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Jorge salinas editorial Atesora Group

Te deseo una dosis de fracaso para 2019

Lista de buenos deseos

Esta es la lista de mis deseos para el año que comienza y la quiero dirigir al alma de las empresas y a sus dirigentes. La he confeccionado, como dijo el autor del Gran Gatsby, Francis S. Fitzgerald, desde la autoridad que me dan mis fracasos.

– Te deseo una dosis de fracaso en 2019 para que aprendas a reconocer tus éxitos

– Te deseo la sensación de pérdida de rumbo para que te decidas a construir un propósito

– Te deseo suficientes conflictos para que aprecies cuando hay complicidad

– Te deseo un poco de estrés para que exhibas tu dinamismo

– Te deseo un traidor entre tus colaboradores para que valores la lealtad

– Te deseo un entorno cambiante para que busques incansablemente la innovación

– Te deseo una rotura de stock para que aprecies a un proveedor eficiente

– Te deseo un jefe tóxico para que te anime a apostar por el verdadero liderazgo

– Te deseo algunos momentos de desánimo para que aprecies aquello que te ilusiona

– Te deseo un competidor fuerte para que persigas la mejora constante

– Te deseo malos entendidos para que busques como comunicarte mejor

– Te deseo una pizca de resentimiento para que alimentes el feedback constante

– Te deseo un callejón sin salida para que valores la creatividad

– Te deseo un problema no previsto para que aprecies lo que aportan las personas

– Te deseo la pérdida de un cliente para que no te duermas en el triunfo

– Te deseo un colaborador perezoso para que reconozcas el compromiso de los demás

– Te deseo una dosis de desmotivación para que compruebes el poder del reconocimiento

– Te deseo que encuentres problemas que la tecnología no pueda resolver para que sigas apostando por las personas.

El verdadero enemigo del éxito no es el fracaso, es la mediocridad y la pasividad ante las cosas injustas que pasan delante de tus ojos y la falta de determinación y coraje para cambiar aquello que no te gusta.

Sigamos haciendo este año la revolución de las personas en el mundo de la empresa.

Desde Atesora Group no quiero desearos suerte, esa es la excusa de los fracasados. Os deseo éxito, que es lo que se consigue con el trocito de suerte que nos toca.

Jorge SalinasPresidente de Atesora Group

Taller virtual pensamiento creativo

Presentación taller virtual Pensamiento creativo

La creatividad está a tu disposición: descubre y desarrolla tu potencial creativo

Nuestra experiencia del día a día nos arroja la evidencia que la creatividad es una competencia necesaria y de vital importancia para las organizaciones. Directamente ligada al progreso, la transformación, el éxito y la resiliencia, la creatividad cobra vida fuera, pero su gesta ocurre en nuestro interior, en la persona y en los equipos que conforman las Organizaciones.

En nuestro pensamiento creativo subyacen elementos clave -tipología creativa, orientación al proceso creativo, estilos de pensamiento- que se configuran de manera diferente en cada uno de nosotros, lo que nos hace únicos y contribuye a la diversidad creativa en las organizaciones. Este Taller-Presentación Virtual pretende ser un espacio para la reflexión y desarrollo del potencial creativo en favor de la consecución tanto de nuestros objetivos como de los de nuestra Organización.

Objetivos:

• Conocerás mejor tu pensamiento creativo, y comprenderás en qué medida impacta sobre los resultados personales para trasladarlos al equipo y a la Organización.
• Descubrirás cómo configurar tu pensamiento creativo a través de las dimensiones: Mi tipología creativa, Mi orientación al proceso creativo, Mis estilos de pensamiento y Mi nivel de potencial desplegado/no desplegado.
• Incrementarás tu autoconocimiento, identificando barreras y retos personales que puedan lastrar el pensamiento creativo.
• Tomarás consciencia sobre tu potencial creativo para impulsar un plan de acción que te ayude a ser más efectivo en el entorno de incertidumbre en el que nos movemos.
• Te beneficiarás de la aplicación de la herramienta diagnóstica CPQ [D&D]® Identificación y Desarrollo del Potencial Creativo, que incluye un informe personal de resultados.

