Archivo de la etiqueta: desarrollo

productividad personal clave exito

Éxito sobre dos ruedas

Cuando en alguno de los talleres que tengo el honor de facilitar los participantes me piden bibliografía, suelo recomendar como lectura obligatoria “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, del tristemente fallecido Stephen Covey. Da igual cuál sea la temática del taller, probablemente los puntos clave o las palancas de movilización ya fueron contempladas por su autor allá en 1989, fecha de la primera edición de la obra.

No es un libro fácil de leer, ni satisface a todo el mundo. No es de extrañar, porque es denso y exige mucha interiorización; a veces requiere releer dos o tres veces sus párrafos para captar toda la esencia que encierran y adaptarla al mismo tiempo a la trayectoria vital de cada uno. Y eso es un esfuerzo inadmisible para muchas personas que confunden “leer” con “leer tweets”, o que se creen que han aprendido Historia a base de tragarse sin el menor juicio crítico las alucinaciones del Código da Vinci y demás novelas pseudohistóricas. “Los 7 hábitos” no es una lectura de cabecera, es para tomárselo con tranquilidad y dedicarle el tiempo adecuado. Hay que beberlo a sorbitos, no a tragos.

Este libro, considerado la obra de management y autoayuda más influyente de todo el siglo XX, propone un camino de siete peldaños para ascender desde la posición más desvalida (dependencia total de otras personas, ya sea física, intelectual o emocionalmente hablando) hasta la mayor de las satisfacciones (utilización de la propia independencia para conectar y entrelazarnos con el resto de los seres humanos, es decir, vivir felices de forma interdependiente). No voy a extenderme sobre cuáles son esos peldaños ni cómo funciona el método, prefiero dejar a la curiosidad del lector el trabajo de profundizar, si así lo desea. Las fuentes son abundantes y fáciles de encontrar. Pero sí quiero comentar con vosotros una reflexión personal, que surgió de conectar mi anual semana de ruta en moto con los principios fundamentales que dieron origen al libro, y que el propio Covey explicó muy bien en sus videos.

La idea germinal de esta -a mi juicio- obra maestra se remonta a 1976, cuando, con motivo de la publicación de un estudio sobre el concepto de éxito, el autor se propuso investigar lo que dicho concepto significaba tradicionalmente en la mente del estadounidense medio; no olvidemos que éxito puede significar cosas muy variadas dependiendo de para quién (por ejemplo, para una persona tener éxito podría equivaler a ganar mucho dinero, mientras que para otra puede significar criar y educar a sus hijos, para otra más ocupar una posición de poder e influencia y para una última disfrutar de las oportunidades para desarrollar en la vida su máximo potencial intelectual o creativo). Así que decidió consultar artículos, libros y referencias de la literatura de su país para ver cómo se había abordado este tema históricamente. Y pronto se encontró con algo que cualquiera de nosotros que tenga una cierta edad podría corroborar.

Resulta que la mayor parte de las obras que habían sido publicadas antes de los años 60 del siglo XX coincidían en relacionar el éxito de una persona con los valores tradicionales, inculcados a través de los siglos: ser ético, honesto, trabajador, madrugador, confiable, ahorrador, sincero, etc. se consideraba universalmente el camino directo para llegar a ser alguien “formal y de provecho”. Seguro que alguno de vosotros está escuchando en este momento a sus padres y abuelos, igual que yo.

Pero, como si de una línea en el suelo se tratara, la literatura posterior a esa fecha vinculaba el éxito más bien con herramientas de ámbito social y relacional; saber cómo negociar y obtener beneficios rápidos, ser un orador convincente, utilizar mecanismos de influencia con los otros, liderar carismáticamente y otras habilidades similares pasaron a ser consideradas por la sociedad, o al menos por el mundo empresarial, como más útiles y efectivas para conseguir el éxito profesional y, por extensión natural en la época de los yuppies y el workaholismo, en la vida del individuo.

En su particular búsqueda de lo que, parafraseando a Einstein, podríamos llamar la “teoría unificada del éxito”, Covey sostenía que ambos enfoques eran correctos, pero incompletos. Por ejemplo, todos conocemos personas profundamente éticas y de sólidos valores cuya vida transcurrió y acabó sin pena ni gloria; y también nos hemos topado con personajes hábiles y carismáticos pero profundamente vacíos, que incluso llegaron a ser repudiados por la sociedad de la que tanto se aprovecharon.

Lo bonito y original de “Los 7 hábitos” es cómo convirtió la evolución de una persona hacia el éxito en una figura parecida a un iceberg, en la que la parte enorme y sumergida tiene que ver con los valores y la solidez del sujeto (por eso el conseguir recorrer esta parte del camino constituye lo que llamó la “Victoria Privada”); y la parte visible (la “Victoria Pública”) está conformada por herramientas que permiten relacionarnos exitosamente con los demás, pero que se apoyan y fundamentan inexorablemente en los valores del individuo.

Este mes de agosto, como tengo por costumbre cada año desde hace algunos, me tomé una semana para recorrer una ruta en moto por alguna zona inhóspita de España. Es mi tiempo de pensar, de cargar energía en absoluta soledad y sin rumbo fijo, planificando cada noche qué camino voy a tomar y dónde voy a dormir al día siguiente. Y una semana a horcajadas sobre un motor, recorriendo carreteras perdidas, alojándome en habitaciones más que humildes y tomando café en el bar de la plaza de poblaciones minúsculas, da para unas cuantas reflexiones. Sobre lo divino, lo humano, y hasta sobre Stephen Covey.

