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¿Utilizas objetivos SMART o SMRT?

Octubre, 1982

Hacía menos de un año que había sido fichado por una multinacional norteamericana, líder en su sector, como director de la división de Diagnóstico Clínico para la Península Ibérica.

Por entonces cumplía el octavo año de mi carrera en el ámbito empresarial, e ignoraba que ésta duraría trece años más.

El jefe al que me referiré era el tercero en mi carrera, y, para mi sorpresa, resultó no ser un jefe. Tardaría bastantes años en colocarle la etiqueta adecuada. La relación conmigo era y sería completamente diferente a la vivida con todos los otros, y la disfruté durante los tres años que ocupó ese cargo (aquella empresa los cambiaba con esa frecuencia).

Se llamaba Nagesh Matre, norteamericano de origen indio (de India, no de los sioux), era el presidente europeo de esa división (con base en Francia) y yo reportaba funcionalmente a él para todo lo que era negocio, y al country manager para las funciones de apoyo (finanzas, logística, legal, etc.). Estrenábamos la estructura matricial… aunque eso da para otro artículo, incluso para una serie.

Un día de ese mes, aprovechando una de sus visitas, me preguntó:

– Dime Jaime… ¿cuáles son tus objetivos de negocio para 1982?

Me quedé estupefacto, es decir, más que sorprendido. Respondí:

– Ehhh… ¿No me los vas a fijar tú?

– Bueno… si son tus objetivos tendrás que establecerlos tú, ¿no?

– Ya… bueno… necesito pensármelos, Nagesh. No esperaba esta situación.

Acordamos en tratarlo aprovechando una reunión europea que tendría lugar un par de semanas después.

Cuando llegó el momento le expuse mis objetivos, que escuchó con atención, sin realizar ningun juicio o valoración de los mismos. Únicamente hizo un gran número de preguntas neutras de aclaración, otras acerca de los criterios que había seleccionado para elegir esos objetivos y otras más en las que indagó en mi grado de confianza en las cifras. Su última pregunta fue:

– ¿Quieres modificar alguna cifra?

Me lo pensé unos pocos segundos y respondí con convicción:

– Sí. Un 10% en ventas y beneficio.

Nunca jamás olvidaré que el resultado final frente a mi objetivo 1982 fue un 103% en ventas y un 101% en OIBT.

Este individuo fue el único, en esos poco más de veinte años, que no discutió o me impuso un objetivo de negocio, y también el que más preguntas me hizo.
De hecho no puedo recordar que me diese alguna orden durante los casi tres años que ocupó ese cargo. Tampoco enjuició lo que yo hacía o decía. Exclusivamente me hacía preguntas. Muy buenas preguntas, que me servían para reflexionar y modificar mis decisiones o confirmarlas con mayor fuerza. ¡Parecía un periodista!

Tuvieron que pasar veintiún años desde aquel día, cuando me formé como coach, para que encontrara una etiqueta al rol que desempeñó conmigo: líder-coach.

La transformación

El impacto que Nagesh me causaba era tan fuerte que la suela de mis zapatos apenas se desgastaba. Flotaba en una nube de responsabilidad, motivación, compromiso y ownership. Viví el empowerment sin tener aún un profundo conocimiento de esos términos o conceptos. Me sentía satisfechamente abducido.

Tuve la fortuna de poder acceder a un modelo de rol del que aprender en vivo y en directo, una oportunidad excelente que no dejé escapar. Comencé a observarle intensa y furtivamente con el propósito de aprender para copiar y pegar sus comportamientos con mis colaboradores. Conseguí replicarlos en gran medida, aunque ignoraba los fundamentos. Era como aprender a practicar fútbol sin conocer las reglas del juego. El resultado fue más que excelente.

La A de SMART

La gran mayoría de los centenares de jefes y empleados que he conocido en mi segunda carrera profesional, como coach desde 2003, afirman utilizar el modelo SMART para el establecimiento de objetivos.

Después de haber vivido aquella experiencia, puedo contar con los dedos de mis manos, y tal vez uno de mis pies, los que realmente sí utilizan el SMART. Todos los demás utilizan el SMRT. Les falta la A.

En 1982 formé mi opinión, que no he modificado aún, de que la A es bastante más relevante que las otras cuatro letras. Significa Alcanzable y Acordado.

