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Estímulo vs. Causa: Vivimos lo que interpretamos

Estímulo vs. Causa: Vivimos lo que interpretamos

Todos conocemos personas en nuestro entorno que viven vidas de auténtico drama, no tanto por las situaciones que “objetivamente” afrontan, sino por su manera de vivirlas y sentirse victimizados por ellas. A menudo se quejan de lo mal que les trata la vida o los demás, bien sea en las relaciones, en las escasas oportunidades que se les presentan o en el trato -o, como dirían ellos, maltrato– que reciben a pesar de su demostrada valía. No es infrecuente que, como consecuencia de esa actitud, muchas de las personas que les rodean terminan sintiéndose vaciadas de energía después de una extenuante conversación con ellos, a menudo unidireccional.

Un rasgo común que parecen exhibir estas personas -y todos caemos alguna vez en este tipo de victimismo- es que no asumen la autoría en su proceso de crear significado. No se ven como parte de la ecuación problemática y, por tanto, no pueden participar en la búsqueda de la “solución”. Hay una relación de causalidad directa entre las situaciones que viven y el motivo de sus males. Y esto en gran medida condiciona su calidad de vida. Con esto no estoy diciendo que no haya situaciones dramáticas que nos puede tocar afrontar, sino que la intensidad de ese drama siempre estará sujeta a la manera de observarlas e interpretarlas.

Hay muchos modelos que explican de forma conceptual cómo funciona nuestro pensamiento, y todos ellos tienen en común que suponen una simplificación de los procesos que llevamos a cabo inconscientemente a la hora de responder y dar sentido al mundo. Por tanto, en cierta medida, nunca representarán fielmente la complejidad de las interacciones que se producen entre nuestra mente y el entorno. A pesar de esto, nos ayudan a tener distinciones sobre nuestra propia experiencia, y así disponer de una comprensión útil y práctica de cómo poder intervenir más activamente, tanto en nosotros mismos como en los demás, a la hora de facilitar el cambio.

Es importante entender que cuantas más distinciones poseamos más tendremos disponible del mundo, pudiendo ser más conscientes de los procesos que creamos a la hora de pensar, sentir y hacer. También es relevante comprender que no respondemos al mundo directamente, en base únicamente a lo que percibimos con nuestros sentidos, sino en función de cómo le hemos dado sentido. Somos seres creadores de significado que elaboramos a través de nuestros juicios y valoraciones. Como decía Nietzsche, lo que nos diferencia del resto de especies es que “somos animales que emitimos juicios”.

Quiero presentar un sencillo modelo que puede arrojar algo de luz sobre este particular. Que sea fácil de entender, no quiere decir que no implique un gran desafío aplicarlo. Lo podemos resumir con el acrónimo S.P.E.C. Cuatro letras que representan un ciclo continuo y bidireccional que engloba diferentes elementos:

El primero es la “S” de SITUACIÓN: A cada instante estamos enfrentando diferentes escenarios y circunstancias con las que tenemos que lidiar. Tendemos a calificar esas situaciones como “buenas” o “malas”, y nos sentimos afortunados o desgraciados como consecuencia de ello. Sin embargo, las situaciones por sí solas no son ni buenas ni malas. Aunque nos cueste asumirlo, por negativas que las podamos percibir, son neutras. Una misma situación enfrentada por dos personas diferentes puede ser vivida de formas muy distintas. Un ejemplo aparentemente “descafeinado” nos puede ayudar a entender algo más esto. Imaginemos que se le pincha a alguien la rueda de su coche. Esto lo podría vivir subjetivamente como un problema, si para él o ella fuera importante llegar puntual a una reunión o a esa entrevista de trabajo tan deseada, generándole ansiedad o tensión en consecuencia; pero también podría vivirla como una oportunidad si lo que quería era precisamente una buena excusa para saltarse ese tedioso encuentro. Por tanto, podemos decir que el cómo respondamos y demos sentido a las diferentes situaciones dependerá de algo que no necesariamente está en el mundo, sino en nuestra manera de pensar, y darle sentido a lo que nos sucede. Aunque es fácil de entender intelectualmente, es tremendamente desafiante generar la distancia psicológica necesaria para no quedarnos atrapados en las situaciones que no nos agradan. Y esto conecta con la siguiente letra de nuestra secuencia, en la que se empieza a revelar nuestra autoría y participación en ese apasionante proceso de crear significado.