Fecha:

Jueves 02 de julio de 2020 – 12:00 h CEST (Central European Summer Time)

Duración: 90 min

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Plazas limitadas a 15 participantes por edición

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El valor del hacer

El valor del hacer

No hace mucho mantuve una agradable conversación con unos viejos amigos del colegio con motivo de una de esas copiosas comidas prenavideñas. Como suele ocurrir en estos casos, el pretexto de la comida nos sirvió para justificar el ansiado reencuentro. Hablamos de lo humano y lo divino, y entre la larga serie de temas que tocamos de forma bastante ruidosa y caótica -algo nada extraño en las mesas de más de veinte comensales-, salió un clásico de tales fechas: los nuevos propósitos y deseos para el 2020. Como suele ser común cuando formulamos deseos y propósitos, la mayor parte de nosotros hablamos en términos de conseguir y tener: tener buena salud, conseguir un nuevo trabajo, conseguir dejar de fumar, tener pareja (o como diría mi abuela, echarse novia/o-), tener hijos, y un largo etc.

Lo interesante es que cuando se nos presentan este tipo de reflexiones olvidamos que lo que realmente cuenta es lo que hacemos con esos deseos una vez que los logramos. Clásicamente nuestra reflexión suele quedarse en una “parada” anterior. Olvidamos la importancia que el hacer tiene en todas esas consecuciones; no sólo en el camino hacia el logro, sino también en el mantenimiento de esas cosas una vez conseguidas. Tanto el hacer como el tener y el conseguir son distinciones muy útiles a efectos de impulsar cambios en nuestra vida y seleccionar aquellos que más nos convienen.

La mayor parte de nosotros deseamos que los cambios que nos proponemos lleguen a producirse con el menor esfuerzo posible o, al menos, de la forma más rápida posible. Si a alguno nos dieran la oportunidad de tener un mando que nos permitiera, con solo apretar un botón, adelantar nuestra vida hasta llegar al esperado desenlace, no dudo de que más de uno lo estaríamos apretando a cada instante de nuestra existencia, como en la comedia de Frank Coraci “Click” -por cierto, un film bastante recomendable y de fuerte carga dramática a pesar de su trasfondo cómico-. Pasamos gran parte de nuestra vida deseando tener cosas, sin plantearnos detenidamente todo el hacer que está involucrado en ellas.

HACER está principalmente relacionado con las acciones y los procesos que llevamos a cabo. Podríamos decir que comprende todas las actividades conductuales que llevamos a cabo con el fin de obtener algo: las cosas que hago para conseguir que la receta que estoy cocinando salga en el punto de sabor adecuado; o lo que hago para lograr aprender, educar, mantenerme en forma, influir en los demás etc. El hacer también está presente en aspectos que clásicamente no relacionamos con actividades tangibles, como pueda ser el propio pensar (nuestros pensamientos son cosas que hacemos) o nuestro sentir (la emociones y sentimientos que experimentamos también las generamos y las construimos desde nuestro hacer)

Hacer tiene una importancia primordial, pues es muy fácil perder de vista que los resultados que obtenemos -buenos o malos- no son otra cosa que la consecuencia inevitable de las acciones que hemos emprendido. Es mucho más útil poner énfasis en el camino que en el destino al que nos conduce ese camino. Si quieres perder peso, por ejemplo, probablemente sea más eficaz focalizarte en alimentarte de forma adecuada y hacer ejercicio que estar comprobando a cada día tu peso en la báscula. Con demasiada frecuencia, el hecho de focalizarnos en conseguir llegar a la “línea de meta” nos distrae del camino que conduce hasta ella.

TENER implica un cierto sentido de posesión, así como el orgullo de permanencia que muchas veces asociamos a esa posesión. Podemos tener cosas como propiedades: una casa, un coche, una televisión, etc, pero también vinculamos al tener otras cosas que no tan claramente podemos meter en nuestro saco de propiedades: si tienes una pareja no es algo que poseas, aunque te lo podrías plantear en esos términos y olvidar que tienes que seguir haciendo cosas con el fin de alimentar y enriquecer esa relación para poder desarrollarla.