Alcanzable se refiere a asequible. Sin duda estará fuera de la zona de confort, y por consiguiente requiere un esfuerzo extra y algún cambio en el protagonista (nuevos aprendizajes) que le permita convertirse en una persona diferente, exactamente la persona capaz de atraer ese resultado diferente, nunca antes alcanzado.

Acordado se refiere al pacto argumentado entre el individuo que se responsabiliza del objetivo, el protagonista, y su líder. Porque sólo los líderes son capaces de utilizar SMART.

Cuando el objetivo es impuesto, contra la voluntad del individuo, deja de ser un objetivo. En todo caso será el objetivo del jefe, nunca del individuo que no cree en él.

Un objetivo impuesto implica la ausencia de respons(h)abilidad, ya que no es la respuesta (decisión) del protagonista. La imposición de un objetivo no creíble ni aceptado tiene como consecuencia inevitable la minimización de la motiv-acción y del grado de compromiso del individuo.

Un objetivo impuesto equivale a una orden, y el mejor escenario que puede esperar el jefe que da una orden es la obediencia del ordenado, no su motivación y compromiso.

Y cuando el protagonista recibe esa orden, la mejor respuesta que puede dar a su jefe suena más o menos así: “lo intentaré con todas mis fuerzas”. Nunca pronunciará un “me comprometo”.

Y todos conocemos la diferencia entre esos dos verbos. El verbo intentar lleva embebida en su definición la posibilidad de no conseguir, mientras que el verbo (com)prometer significa promesa. El nivel de motiv-acción que despliega el individuo que intenta es bastante inferior al que ha prometido. La diferencia reside en su confianza.

Cuando el protagonista elige libremente su objetivo pone en juego su respons(h)abilidad y, a través de ella, se hace el dueño (ownership) de todo el proceso que conduce al resultado. En el primer caso el dueño del objetivo es el jefe, y en el segundo el dueño es el protagonista (entonces el jefe deviene en accountable, no responsable).

Son estas diferencias las que distinguen a la A de las otras cuatro letras SMRT. La A es la (única) letra que moviliza estos drivers internos del protagonista, indispensables para confiar en la consecución de su objetivo y disparar su compromiso.

Enero, 2019

Han pasado treinta y siete años desde que descubrí la relevancia de esa letra A y, según mi experiencia, parece que muchas organizaciones apenas han evolucionado en el establecimiento de objetivos.

Tal vez no sea una coincidencia que el déficit de liderazgo continúe siendo señalado, año tras año, como la primera o segunda preocupación organizacional.

Muchos directores y jefes se enfrentarán durante los días próximos a la tarea de establecer los objetivos 2019 con sus colaboradores. Una estupenda ocasión para preguntarse:

¿Quiero devolver a los miembros de mi equipo
su respons(h)abilidad, motiv-acción, compromiso y ownership
a la hora de establecer sus objetivos?

Dicho de otra forma, ¿elijo ser un jefe o un líder?

P.D. En recuerdo de Nagesh Matre, de quien aprendí, a través de su ejemplo, la práctica del liderazgo, sin leer ningún libro ni asistir a ningún curso. Su influencia determinó que eligiera hacerme coach veintiún años después. No puedo estar más agradecido.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group

revistatalento_Blog marzo-abril 2017

Nueva edición de la Revista Talento, marzo 2017

Ya tienes a tu disposición la última edición de la revista Talento Mar-Abr. La revista Talento es una publicación especializada en coaching, mentoring, desarrollo de habilidades directivas, liderazgo, facilitación del aprendizaje y transición de carreras.

En ella encontrarás, entre otras informaciones y noticias sobre las presentaciones de nuestros servicios, los siguientes contenidos:

Jaime Bacás en el editorial “El gran reto (perenne) de la Dirección de Desarrollo y Formación” se pone el gorro de provocador de conciencias para estimular la reflexión de este colectivo en la identificación de los elementos que continúan frenando la efectividad de los programas de desarrollo de soft skills. Apunta un par de “eslabones perdidos”: el paradigma prevalente (e inefectivo) “saber es suficiente para hacer” y la utilización del modelo de aprendizaje pedagógico (para niños) en lugar del andragógico (para adultos).

