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Me tengo que conectar un rato después de acostar a los niños que no me ha dado tiempo a terminar el informe, “con tantos Skype y Zoom hoy no he tenido un minuto para revisar mi correo”, “Hoy voy a comer delante del ordenador aprovechando que tengo más tiempo ya que mis hijos duermen la siesta”. Sé sincero: ¿cuántas veces has oído o has pronunciado alguna de estas frases en las últimas semanas?

Y es que, aunque son muchos los beneficios asociados al trabajo en remoto (aunque en muchos casos ha sido improvisado por las compañías, con el consiguiente perjuicio de aquellos trabajadores que lo ‘sufren’), cada vez son más los expertos que hablan de las trampas del teletrabajo.

Muchos aseguran que detrás del éxito de esta fórmula tan poco arraigada en nuestra cultura española (hasta ahora) son horas extra no remuneradas, ansiedad e incluso problemas de gestión. Resulta llamativo que pese al ahorro de tiempo en el traslado (que puede ser de más de dos horas al día en las grandes ciudades), la mayoría de los profesionales que teletrabajan a causa del COVID-  19 se lamentan también de que no pueden completar sus tareas porque no les da tiempo.

Afortunadamente hay recetas que se pueden aplicar para este tipo de productividad en remoto y que hoy queremos compartir con vosotros gracias a este oportuno y brillante artículo de Jaime Bacás, socio fundador de Atesora Group, que hoy cuenta con más vigencia que nunca. ¿Leemos juntos esta buena noticia en forma de cambio de hábitos y empezamos a dejar de ‘elegir’ quejarnos de la falta de tiempo?

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Seguro que lo has escuchado o leído en alguna ocasión. Sí, Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Thomas Edison, Nelson Mandela o la madre Teresa de Calcuta son algunos de los personajes que se citan por haber alcanzado grandes y célebres logros para señalar, inmediatamente a continuación, que todos ellos – igual que tú – disponen de un mismo recurso: 1.440 minutos cada día.

De esta forma suelen comenzar los cursos basados en la gestión eficaz del tiempo. Saber que dispones del mismo recurso que esas celebridades parece alentador y por un momento puedes sentirte capaz de alcanzar logros similares.

A tu rescate puede aparecer el descubrimiento de que tu valía no se mide por lo cerca que tus logros estén de los de ellos sino, más bien, por tu determinación para ser hoy un poco mejor que ayer. La carrera no es contra los demás (amigos, familiares o compañeros), es sólo contra ti. De esta forma puedes ganar todos los días. Y lo más importante es que sólo dependes de ti.

No te dejes engañar por el tiempo

Nuestra ancestral obsesión por el tiempo se cimenta en nuestra certeza de que nuestra vida es finita y, sobre todo, en nuestra incertidumbre de que no sabemos cuál será su duración. Por eso no es de extrañar que las personas que por alguna circunstancia ya conocen cuál será su caducidad, o las que viven alguna experiencia que les muestra con crudeza su fragilidad, invariablemente reaccionan modificando significativamente sus valores y creencias, lo que se traduce en nuevas actitudes, intereses y comportamientos.

En el ámbito laboral el recurso tiempo sirvió para crear el término productividad: número de chismes producidos por unidad de tiempo. Si la empresa A producía veinte chismes por persona y día y la B sólo diez, significaba que A era el doble de productiva que B. La referencia al tiempo y a las personas tenía sentido en aquella economía de producción industrial tan dependiente de ellos.

Tantísimos años de influencia han supuesto un enorme influjo en nuestra educación y, así, seguimos creyendo que el tiempo es la principal variable o recurso de lo que podemos llegar a conseguir. La influencia que ejerce este concepto en nuestras vidas finitas es enorme, como lo atestigua nuestro lenguaje.

El tiempo – más concretamente su falta – te sirve para justificar lo que no has logrado (“no he tenido tiempo”). También los compromisos que no te atreves a establecer (“si tuviera tiempo lo haría”), o lo que no vas a hacer (“no tendré tiempo”). Observa, además, que empleas el verbo tener, que denota posesión. Estás convencido de que, realmente, posees el tiempo y que, por tanto, puedes gestionarlo, es decir, gastarlo o aprovecharlo.