¿Y por qué me vino a la cabeza este señor en concreto? Pues por tres cosas que detonaron dichas reflexiones.

La primera es el saludo que nos solemos hacer los motoristas cuando nos cruzamos en vías de doble sentido. Si no eres motero y en alguna ocasión vas detrás de uno en una carretera, verás cómo al cruzarse con otro ambos harán una señal de “V” con los dedos índice y corazón de la mano izquierda (si en ese momento está pulsando el embrague, también vale una ráfaga de luces o levantar el pie derecho de la estribera para agradecer al que te ha facilitado adelantarle, los tres gestos tienen el mismo significado). Dicen que el origen de esta señal se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados motorizados y los correos que iban y venían del frente se saludaban y deseaban buena ruta al cruzarse. Ahora no estamos en guerra, pero aún así dos individuos que no se conocen se desean un buen camino libre de sustos; es un gesto respetuoso y solidario no exento de cierto romanticismo, y me encanta saludar y ser saludado por alguien que no conozco al borde de un barranco en la Sierra de Albarracín. Es cierto que algunos maleducados no hacen la señal, pero la mayoría sí.

La segunda es la hospitalidad que dos grandes amigos me han brindado al alojarme varios días en su casa en la playa. Viajar sin rumbo da mucha libertad y permite vivir aventuras, pero uno siempre está expuesto a imprevistos, siendo el mal clima un clásico de agosto. Una inoportuna tormenta de verano que cubrió medio país me obligó a alterar la ruta de forma inopinada, y decidí cambiar la meseta castellana por la azulísima Costa Blanca. Aunque encontrar alojamiento en plena zona turística el mes de mayor ocupación de los últimos 15 años no es sencillo, encontré una habitación de alquiler en una casa preciosa, pero situada en un pueblecito de interior, a bastantes kilómetros de mi destino escogido. Aún siendo incómodo llegar a la playa desde allí, no era cuestión de rechazar la única oportunidad de dormir por un precio razonable, así que me quedé.

Después de descansar un rato, me acerqué -más bien debería decir “me alejé”- a la playa para cenar algo y localizar a un matrimonio de amigos que viven allí, y cuya compañía fue uno de los motivos que me llevaron a esa zona en concreto. Encontré a mis queridos Eduardo y Patricia exactamente donde esperaba hacerlo, y al no haberles avisado de mi llegada la alegría fue mutua y enorme por lo imprevisto de la visita. Ni que decir tiene que les faltó tiempo para ofrecerme su casa durante el tiempo que quisiera, y tampoco hace falta decir que yo acepté encantado la oferta tras cerciorarme de que no causaba más trastorno que el mínimo. Esto puede parecer de lo más obvio, y lógico en personas que se quieren y se encuentran, de hecho rechacé por motivos logísticos invitaciones similares de otros tantos amigos a visitarles en sus lugares de veraneo; pero en tiempos en los que todos vivimos centrados en nuestra comodidad y ocupados mayormente en la satisfacción de las propias necesidades y muy poco de las ajenas, el que diferentes personas me ofrezcan cariñosa y generosamente sus casas para que yo pueda disfrutar del verano en su compañía me enternece y me hace sentir muy agradecido a todos ellos. Y máxime cuando son anfitriones tan abiertos y flexibles como la pareja en cuestión. En cualquier caso, muchas gracias a todos los que os habéis ofrecido a acogerme en mis locos viajes.

La tercera reflexión fue consecuencia de un pequeño percance, afortunadamente sin consecuencia de ningún tipo. A media tarde de uno de los últimos días de mi viaje, me desvié ligeramente de mi camino para visitar una pequeña población turolense, minúscula en tamaño pero enorme en arquitectura e historia. Cuando circulaba a muy poca velocidad por la Plaza Mayor del pueblecito en cuestión, una furgoneta salió de una bocacalle de forma tan imprudente como veloz, lo que, unido al sol del atardecer en los ojos, me dio el susto de mi vida. Felizmente no pasó nada serio; ambos nos vimos y frenamos antes de chocar, pero la inercia de más de 350 kg y lo resbaladizo del piso de adoquines pulidos me impidieron detener la moto en seco, por lo que se me cayó sobre el lado derecho sin poderla sostener.

Sobresaltos aparte, lo que me hizo emocionarme fue la cantidad de gente que vino a ayudarme. Es cierto que la mayor parte eran personas que estaban tomando algo en la terraza del bar y fue justo delante suyo, pero también corrieron a socorrerme la camarera del mismo y varios conductores, además del de la furgoneta y la chica que viajaba con él. No menos de diez personas me rodearon en cuestión de pocos segundos, aunque el percance no tuvo gravedad pese a lo aparatoso de cualquier accidente. Entre todos fue fácil levantar la moto, y algunos de ellos no se fueron de mi lado hasta que se cercioraron de que me encontraba perfectamente, así como la moto; no fuera a ser que continuara el viaje y me llevase otro susto adicional.

Es cierto que podría haberme hecho daño, especialmente por quemaduras por el tubo de escape, pero afortunadamente sólo salió herido mi orgullo de “Ángel del Infierno”. Después de deshacerme en agradecimientos, continué mi camino sin prisa y con el único objetivo de llegar al hotel para darme una ducha y dormir, si es que podía.

