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Taller virtual pensamiento creativo

Presentación taller virtual Pensamiento creativo

La creatividad está a tu disposición: descubre y desarrolla tu potencial creativo

Nuestra experiencia del día a día nos arroja la evidencia que la creatividad es una competencia necesaria y de vital importancia para las organizaciones. Directamente ligada al progreso, la transformación, el éxito y la resiliencia, la creatividad cobra vida fuera, pero su gesta ocurre en nuestro interior, en la persona y en los equipos que conforman las Organizaciones.

En nuestro pensamiento creativo subyacen elementos clave -tipología creativa, orientación al proceso creativo, estilos de pensamiento- que se configuran de manera diferente en cada uno de nosotros, lo que nos hace únicos y contribuye a la diversidad creativa en las organizaciones. Este Taller-Presentación Virtual pretende ser un espacio para la reflexión y desarrollo del potencial creativo en favor de la consecución tanto de nuestros objetivos como de los de nuestra Organización.

Objetivos:

• Conocerás mejor tu pensamiento creativo, y comprenderás en qué medida impacta sobre los resultados personales para trasladarlos al equipo y a la Organización.
• Descubrirás cómo configurar tu pensamiento creativo a través de las dimensiones: Mi tipología creativa, Mi orientación al proceso creativo, Mis estilos de pensamiento y Mi nivel de potencial desplegado/no desplegado.
• Incrementarás tu autoconocimiento, identificando barreras y retos personales que puedan lastrar el pensamiento creativo.
• Tomarás consciencia sobre tu potencial creativo para impulsar un plan de acción que te ayude a ser más efectivo en el entorno de incertidumbre en el que nos movemos.
• Te beneficiarás de la aplicación de la herramienta diagnóstica CPQ [D&D]® Identificación y Desarrollo del Potencial Creativo, que incluye un informe personal de resultados.

Fecha:

Jueves 02 de julio de 2020 – 12:00 h CEST (Central European Time)

Duración: 90 min

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Plazas limitadas a 15 participantes por edición

Enviar correo para inscribirse +Info

La fe del converso

La fe del converso

Debo confesar que siempre me gustó el dirigirme al público. Quizás sea porque nací con bastante facilidad de palabra y poca -o ninguna- vergüenza para ponerme delante de otros a hacer lo que toque en cada momento, lo que reduce prácticamente a cero mi miedo escénico; y eso, estaréis de acuerdo conmigo, ayuda más que mucho a un comunicador. Otra razón puede ser una enorme sociabilidad, que contrasta extrañamente con la introversión que me caracteriza cuando me encuentro solo o en familia, y que hace que sea capaz -y feliz- de estar días sin hablar con nadie… Y un tercer factor es la necesidad que desde niño tengo por explicar las cosas, por compartir con los demás lo que resulta curioso para mí, lo cual me ha granjeado entre mis amigos la fama -merecida- de ser bastante pesadito cuando algo me entusiasma.

Lo cierto es que vengo practicando esta especie de exhibicionismo desde hace muchos años, y no sólo como formador de informática -primero- o facilitador / coach -ahora-, sino también como músico, ya sea solista o en grupo. Aún recuerdo a mis amigos, los Mr. Zoom, con los que compartía hace más de veinticinco años un grupete de rock y blues, extrañarse porque no estuviera mínimamente nervioso antes de los conciertos, y eso que hubo algunos bastante multitudinarios… A ellos les decía que probablemente era porque estaba acostumbrado a que todo el mundo se fijase en mí durante las clases, y a los participantes en éstas les decía que tenía abundantes tablas como músico. En cualquier caso, desde entonces es para mí enteramente normal recibir la atención de mucha gente, y, lejos de amedrentarme, ello me hace mejorar mi rendimiento.

Centrándonos en el rol de comunicador, estimo que a día de hoy llevaré sobre veinte mil horas de experiencia en las aulas durante más de treinta años de oficio. Tiempo más que suficiente para entender la dinámica de una sala, las técnicas para mantener la atención de los participantes, los recursos para conectar ideas, anécdotas, chascarrillos, sugerencias, preguntas y conclusiones. Pienso que es algo enormemente vocacional. A las personas que compartimos esta forma de ser nos encanta sentir las “mariposas en el estómago” que se desatan minutos antes de comenzar un taller; pero si no has nacido para ello, hablar ante el público puede ser una auténtica tortura -como saben tantos coachees con los que he trabajado este asunto-. La magia de exponer unas ideas de forma clara para convencer a un auditorio, o de hacer un chiste en el momento oportuno y ganarte a la audiencia, exigen, además del dominio del tema y de las herramientas de comunicación, la profunda convicción de que te gusta y quieres hacerlo.

Y… ¿a qué viene toda esta historia?