Es fácil que perdamos de vista que lo que tenemos en última instancia es fruto de lo que hacemos, bien se trate de tener un trabajo, una relación, títulos académicos, conocimientos, habilidades, etc. Queriendo tener se nos olvida todo lo que necesitamos hacer para sostener esas cosas que damos por sentadas. Si tienes una amistad con alguien será probablemente gracias a las situaciones que has vivido con esa persona, las conversaciones que has abierto, la escucha que le has brindado o los malos o buenos momentos compartidos.

Si las cosas que hacemos son efectivas, finalmente conseguimos los desenlaces esperados. CONSEGUIR es algo altamente motivador, nos proporciona la gasolina necesaria para que el esfuerzo que experimentamos sea justificado. El problema con el conseguir es que a veces conseguimos cosas que realmente no queremos o necesitamos. En ocasiones, llegar a esa ansiada meta nos deja una sensación de vacío o insatisfacción al no habernos tomado el tiempo necesario para conectar con nuestros propios valores.

En un mundo globalizado e hiperconectado en el que el pensamiento grupal se convierte en la norma a seguir, es fácil que otros te digan el camino que debes de recorrer y las necesidades que has de satisfacer. Las fuerzas de la conformidad determinan los deseos que nos marcamos en muchas ocasiones.

Como decía Epicteto, “muchos de nuestros problemas se deben a que organizamos nuestra vida en base a convenios, en vez de a la razón”. Nuestra sociedad nos ofrece innumerables oportunidades para adquirir, conseguir o comprar lo que necesita hacerse. Las vías rápidas y los atajos son el reclamo de nuestra atención y deseos, y el esfuerzo asociado a nuestro actuar, el enemigo a batir.

Pero más allá de lo que tengas o consigas, lo único relevante es el proceso de lo que haces a cada instante de tu vida, puesto que define el tipo de vida que disfrutas y, en última instancia, quién estarás siendo. Te deseo un feliz y exitoso “hacer” para este 2020.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

¿Qué es la respons(h)abilidad?

Respons(h)abilidad, ¿la mayor carencia de nuestra sociedad?

En mi opinión, la principal carencia o área de mejora de nuestra sociedad, es decir, de cada uno de sus miembros y por tanto de su conjunto, es la respons(h)abilidad.

La sociedad es un sistema compuesto por otros subsistemas o ámbitos en los que se desenvuelven sus miembros, como la familia, la empresa, las instituciones, etc.

El propósito de este breve artículo no es identificar sus causas sino facilitar tu reflexión, y, tal vez, apuntar algún sendero de solución.

¿Qué es la respons(h)abilidad?

Una definición sencilla es la habilidad para responder a lo que sucede. Responder se refiere a lo que dices y haces cada vez que sucede algo en el mundo. Son tus palabras, acciones, decisiones y actitudes, y también la ausencia de cualquiera de ellas. Sí, no olvides que tu silencio es una respuesta equivalente a un “esto no me importa”.

La respons(h)abilidad es individual porque siempre se origina en el individuo.

Al cabo de cada día das muchas respuestas en todos los ámbitos sociales en los que participas.

Víctima

Mi definición de víctima es: persona que en lugar de responder elige “culpar al mundo” de lo que le sucede y podría cambiar, o bien no aceptar que suceda lo que no tiene capacidad para cambiar. El mundo es, según lo que acontezca, su pareja, su vecino, el gobierno, el clima, la economía, su falta de tiempo…

La víctima se queja continuamente, sufre y lo pasa mal, porque ha elegido “no ejercer su poder” para cambiar lo que sucede. El poder entonces lo tienen los demás, que lo usan mal, y la consecuencia es lo que a ella le sucede. Por eso los culpa.

Cuando identificamos a una víctima solemos sentir compasión, porque observamos su sufrimiento. Recuerda que el sufrimiento es el juicio o valoración que haces de lo que piensas que te sucede. El sufrimiento es, también, una elección.

Cómo dejar de sentirte víctima

Nadie “es” víctima. La víctima “cree” ser objeto de las “desgracias” que el “mundo” le provoca. Es una sensación o un sentimiento generado por su creencia: “no tengo poder, o no sé como ejercerlo”. Y esa es la buena noticia: de la misma forma que en algún momento de su vida eligió construir esa creencia, ahora puede cambiarla por otra. P.e.: “comportarme con respons(h)abilidad”.