Cuando escribo estas líneas, casi he terminado mis vacaciones. Y, a diferencia de toda esa gente que vuelve más cansada de lo que se fue porque simplemente cambió el agobio de la ciudad por el de la primera línea de playa, los atascos del trabajo por los de la carretera costera y las prisas de los informes por las de la tumbona y la toalla, yo he vuelto feliz. Traigo una óptica más benévola hacia el ser humano de la que me llevé. Obviamente no respondo por cada sujeto del planeta, pero me da la sensación de que hay más gente pacífica, honesta y generosa que egoísta, envenenada o despreciable; y si eso es así se lo debemos a nuestros padres, así como a los familiares, maestros y figuras de autoridad que nos inculcaron una serie de valores que hoy día permanecen en nosotros, nos regalaron la ética que guiaba sus propios actos y facilitaron nuestra “Victoria Privada”. Otro día podríamos hablar acerca de cómo y por qué la política busca dividirnos alentando lo que nos separa y penalizando lo que nos aglutina, pero hoy no; hoy me siento agradecido a mis anónimos auxiliadores, a mis amigos anfitriones, a mis colegas de ruta sobre dos ruedas y al Sr. Covey, que en el momento oportuno me dio una estructura para reflexionar a partir de sus propios razonamientos. ¡¡Buena ruta a todos!!

Iván Yglesias-Palomar.   Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group

 

felicidad desarrollo

¿Vives en una cárcel de cristal?

La vida

La vida es lo que conoces y experimentas entre dos momentos: tu nacimiento y tu muerte.

Conoces el momento de tu nacimiento y desconoces el de tu muerte.

De este último no conoces ni el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Todo es incertidumbre alrededor de ese momento. Podría suceder ahora, más tarde o muchísimo más tarde aún. Desconoces el lugar en que tendrá lugar y sus circunstancias. Esa total falta de claridad genera a muchas personas preocupación, a veces miedo y sufrimiento.

Entre esos dos momentos, inicio y final, discurre tu vida en la que básicamente te dedicas a explorar, aprender y crecer.

La velocidad e intensidad con la que exploras, aprendes y creces es diferente de las de otras personas que conoces y te rodean. Tu vida se refiere, principalmente, al tipo de evolución de esos elementos

La zona de confort

Observa cómo esos elementos configuran continuamente tu zona de confort y evalúa la variabilidad o estabilidad de la misma. ¿Observas en tu vida períodos largos de alguna de estas condiciones?

La felicidad

Es probable que el propósito principal de tu vida sea la consecución de la felicidad, sea cual sea el significado que le otorgas.

Reflexiona acerca de la posible relación entre el grado de variabilidad de tu zona de confort y el nivel de tu felicidad. ¿Encuentras alguna relación o patrón entre ellos? ¿Eres más feliz cuando tu zona de confort permanece estable o cuando varía?

Si la reflexión anterior te ha conducido a algún descubrimiento, pregúntate si eras consciente de esa relación; y si la respuesta es negativa, interrógate por la causa de esa escasa autoconsciencia ¿Cómo estás eligiendo la vida que estás viviendo que te conduce a la persona que has llegado a ser ahora?

Y, después, tal vez quieras explorar lo que quieres hacer a partir de ahora con esa variabilidad de tu zona de confort.

Exploración se refiere a curiosidad, atención y escucha para descubrir. También a ampliar tu conocimiento de las personas y las cosas. Aprender es el proceso por el que el conocimiento cobra significado y valor. Crecer es la transformación que experimentas cuando asimilas lo que aprendes.

Una definición de felicidad, entre muchas otras, es disfrutar con lo que tienes mientras persigues lo que deseas. Me gusta porque encaja bien con los tres elementos anteriores, y también porque es positiva.

Algunas personas viven parte de su vida con escaso nivel de felicidad porque apenas exploran, aprenden y crecen. Su zona de confort se entumece, es decir, viven una existencia monótona y repetida como en la célebre película El día de la marmota. Un bucle sin fin que les proporciona certeza y seguridad, dos elementos bien valorados por el cerebro de acuerdo con su principio principal de funcionamiento: minimizar su gasto enérgico.

Otras eligen retar con frecuencia ese principio, y de esa manera salir de su zona de confort para conocer y vivir nuevos conocimientos y experiencias. Como es obvio, el precio que pagan es enfrentarse a la incertidumbre de un terreno desconocido y la consiguiente inseguridad que produce esa falta de certeza. También a la incompetencia, y consecuentemente al error y al tropiezo.

Libertad  

Como ya sabes, eres libre. Completamente libre para vivir la vida que quieras vivir. No existe ninguna limitación. Tu vida no está predeterminada, ni siquiera por las decisiones que has tomado en el pasado. Puedes cambiarlas cuando lo desees.

Es maravilloso ser consciente en todo momento de disponer de esa libertad total, que es la fuente de tu felicidad.

Solo tienes que pagar un precio, porque la vida no es gratis. Cada vez que tomas una decisión eliges una opción entre varias, y cada una de ellas lleva asociada una promesa de beneficio y otra de coste. Frecuentemente las decisiones que prometen grandes beneficios suelen tener un coste elevado.

Algunas personas, sin embargo, creen que no son completamente libres. Y la consecuencia de esa creencia es que no pueden elegir en cada momento lo que quieren. Su vida y su felicidad no es plena, porque dicen que “tienen que” y “deben de” hacer determinadas cosas u “obligaciones”.

Viven en “cárceles de cristal”, porque, aunque la apariencia es que son libres, existen limitaciones que sólo ellos ven.

¿Eres de los que arriesgan mucho o poco?

¿Cuánto eres de feliz?

¿Quieres cambiar ese cuánto?