Y sin embargo no deja de ser un autoengaño, porque lo que ciertamente sucede es que el tiempo pasa invariablemente, sin que puedas hacer nada.

A veces te confunde la diferente perspectiva del tiempo objetivo (kronos) y el subjetivo (kairos), que te hace sentir que a veces avanza muy despacio y otras demasiado deprisa. Y, entonces, te sorprendes y preguntas por qué tu productividad es en ocasiones tan baja o elevada.

Si el tiempo no es el elemento referenciador principal de la productividad ¿cuál lo es entonces?

Los procesos de coaching y talleres que desarrollo no podían ser una excepción. En ellos aparecen, siempre, las explicaciones a la falta de tiempo como la causa principal de que el individuo no haya conseguido determinados logros esperados por sus jefes o por él mismo.

El individuo, invariablemente, se siente frustrado. Quiere sinceramente conseguir el logro, se ha esforzado duro… pero ha fracasado… y no ha sido por su culpa, sino porque no ha tenido tiempo. Está convencido de que podría haberlo conseguido si hubiera tenido más.

Se trata de una respuesta tranquilizadora, victimista y desempoderante: “no hay nada más que pueda hacer… está claro, no tengo tiempo suficiente”.

Todos y cada uno de los días decimos y escuchamos esta frase a todos los empleados y jefes de la empresa. Por tanto – concluimos – es verdad, porque todos no podemos estar confundidos. Si todos lo decimos es que el mundo es así. No es mi culpa.

Se trata, sin duda, de una creencia universal que sólo tiene un pequeño inconveniente: es una creencia limitante.

A diferencia de las creencias poderosas que te dan más poder, las creencias limitantes te lo quitan… limitan tus posibilidades de conseguir.

Así que lo que puedes elegir es cambiar tu creencia y, así, darte permiso para poder cambiar tus acciones y, ahora sí, poder lograr.

Descubrirás con asombro y preocupación… que no puedes gestionar el tiempo… pero que (y estas son las buenas noticias) sí puedes gestionar lo que haces… es decir, tus acciones.

Este descubrimiento, que al principio suena a juego de palabras, deviene transcendental a la hora de plantearte el cambio de creencia que, como ya sabes, es la puerta de acceso al cambio de resultados.

Cuando dejas de intentar gestionar lo que no puedes (el tiempo) porque es externo a ti, y te ocupas en gestionar lo que sí puedes – tus acciones – porque son internas y tu dispones del control total sobre ellas, entonces aparecen delante de ti, como por arte de magia, dos elementos constitutivos de las acciones en los que antes no mostraste demasiado interés: tu atención y tu energía.

De hecho aparecen algunos más, pero esos dos serán los más relevantes y efectivos. A partir de este momento se despliega delante de ti el acceso al desarrollo imparable de tu respons(h)abilidad.

Gestionar eficazmente tus acciones se refiere, pues, a gestionar tu atención – tu habilidad para seleccionar la acción más relevante (que añade valor) entre la enorme oferta que compite por ella – y tu energía – tu habilidad para mantener tu atención en la acción elegida hasta completarla. Se trata de dos recursos limitados pero que sí puedes gestionar, es decir, puedes recargarlos y dosificarlos (lo que no puedes hacer con el tiempo)

La paradoja saber – hacer

Entender lo anterior es muy simple. Hacerlo es muy difícil.

La mayoría de las personas no son conscientes de la diferencia entre saber o entender una habilidad y desempeñarla, porque desconocen cómo se forman los hábitos. Creen que el simple hecho de saber algo les permitirá hacerlo. Cuando se dan cuenta de que eso no funciona así suelen inferir que lo que han conocido o aprendido está equivocado y que lo que necesitan es aprender otra cosa… y así caen en el hábito inefectivo de la infoxicación.

Mi recomendación para ti: toma la determinación de suspender tu infoxicación durante los próximos 21 días, es decir, deja de consumir más información. En su lugar elige concentrar tu atención en cambiar alguno de tus hábitos más inefectivos, sustituyéndolos por otros más efectivos. El día 22 escribe los beneficios que has logrado… y no olvides felicitarte y celebrarlo.

“Tu actitud, no tu aptitud, determinará tu altitud.” – Zig Ziglar

Jaime Bacás, socio de Atesora Group.