Me explicaré. Estoy escribiendo este artículo a mediados de abril de 2020, y son tiempos realmente extraños. Extraños, convulsos y muy amenazadores. Cuando estés leyendo estas líneas habrán transcurrido más o menos veinte días, y a lo mejor los nubarrones más negros han pasado ya. Si es así, esboza una sonrisa, deja de leer este artículo y ponte a hacer otra cosa. Pero lo cierto es que, a día de hoy y por primera vez en mi vida, no tengo ni la menor idea de cómo van a suceder los acontecimientos en tan sólo un par de semanas; de hecho, creo que nadie la tiene.

Parece increíble cómo nuestra sensación de seguridad, basada sobre todo en la capacidad de anticipar el futuro para acomodarnos a lo previsible y prepararnos para lo impensable, se ha venido completamente abajo. Porque lo cierto es que en estos momentos nadie sabe si esta pandemia va a ser un episodio negro pero fugaz, o el primero de una serie de eventos de este tipo en el futuro; al igual que podemos prever unas desastrosas consecuencias en términos de empleo y economía, pero no sabemos el alcance, la magnitud o la duración de tales efectos.

Al margen de la acción frenética de tantos héroes, gracias a los que mantenemos una cierta sensación de continuidad, doy por supuesto que no hace falta que recuerde desde estas humildes páginas la forma tan brutal con la que esta crisis está azotando a tantas empresas y profesionales; que han perdido su modo de vida, o al menos han visto cómo éste se ha interrumpido de cuajo. Soy muy consciente de que soy un privilegiado, de que estoy trabajando ahora mismo cuando otras muchísimas personas no pueden hacerlo debido a la naturaleza de sus actividades.

Sin embargo, y repitiendo que me siento un privilegiado, eso no significa que los que nos dedicamos al desarrollo de otras personas no nos hayamos visto sacudidos gravemente por las circunstancias. De hecho, creo que todas las empresas de este sector estamos en una carrera a contrarreloj para perpetuar nuestra actividad profesional de la forma más rápida y efectiva posible. Y esto, cuando los facilitadores y los participantes nos hallamos confinados en nuestros domicilios, sin duda es posible… pero no sencillo.

Algunas empresas han decidido cancelar sus proyectos pendientes y no dar ningún paso hasta que la crisis haya amainado. Otras han optado por confiar en la formación virtual para poder continuar con los programas que tenían abiertos. Y muchas no tienen ni idea de qué hacer; son conscientes de que no pueden pararse, pero tampoco creen tanto en el canal virtual como para confiar en él el desarrollo de sus personas, de su talento… ¿Cómo saber la dirección correcta para dar los próximos pasos con cierta seguridad?

Es aquí donde el tema conecta con la primera parte del artículo; porque debo confesarlo, yo soy una de esas personas que hasta hace pocas semanas se mostraba profundamente contraria a la “ciber-facilitación”. Hablo a título personal, porque mi empresa, como otras muchas que hacen cosas parecidas a nosotros, lleva tiempo apostando por desarrollar programas virtuales que vayan coexistiendo con los presenciales. Coronavirus aparte, no hacía falta ser muy visionario para deducir que, en poco tiempo y gracias al desarrollo y omnipresencia de la tecnología, llevar a un facilitador y a una serie de profesionales a una sala durante ocho horas, con todos los costes que ello conlleva, sería un lujo al que nuestros clientes irían renunciando poco a poco.

Mi oposición a esta transformación ha sido, debo reconocerlo, numantina. Porque tengo mucha experiencia en la facilitación, porque disfruto de la presencia física de los participantes y porque creo que la parte emocional, que redondea la comunicación y genera movilizaciones que cambiarán conductas -que es al fin y al cabo nuestro trabajo-, de ningún modo es replicable a través de la pantalla de un ordenador o una app de móvil. Y lo sigo creyendo, pero debo admitir que ahora mismo mi posición es mucho más matizada. Trataré de explicar mi reencuadre de la situación.

Desde hace varias semanas mi trabajo ha evolucionado desigualmente. Una parte -como las reuniones, el diseño de programas con mis colegas, la investigación…- no ha cambiado mucho salvo por la imposibilidad de juntarnos físicamente, así que tampoco ha supuesto una excesiva salida de mi zona de confort; pero otra -la facilitación, mi preferida- se ha transformado de forma radical y desconcertante, constituyendo todo un viaje por mi propia zona de expansión.