“El ser humano es libre en el mismo instante en que quiere serlo”. – Voltaire

Jaime Bacás, socio de Atesora Group.

Atesora, en el especial ‘Talento y Liderazgo’ de Forbes

Atesora, en el especial ‘Talento y Liderazgo’ de Forbes

Si hay un tema que preocupa, y mucho, en las organizaciones de hoy en día es el cambio. Nos encontramos en tiempos de turbulencias  donde la tecnología obliga a muchas empresas a transformarse para no quedarse atrás y sobrevivir. Sin embargo, no todas logran realizarlo con éxito. Es más, la mayoría fracasan. Nos encontramos en el conocido como entorno V.U.C.A del que ya os hemos hablado en más de una ocasión, un escenario en el que muchos CEOs se han visto obligados a navegar sin tener, en ocasiones, las herramientas necesarias.

Conscientes de que este es un tema que preocupa y mucho a líderes y empresas, la edición española de la revista Forbes ha dedicado un extenso artículo a la gestión del cambio para sobrevivir dentro del especial ‘Talento y Liderazgo’ que esta prestigiosa publicación ha sacado a la luz en su último número.

Una vez más, esta publicación especializada en negocios, emprendedores, finanzas, liderazgo, tecnología y estilo de vida ha querido contar con el know how de Atesora sobre la gestión del cambio, un episodio en el que nuestra empresa posee un gran expertise del que se han beneficiado ya un gran número de compañías a las que han contribuido a desarrollar su habilidad para gestionar situaciones de incertidumbre o de cambio que en ocasiones pueden resultar una amenaza para éstas.

En el artículo, titulado “Gestionar el cambio para sobrevivir” y que se puede leer íntegro en su edición en papel de este mes de junio, nuestro Director de Desarrollo de negocio, Iván Yglesias-Palomar, ofrece los cuatro factores que, en su opinión, son clave para que las empresas triunfen en este escenario de transformación. En primer lugar, Yglesias-Palomar señala que es fundamental que haya “un claro sentido del propósito del cambio” y también de sus limitaciones. En su opinión, “porque alterar las cosas conlleva un alto coste económico, estratégico, comercial y humano”.

El segundo requisito para obtener el éxito en este escenario es la necesidad de que los líderes comuniquen a la plantilla para qué se cambia con unas razones de peso que lo justifiquen. El tercero consiste en “contar con el factor emocional” de la plantilla. Es decir, en el estrés que esto puede provocar a ciertos trabajadores. Por último, en su opinión, el último factor que es determinante para que la plantilla esté preparada para esta transformación parece muy obvio pero en ocasiones se pasa por alto. Se trata de la necesidad de que la compañía esté preparada de verdad para afrontar unos cambios “que, además, deben ser realistas”. Y concluye: “Los cementerios de las empresas están llenos de ideas geniales”.

Pero este asunto no es el único en el que Forbes ha querido contar con la opinión y la experiencia de Iván. Otro de los puntos en el que Iván ofrece su visión es en el de la comunicación del cambio, otro de los componentes fundamentales del proceso. En opinión de nuestro compañero, uno de los pasos más importantes es el de hacerlo de manera adecuada con los profesionales más veteranos.

Y es que hay que tener en cuenta que son ellos en ocasiones los más escépticos con la transformación por motivos muy diversos, entre ellos el hecho de haber ‘sobrevivido’ a fracasos anteriores que les ponen en un nivel de alerta que ningún líder desearía. Por eso, para Yglesias-Palomar es fundamental identificar los motivos de esta decepción, que van desde la sensación de que los directivos ya les manipularon anteriormente para venderles beneficios que nunca se produjeron “pasando por la convicción de que la empresa cambia tan frecuentemente que no da tiempo a digerir cada modificación”. Algo a tener en cuenta es que muchos de ellos opinan que los cambios “son siempre a peor”, algo que no es, en absoluto cierto.

En resumen, una colaboración muy fructífera de la que estamos muy agradecidos por haber podido aportar nuestro granito de arena y poder ayudar a que las organizaciones y las personas gestionen, de verdad, bien el cambio centrándose no tanto en el proyecto y en el proceso sino en las personas, ese ‘lugar’ en el que el líder que quiere triunfar en el cambio tiene que mostrar por qué ha sido él el elegido.

Si quieres conocer más datos al respecto, te invitamos a leer el reportaje íntegro que ya está disponible en todos kioskos y que puede arrojar luz sobre esta transformación en la que tú y tu organización podríais estar inmersos. Si lo que quieres son metodologías efectivas en ese desarrollo y herramientas para su medición, recuerda que en Atesora podemos ayudarte.

 

lafelicidadcabeenuncubo

Toda la felicidad cabe en un cubo

Como tuve ocasión de compartir con vosotros hace ya unos cuantos números de Talento, si hay un tema recurrente tanto en los procesos de coaching que realizo como en las problemáticas profesionales o personales de las personas que tengo oportunidad de conocer en este ámbito, ése es el de la pérdida -cuando no la ausencia total- de autoestima. Los síntomas son variados, y en ocasiones no muestran relación aparente con la cuestión que nos atañe, pero basta escarbar un poco para descubrir, más pronto que tarde, la conexión con ella. Y es algo que, al parecer, sucede también en los procesos de otros coaches que conozco, por lo que podemos descartar el sesgo por mi parte.