Artículo escrito originalmente en 2008 para Senderos de Productividad

Presentismo tradicional y ahora también... virtual

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

La irrupción del coronavirus ha obligado a empresas y  trabajadores a implantar el teletrabajo en muchos casos a marchas forzadas. En España, la incidencia del trabajo en remoto ha pasado de un pobre 5% al 34% durante esta pandemia. Aunque en algunas organizaciones era una práctica bastante habitual, otras se han visto obligadas a implantar una cultura virtual en tiempo récord y, en muchos casos, sin tener siquiera los recursos adecuados.

Detrás del mensaje optimista de que el trabajo virtual está funcionando –según un reciente estudio el 68% de los encuestados dicen ser más productivos– se esconde otras realidades, como son, por un lado, problemas de gestión u horas extra no remuneradas y por otro, un viejo conocido para managers: el presentismo, un problema que también se da en los tiempos del trabajo virtual, una modalidad que, según los expertos, parece claro que ha llegado para quedarse.

Pero para analizar esta no tan nueva casuística que afecta al capital humano de las organizaciones, hay que empezar por el principio, por eso hemos querido recuperar el artículo ‘Presentismo tradicional y ahora también… virtual’, de Jaime Bacás, socio de Atesora Group. Porque aunque hayas escuchado hablar hasta la saciedad del presentismo, ¿sabías que también se puede aplicar en un momento de teletrabajo en auge como el actual?

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

Originalmente el término presentismo (presenteeism) – acuñado a mitad de años 90 por Cary Cooper, psicólogo especializado en Gestión Organizacional en la Universidad de Manchester, U.K. – se relaciona con aquellos trabajadores que acuden a su trabajo a pesar de encontrarse enfermos y a las consecuencias que ello origina en su (inferior) desempeño y en su salud (mayor deterioro).

De alguna forma parece el término contrario a absentismo – no ir a trabajar por razones de enfermedad.

Durante estos últimos años otros muchos autores han ampliado la definición de presentismo incluyendo  aquellas situaciones en las que el trabajador – voluntaria o involuntariamente – permanece en su puesto de trabajo más tiempo que el correspondiente a su jornada laboral. En este sentido otros autores utilizan el término “over-time” o alargamiento continuado de la jornada laboral de forma no remunerada.

Así que elijo definir presentismo como “trabajar cuando estás sano pero empleando tu atención y energía en la realización de tareas que no conducen a la consecución de los objetivos de la empresa”. O de una forma más coloquial: “estar presente físicamente, pero perdiendo el tiempo”.

El enfoque de este artículo parte de esta última definición y se ciñe, principalmente, a los efectos negativos de este elemento en la productividad del individuo, su equipo y empresa.

Antes que nada conviene resaltar que las empresas llevan años esforzándose en reducir el absentismo por el elevado coste que representa, sin embargo parecen desconocer que los costes asociados al presentismo son entre tres y ocho veces superiores al absentismo, según las investigaciones realizadas en los pocos países que han investigado este fenómeno (EEUU, Canadá y Australia).

Por ello durante los próximos años asistiremos a un desplazamiento del foco de atención de las empresas hacia la comprensión y reducción de este fenómeno que impacta tan notablemente en su productividad, es decir, en sus resultados.

Presentismo y productividad

Todavía hoy existe un gran número de jefes y directivos que asocian productividad con el número de horas trabajadas y (además) de forma presencial. Creen que el principal indicador para medir la productividad es el tiempo dedicado (que es un input) y, también, que es preciso “ver físicamente” (vigilar) al empleado. De ahí la cultura prevalente, aunque ineficaz, de Gestión del Tiempo.

La productividad, sin embargo, es el resultado (output) de las acciones o tareas realizadas.

En cualquier empresa, medianamente organizada, se asume que la carga laboral por empleado sea mucho mayor de la que puede soportar. Productividad no se refiere a trabajar mucho, ni siquiera a hacer muchas cosas, sino a “completar las acciones que conforman tus objetivos, mientras obtienes satisfacción con ellas y mantienes un equilibrio aceptable entre tu vida laboral y personal”.

El reto, hoy día, no es realizar todo lo que tienes o debes hacer. El reto es discriminar, entre todas las tareas pendientes, las que aportan más valor y ejecutarlas (priorización). Aceptar que “no puedes hacerlo todo” es, precisamente, un cambio de creencia fundamental para liberarte de la sensación de agobio, desbordamiento y estrés, para incrementar notablemente la productividad y la sensación de control sosegado.