El artículo “Shadow Coaching (Desarrollando habilidades de venta en “el terreno”)” es la contribución de Miguel Labrador que puede resultar de interés a los gerentes de ventas y a los responsables de desarrollo de personas que persiguen un incremento significativo en el desempeño de sus comerciales, es decir, en sus resultados.
Después de analizar la necesidad, e insuficiencia, del entrenamiento en sala sobre técnicas de ventas propone y describe los beneficios de la implantación del Shadow Coaching como una de las formas más efectivas para acelerar el desarrollo efectivo de los profesionales de venta de tu organización

En “Liderazgo y Madurez” Iván Yglesias-Palomar aborda esta relación que puede resultar de utilidad a los managers que quieren evolucionar a líderes. Iván señala la madurez como un balance entre la competencia técnica y la disposición del sujeto. A continuación describe esas dos dimensiones y revisa las características de los cuatro cuadrantes a los que da lugar la variabilidad de esas dos dimensiones.

“Cómo lancé mi primer programa de mentoring (Diario imaginario de un Manager de Desarrollo de Talento)” es el artículo de ficción de Jaime Bacás en el que el protagonista, un responsable de desarrollo de talento de una organización, anota en su diario las dudas, incertidumbres, miedos, reflexiones, descubrimientos, aprendizajes, decisiones… a los que se enfrenta cuando decide lanzar su primer programa de mentoring. Como algunas historias que vemos en el cine este artículo “está basado en hechos reales”, que hemos conocido a través de nuestra extensa experiencia acompañando a estos profesionales en su “viaje”.

Desde Atesora Group te deseamos una transición del invierno a la primavera plena de felicidad y éxito y, más específicamente… que elijas hacer de hoy un día maravilloso
(si lo piensas sólo depende de ti).


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Cosas que aprendí en 2016 (Parte IV)

Y así llegamos a la mitad del verano de 2016. Tras los últimos veinte años de mi vida sin hacer nada de ejercicio -exceptuando el submarinismo, que, a mi nivel y tal y como yo lo entiendo, es más una actividad de recreo que un deporte-, me asaltó de repente algo parecido a una sensación de irresponsabilidad, unos fuertes remordimientos acerca del mal estado físico que lucía en ese momento. Y no tenía que ver sólo con la decepcionante imagen en bañador que veía en el espejo, sino también con las contracturas y dolores de espalda que se habían hecho bastante crónicos, unidos a la imposibilidad de subir tres pisos sin jadear como un gran danés.

No recuerdo qué día del mes de agosto tomé dos decisiones. La primera suena muy grandilocuente, y aún me asusta a mí mismo como objetivo: “Voy a cambiar mi cuerpo -me dije-. Voy a construirme un chasis y una carrocería nuevos; quiero verme, dentro de mi edad y posibilidades, físicamente atractivo.”

Soy muy consciente de que cambiar un cuerpo no es algo rápido ni fácil. Como karateca de competición que fui un día, sé que se trata más bien de un cambio estructural de hábitos; de aprender a comer de otro modo, de disfrutar yendo a un gimnasio, de hacerte adicto al sufrimiento controlado, de que sea el propio cuerpo quien pida el entrenamiento, y no el cerebro el que se resigne a él. Resumiendo, quería conseguir que el deporte me gustase. Y en ese momento no me gustaba. Pero nada de nada. Sin embargo, me rondaba por la conciencia una incómoda pregunta: “Si he logrado conseguir todos los demás objetivos que me he propuesto en mi vida, ¿por qué no voy a poder con éste?”

La segunda decisión fue prepararme para afrontar el cambio con éxito, tanto desde el punto de vista técnico -elegir un gimnasio, SMARTizar mis objetivos, equiparme, planificar los días y horas de entrenamiento, etc.- como emocional -mentalizarme, pensar tanto en los beneficios que me aportaría la enorme inversión de esfuerzo como en los obstáculos, internos y externos, que me iba a encontrar, etc.-. Decidí “despedirme” de la vida de caprichos culinarios durante lo que me quedaba de verano; me hice una ruta motera en solitario, que me sirvió para pensar mucho, y marqué la emblemática fecha del 1 de septiembre como fecha de inicio de mi nueva vida.

Es muy posible que todo esto suene a la crisis de los cincuenta, que aún me queda año y pico para cumplir. Pero no lo es. Porque lo que se esconde detrás de este arrebato es algo que podría definir como una crisis de congruencia; a fin de cuentas, si me paso la vida ayudando a otras personas a conseguir sus metas, lo mínimamente exigible es que yo sepa cumplir las mías, ¿verdad? ¿Cómo puedo éticamente cobrar por que otros cambien sus hábitos y no hacer yo nada con mis propias conductas inefectivas?