Es un problema muy doloroso, tanto que no resulta fácil de imaginar para quien no lo ha experimentado, para quien se encuentra sólido y feliz consigo mismo; lo que añade la incomprensión al sufrimiento que ya de por sí genera en quien lo padece. Y aún podemos sumar el aislamiento como un tercer castigo para el sujeto; de hecho, en no pocas ocasiones un comportamiento triste o depresivo, excesivamente introvertido, desconfiado, celoso, intolerante, radical o demasiado exigente y/o autoexigente esconde una carencia de autoestima, y estaréis de acuerdo conmigo en que no son platos de gusto para compartir con alguien, ¿verdad?

Pongamos un pequeño ejemplo para entenderlo mejor, y pido disculpas anticipadamente por la crudeza del mismo.

Imagínate que estuvieras compartiendo tu vida con una pareja a quien ya no amas, pero te ves en la obligación de estar siempre a su lado; y esto para ti no es compañía, sino un castigo. Miras con envidia a todas tus amistades, y te lamentas cada minuto de no poder ser feliz como lo son ellas. Da igual lo que tu pareja haga porque no te gustará, y nada, por mucho que se esfuerce, te hará cambiar de opinión. Eso sí, cuando por las razones que sean se confunde, o no consigue sus objetivos, ahí estás tú para recordarle lo incapaz que es y lo vanos que son sus esfuerzos. Y cada día darías lo que fuera por tener a tu lado a alguien diferente, más capaz, más interesante, más confiable, más… más de todo.

Es duro, ¿verdad? Pues mucho peor es vivir sin autoestima, porque si alguien estuviera conviviendo con otra persona que le hiciera sentir tan sumamente infeliz, siempre le quedaría la opción de terminar la relación. Algo que no es posible cuando a quien tanto desprecias es a ti mismo.

¿Pero cómo se puede llegar a esta situación tan dolorosa, antinatural e injusta?

Las causas pueden ser variadas. Hay razones genéticas -personas que nacen con altos niveles de cortisol, serotonina, dopamina y noradrenalina-; otras ambientales -educación muy estricta, padres que hacen competir a sus hijos por su atención o cariño-; a veces son emocionales -pérdida de un ser querido, desempleo, fracasos sonados-; e incluso a veces las causas llegan a ser patológicas -tristeza o melancolía asociadas a una depresión clínica-. Pero no es el objeto de este artículo profundizar en ellas, sino mostrar un modelo que puede ser de ayuda para comprender este fenómeno y -ojalá- ayudar a dar los primeros pasos para combatirlo.

Nunca un cubo fue tan importante

La autoestima es un mecanismo estructural del ser humano. No podemos vivir sin ella, porque todos necesitamos querernos a nosotros mismos para poder pertenecer a un grupo social y, de alguna forma, comparar lo que cada uno se valora con lo que le valora el grupo del que forma parte. Así que, aunque sea poca, todas las personas tienen al menos algo. Y todas se sienten bien cuando su nivel de autoestima sube.

Una forma gráfica de verlo es imaginar un cubo, el Cubo de la Autoestima. Imagínate que la autoestima es agua, y tú eres un cubo que contiene esa agua. Cuanta más agua, más feliz eres contigo mismo. Y todos tenemos un cubo… que además está agujereado en la base. ¿Por qué?

Porque todos los seres humanos perdemos autoestima, debido a muchas y variadas razones. Piensa qué te hace perderla a ti: ¿Fracasos? ¿Insultos? ¿Broncas? ¿Ser prejuzgado injustamente? ¿Ser ignorado por tal o cual sujeto? ¿Sentirte atascado profesionalmente? ¿No lograr dejar de fumar, o no estar a gusto con tu cuerpo?… Probablemente te identifiques con alguno de estos ejemplos, pero la lista es mucho más larga.

Es cierto que el material con el que está hecho tu cubo lo hace más o menos inmune a los agujeros. Hay quien lo tiene de acero, y es muy difícil perforarlo (¡qué suerte tienen!); sin embargo, otras personas, más sensibles, es como si tuvieran un cubo hecho de papel; cualquier cosa les hace sentir mal, es muy fácil que se les hagan agujeros y se les vaya la autoestima por ellos. Pero todos perdemos, eso es un hecho.

Y otro hecho es que la cantidad de autoestima que cada persona necesita es variable; hay gente que tiene un cubo muy pequeño, es decir, a poco que hagan se llena hasta arriba y no hace falta echarle más agua. Y otros necesitan toneladas de autovaloración para sentirse a gusto consigo mismos.  (¡Ah, la subjetividad humana…! Y aún hay quien dice que todas las personas son iguales…)

Bueno, esto en cuanto a cómo perdemos agua. Y… ¿cómo llenamos el cubo?

Basta con positivizar la lista de cosas que nos quitan la autoestima y ya tenemos la respuesta. Conseguir objetivos, recibir elogios o felicitaciones, ser aceptado, desarrollarnos personal y profesionalmente, practicar hobbies que nos hagan felices, vivir en un entorno propicio… Todos estos factores echan agua al cubo, y compensan más o menos la que perdemos por los agujeros de la base.

En realidad, si lo analizas bien, disponemos de dos grifos para llenar el cubo: lo que nos decimos a nosotros mismos y lo que nos dicen los demás. Ambos se equilibran, y si tienen un flujo simétrico de agua (auto-valoración vs. reconocimiento ajeno), el cubo se llenará de forma sana y muy satisfactoria.