Esos jefes, además, no saben cómo gestionar a sus empleados si no pueden “verlos”.

Los jefes y empresas presentistas parecen ignorar que los avances tecnológicos y de organización del trabajo permiten a los empleados trabajar en diferentes lugares y momentos, conservando elevados rendimientos y satisfaciendo, simultáneamente, las necesidades de sus clientes y las suyas propias.

Conseguir tus objetivos (outputs) debería ser lo que importa para asegurar tu éxito personal y empresarial y no las horas empleadas o que tu jefe te vea sentado frente a tu ordenador (inputs).

Algo en apariencia tan simple como establecer objetivos es infrecuente en muchas empresas y, desde luego, en determinadas áreas funcionales y categorías profesionales. Mientras es frecuente que los comerciales dispongan de objetivos, no lo es que un administrativo, por ejemplo, disfrute  de ellos y no se me ocurre ninguna razón para privarle de este derecho.

¿Causas de presentismo?

La lista de razones es muy larga, así que me enfocaré sólo en dos:

  1. Abusiva Demanda de tu Atención (D.A. creciente)
  2. Miedo a perder el puesto de trabajo

1) A.D.A. creciente

Cuando observas tus hábitos laborales y los comparas con los de hace tan sólo diez o veinte años te das cuenta que has incrementado notablemente tu conexión social a través de medios tecnológicos. Y si observas a tus hijos te darás cuenta que el incremento de esa conexión continúa aumentando (¿se les habrá quedado pegada el teléfono en los dedos? ¿realmente se puede estudiar con la radio, el televisor, el ordenador y el móvil enchufados simultáneamente?)

Observa que cuando manejas tu ordenador mantienes abiertas varias ventanas para diferentes asuntos y que saltas continuamente de unas a otras, mientras toleras, aceptas y respondes llamadas al móvil, whatsapps, tweets, interrupciones de tus jefes y compañeros (¿tienes un minuto?) y un largo etc.

Los hábitos que creas por razón de esa conexión social instantánea y constante fagocitan tu atención y energía (que otros llaman tiempo) a tu trabajo, lo que disminuye tu productividad.

Como, en alguna medida, eres consciente de lo anterior decides dedicar más horas (tiempo), para completar algunas de esas tareas, sabiendo además que ese alargamiento de jornada satisfará a tu jefe.

El cuadro, por tanto, es el siguiente: personas saludables desperdiciando enormes cantidades de atención y energía (otros lo llaman tiempo) en el trabajo, como si se tratara de personas enfermas (según la definición del Dr. Cooper).

2) Miedo a perder el puesto de trabajo

La investigación prueba que en momentos, como el presente, de recesión económica y reducción de plantillas en muchas empresas, disminuye el absentismo y aumenta el presentismo. Aumenta la carga de trabajo por empleado y la sensación de estrés.

Los individuos que han mantenido su puesto de trabajo sienten mayor presión por el miedo a perderlo (inseguridad) y una forma de respuesta es “mostrar su involucración” (sincera o fingida) ampliando su disponibilidad y aumentando su jornada laboral.

En ocasiones esa respuesta es voluntaria y en otras forzada, explícita o implícitamente, por sus jefes que trasladan hacia ellos la presión proveniente del equipo directivo.

Sucede que incluso aunque el empleado pueda no sentirse satisfecho con su trabajo o empresa y su involucración sea baja, se esforzará por “estar de cuerpo presente” por miedo a perder su puesto de trabajo. Sin duda, esa presencia física no significa que esté trabajando y, mucho menos, que sea productivo.

La misma presión se puede observar en los trabajadores autónomos entre los que el nivel de presentismo es incluso mayor, al tener que desarrollar diferentes funciones y disponer de menores recursos.

Otra forma de “preservar” el puesto de trabajo es desarrollar una imagen de “imprescindibilidad”, mediante el acopio de responsabilidades, la relación poco colaborativa con los compañeros o la evitación del desarrollo de colaboradores por parte de sus jefes, es decir, actitudes de no jugar en equipo y el despliegue de competitividad interna negativa.