La respons(h)abilidad dispara una espiral poderosa

Observa cómo el ejercicio de tu respons(h)abilidad es muy relevante porque desencadena una espiral de poder en el mundo, transformándolo. Cada vez que das una respuesta disparas automáticamente tu motiv-acción.

Una definición sencilla de motiv-acción es disponer de un motivo para accionar.

¿Y cuál es ese motivo? Tu respuesta. Su poder principal es que es tuya. Es tu palabra, tu solución a un problema, tu decisión o tu actitud ante lo que sucede en el mundo.

La motiv-acción es una fuerza, energía o emoción que moviliza tu accionar.

Y cada vez que te sientes motiv-accionado disparas automáticamente tu com-promiso.

Una definición sencilla de com-promiso es promesa que me hago a mí o a otro.

La promesa no es una intención, ni un deseo. Es una decisión, una determinación que involucra tu integridad y, por tanto, tu confiabilidad frente a ti y/o al otro. La falta de cumplimiento de una promesa tiene consecuencias ante el otro y/o ante ti mismo.

¿Y por qué se dispara tu com-promiso? Porque tienes un motivo para accionar, que proviene de tu respuesta.

Cada vez que te comprometes disparas automáticamente tu sentido de pertenencia o tu autoestima.

Si tu respuesta -y sus consecuentes motiv-acción y com-promiso- era a otro (jefe, familiar, amigo…), disparas tu sentido de pertenencia en ese ámbito; y si la respuesta te la diste a ti mismo (“voy a realizar tales cambios saludables”) disparas tu auto-estima.

El ejercicio de tu respons(h)abilidad no sólo genera un resultado o consecuencia en “el mundo”, sino que además refuerza automáticamente tu motiv-acción, com-promiso y sentido de pertenencia o auto-estima.

Cada vez que un individuo no ejerce su respons(h)abilidad, o alguien (jefe, familiar, amigo…) se lo impide, por ejemplo ordenándole lo que tiene que hacer, ese individuo es privado automáticamente de su motiv-acción, com-promiso y sentido de pertenencia o autoestima.

Respons(h)abilidad y libertad

Entiendo la respons(h)abilidad como un derecho que emana de la libertad. Las sociedades que se esfuerzan en promover la libertad del individuo aumentan su respons(h)abilidad y disminuyen el victimismo.

En mi opinión nuestra sociedad está liderada, todavía y principalmente, por líderes con estilos autoritarios o carismáticos. Basta echar un vistazo a los principales -los que ejercen más influencia por su visibilidad en los medios de comunicación- como serían los políticos, IBEX 35, etc.

La elección de la concentración de poder en pocos individuos con esos estilos tiene como consecuencia una fuerte descompensación de los niveles de respons(h)abilidad entre ellos y sus colaboradores.

El mensaje implícito transmitido por ese líder es: falta de confianza. Mensaje que, obviamente, le es devuelto por sus colaboradores, ya que la confianza o su carencia es siempre bidireccional.

Un sendero de solución

La precondición para que un individuo pueda dar una respuesta es que se haga alguna pregunta. Las preguntas son las llaves que abren las puertas que guardan las respuestas. La siguiente condición es alguien que la escuche.

Esas dos condiciones disparan la respons(h) abilidad. Pregunta y escucha son realmente dos habilidades, lo que quiere decir que requieren de práctica para su utilización efectiva.

Es muy curioso observar y reflexionar acerca de cómo es que dos habilidades tan simples e importantes apenas son practicadas efectivamente en nuestra sociedad.

¿Recuerdas algún momento de tu período educativo – familia, colegio, universidad, master…- en el que te hayan indicado su relevancia y enseñado a practicarlas?

¿Crees que la pregunta y la escucha son las herramientas básicas para desarrollar la respons(h)abilidad del individuo… y, automáticamente, disparar su motiv-acción, com-promiso y sentido de pertenencia o auto-estima?

¿Tiene lo anterior alguna relación o influencia con los resultados que puede conseguir una empresa, partido político o cualquier otra institución o grupo humano?

¿Influiría un incremento de la respons(h)abilidad individual en la dignidad y bienestar del individuo y la sociedad en la que habita? ¿A qué se refería John F. Kennedy cuando dijo “no preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”?