Por ejemplo, imagínate que llevas preparándote un año para correr una maratón por primera vez en tu vida. Llegado el gran día, compites y logras terminar la prueba. Seguro que lo que te diga la gente que te conoce cuando se lo cuentes, o cuando vean fotos de la gesta en Facebook, supondrá para ti una inyección de autoestima; pero tan importantes o más serán los mensajes de auto-reconocimiento y auto-valoración que te digas a ti mismo. En este caso ambos grifos funcionan correctamente y no hay problema, sino todo lo contrario.

Pero ¿qué sucedería si uno de los dos grifos no funcionase, o estuviera atascado? Pues que la secuencia de lo que va a ocurrir se puede reducir a este silogismo:

1. Todo individuo necesita autoestima para vivir

2. Todo individuo pierde constantemente autoestima

3. Por lo tanto, todo individuo necesita compensar la pérdida añadiendo más autoestima

4. El individuo puede usar dos grifos para añadir autoestima

5. Pero uno de los dos está atascado

6. Por lo tanto…

Puedes completar tú mismo la última premisa: “…hará lo posible para obtener toda la autoestima que necesita del otro grifo”. ¿Verdad? Y eso nos deja dos opciones:

A) El grifo de los demás es el que está atascado

Si ése fuera tu caso, las posibilidades de estar feliz contigo mismo se reducen a los mensajes positivos que tú te dediques, porque con los demás no puedes contar. ¿Es eso normal? Bueno, seguro que conoces a alguien que está tan pagado de sí mismo que sólo valora su propia opinión, y de hecho tiende a despreciar lo que los demás piensen sobre él -profesores que se vanaglorian de suspender al 95% de sus alumnos, jefes “ogros” que juegan a ser los polis malos de la empresa y disfrutan con ello, técnicos “malotes” que se creen tan buenos en lo suyo que infravaloran cualquier criterio ajeno y se jactan de ser impopulares entre sus compañeros, sindicalistas agresivos que buscan constantemente la confrontación y exhiben el músculo del inconformismo y la acidez en cuanto tienen ocasión, etc.- Bueno, en este caso estaríamos hablando de una autoestima desmesurada, y es obvio que eso no puede ser sano. Por supuesto que es posible trabajarlo, pero para conseguir resultados lo primero que tiene que suceder es que el propio sujeto perciba que tiene un problema, y no suele ser el caso.

B) El grifo atascado es el mío propio

¿Qué es lo que ocurre cuando tu propio mecanismo de auto-valoración no funciona adecuadamente y apenas vierte agua al cubo? Pues éste es exactamente el escenario de la falta de autoestima, y la razón por la que la gente que la padece busca desesperadamente el reconocimiento ajeno, a cualquier precio: tratarán de ser las personas más queridas, mejor valoradas, más dispuestas de sus organizaciones; se ofrecerán para hacer los trabajos que nadie quiere hacer, cumplirán horarios descomunales, se someterán a los gustos, opiniones o caprichos de los demás sin tenerse en cuenta a sí mismos, etc. Es decir, todas sus acciones irán encaminadas a abrir a tope el único grifo del que obtienen agua, que es el de la valoración de los otros. Y, por si fuera poco, nada de lo que hagan los satisfará internamente, porque, por mucho que los demás los reconozcan, feliciten o ensalcen, siempre estarán carentes de la propia auto-valoración, así que se sentirán viviendo en una eterna competición… que nunca podrán ganar, ya que compiten contra sí mismos.

¿Y qué puede hacer el que esté en esta situación?

Pues eso depende de la gravedad de la misma. Cuando los síntomas sugieren un problema patológico -una depresión, por ejemplo-, es un terapeuta, y SÓLO UN TERAPEUTA, quien debe valorar al sujeto para prestar la ayuda que considere oportuna. Cualquier otro tipo de intervención, aunque bien intencionada, puede ocasionar más daño que beneficios.

Sin embargo, en muchas ocasiones las personas tienen este tipo de problema sin llegar a ser tan grave; es decir, son sujetos más o menos felices que se encuentran sometidos a tensiones o situaciones particulares que han “agujereado demasiado su cubo”. En este caso, el coaching es una excelente herramienta de apoyo, tanto para combatir las creencias limitantes que llevan al sujeto a infravalorarse como para ayudarle a comprometerse con acciones que reconstruyan su mecanismo de auto-valoración.

Si te ves de algún modo reflejado en este escenario, quiero compartir un par de dinámicas que suelo recomendar a mis coachees cuando trabajamos en este asunto. Creo que pueden serte de utilidad, y no suponen ningún riesgo aunque no sean supervisadas por un coach, mentor u otro tipo de figura de acompañamiento.

1. Radar de reconocimientos. Este ejercicio tiene como objeto hacer tomar consciencia al sujeto de que recibe mucho más reconocimiento del que él mismo supone (recuerda que, al tener muy bajo concepto de sí mismo, tiende a menospreciar o incluso ignorar los halagos o felicitaciones ajenas, considerándolos “cumplidos sin ningún valor”). Es muy sencillo. Simplemente tienes que “sacar las antenas”, prestar mucha atención y anotar durante una semana en una libreta o en el móvil cada reconocimiento positivo que alguien te dirija, así como el contexto en que se produjo. Por ejemplo, “… Pedro me comentó lo bien que hice la presentación de los números del Departamento en la reunión semanal del lunes”.