Un hábito es nada más y nada menos que un sistema que tiene el cerebro para “vaguear”. Me explico. El proceso de aprendizaje de algo nuevo se produce cuando nuestras células cerebrales, las neuronas, se conectan unas a otras formando algo parecido a una carretera, que se conoce como circuito neuronal. Por ejemplo, la primera vez que intentas tocar una melodía en un instrumento musical tienes muchas dificultades para hacerlo, porque tus neuronas “están construyendo la carretera” de esa canción; y eso tiene que ver con la posición de tus manos en el instrumento, la digitación apropiada, la duración de cada nota, etc. La siguiente vez que la tocas, es como si transitases la carretera por segunda vez, y fueras poco a poco corrigiendo defectos, asegurando el firme, tomando conciencia de todo el recorrido. La tercera es más fácil, la cuarta más aún, y así sucesivamente. Al final, la carretera se queda grabada en tu cerebro, y puedes volver a recorrerla cuando quieras. Por eso el entrenamiento y el ensayo de cualquier disciplina facilitan su aprendizaje. (Pero ¡cuidado! Si has construido una carretera pero ya no la vuelves a recorrer hasta dentro de mucho tiempo, es posible que se haya deteriorado por la falta de uso… Tendrás que reconstruirla. Eso lo sabe cualquier músico que se pase el mes de agosto sin ensayar)

¿Y por qué es tan difícil abandonar un hábito o incorporar uno nuevo? Por economía de recursos; es más barato en términos energéticos recorrer una carretera ya hecha que construir una nueva. Y por una cuestión de “holgazanería neuronal”, el cerebro prima los circuitos existentes a los nuevos a la hora de enfrentarse a situaciones; tiende a pensar como un mal concejal de obras públicas: “Para qué voy a gastar recursos en hacer otra carretera nueva si ya tengo una que aún es transitable; ya haremos otra cuando no nos quede más remedio…”

Visto desde este ángulo, cambiar mi cuerpo, o al menos mi tradicional desidia hacia el ejercicio físico, no era una tarea tan complicada; se trataba de cambiar unos hábitos inefectivos -pereza, abulia, apatía hacia cualquier ejercicio físico- por otros más saludables; o sea, demoler las carreteras y puentes viejos, cómodos y conocidos, pero desgastados y ruinosos, y construir una autopista hacia mi sueño de tener un cuerpo bonito. Y lo mejor de todo es que tenía un montón de lo único necesario para hacerlo: MOTIVACIÓN. O sea, un MOTIVO para la ACCIÓN. No había excusas.

¿Y qué ha sucedido desde entonces? Bueno, teniendo en cuenta que partía de un punto inicial tan opuesto a mi objetivo final, creo que todos los pasos que he recorrido, aún sin grandes resultados visibles, sí apuntan en la dirección correcta. Ya he perdido casi diez kilos de grasa, me noto mucho más tonificado y esbelto, pero especialmente más vivo y activo. Emocionalmente hablando, ha sido como pasar de la noche al día. Por supuesto que la carretera no se construye sola, y la inercia de tantos años sedentarios pesa mucho. Por eso la cantidad de energía motivacional que hay que emplear al principio es enorme, porque hay que vencer al cerebro, que es un vago de campeonato; pero para eso está la fuerza de voluntad. ¿Disfruto entrenando? NO, pero ya me siento muy culpable si no voy a entrenar. ¿He generado adicción al sufrimiento controlado? NO, pero cada día me pongo micro-retos que me ayudan a mantener una sensación de superación constante. ¿Me encuentro mejor después de entrenar que antes de hacerlo? SÍ, sin duda, definitivamente. Y este hecho me da más energía aún para continuar.

Ése es mi tercer aprendizaje. Todo se reduce a demoler carreteras viejas y trazar autopistas. Ni más ni menos.

Es obvio que un año da para muchos aprendizajes, máxime cuando el trabajo que desempeñas tiene que ver con el desarrollo humano y lo ejerces en muchos contextos diferentes. Por motivos de espacio mi selección se redujo a tres lecciones de vida, pero este artículo me ha servido para reflexionar sobre otras muchas, y en próximas ediciones de Talento os las contaré. Por ejemplo, os hablaré del enorme respeto, gratitud y comprensión que, según voy cumpliendo años, se están generando en mí hacia mis padres y las personas de edad en general; o la progresiva tendencia que experimento a eliminar la improvisación de mi vida sustituyéndola por “planes que me pueda saltar”; o la hipersensibilidad que siento últimamente hacia la telebasura y hacia las noticias trágicas y sangrientas que se ven en los informativos, por el impacto que están generando en mi hija adolescente.