Por fortuna, las herramientas clave de nuestra actividad como coaches y facilitadores son conversacionales, por lo que utilizar apps de videoconferencia o plataformas colaborativas permite conseguir resultados eficaces, y las intervenciones virtuales pueden plantearse de forma bastante similar a las presenciales. Es importante elegir las más estables para reducir los efectos desagradables inherentes a las conexiones remotas -por ejemplo, el que haya un retardo de un segundo entre las palabras del coach y las reacciones del cliente puede arruinar una sesión de coaching-. Y encima parece existir una especie de maldición que afecta a las plataformas online. Es como si los dioses se hubieran aparecido a los usuarios y nos hubieran dicho: “Si quieres videoconferencia, tus opciones colaborativas -pizarras virtuales, compartición de recursos, sondeos, etc.- estarán muy limitadas… Si eliges herramientas de este tipo, tus video-conexiones serán mínimas y poco estables…” Y cuando alguna plataforma parece funcionar muy bien y pasa de diez millones de usuarios a doscientos porque todo el mundo la disfruta fácilmente y gratis, pues pasa lo que pasa. ¡Ah, la naturaleza humana!

Aun así, y vencidos los prejuicios que mantenía al respecto, las inercias y las creencias inherentes a cualquier adaptación agresiva, lo cierto es que ahora pienso que las posibilidades que abre este tipo de facilitación son muchas más que las que cierra – abaratamiento brutal de los costes, acceso a nuevos nichos, difusión a un público potencial enorme, compartición de información y recursos globales, etc.- No me hace gracia perderme las reacciones emocionales del público y con ello un porcentaje importante del pulso del taller, pero mi aprendizaje personal es que, cambiando algunos hábitos y adaptando mi forma de hablar para tratar de hacer colaborativo lo unidireccional, la cosa funciona. No es tan diferente a lo presencial, y estoy empezando a disfrutar este escenario virtual. Por el feedback recibido hasta el momento, también los clientes lo están haciendo.

Si estás en la disyuntiva de esperar o avanzar, mi sugerencia es que no lo dudes. Actúa. Particularmente me tomo muy en serio mi rol de partners de los clientes, y jamás les recomendaría algo que creo que no funciona. Pero he descubierto que sí, y que lo que subyace por debajo del canal y la herramienta es, como siempre, el conocimiento, el oficio y la empatía del facilitador. Como siempre ha sido.

Como dije antes, no tengo ni idea de cuánto durará esto ni de si las empresas renunciarán para siempre al formato presencial, pero al fin me siento preparado. Y entre tanto, muchas gracias a nuestros clientes por confiar en nosotros como compañeros en vuestra travesía.

Iván Yglesias-Palomar. Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

taller inteligencia emocional

Presentación taller virtual Los pilares de la inteligencia emocional

Los pilares de la inteligencia emocional.  Lidera tus emociones como paso previo a liderar las de los demás

Las emociones mueven o frenan a las personas, y tienen impacto directo sobre los resultados de la organización más allá del puesto o función que la persona desempeñe. Los desafíos que estamos viviendo en estos momentos, así como la dificultad de relacionarnos por medios no presenciales, disparan una gran cantidad de emociones con las que tenemos que enfrentarnos; de modo que la capacidad de influir en ellas y gestionarlas de manera efectiva, tanto en nosotros mismos como en los demás, se revela como una habilidad primordial para conseguir el éxito.

La Inteligencia Emocional está constituida por competencias -empatía, pensamiento lógico, definición de propósito, etc.- que se organizan en diferentes niveles y pueden ser aprendidas, entrenadas, desarrolladas y medidas con rigor. Este Taller-Presentación Virtual es una manera perfecta de verlas desde otro ángulo.

Objetivos:

• Comprender qué es la Inteligencia Emocional, y en qué medida impacta sobre los procesos y resultados de las Organizaciones.
• Tomar consciencia de los pilares fundamentales -I.E. Intrapersonal, I.E. Interpersonal e I.E. Social- sobre los que se asienta, y las ocho competencias que la constituyen.
• Reconocer, desde el rigor científico, la posibilidad de medirla y la existencia de herramientas que garantizan su identificación, desarrollo e impacto sobre los resultados.
• Desarrollar consciencia sobre la propia emocionalidad y acerca de cuáles son nuestros patrones emocionales más frecuentes en tiempos de cambio.
• Adquirir distinciones que sirvan como herramientas prácticas para movilizar nuestra I.E.

Fecha:

– Jueves 18 de junio de 2020 – 12:00 h CEST (Central European Time)

Duración: 90 min

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Plazas limitadas a 15 participantes por edición

Enviar correo para inscribirse +Info

transformamos la vulnerabilidad

Transformarnos desde la vulnerabilidad

La situación que estamos viviendo ha provocado en nuestro sector un cambio radical del modelo en que llevamos a cabo nuestra actividad, obligándonos a adaptarnos de forma acelerada para seguir ofreciendo a las empresas servicios de desarrollo de sus equipos. Si bien algunos ya habíamos hecho incursiones importantes en este nuevo modelo, es cierto que la ejecución de algunos de tales servicios en formato virtual, a diferencia del presencial que utilizábamos hasta el momento, ha sido una barrera difícil de superar, como veremos más adelante.