“Los resultados que quieres conseguir no pueden ser alcanzados por el individuo que eres ahora, es decir, por el individuo que posee las habilidades, actitudes y mentalidad de que dispones hoy. Porque si así fuera ya los habrías conseguido. Serán alcanzados por un individuo diferente. Exactamente por el individuo que haya conquistado las habilidades, actitudes y mentalidad que requieren esos resultados

Jim Rhon

 

Jaime Bacás. Socio Atesora Group

productividad personal clave exito

Éxito sobre dos ruedas

Cuando en alguno de los talleres que tengo el honor de facilitar los participantes me piden bibliografía, suelo recomendar como lectura obligatoria “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, del tristemente fallecido Stephen Covey. Da igual cuál sea la temática del taller, probablemente los puntos clave o las palancas de movilización ya fueron contempladas por su autor allá en 1989, fecha de la primera edición de la obra.

No es un libro fácil de leer, ni satisface a todo el mundo. No es de extrañar, porque es denso y exige mucha interiorización; a veces requiere releer dos o tres veces sus párrafos para captar toda la esencia que encierran y adaptarla al mismo tiempo a la trayectoria vital de cada uno. Y eso es un esfuerzo inadmisible para muchas personas que confunden “leer” con “leer tweets”, o que se creen que han aprendido Historia a base de tragarse sin el menor juicio crítico las alucinaciones del Código da Vinci y demás novelas pseudohistóricas. “Los 7 hábitos” no es una lectura de cabecera, es para tomárselo con tranquilidad y dedicarle el tiempo adecuado. Hay que beberlo a sorbitos, no a tragos.

Este libro, considerado la obra de management y autoayuda más influyente de todo el siglo XX, propone un camino de siete peldaños para ascender desde la posición más desvalida (dependencia total de otras personas, ya sea física, intelectual o emocionalmente hablando) hasta la mayor de las satisfacciones (utilización de la propia independencia para conectar y entrelazarnos con el resto de los seres humanos, es decir, vivir felices de forma interdependiente). No voy a extenderme sobre cuáles son esos peldaños ni cómo funciona el método, prefiero dejar a la curiosidad del lector el trabajo de profundizar, si así lo desea. Las fuentes son abundantes y fáciles de encontrar. Pero sí quiero comentar con vosotros una reflexión personal, que surgió de conectar mi anual semana de ruta en moto con los principios fundamentales que dieron origen al libro, y que el propio Covey explicó muy bien en sus videos.

La idea germinal de esta -a mi juicio- obra maestra se remonta a 1976, cuando, con motivo de la publicación de un estudio sobre el concepto de éxito, el autor se propuso investigar lo que dicho concepto significaba tradicionalmente en la mente del estadounidense medio; no olvidemos que éxito puede significar cosas muy variadas dependiendo de para quién (por ejemplo, para una persona tener éxito podría equivaler a ganar mucho dinero, mientras que para otra puede significar criar y educar a sus hijos, para otra más ocupar una posición de poder e influencia y para una última disfrutar de las oportunidades para desarrollar en la vida su máximo potencial intelectual o creativo). Así que decidió consultar artículos, libros y referencias de la literatura de su país para ver cómo se había abordado este tema históricamente. Y pronto se encontró con algo que cualquiera de nosotros que tenga una cierta edad podría corroborar.

Resulta que la mayor parte de las obras que habían sido publicadas antes de los años 60 del siglo XX coincidían en relacionar el éxito de una persona con los valores tradicionales, inculcados a través de los siglos: ser ético, honesto, trabajador, madrugador, confiable, ahorrador, sincero, etc. se consideraba universalmente el camino directo para llegar a ser alguien “formal y de provecho”. Seguro que alguno de vosotros está escuchando en este momento a sus padres y abuelos, igual que yo.

Pero, como si de una línea en el suelo se tratara, la literatura posterior a esa fecha vinculaba el éxito más bien con herramientas de ámbito social y relacional; saber cómo negociar y obtener beneficios rápidos, ser un orador convincente, utilizar mecanismos de influencia con los otros, liderar carismáticamente y otras habilidades similares pasaron a ser consideradas por la sociedad, o al menos por el mundo empresarial, como más útiles y efectivas para conseguir el éxito profesional y, por extensión natural en la época de los yuppies y el workaholismo, en la vida del individuo.