Pero eso será en 2017. Felices Fiestas y Felices Aprendizajes.

Por Iván Yglesias-Palomar

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Cosas que aprendí en 2016 (Parte III)

Sucedió en la curva que conecta la vía de servicio de la autopista con la urbanización donde vivo. Es un camino que he recorrido en coche y en moto miles de veces, conozco perfectamente el trazado y, si me apuras, cada bache no restaurado en el asfalto. Y tampoco es una zona donde se circule a más de 20 o 30 kilómetros por hora, lo que resultó clave en la escasa gravedad del incidente.

La tarde del 1 de marzo di por concluida mi jornada laboral después de un día no especialmente cansado. Con buena visibilidad, firme seco y tráfico reducido, nada hacía prever un choque en los siete minutos escasos que tardo en recorrer la distancia entre la oficina y mi casa -sí, ya sé que soy un privilegiado-. Pero una pandilla de adolescentes, que no tenía otra idea mejor que jugar a empujarse unos a otros, decidió cambiar eso. Cuando estaba tumbando en la última curva para enfilar ya la calle en la que vivo, uno de los muchachos tiró a otro a la calzada con un soberano empujón, lo que obligó al coche que me precedía en el carril más próximo a la acera a invadir el mío bruscamente para no atropellarle.

El golpe fue inevitable, de nada valieron los reflejos, ni la contundente frenada, ni el ABS. No había distancia física suficiente.

Una vez resueltos los papeles del seguro, llegué a casa empujando la maltrecha moto y preso aún de una notable taquicardia. Y luego comenzaron las tradicionales vueltas en la cabeza. ¿Cometí una imprudencia? ¿Hasta qué punto el conocimiento de cada punto del itinerario había supuesto un exceso de confianza? ¿Qué porcentaje de mi nivel de atención prestaba a la conducción y qué porcentaje a mis propios pensamientos? ¿Y si me sucediera algo parecido en plena autopista a 120 kilómetros por hora?

Mi aprendizaje se resume de modo muy sencillo: al conducir una moto, al igual que en otros aspectos de la vida, no es bueno permanecer todo el tiempo en la zona de confort. Es útil y saludable mantener cierto punto de atención consciente. Y en el caso que nos ocupa, aprendí que frecuentar el mismo límite de la zona de confort no es una cuestión de estímulo o de desarrollo, sino de conservar la vida. Ahora no sólo soy mucho más prudente cuando voy en moto, sino que he extrapolado este aprendizaje a mi profesión. Aunque me sepa de memoria un taller, aunque haya practicado hasta la saciedad las dinámicas que lo componen, aunque conozca profundamente la filosofía de la empresa cliente, me lo repaso, lo ensayo mentalmente de arriba a abajo; no vaya a ser que algo no previsto me haga irme al suelo de repente.

3. UN HÁBITO ES SÓLO UN SISTEMA QUE EMPLEA EL CEREBRO PARA AHORRAR ENERGÍA. ES PERFECTAMENTE POSIBLE SUSTITUIRLO POR OTRO.

Por encima de cualquier otro logro o consideración, 2016 ha sido para mí el año de la reconciliación con mi cuerpo.

Nunca he sido un tipo deportista, una de esas personas que cuando no están jugando al fútbol están subiendo una montaña o practicando windsurf, porque no saben quedarse quietas. Mis aficiones, desde muy niño, fueron mucho más intelectuales o emocionales que físicas; aún me recuerdo, con siete u ocho años, sentado en un extremo del patio del colegio conversando con los compañeros más gorditos de la clase, aunque yo no lo fuera, lejos del bullicioso caos -y de los tremendos balonazos- de los partidos de fútbol de siete clases distintas que compartían el mismo campo de juego y la misma portería a la hora del recreo. Yo era un crío tranquilo, sedentario, nada competitivo; jamás entendí la gracia que tenía matarse por conseguir el balón, y me resultaba mucho más estimulante charlar con mis amigos acerca del último episodio de Mazinger Z o sobre cualquier otra cosa que volver a casa con tres puntos en la ceja.