El presentismo genera, automáticamente, un desequilibrio en el resto de los ámbitos personales del trabajador: familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc. El encogimiento de este ámbito personal provoca que la autoestima se nutra, principalmente, del ámbito laboral en el que el individuo “vive” casi exclusivamente. Así es frecuente que, incluso en sus (escasas) relaciones con familiares y amistades, los temas de conversación giren alrededor de asuntos laborales.

Si los resultados que alcanza no son los esperados su autoestima, que es fuertemente dependiente de su ámbito laboral, caerá notablemente, pudiendo entrar en un bucle pernicioso: autoestima baja – desempeño inferior – peores resultados – autoestima más baja…

Este desplazamiento monotemático, además, reduce las capacidades creativas e imaginativas, lo que impacta negativamente en la productividad del individuo.

A veces se desarrolla el workaholismo, que es una forma extrema y compulsiva de presentismo voluntario. Curiosamente a lo que algunos creen, el workahólico es un individuo poco productivo.

 ¿Cómo reducir el presentismo?

 Como ya te imaginas no existen recetas universales. Las soluciones se diseñarán en función del tipo de presentismo y de la cultura de cada empresa.

No obstante podemos formular un par de reflexiones:

  1. ¿Existe relación entre involucración y productividad?
  2. ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

1) ¿Existe relación entre involucración y productividad?

Si definimos involucración como “la conexión emocional íntima que un empleado siente por la empresa en la que trabaja y que le impulsa a ejercer un esfuerzo mayor en su trabajo”, podemos intuir con poco riesgo de equivocación que cuando ésta aumenta la productividad se incrementará de forma proporcional.

Existen cada vez más estudios que muestran consistentemente esa relación directa.

2) ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

Todos los que forman la empresa: empleados, jefes y directivos.

Sin embargo, considerando que los últimos poseen un poder mayor, su responsabilidad será también más grande.

El impacto de los líderes es clave, porque son ellos los que establecen la pauta, crean cultura, inspiran visión y propósito y reconocen la contribución de sus empleados.

Si eres un líder puedes favorecer el incremento de la involucración de tus colaboradores si:

– Les ayudas a que conecten con el núcleo de lo que realmente les importa de su trabajo, clarificando el “para qué” hacen ese trabajo. Conectar con el propósito más genuino de su trabajo.

No es tanto el “qué”, sino el “para qué”.

– Les ayudas a que consideren su trabajo como un acto de servicio. ¿A quiénes sirven? ¿Cómo pueden mejorar su servicio a sus clientes? Porque, realmente, mi trabajo no se trata de mi, sino de ellos (mis clientes).

No es tanto el “qué”, sino el “para quién”.

– Les ayudas a que gestionen eficazmente su atención y energía, enfocándose exclusivamente en las tareas que generan más valor y aprendiendo a reponer estos dos recursos, que son limitados. Abrazar este concepto y desterrar para siempre la excusa “no tengo tiempo” les ayudará a incrementar notablemente su productividad.

No es tanto el “qué”, sino el “cómo”.

Y ahora también… presentismo electrónico

El presentismo es, por tanto, una forma inadecuada e inefectiva de gestión de personas. El modelo de trabajo presencial (en oficina) con un horario inflexible no responde a las necesidades de los clientes (globales) ni tampoco de los empleados (necesidad creciente de equilibrar su vida laboral y personal).

Los continuos avances de los medios tecnológicos hacen posible, cada día más, el trabajo colaborativo y flexible.

Sin embargo, esa potencialidad no está siendo suficientemente asimilada ni aprovechada por las empresas que mantienen la inflexibilidad de sus jornadas y lugares de trabajo, además de no proveer a sus empleados la necesaria formación en la utilización estratégica de esas herramientas.

El resultado está a la vista de todos: el incremento notable del presentismo virtual o electrónico.

Defino presentismo virtual como “estar presente virtualmente, prestando tu atención y energía a las comunicaciones electrónicas laborales cuando te encuentras en tus ámbitos personales (familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc.)”.

Crece el número de individuos afectados por este hábito y crece el uso del hábito en cada individuo. Cada vez nos parece más normal interrumpir lo que estamos haciendo (no importa el qué), por ejemplo una conversación, cena con nuestros amigos o familiares, asistencia a un espectáculo, para desplazar nuestra atención al mensaje o llamada entrante e incluso responderla. Algo que no merecería más importancia si se tratara de un hecho aislado e infrecuente, pero que repetido tan frecuentemente y en momentos tan inoportunos invita a plantearse preguntas del tipo ¿Realmente qué es lo que más me importa en esta vida?