Ante la duda de si algo es un reconocimiento o no, ¡apúntalo! Más vale tachar luego que no apuntar. Ah, incluye cuando tu madre te dice lo bien que te sienta la barba, o lo guapa que te ve con ese vestido 😉Al cabo de una semana, lee la lista entera. Probablemente te sorprenda la cantidad de reconocimientos que has recibido, que antes pasaban desapercibidos. Y si no has recibido muchos -o ninguno, aunque esto es difícil de creer-, prueba a hacerlo durante una semana más. Si el resultado es el mismo, puede ser hora de hablar con un coach que te ayude a equilibrar los grifos, obtener visibilidad, etc. Pero lo más probable es que tengas una lista abundante de elogios, que te gustará releer de vez en cuando, y que habla del buen funcionamiento del grifo ajeno.

2. Mi premio sorpresa. Al tener atascado el grifo de la auto-valoración, es frecuente que el sujeto se flagele con dureza cuando se confunde o no consigue el éxito, pero haya perdido la capacidad de premiarse a sí mismo cuando obtiene un logro reseñable. En otras palabras, tiende a pensar que lo que hace mal es digno de crítica, pero lo que hace bien es sólo porque era lo exigible. Esta dinámica resulta útil durante un tiempo, hasta que el valor simbólico del “fetiche” deje paso al premio emocional.Toma una hoja de papel y divídela en pedazos (por ejemplo, veinte). En cada uno de ellos escribe un “premio”, algo que te haga ilusión y no suelas hacer diariamente (comprarte ese pastel que tanto te gusta, darte un baño relajante de una hora ajeno al mundo, una sesión extra de tu serie favorita de Netflix…).

Cuando hayas escrito un premio en cada pedacito de papel, haz bolitas con ellos y mételas todas en una bolsa o una caja. El día que hayas hecho algo que tú mismo percibas que está especialmente bien, o que hayas conseguido un reto, o que haya sido significativo por cualquier otro mérito, TIENES LA OBLIGACIÓN de ir a tu bolsa de premios, extraer una bolita al azar y cumplir lo que ponga en ella. (Una variante es dividir los premios en tres categorías: premios de bajo nivel, para logros más cotidianos; premios intermedios -una cena este fin de semana en un local de moda, por ejemplo- para logros señalables; y premios de alto nivel, para logros muy relevantes -un fin de semana en la playa, por ejemplo-).

No se trata de sacar una bolita cada día (a no ser que quieras engordar 10 kg a base de pasteles…), sino de crear y reforzar el vínculo entre una acción destacable y un auto-reconocimiento. Cuando haya transcurrido un tiempo, verás cómo ya no necesitas fabricar ni sacar más bolitas de la bolsa, poco a poco habrás cogido el hábito de valorarte cuando tú mismo lo juzgues apropiado.

Yo mismo tuve serios problemas de autoestima en mi juventud, razón por la que conozco bien todos estos síntomas y sufrimientos. Y, de entre todos los beneficios que el coaching trajo a mi vida, el mayor, el más impagable, es el haberme enseñado a valorarme a mí mismo, como paso previo a ayudar a otros a auto-valorarse. Por eso creo tanto en esta disciplina. De hecho, cuando me certifiqué como coach hace más de once años me hice la promesa a mí mismo de ayudar en todo lo posible a las personas que no se quieren a sí mismas.

Si te has visto reflejado en este artículo, no lo dudes. Acude pronto a un coach, porque sería triste que siguieras sufriendo cuando la solución a tu problema es tan agradable y -en muchas ocasiones- tan rápida. Piensa en tu cubo, analiza bien tu grifo y, si decides que quieres desatascarlo de una vez por todas, hazlo ya. Quererse es fácil, es barato y es GENIAL.

Iván YglesiasPalomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

Toda la felicidad cabe en un cubo

Objetivos smart atesora group desarrollo de habilidades directivas learning for results

¿Utilizas objetivos SMART o SMRT?

Octubre, 1982

Hacía menos de un año que había sido fichado por una multinacional norteamericana, líder en su sector, como director de la división de Diagnóstico Clínico para la Península Ibérica.

Por entonces cumplía el octavo año de mi carrera en el ámbito empresarial, e ignoraba que ésta duraría trece años más.

El jefe al que me referiré era el tercero en mi carrera, y, para mi sorpresa, resultó no ser un jefe. Tardaría bastantes años en colocarle la etiqueta adecuada. La relación conmigo era y sería completamente diferente a la vivida con todos los otros, y la disfruté durante los tres años que ocupó ese cargo (aquella empresa los cambiaba con esa frecuencia).

Se llamaba Nagesh Matre, norteamericano de origen indio (de India, no de los sioux), era el presidente europeo de esa división (con base en Francia) y yo reportaba funcionalmente a él para todo lo que era negocio, y al country manager para las funciones de apoyo (finanzas, logística, legal, etc.). Estrenábamos la estructura matricial… aunque eso da para otro artículo, incluso para una serie.

Un día de ese mes, aprovechando una de sus visitas, me preguntó:

– Dime Jaime… ¿cuáles son tus objetivos de negocio para 1982?

Me quedé estupefacto, es decir, más que sorprendido. Respondí:

– Ehhh… ¿No me los vas a fijar tú?

– Bueno… si son tus objetivos tendrás que establecerlos tú, ¿no?

– Ya… bueno… necesito pensármelos, Nagesh. No esperaba esta situación.

Acordamos en tratarlo aprovechando una reunión europea que tendría lugar un par de semanas después.

Cuando llegó el momento le expuse mis objetivos, que escuchó con atención, sin realizar ningun juicio o valoración de los mismos. Únicamente hizo un gran número de preguntas neutras de aclaración, otras acerca de los criterios que había seleccionado para elegir esos objetivos y otras más en las que indagó en mi grado de confianza en las cifras. Su última pregunta fue:

– ¿Quieres modificar alguna cifra?