La “P” de PENSAMIENTO. Nuestro pensamiento está compuesto por una gran variedad de procesos que nos hacen propiamente humanos; nuestros juicios, valoraciones, creencias, paradigmas y modelos mentales son algunas de las herramientas que vamos desarrollando inconscientemente a lo largo de nuestra vida. Estás, a su vez, están influidas por nuestro entorno, cultura o contexto cultural. De ahí que sean el origen de muchos malentendidos en la comunicación. En cualquier caso, nuestro pensar lo creamos activamente nosotros mismos. Esto implica que si somos conscientes de ello nos daremos cuenta de que sentirnos mal o bien con las cosas que nos acontecen no será tanto causa directa de los escenarios que nos toca afrontar, sino en mayor medida de nuestra manera de percibirlos. Podemos y debemos hacernos responsables de esos juicios y valoraciones que nosotros mismos creamos, y que en muchas ocasiones son una gran fuente de tensión y malestar. La situación será el estímulo o disparador para sentirnos bien o mal, pero la causa siempre estará en nosotros mismos y nuestra manera de estar pensando.

Así que según como pensemos así nos sentiremos. Y esto conecta con nuestra siguiente letra de esta secuencia: la “E” de EMOCIÓN. Nuestras emociones, en gran medida, serán fruto de cómo pensemos las cosas. Podremos sentir miedo, alegría o enfado como consecuencia de diferentes interpretaciones. De igual modo será más probable que experimentemos determinados tipos de pensamientos en función de las emociones y/o estados de ánimo en los que nos encontremos inmersos. Es un proceso bidireccional y recíproco que se basa en un complicado juego de influencias, pero que tiene un gran impacto en las decisiones y acciones que elegimos emprender.

Y es precisamente el actuar el último paso de nuestra secuencia. Tal cual pensemos y nos sintamos ante las situaciones, así nos comportaremos.

Nuestros COMPORTAMIENTOS “C” serán las elecciones que hagamos para responder a las situaciones que afrontamos. Sin embargo, tales comportamientos, como hemos comentado, estarán fuertemente condicionados por lo que pensemos y por cómo nos sintamos. En palabras de uno de los grandes pensadores del management, Stephen Covey, entre estímulo y acción siempre hay un espacio de libertad y elección humana.  Esto nos faculta para responder de acuerdo con nuestros principios y valores. En esencia, es lo que nos hace humanos y nos permite afirmar que somos los arquitectos de nuestro propio destino; aunque muchas veces sea realmente desafiante llegar a construir este sentido, sobre todo cuando la vida parece golpearnos con un sinfín de malas nuevas.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿Dónde tenemos capacidad de intervenir directamente?

Efectivamente, en nuestro pensamiento y en nuestras acciones. Las emociones no serán algo que podamos elegir. Si así fuera, todo el mundo elegiría las emociones “positivas” y evitaría en todo momento las aparentemente “negativas”. Es un mecanismo biológico y reactivo que nos sucede y que nos da información acerca de necesidades que tenemos. Sin embargo, podemos intervenir y gestionarlas en gran medida desde nuestro pensar, haciendo un uso inteligente de ellas. Y de igual modo no podemos elegir las situaciones que nos ocurren, es decir, no podemos elegir las cartas que nos toca jugar en el juego de la vida. Pero si cómo jugarlas.

Vernos a nosotros mismos como seres creadores de significado nos da la oportunidad de asumir un mayor grado de responsabilidad, sobre todo en los momentos en los que más parece castigarnos la vida. Sin embargo, siempre nos da la posibilidad de volver a coger el volante que en algún momento hemos soltado y dar el giro necesario que requiere nuestra vida.

“Mirada de cerca, la vida es una tragedia; pero vista de lejos parece una comedia. No te la tomes demasiado en serio, porque nunca saldrás vivo de ella”.-Charles Chaplin

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group.

consiguesotrabajas

¿Trabajas o Consigues?

La pregunta encierra una distinción referida a tu actitud, que tal vez quieras clarificar. Como casi todas, esa distinción es sutil y,  simultáneamente, movilizadora.

Sé sincero contigo mismo, aunque sólo sea durante un minuto, y contesta estas preguntas:

¿Cuántos días del año me despierto con una expresión inequívoca de ilusión, que anuncia el comienzo de una aventura desconocida y emocionante en mi empresa?

¿Cuántos domingos me voy a la cama deseando que la noche pase rápida porque mañana es lunes y vuelvo a ejercer mi profesión?