A eso de los trece años comencé a practicar karate, un arte marcial por entonces poco implantado aún en España, y fue casi más por la insistencia de mi padre que por propio convencimiento. Lo cierto es que se me dio bien, así que con el paso de los años fui consiguiendo cinturones negros y trofeos, además de alguna lesión. Pero, aunque técnicamente fuera bueno, nunca me gustaron la competición ni el combate. Por ejemplo, la sensación de angustia y la tensión generadas por la expectativa de las peleas, aunque éstas estuvieran limitadas al tatami, solían provocarme fiebre la noche antes de un campeonato.

Quizás por ello o por agotamiento físico o mental después de millones de golpes de puño y de pierna, dejé el karate a los veinticuatro años. Y, desde entonces, mi vida deportiva puede definirse como una sucesión de intentonas; a veces, de recuperar la forma física apuntándome a gimnasios para luego no ir; y a veces, de eliminar los kilos de grasa acumulados en la cintura haciendo dietas milagrosas que, una y otra vez, me devolvían al frustrante punto de inicio tras un año de privaciones.


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Cosas que aprendí en 2016 (Parte II)

Pero en uno de los encuentros la cosa se torció. Y mucho. Durante la hora que duró la intervención de la persona responsable de la empresa, estuve observando atentamente el lenguaje corporal de los participantes. Y reconozco que me intimidó bastante; las posturas rígidas, los brazos cruzados, los rictus ácidos en la cara de muchos participantes y algunos ademanes un tanto agresivos no hacían presagiar un desenlace agradable, pero pensé que las técnicas habituales de manejo grupal, unidas al carácter profundamente balsámico del encuentro, se encargarían de deshacer los cubitos de hielo.

No fue así. De hecho, cuando me llegó el turno de intervenir no tuve tiempo más que de decir “Buenos días…”. En ese momento, uno de los participantes, como activado por un resorte, me espetó a la cara una cordial frase de bienvenida, que cito textualmente: “Sí, buenos días, buenos días, llevamos desde las ocho de la mañana con los “muchas gracias” y los “buenos días”. Pues que sepas que si no me lo hubiera ordenado mi jefe, que es ése -señaló a otro participante-, a buenas horas iba a estar yo escuchando tus buenos días”.

Me quedé petrificado, no esperaba una actitud tan áspera, y mucho menos cuando ni siquiera había comenzado a facilitar el encuentro. Ante mi asombro y la cortés petición de una explicación de su comportamiento, el participante mostró nuevamente la peor de sus caras y me respondió con otro improperio, más grosero aún -si cabe- que el primero. Invitado a irse si el taller no era de su interés, decidió quedarse por el carácter supuestamente obligatorio del evento.

Ni que decir tiene que, a partir de ese momento, el clima emocional en el que se desarrolló el encuentro dejó mucho que desear. Creo que fui capaz de salvar la situación con profesionalidad y oficio, pero evidentemente no fue el taller de mi vida, y, aunque nuestro sujeto no volvió a decir nada a lo largo del mismo, su actitud me hizo reflexionar mucho en ese momento, y también después. ¿Qué había hecho yo mal? ¿Por qué alguien que no me conoce había actuado de una forma tan sumamente grosera cuando mi única intención era ser cordial y ayudarle a tener influencia en la estrategia de la empresa? ¿Qué haría diferente de volverme a encontrar la misma situación? ¿Cuándo podría ocurrir de nuevo?…

Ignoro qué pasaba por la cabeza de ese hombre, pero, como las personas no suelen ser tan preventivamente desafiantes por naturaleza, parece obvio que estaba defendiéndose de algo que le había sucedido en la empresa con anterioridad, y de lo que yo no era nada más que la cara visible… o el trasero más fácil de patear en ese momento. Y precisamente eso hizo, independientemente de mi intención ayudadora.

La situación fue superada, digerida e interiorizada. Pero ¡qué duro resulta a veces aprender! Aún me duele el final de la espalda.


2- NO IMPORTA CUÁNTAS VECES HAYAS HECHO ALGO. LA SORPRESA PUEDE SALTAR EN CUALQUIER MOMENTO.

El presente aprendizaje lo obtuve a partir de un golpe mientras conducía mi moto. Si bien cualquier accidente de moto es potencialmente grave, éste sólo tuvo consecuencias físicas en el frontal del vehículo y en mi ritmo cardíaco, que debió llegar a 180 pulsaciones por minuto. Afortunadamente, nada más.


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