El hábito no sólo se extiende fuera de la jornada laboral, sino que invade los fines de semana y los períodos de vacaciones.

Evitar el presentismo virtual se refiere a crear o desarrollar una sensación de autonomía respecto a cómo, dónde y cuando trabajas para completar tus tareas y conseguir tus objetivos laborales.

Procura que no te pase (involuntariamente) lo que señala el poeta Robert Frost: “Trabajando dedicadamente ocho horas al día puedes llegar a ser jefe y trabajar doce horas al día”.

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group

Artículo original publicado en 2008 en Senderos de Productividad. 

La Productividad de lo Improductivo: De la Cultura del Work-Out a la del Work-In

La Productividad de lo Improductivo: De la Cultura del Work-Out a la del Work-In

Constantemente nos dicen que deberíamos de hacer ejercicio con regularidad para mantenernos saludables. La idea general detrás de este consejo es lógica, el cuerpo humano requiere movimientos regulares y constantes para mantener la masa muscular, la salud de las articulaciones, la salud cardiovascular, reducir la probabilidad de lesiones, mantener un peso corporal adecuado o disminuir la probabilidad de enfermedades graves tales como diabetes, cáncer o problemas cardiovasculares, así como otros muchos beneficios cruciales para nuestra salud.

Ahora bien, hay momentos en que añadir ejercicio puede ser más nocivo que beneficioso. Cuando haces ejercicio, usas tus “niveles” de energía y nutrientes vitales. Esto puede ser problemático cuando esos niveles de energía y / o nutrientes están ya de por sí muy bajos. Si estamos sometidos a fuertes niveles de estrés (bien sea físico, químico, psicológico, nutricional etc.), añadir más “Work-Out”, puede ser contraproducente, y, lejos de aportarnos un beneficio, puede ser el desencadenante de una lesión o algo peor. Es entonces cuando la necesidad de combinar el Work-Out con ciclos de “Work-In” se revela como algo fundamental para mantener un adecuado equilibrio y preservar nuestra salud y bienestar. Llamamos Work-In a cualquier actividad que nos permite reponer nuestros niveles de energía generando más energía que la propia consumida, bien sea ésta física, mental y/o emocional. Un simple paseo, una sesión de yoga o de mindfulness, podrían ser algunos ejemplos de actividades enmarcadas en el ámbito del Work-In físico.

El otro día tuve la oportunidad de reencontrarme con un buen amigo que, a mi entender, estaba empezando a invertir en exceso en una “dinámica” de Work-Out. Trabaja en una gran consultora con sesiones de trabajo maratonianas (una media de 12 horas), y me comentaba que su momento de “relax” cada día era las 2 horas de gimnasio que dedicaba al terminar la jornada. Su objetivo es presentarse en un año al campeonato mundial de Ironman que se celebra en Hawaii, sabiendo que, aunque no lo va a ganar, el poder llegar a participar y terminarlo es una meta muy motivante para él. Aunque reconoce la necesidad de descansar para mantener un buen nivel de rendimiento físico, me confesaba que si por él fuera eliminaría la necesidad de dormir porque le parecía “una pérdida de tiempo” con todas “las cosas útiles que se pueden hacer a lo largo del día”. También me decía que desde hace algún tiempo había tenido que empezar a tomar de vez en cuando fármacos para conseguir conciliar el sueño y que estaba preocupado porque en los últimos meses había empezado a notar una falta de progresión no solo a nivel físico sino también a nivel laboral.

Lo cierto es que César (mi amigo), es un ejemplo de perfil altamente “talentoso”; en menos de 5 años ha ascendido vertiginosamente en su organización y probablemente termine ocupando en pocos años una posición de socio. Se muestra proactivo en todo aquello que hace, su nivel de compromiso para con su trabajo está fuera de toda duda y no para de emprender nuevas actividades -entre ellas, recientemente se ha apuntado a clases de Chino (es el cuarto idioma que añade a su repertorio)-.