¿Cuántas veces me detengo para saborear, felicitarme y compartir los micro-logros que conquisto cada día?

Tu respuesta: muy pocas veces

Si tu respuesta es “nunca o muy pocas veces” es probable que sólo vayas a tu empresa a trabajar. Sin duda consigues logros. Las personas que trabajan también consiguen resultados. Por eso estás aún en nómina.

Sin embargo la persona que sólo va a trabajar no suele estar muy ilusionada con su trabajo; lo considera como un castigo o, en el mejor de los casos, un inconveniente necesario para poder pagar sus facturas. Vives el trabajo como una obligación. Por eso no es una casualidad que te escuches utilizando la expresión “mañana tengo que ir a trabajar”.

“Tengo que” es una expresión frecuentísima en nuestra sociedad que expresa la obligación impuesta por “no se sabe quién”. Mantener el anonimato de ese “no se sabe quién” (neutro) es fundamental para no poder resolver la autoría de la obligación y, por tanto, no poder  argumentarla y, de esa manera aceptarla como algo inevitable y superior a mi.

Tu respuesta: frecuentemente

Si tu respuesta es “frecuentemente” es muy probable que seas de los pocos que va a la empresa a conseguir.

Las personas que han elegido adoptar esa actitud, viven la experiencia de acudir al trabajo como un desafío voluntario, una aventura en la que van a aparecer oportunidades desconocidas. Enfrentarse a ellas y vencerlas es el juego que les satisface. Reconocer los micro-logros diarios que consiguen es el combustible que les anima a repetirlo mañana. Los eventuales errores, fracasos y obstáculos que aparecen en el juego, no los nombran de esa forma, ni los viven con enfado y fastidio, sino como (bienvenidos) nuevos retos y posibilidades que les ofrecen la oportunidad de aprender y crecer.

La diferencia

La actitud con la que te enfrentas a la vida es una elección. Tú tienes el poder de elegir la actitud con la que deseas vivirla.

El primer grupo de personas no se consideran libres, porque sólo hay libertad cuando dispones de opciones entre las que elegir.

Los reconocerás fácilmente porque utilizan expresiones, desgraciadamente tan frecuentes, como “esto es lo que hay”.

No se atreven a decir su verdad, que es: “esto es lo que yo he elegido… porque no me atrevo a…” (p.e.: cambiar de puesto, empresa, etc.).

Son, y se sienten, víctimas. Ellas no son responsables, el mundo es el culpable de su situación.

Las víctimas sufren. No es nada divertido ser víctima. Merecen nuestra compasión primero, y después nuestra ayuda para que tomen conciencia de que pueden elegir. Y es legítimo elegir cualquiera de las dos opciones.

Los resultados que consigues

Son completamente diferentes en cada caso.

Tu actitud determina el juego de comportamientos (acciones) y emociones asociadas que pones en práctica. Y estos determinan (inevitablemente) los resultados que puedes conseguir. Así que elige cuidadosamente la actitud más adecuada a lo que quieres conseguir.

Proceso recomendado

Si formas parte del primer colectivo -los que respondieron “muy pocas veces o nunca”- te sugiero que realices este proceso de 10 pasos:  

1. Párate. Desconecta tu mente de lo que estás haciendo ahora y reduce tu ruido de fondo
2. Sitúate en el contexto real. Recuerda que la mayor parte de tu vida transcurre en tu trabajo. Así que el renglón que sigue puede ser importante para ti.
3. Pregúntate. ¿Quiero conseguir o ir a trabajar?
4. Visiona. Visualiza con detalle cómo será tu vida en cada una de esas dos opciones
5. Reflexiona. Compara los beneficios e inconvenientes de cada opción
6. Pide ayuda. Conversa, contrasta, argumenta y discute con otros para incrementar tu nivel de claridad
7. Decide. Elige la actitud con la que vas a vivir en este ámbito (laboral y profesional)
8. Ejecuta. Vive, compórtate coherentemente con la actitud elegida
9. Vuelve a pedir ayuda. Cambiar es completamente posible y, frecuentemente, difícil. Buscar apoyo para garantizar que consigues hacer realidad tu elección
10. Celebra. Reconoce y felicítate por cada uno de los micro-logros que consigues. Son tuyos. Elige ser generoso, aunque sólo sea contigo mismo

Si este proceso no te resulta de utilidad contactar con un coach puede resultar una excelente elección.