En su particular búsqueda de lo que, parafraseando a Einstein, podríamos llamar la “teoría unificada del éxito”, Covey sostenía que ambos enfoques eran correctos, pero incompletos. Por ejemplo, todos conocemos personas profundamente éticas y de sólidos valores cuya vida transcurrió y acabó sin pena ni gloria; y también nos hemos topado con personajes hábiles y carismáticos pero profundamente vacíos, que incluso llegaron a ser repudiados por la sociedad de la que tanto se aprovecharon.

Lo bonito y original de “Los 7 hábitos” es cómo convirtió la evolución de una persona hacia el éxito en una figura parecida a un iceberg, en la que la parte enorme y sumergida tiene que ver con los valores y la solidez del sujeto (por eso el conseguir recorrer esta parte del camino constituye lo que llamó la “Victoria Privada”); y la parte visible (la “Victoria Pública”) está conformada por herramientas que permiten relacionarnos exitosamente con los demás, pero que se apoyan y fundamentan inexorablemente en los valores del individuo.

Este mes de agosto, como tengo por costumbre cada año desde hace algunos, me tomé una semana para recorrer una ruta en moto por alguna zona inhóspita de España. Es mi tiempo de pensar, de cargar energía en absoluta soledad y sin rumbo fijo, planificando cada noche qué camino voy a tomar y dónde voy a dormir al día siguiente. Y una semana a horcajadas sobre un motor, recorriendo carreteras perdidas, alojándome en habitaciones más que humildes y tomando café en el bar de la plaza de poblaciones minúsculas, da para unas cuantas reflexiones. Sobre lo divino, lo humano, y hasta sobre Stephen Covey.

¿Y por qué me vino a la cabeza este señor en concreto? Pues por tres cosas que detonaron dichas reflexiones.

La primera es el saludo que nos solemos hacer los motoristas cuando nos cruzamos en vías de doble sentido. Si no eres motero y en alguna ocasión vas detrás de uno en una carretera, verás cómo al cruzarse con otro ambos harán una señal de “V” con los dedos índice y corazón de la mano izquierda (si en ese momento está pulsando el embrague, también vale una ráfaga de luces o levantar el pie derecho de la estribera para agradecer al que te ha facilitado adelantarle, los tres gestos tienen el mismo significado). Dicen que el origen de esta señal se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados motorizados y los correos que iban y venían del frente se saludaban y deseaban buena ruta al cruzarse. Ahora no estamos en guerra, pero aún así dos individuos que no se conocen se desean un buen camino libre de sustos; es un gesto respetuoso y solidario no exento de cierto romanticismo, y me encanta saludar y ser saludado por alguien que no conozco al borde de un barranco en la Sierra de Albarracín. Es cierto que algunos maleducados no hacen la señal, pero la mayoría sí.

La segunda es la hospitalidad que dos grandes amigos me han brindado al alojarme varios días en su casa en la playa. Viajar sin rumbo da mucha libertad y permite vivir aventuras, pero uno siempre está expuesto a imprevistos, siendo el mal clima un clásico de agosto. Una inoportuna tormenta de verano que cubrió medio país me obligó a alterar la ruta de forma inopinada, y decidí cambiar la meseta castellana por la azulísima Costa Blanca. Aunque encontrar alojamiento en plena zona turística el mes de mayor ocupación de los últimos 15 años no es sencillo, encontré una habitación de alquiler en una casa preciosa, pero situada en un pueblecito de interior, a bastantes kilómetros de mi destino escogido. Aún siendo incómodo llegar a la playa desde allí, no era cuestión de rechazar la única oportunidad de dormir por un precio razonable, así que me quedé.