Pero aquel comentario de “pérdida de tiempo”, “cosas útiles que se pueden hacer” y de que se sentía con “falta de progreso”, me hizo reflexionar y en cierto sentido despertó en mí una alarma.

Recientemente he terminado de leer un ensayo que tiene por título la “Utilidad de lo Inútil” de Nuccio Ordine. Con este aparente oxímoron, Nuccio revindica la utilidad de aquellas cosas que no tienen un retorno inmediato en términos de beneficios directos (o en su caso monetarios); aspectos como relacionarse, reflexionar, aprender de las ciencias “inútiles” tales como la filosofía, la historia, las humanidades o el arte, emocionarnos con la vida manteniendo un sentido de curiosidad y/o asombro, comprender sin una pretensión de verdad, escuchar únicamente para entender y no para dar una respuesta, escribir sin el propósito de ser leído… y un largo etc. Todas ellas, actividades que podríamos enmarcarlas en el ámbito del Work-In mental y/o emocional.

Nuccio defiende que esos saberes y actividades que catalogamos como “inútiles” tienen como utilidad práctica la de mejorar el mundo y al ser humano, aunque eso se ve a veces como un “asunto menor” para mantener entretenidos a los poetas y a los idealistas.

En nuestras organizaciones (y en nuestra sociedad en su conjunto) hemos generado una gran “cultura del Work-Out”: preparamos a nuestros hijos para ser competitivos en todos los ámbitos de su vida, estar capacitados para afrontar un mundo en continuo movimiento (prefiero guardarme la palabra “progreso”) y ser rápidos para responder a las demandas del entorno. Sin embargo, vivimos una enorme crisis en la generación de entornos donde se fomente el Work-In, carencia que ya está empezando a generar sus consecuencias y fracturas, tanto a nivel medioambiental como a nivel de nuestra salud como sociedad y como especie en su conjunto.

Como seres humanos, una de las actividades fundamentales en las que nos involucramos desde que nacemos es la de dar sentido al mundo que nos rodea, y en este acto podemos crear sentidos más o menos “útiles” y/o atinados para nosotros que contribuyan a nuestra felicidad y crecimiento como especie, o por el contrario a nuestro sufrimiento y malestar. Que la OMS reconozca que la depresión afecta ya a 300 millones de personas en todo el mundo en el 2017 (aunque se estima que el número de personas no diagnosticadas sea del doble), alertando de que entre 2005 y 2015 el número de casos se ha incrementado en más de un 18% y sigue en imparable ascenso, debería hacernos parar un momento en el camino para reflexionar.

Probablemente uno de los sentidos que más imbricados están en nuestra sociedad del Work-Out, es el de buscar en todo aquello que hacemos el beneficio y retorno inmediato. Ante una aparente escasez de tiempo, buscamos acciones y actividades con altos y rápidos dividendos. El culto al beneficio inmediato es cada vez más creciente; esto opera en el trabajo, en el aprendizaje y la educación, en el ocio, en las relaciones, en el deporte y un largo etc. Porque claro, lo importante es no quedarnos fuera del tren… ¿O no?

Vivir impelidos al ensalzamiento de lo rentable, al resultado a corto plazo, al deseo de efectividad, a luchar para ganar en casi todos los ámbitos de la vida, no parece una dirección muy inteligente o “útil” para nosotros, sobre todo cuando formamos parte de un mismo todo (empezando por un mismo planeta). Sería interesante que empezáramos a recuperar el valor de las cosas “improductivas”, de la generación de actividades que no sólo fomenten el Work-Out sino también el Work-In, sobre todo si queremos añadir más calidad, sabiduría y en última instancia felicidad en nuestras decisiones y acciones.

Ahora que estamos en el inicio de un nuevo año y que probablemente hayas empezado a planificar tus nuevos “propósitos útiles”, te invito a que incluyas alguno “inútil”… Igual te sorprendes y terminas siendo más feliz.

Sin vacío nada podría producirse. La utilidad de la vasija no está en la arcilla sino en el hueco, en la falta de material. En una casa, lo útil son los vacíos, los huecos, puertas, ventanas, habitaciones. Y en el hombre, lo útil no son sus horas llenas, sino las vacías, las que tiene para dedicarse a sí mismo y a otros seres humanos” –Lao Tse-

 
Miguel Labrador, Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School (IMS).