Preguntas bonus para people managers

Si además eres un directivo, manager o formas parte del área de RRHH podría interesarte responder estas preguntas:

¿Cuántas personas del primer grupo creo que hay en mi empresa o departamento? ¿Qué responsabilidad tengo yo en esto? ¿Cuál es el coste de oportunidad de continuar no haciendo nada al respecto? Si no lo has calculado ¿por qué he elegido no calcularlo? ¿Tiene esto algo que ver con el ubicuo engagement? ¿Me incomodan estas preguntas? En caso afirmativo ¿qué es exactamente lo que me incomoda? ¿Quiero hacer algo al respecto?…

Auto-obsérvate: ¿alguna de tus respuestas ha sido victimista? En caso negativo te mereces un buen premio ¡Regálate una mariscada, ya!

“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos horizontes sino en observarlos con una mirada renovada.” Marcel Proust-

Jaime Bacás, socio de Atesora Group y EXEKUTIVE Coaching.

tallervirtualneurocomunicacion

Presentación taller virtual: Neurocomunicación

Impacto, Foco y Eficacia en tu Comunicación

Motivar, movilizar e influir de manera efectiva reside principalmente en cómo nos relacionamos y comunicamos con los demás. Por eso, y desde la perspectiva de las neurociencias y el neuromarketing, trasladamos las claves de base neurocientífica a un Modelo de Neurocomunicación integral y práctico con el que podrás evolucionar tu comunicación a un siguiente nivel.

Los participantes integrarán activamente los contenidos y las herramientas expuestas a través de dinámicas y simulaciones de situaciones reales elegidas y diseñadas por ellos mismos.

Objetivos:

• Profundizar en el funcionamiento de nuestro cerebro, descubriendo cómo los mensajes pueden influir en nuestros estados
• Conocer al interlocutor desde diferentes perspectivas para permitir una comunicación certera y ajustada, aprendiendo a diseñar mensajes que generen el impacto esperado
• Simular situaciones reales con las que experimentar el Modelo de Neurocomunicación para facilitar su integración en nuestro día a día
• Identificar barreras que limitan nuestra comunicación en tres ámbitos: gestión del equipo, colaboración entre iguales y comunicación con mandos superiores

Fecha:

Jueves 19 de noviembre 2020 – 12:00 h Central European Time (CET)

Duración: 120 min

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Plazas limitadas a 15 participantes por edición

 

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quiendijomiedo

¿Quién dijo miedo?

Entre mis vicios confesables, ya que no es momento ni lugar para poner los otros encima de la mesa, está el de divertirme visionando películas de miedo. No recuerdo cuándo adquirí esta costumbre, ni por qué pasar miedo me divierte; sólo sé que ya de adolescente tenía auténtica pasión por este género. Y cuando digo miedo, no me refiero a las películas de suspense o casos policíacos; las historias sobre asesinos en serie y similares -con la excepción de la magnífica “Seven” y pocas más- siempre me parecieron sosas, descafeinadas, incapaces de generar una buena pesadilla. Siempre fui más fan de disfrutar de lo paranormal, lo terrorífico e incluso -sí, lo admito- lo sangriento. Es cierto que con los años esta vena truculenta ha decaído bastante, en favor del estudio de ciertos misterios y conspiraciones, pero sigo siendo un aficionado digamos que notable.

Y lo llamativo es que este pasatiempo no tiene nada que ver con mi carácter, bastante calmoso en general. Rehúyo el peligro sistemáticamente y busco situaciones y entornos tranquilos para disfrutar, solo o en compañía. De ninguna manera me gusta ponerme en tensión o arrastrar a ella a nadie; así que no sé de dónde me viene esta cuestión. En fin, una vez escuché que el peligro, cuando se ve desde lejos, subyuga; pero desde cerca, aterra. Supongo que por ese motivo me entretiene presenciar en una pantalla calamidades y males que jamás soportaría en mi vida normal, y es por eso también que disfrutar de ello, en un tiempo en el que todo lo políticamente incorrecto es cuestionable y ofende a alguien, no me parece reprochable ni dañino.