Después de descansar un rato, me acerqué -más bien debería decir “me alejé”- a la playa para cenar algo y localizar a un matrimonio de amigos que viven allí, y cuya compañía fue uno de los motivos que me llevaron a esa zona en concreto. Encontré a mis queridos Eduardo y Patricia exactamente donde esperaba hacerlo, y al no haberles avisado de mi llegada la alegría fue mutua y enorme por lo imprevisto de la visita. Ni que decir tiene que les faltó tiempo para ofrecerme su casa durante el tiempo que quisiera, y tampoco hace falta decir que yo acepté encantado la oferta tras cerciorarme de que no causaba más trastorno que el mínimo. Esto puede parecer de lo más obvio, y lógico en personas que se quieren y se encuentran, de hecho rechacé por motivos logísticos invitaciones similares de otros tantos amigos a visitarles en sus lugares de veraneo; pero en tiempos en los que todos vivimos centrados en nuestra comodidad y ocupados mayormente en la satisfacción de las propias necesidades y muy poco de las ajenas, el que diferentes personas me ofrezcan cariñosa y generosamente sus casas para que yo pueda disfrutar del verano en su compañía me enternece y me hace sentir muy agradecido a todos ellos. Y máxime cuando son anfitriones tan abiertos y flexibles como la pareja en cuestión. En cualquier caso, muchas gracias a todos los que os habéis ofrecido a acogerme en mis locos viajes.

La tercera reflexión fue consecuencia de un pequeño percance, afortunadamente sin consecuencia de ningún tipo. A media tarde de uno de los últimos días de mi viaje, me desvié ligeramente de mi camino para visitar una pequeña población turolense, minúscula en tamaño pero enorme en arquitectura e historia. Cuando circulaba a muy poca velocidad por la Plaza Mayor del pueblecito en cuestión, una furgoneta salió de una bocacalle de forma tan imprudente como veloz, lo que, unido al sol del atardecer en los ojos, me dio el susto de mi vida. Felizmente no pasó nada serio; ambos nos vimos y frenamos antes de chocar, pero la inercia de más de 350 kg y lo resbaladizo del piso de adoquines pulidos me impidieron detener la moto en seco, por lo que se me cayó sobre el lado derecho sin poderla sostener.

Sobresaltos aparte, lo que me hizo emocionarme fue la cantidad de gente que vino a ayudarme. Es cierto que la mayor parte eran personas que estaban tomando algo en la terraza del bar y fue justo delante suyo, pero también corrieron a socorrerme la camarera del mismo y varios conductores, además del de la furgoneta y la chica que viajaba con él. No menos de diez personas me rodearon en cuestión de pocos segundos, aunque el percance no tuvo gravedad pese a lo aparatoso de cualquier accidente. Entre todos fue fácil levantar la moto, y algunos de ellos no se fueron de mi lado hasta que se cercioraron de que me encontraba perfectamente, así como la moto; no fuera a ser que continuara el viaje y me llevase otro susto adicional.

Es cierto que podría haberme hecho daño, especialmente por quemaduras por el tubo de escape, pero afortunadamente sólo salió herido mi orgullo de “Ángel del Infierno”. Después de deshacerme en agradecimientos, continué mi camino sin prisa y con el único objetivo de llegar al hotel para darme una ducha y dormir, si es que podía.

Cuando escribo estas líneas, casi he terminado mis vacaciones. Y, a diferencia de toda esa gente que vuelve más cansada de lo que se fue porque simplemente cambió el agobio de la ciudad por el de la primera línea de playa, los atascos del trabajo por los de la carretera costera y las prisas de los informes por las de la tumbona y la toalla, yo he vuelto feliz. Traigo una óptica más benévola hacia el ser humano de la que me llevé. Obviamente no respondo por cada sujeto del planeta, pero me da la sensación de que hay más gente pacífica, honesta y generosa que egoísta, envenenada o despreciable; y si eso es así se lo debemos a nuestros padres, así como a los familiares, maestros y figuras de autoridad que nos inculcaron una serie de valores que hoy día permanecen en nosotros, nos regalaron la ética que guiaba sus propios actos y facilitaron nuestra “Victoria Privada”. Otro día podríamos hablar acerca de cómo y por qué la política busca dividirnos alentando lo que nos separa y penalizando lo que nos aglutina, pero hoy no; hoy me siento agradecido a mis anónimos auxiliadores, a mis amigos anfitriones, a mis colegas de ruta sobre dos ruedas y al Sr. Covey, que en el momento oportuno me dio una estructura para reflexionar a partir de sus propios razonamientos. ¡¡Buena ruta a todos!!

Iván Yglesias-Palomar.   Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group