegue de competitividad interna negativa.

El presentismo genera, automáticamente, un desequilibrio en el resto de los ámbitos personales del trabajador: familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc. El encogimiento de este ámbito personal provoca que la autoestima se nutra, principalmente, del ámbito laboral en el que el individuo “vive” casi exclusivamente. Así es frecuente que, incluso en sus (escasas) relaciones con familiares y amistades, los temas de conversación giren alrededor de asuntos laborales.

Si los resultados que alcanza no son los esperados su autoestima, que es fuertemente dependiente de su ámbito laboral, caerá notablemente, pudiendo entrar en un bucle pernicioso: autoestima baja – desempeño inferior – peores resultados – autoestima más baja…

Este desplazamiento monotemático, además, reduce las capacidades creativas e imaginativas, lo que impacta negativamente en la productividad del individuo.

A veces se desarrolla el workaholismo, que es una forma extrema y compulsiva de presentismo voluntario. Curiosamente a lo que algunos creen, el workahólico es un individuo poco productivo.

 ¿Cómo reducir el presentismo?

 Como ya te imaginas no existen recetas universales. Las soluciones se diseñarán en función del tipo de presentismo y de la cultura de cada empresa.

No obstante podemos formular un par de reflexiones:

  1. ¿Existe relación entre involucración y productividad?
  2. ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

1) ¿Existe relación entre involucración y productividad?

Si definimos involucración como “la conexión emocional íntima que un empleado siente por la empresa en la que trabaja y que le impulsa a ejercer un esfuerzo mayor en su trabajo”, podemos intuir con poco riesgo de equivocación que cuando ésta aumenta la productividad se incrementará de forma proporcional.

Existen cada vez más estudios que muestran consistentemente esa relación directa.

2) ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

Todos los que forman la empresa: empleados, jefes y directivos.

Sin embargo, considerando que los últimos poseen un poder mayor, su responsabilidad será también más grande.

El impacto de los líderes es clave, porque son ellos los que establecen la pauta, crean cultura, inspiran visión y propósito y reconocen la contribución de sus empleados.

Si eres un líder puedes favorecer el incremento de la involucración de tus colaboradores si:

– Les ayudas a que conecten con el núcleo de lo que realmente les importa de su trabajo, clarificando el “para qué” hacen ese trabajo. Conectar con el propósito más genuino de su trabajo.

No es tanto el “qué”, sino el “para qué”.

– Les ayudas a que consideren su trabajo como un acto de servicio. ¿A quiénes sirven? ¿Cómo pueden mejorar su servicio a sus clientes? Porque, realmente, mi trabajo no se trata de mi, sino de ellos (mis clientes).

No es tanto el “qué”, sino el “para quién”.

– Les ayudas a que gestionen eficazmente su atención y energía, enfocándose exclusivamente en las tareas que generan más valor y aprendiendo a reponer estos dos recursos, que son limitados. Abrazar este concepto y desterrar para siempre la excusa “no tengo tiempo” les ayudará a incrementar notablemente su productividad.

No es tanto el “qué”, sino el “cómo”.

Y ahora también… presentismo electrónico

El presentismo es, por tanto, una forma inadecuada e inefectiva de gestión de personas. El modelo de trabajo presencial (en oficina) con un horario inflexible no responde a las necesidades de los clientes (globales) ni tampoco de los empleados (necesidad creciente de equilibrar su vida laboral y personal).

Los continuos avances de los medios tecnológicos hacen posible, cada día más, el trabajo colaborativo y flexible.

Sin embargo, esa potencialidad no está siendo suficientemente asimilada ni aprovechada por las empresas que mantienen la inflexibilidad de sus jornadas y lugares de trabajo, además de no proveer a sus empleados la necesaria formación en la utilización estratégica de esas herramientas.

El resultado está a la vista de todos: el incremento notable del presentismo virtual o electrónico.

Defino presentismo virtual como “estar presente virtualmente, prestando tu atención y energía a las comunicaciones electrónicas laborales cuando te encuentras en tus ámbitos personales (familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc.)”.

Crece el número de individuos afectados por este hábito y crece el uso del hábito en cada individuo. Cada vez nos parece más normal interrumpir lo que estamos haciendo (no importa el qué), por ejemplo una conversación, cena con nuestros amigos o familiares, asistencia a un espectáculo, para desplazar nuestra atención al mensaje o llamada entrante e incluso responderla. Algo que no merecería más importancia si se tratara de un hecho aislado e infrecuente, pero que repetido tan frecuentemente y en momentos tan inoportunos invita a plantearse preguntas del tipo ¿Realmente qué es lo que más me importa en esta vida?

El hábito no sólo se extiende fuera de la jornada laboral, sino que invade los fines de semana y los períodos de vacaciones.

Evitar el presentismo virtual se refiere a crear o desarrollar una sensación de autonomía respecto a cómo, dónde y cuando trabajas para completar tus tareas y conseguir tus objetivos laborales.

Procura que no te pase (involuntariamente) lo que señala el poeta Robert Frost: “Trabajando dedicadamente ocho horas al día puedes llegar a ser jefe y trabajar doce horas al día”.

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group

Artículo original publicado en 2008 en Senderos de Productividad.