Una vez, hace mucho tiempo -probablemente no tendría más de dieciséis años-, estaba viendo una de estas películas con mi padre, de noche, en el salón de casa. Aunque la trama iba bien, en un momento dado uno de los protagonistas hizo una de esas cosas incomprensibles a las que los guionistas nos tienen acostumbrados para generar tensión. Ya sabéis a qué me refiero, cosas como bañarse en el lago en el que los vecinos han visto pirañas, correr en línea recta delante del coche que les persigue, tirar la pistola cuando se les ha encasquillado o buscar a tientas las gafas por el suelo cuando se les han caído, con los ojos guiñados y cara de no ser capaces de distinguir un rinoceronte aunque lo tuvieran delante. Como aficionado al género estas cosas me enfadan bastante, son recursos pobres propios de guionistas mediocres. Y recuerdo que, con todo el cabreo, le dije a mi padre:

– “Pero ¿por qué diablos hace eso?”

Y él me respondió:

– “Hijo, si los idiotas no existieran no habría películas de miedo”

Sabias palabras.

Escribo estas líneas finalizando el verano de 2020. Como muchos de vosotros, he disfrutado de unos días de descanso que he empleado en visitar zonas de España. Algunas de ellas recónditas, bastante aisladas del bullicio, que me han servido para sumergirme en el románico, restaurar fuerzas y poner en orden los pensamientos; y otras más turísticas, con el propósito de bajarme de la moto, remojarme un poco y tomar algo de sol. Y en todos, todos, TODOS los sitios que he visitado, me he topado con la misma emoción: el miedo.

Miedo al virus y los contagios, miedo a la supervivencia del negocio, miedo a la crisis económica, miedo a la situación de inestabilidad política. Miedo -y pena- en la playa al ver la cantidad de chiringuitos cerrados o prácticamente vacíos, miedo de los camareros de las terrazas despobladas de la monumental Plaza Mayor de Valladolid, miedo de los propietarios de hostales y pensiones en los que me he alojado, miedo en las noticias de cada informativo de la televisión.

Miedo que, en los casos más leves, se manifestaba en forma de temor contenido, más cercano a la incertidumbre y la resignación que al pánico. Otras personas, golpeadas en sus negocios y en sus ahorros, compartían con preocupante rapidez sus penas y un nada disimulado terror a lo que esté por venir.

Miedo provocado por los acontecimientos, agravado por la falta de confianza en quienes nos dirigen y multiplicado por nuestros propios temores e inquietudes.

Lo he dicho en otros artículos previos y repito que no quiero pecar de superficial. Soy muy consciente de la situación, del drama de las pérdidas humanas y materiales que a veces nos han tocado muy de cerca; consciente de lo que están sintiendo estas semanas y desde hace meses una familia, un empresario o un autónomo que sólo buscan sobrevivir. Terror. Y el terror nos paraliza, ¿verdad? Exacto, como en las películas de miedo.

Voy a permitirme la licencia de desdramatizar un poco la cuestión. O, al menos, sugeriros un par de ideas que a lo mejor provocan alguna reflexión al respecto. Por favor, tomadlo como un ejercicio divertido y no como una frivolidad.

Por lo que os comentaba al principio de este artículo, como aficionado al género de terror también estoy familiarizado lo que sucede en las situaciones que viven los protagonistas de las películas. Y sé que hay cosas que no funcionan, y otras que sí. Por ejemplo:

– La amenaza no se combate agazapándose debajo de la escalera. Los monstruos, los demonios y los asesinos con motosierra son muy insistentes buscando y encontrando a los que se esconden esperando vanamente pasar desapercibidos.

– Es tentador taparse con la manta confiando en que el asesino no te apuñale, pero muy poco efectivo. Depende de que el malo sea tonto, le entre un ataque de compasión o vete tú a saber… En cualquier caso, ceder la decisión sobre tu vida o muerte a alguien que te persigue mientras tú dejas de ver lo que hace porque estás debajo de una manta no parece ser la mejor de las ideas.

– Trata de no sucumbir a la irrefrenable tentación de bajar al sótano cuando escuchas ruidos raros en la casa. Es mucho más probable que el monstruo esté en el sótano que en cualquier otra habitación, y tentar al peligro suele traer aparejados algunos problemas de difícil solución.

– En situación de riesgo, sube a las plantas superiores. Se tiene mejor vista ahí, y, puestos a salir pitando, es mejor opción bajar escaleras en lugar de subirlas.

– Gritar mucho y hacer aspavientos no ahuyenta a los monstruos. Es más, los atrae y te acaban comiendo.