Me lo pensé unos pocos segundos y respondí con convicción:

– Sí. Un 10% en ventas y beneficio.

Nunca jamás olvidaré que el resultado final frente a mi objetivo 1982 fue un 103% en ventas y un 101% en OIBT.

Este individuo fue el único, en esos poco más de veinte años, que no discutió o me impuso un objetivo de negocio, y también el que más preguntas me hizo.
De hecho no puedo recordar que me diese alguna orden durante los casi tres años que ocupó ese cargo. Tampoco enjuició lo que yo hacía o decía. Exclusivamente me hacía preguntas. Muy buenas preguntas, que me servían para reflexionar y modificar mis decisiones o confirmarlas con mayor fuerza. ¡Parecía un periodista!

Tuvieron que pasar veintiún años desde aquel día, cuando me formé como coach, para que encontrara una etiqueta al rol que desempeñó conmigo: líder-coach.

La transformación

El impacto que Nagesh me causaba era tan fuerte que la suela de mis zapatos apenas se desgastaba. Flotaba en una nube de responsabilidad, motivación, compromiso y ownership. Viví el empowerment sin tener aún un profundo conocimiento de esos términos o conceptos. Me sentía satisfechamente abducido.

Tuve la fortuna de poder acceder a un modelo de rol del que aprender en vivo y en directo, una oportunidad excelente que no dejé escapar. Comencé a observarle intensa y furtivamente con el propósito de aprender para copiar y pegar sus comportamientos con mis colaboradores. Conseguí replicarlos en gran medida, aunque ignoraba los fundamentos. Era como aprender a practicar fútbol sin conocer las reglas del juego. El resultado fue más que excelente.

La A de SMART

La gran mayoría de los centenares de jefes y empleados que he conocido en mi segunda carrera profesional, como coach desde 2003, afirman utilizar el modelo SMART para el establecimiento de objetivos.

Después de haber vivido aquella experiencia, puedo contar con los dedos de mis manos, y tal vez uno de mis pies, los que realmente sí utilizan el SMART. Todos los demás utilizan el SMRT. Les falta la A.

En 1982 formé mi opinión, que no he modificado aún, de que la A es bastante más relevante que las otras cuatro letras. Significa Alcanzable y Acordado.

Alcanzable se refiere a asequible. Sin duda estará fuera de la zona de confort, y por consiguiente requiere un esfuerzo extra y algún cambio en el protagonista (nuevos aprendizajes) que le permita convertirse en una persona diferente, exactamente la persona capaz de atraer ese resultado diferente, nunca antes alcanzado.

Acordado se refiere al pacto argumentado entre el individuo que se responsabiliza del objetivo, el protagonista, y su líder. Porque sólo los líderes son capaces de utilizar SMART.

Cuando el objetivo es impuesto, contra la voluntad del individuo, deja de ser un objetivo. En todo caso será el objetivo del jefe, nunca del individuo que no cree en él.

Un objetivo impuesto implica la ausencia de respons(h)abilidad, ya que no es la respuesta (decisión) del protagonista. La imposición de un objetivo no creíble ni aceptado tiene como consecuencia inevitable la minimización de la motiv-acción y del grado de compromiso del individuo.

Un objetivo impuesto equivale a una orden, y el mejor escenario que puede esperar el jefe que da una orden es la obediencia del ordenado, no su motivación y compromiso.

Y cuando el protagonista recibe esa orden, la mejor respuesta que puede dar a su jefe suena más o menos así: “lo intentaré con todas mis fuerzas”. Nunca pronunciará un “me comprometo”.

Y todos conocemos la diferencia entre esos dos verbos. El verbo intentar lleva embebida en su definición la posibilidad de no conseguir, mientras que el verbo (com)prometer significa promesa. El nivel de motiv-acción que despliega el individuo que intenta es bastante inferior al que ha prometido. La diferencia reside en su confianza.

Cuando el protagonista elige libremente su objetivo pone en juego su respons(h)abilidad y, a través de ella, se hace el dueño (ownership) de todo el proceso que conduce al resultado. En el primer caso el dueño del objetivo es el jefe, y en el segundo el dueño es el protagonista (entonces el jefe deviene en accountable, no responsable).

Son estas diferencias las que distinguen a la A de las otras cuatro letras SMRT. La A es la (única) letra que moviliza estos drivers internos del protagonista, indispensables para confiar en la consecución de su objetivo y disparar su compromiso.

Enero, 2019

Han pasado treinta y siete años desde que descubrí la relevancia de esa letra A y, según mi experiencia, parece que muchas organizaciones apenas han evolucionado en el establecimiento de objetivos.

Tal vez no sea una coincidencia que el déficit de liderazgo continúe siendo señalado, año tras año, como la primera o segunda preocupación organizacional.

Muchos directores y jefes se enfrentarán durante los días próximos a la tarea de establecer los objetivos 2019 con sus colaboradores. Una estupenda ocasión para preguntarse:

¿Quiero devolver a los miembros de mi equipo
su respons(h)abilidad, motiv-acción, compromiso y ownership
a la hora de establecer sus objetivos?

Dicho de otra forma, ¿elijo ser un jefe o un líder?

P.D. En recuerdo de Nagesh Matre, de quien aprendí, a través de su ejemplo, la práctica del liderazgo, sin leer ningún libro ni asistir a ningún curso. Su influencia determinó que eligiera hacerme coach veintiún años después. No puedo estar más agradecido.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group