– Para terminar, por encima de cualquier otra consideración: haz algo. No te bloquees. Corre, huye, dispara, trepa, busca ayuda, sal rápido de la casa maldita, haz lo que sea. Ponte en acción. Pero no te detengas, porque paralizarte en una situación de riesgo tiene un coste-oportunidad muy alto. Y si no te lo crees, puedes consultárselo a los miles de víctimas inocentes de películas de terror que ahora descansan en frías morgues o colgados en algún almacén entre reses y aperos de labranza.

Si has tenido la generosidad -y la paciencia- de llegar leyendo hasta aquí, probablemente habrás deducido qué tiene que ver todo esto con el desarrollo de personas y la instauración sostenible de comportamientos efectivos, que es a lo que nos dedicamos y de lo que va esta publicación. Y si aun te lo sigues preguntando, te lo resumo en una sola frase, también de película: “El peligro es muy real, pero el miedo es una opción”.

Nadie duda de lo complicado de la situación que padecemos, y la incertidumbre ante lo que se avecina tampoco es el más tranquilizador de los escenarios. Ése es el peligro, los monstruos que te quieren atacar, ya sea en forma de rebrotes, contagios, paro o ruina. Y, a diferencia de las películas, en esta ocasión es un peligro muy grave y letalmente real.

Pero tú y tus amigos disponéis de armas con las que defenderos. Tenéis talento, lleváis años solucionando problemas y dando beneficios a vuestra Organización. Cada uno de vosotros tiene habilidades que, combinadas y lideradas de forma sinérgica, os ayudarán a encontrar nuevas posibilidades, opciones para salir del laberinto diabólico. Y, si usáis el sentido común y aprovecháis el formidable potencial del equipo que formáis, escaparéis de los monstruos. No os quepa la menor duda.

No sé si lo mejor en vuestro caso será armaros de utensilios de cocina para defenderos, improvisar una bomba casera metiendo un líquido inflamable dentro del microondas, cavar una trinchera y poner estacas en ella o pedir ayuda al viejo y sabio exorcista de la tribu india. Eso dependerá de vuestras particulares circunstancias. Pero sí sé algo con seguridad. Si decidís quedaros quietos, esperando la próxima previsión económica de Bruselas para dar el siguiente paso en el desarrollo del equipo, atenazados por el miedo a las consecuencias de precipitaros por una decisión atrevida, os estaréis tapando la cabeza con la manta en la cama. Y el monstruo os comerá.

Date prisa. Haz algo, junta a tu equipo y enfrentaos todos a los monstruos con vuestras mejores armas y la capacidad que ya habéis demostrado antes. Que sean ellos los que os teman.

Iván Yglesias-Palomar. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group. 

NO ES LO QUE TE OCURRE, SINO CÓMO REACCIONAS A LO QUE IMPORTA

No eres lo que te ocurre, sino cómo reaccionas a lo que importa

Cuando cumplo años, o celebro una conmemoración o una fecha señalada, suelo refrescar la memoria sobre cómo estaba viviendo aquel momento concreto. Me viene a la cabeza un recuerdo o una imagen de la situación pasada, y pienso en cómo he cambiado desde entonces. Puede ser sobre mi aspecto físico (la mayoría de las veces frunzo la ceja con cierta preocupación sobre cómo me está tratando la vida), acerca de cómo ha evolucionado alguna relación personal, o, si es alguna fecha tocante al trabajo, en cómo he evolucionado profesionalmente. Y en todos los casos me vienen a la cabeza aspectos de mejora que hubieran sido más beneficiosos o convenientes para mí, y que, de haberlos hecho, ahora me permitirían vivir una situación actual más favorable. Seguramente a ti te pasará lo mismo.

Ahora que celebramos el décimo aniversario de nuestra Revista Talento, recuerdo cómo la conocí. Trabajaba en una multinacional y me encontraba inmerso en un proceso de coaching con Jorge Salinas, que, dicho sea de paso, tuvo un impacto muy positivo para mí. En aquel momento estaba viviendo una situación profesional compleja que no sabía cómo afrontar, me notaba colapsado mentalmente. Mi coach me ayudó a analizar el problema en que estaba sumido desde nuevas perspectivas, haciéndome tomar consciencia sobre cuál era mi capacidad de actuación y qué estaba fuera de mi alcance; todo ello con el objetivo de concentrarme en donde tuviera capacidad de actuación para tomar así las decisiones que considerara oportunas.

Recuerdo a Jorge decirme entusiasmado, al final de una sesión, que iban a lanzar una revista digital. Aunque llevado por la curiosidad y la recomendación de mi coach me empapé de todos los artículos del primer número, con el tiempo me convertí en un lector ocasional de Talento. Hasta que mi entrada en el equipo de Atesora Group, hace poco más de un año, me convirtió -en parte por afición y en parte por ser una de mis funciones- en un lector de todos los artículos que en ella se publican.

De todos los que he leído al largo de estos años, dos son los que más me han impactado, cada uno de ellos por una razón especial. El primero, un editorial de las navidades de 2019 firmado por Jorge, titulado “Te deseo una dosis de fracaso para 2019”, me pareció especialmente retador y original. Y el segundo, escrito en 2015 por Jaime Bacás, “Procrastinación y toma de decisiones”, me movilizó por mi tendencia a procrastinar más de lo que me gustaría reconocer.

Antes de mi etapa actual dentro de Atesora Group, algunos de los artículos que leí entonces me sirvieron para reflexionar sobre aspectos concretos. Algunos ejemplos son “Ser es hacer”, “¿Vives en una cárcel de cristal?”, “El puesto de trabajo ha muerto, bienvenidos al Omnitrabajo”, “Tú eliges”, “Tienes derecho a ser Asertivo”, “Están locos, estos romanos” o “Influencia vs Manipulación: Dos senderos que caminan juntos”. Cada uno, en su momento, aportaron ideas y reflexiones que me provocaron a su vez la toma de consciencia necesaria para mejorar en mi desarrollo profesional y, unido a él, también en el personal. Es ahora, con la distancia de los años, cuando entiendo el propósito de Atesora Group a la hora de lanzar un vehículo de comunicación tan innovador en su momento, tanto en el concepto como en la forma de presentarlo.

En un mundo con tanta información a nuestro alcance, ser capaz de seleccionar la información relevante del océano de lo superficial es una tarea difícil de conseguir. Y reconozco que algunos artículos me han servido personalmente para ello: “Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado”, “Maximizar vs Optimizar, cuando más es menos”. Y probablemente a ti te haya sucedido algo parecido, porque cada uno de nosotros conectará con un artículo concreto porque éste le provoque una reacción especial, bien por sus experiencias, por relacionarlo con algo que le está sucediendo o porque la temática le interese particularmente. Estos artículos quedarán en mí como un poso que me ayudó a evolucionar. Y por eso quiero dar las gracias a todos los articulistas por el esfuerzo de llevar diez años haciendo una Revista tan especial. Espero que tú tengas la misma percepción.

El siguiente paso tuvo lugar cuando, una vez incorporado al Equipo, decidí colaborar con mis propias publicaciones, pasando así de lector y crítico a articulista. Reconozco que no es una de mis habilidades más desarrolladas, pero gracias a la ayuda y revisión de mis compañeros, me siento orgulloso de los artículos que he ido publicando. Y os confieso que el que me hace sentir mejor con mi faceta de escritor es el titulado “¿Podemos mejorar nuestro rendimiento?”, debido al esfuerzo y el tiempo que le dediqué.

Seguramente en los próximos meses verás cambios en la Revista. Tenemos la intención de adaptarnos a nuevos formatos que serán más accesibles y acordes con los tiempos, la situación y los medios. Diez años después del número 1, la evolución tecnológica nos permite ofrecer nuevas posibilidades que entonces ni soñábamos; pero lo que no vamos a cambiar es el objetivo de Talento desde que se inició: ofrecerte contenidos de valor.

Y, para finalizar, permitidme pedir un favor personal a Jaime Bacás: por favor, sigue escribiendo sobre el tema de la procrastinación, ya que requiero de más reflexiones para optimizar aún más mi comportamiento. No sé si servirá como ejemplo, pero os confieso que, durante el tiempo que he tardado en escribir este artículo, acabo de caer en la cuenta de que me he permitido “pequeñas” pausas para:

– Echar un vistazo a las noticias y RRSS de cómo estaba la situación de Messi con el Barça.

– Ver varios videos de cómo hacer una tarta de Frozen, ya que faltan pocos días para el cumple de mi peque Iris.

– Llamar a Jordi, que no sé por qué me he acordado de él, y era super urgente saber cómo había sido su vuelta al trabajo

– Y otras cosas menos confesables 😊

¡¡Feliz Aniversario!!

Miquel Pocurull. Director General de Atesora Group.