La facilitación de cambios conductuales, que es el pilar de nuestro trabajo, está basada en las habilidades conversacionales y muy ligada – hasta ahora- a la presencia física de coach y participantes. Esto tiene la ventaja de que podemos seguir prestando nuestros servicios de manera más o menos estable, pero también hay un punto negativo; y es que, como es bien sabido, la comunicación en una sala no está compuesta únicamente de palabras. Muy al contrario, existen una gran cantidad de aspectos psicológicos -generación de rapport, estímulo de la participación, gestión de la emocionalidad, etc.- que resultan especialmente difíciles de manejar en los formatos virtuales.

La buena noticia es que estas limitaciones cada vez son menos preocupantes, debido a que cada vez estamos más adaptados al medio digital, particularmente las nuevas generaciones. Y, por supuesto, los facilitadores también están ganando experiencia en la realización de talleres virtuales, con herramientas cada vez más apropiadas y técnicas más depuradas.

Por usar nuestro propio ejemplo, en Atesora Group ya habíamos realizado desde hace algunos años incursiones en el modelo virtual. Aunque nos habíamos centrado principalmente en intervenciones individuales –procesos de coaching, sesiones de mentoring de implantación, shadow mentoring para mentores, etc.-, también decidimos explorar las posibilidades que este entorno ofrece a programas grupales, tales como talleres virtuales y webinars; incluso invertimos mucha energía en el desarrollo de un programa de Mentoring –EMWP– que resultase 100% efectivo pese a su formato no presencial. Como es lógico, el principal reto para nosotros ha consistido desde entonces en encontrar la manera de adaptar las fórmulas de la capacitación presencial a la virtual, y a tal efecto hemos buscado soluciones creativas para exprimir las herramientas digitales y conseguir así mitigar las evidentes limitaciones del entorno.

No hace falta comentar que se trata de un reto difícil, y que, en más de una ocasión, la frustración de no poder aplicar lo que tan bien sabíamos hacer no nos dejaba ver los beneficios que este nuevo formato aporta. Pero lo cierto es que ya estamos experimentando tales beneficios, y son muy reales. Por ejemplo, la escalabilidad de nuestros servicios y la conquista de nuevos nichos; la participación de asistentes desde diferentes ubicaciones -con la reducción de tiempo y costes que ello conlleva-, o el incremento de la productividad.

En nuestros talleres hablamos con frecuencia de saber liderar -y liderarnos- desde la vulnerabilidad. Siendo coherentes con este principio, hemos entendido nuestra propia transformación como un proceso de reinterpretación, acelerado por causa de la imposibilidad del trabajo presencial, más que de adaptación al nuevo contexto. La hemos realizado principalmente desde la humildad, escuchando vuestras recomendaciones, cuestionando y desmontando nuestras creencias con el propósito de aportaros valor. Y partiendo de esta base hemos desarrollado una serie de productos virtuales completamente nuevos -que hubieran sido mucho más difíciles de concebir en otro contexto-, que nos han permitido llegar a nuevos clientes. Esto ya forma parte de nuestra realidad, nos sentimos cómodos y motivados con los resultados que estamos consiguiendo con las nuevas reglas.

Si bien han transcurrido pocas semanas, parece que fue hace un año cuando comenzamos a diseñar dos talleres -uno enfocado a líderes y otro a colaboradores- sobre el Omnitrabajo, concepto que ya veníamos pronosticando desde hace tiempo. ¡¡Cómo podíamos imaginarnos cuánto y de qué forma tan rápida iba a describir este nuevo entorno!! Debíamos estar en lo cierto, porque todas las ediciones promocionales que facilitamos estrenando confinamiento se llenaron rápidamente.

Después vinieron los talleres virtuales de Implantación de Cultura de Mentoring y de Gestión Asertiva de las Relaciones Online, temas que hemos considerado capitales para mantener tanto el desarrollo del talento como una comunicación sana en el seno de las nuevas Organizaciones.

Y ahora mismo nos encontramos transformando muchos de nuestros antiguos programas y creando otros tantos nuevos, de variadas temáticas relacionadas con el desarrollo de las personas, según las recomendaciones y sugerencias que nos estáis haciendo. Nuestro objetivo es acompañaros ahora de forma virtual, pero sin cambiar nuestra identidad; con nuestros matices y particularidades, desde una permanente búsqueda de la excelencia y siempre aportando valor desde el enfoque andragógico, el aprendizaje experiencial y la madurez de nuestro equipo de coaches.

Quiero dar las gracias más sinceras a todos los participantes que habéis llenado los talleres virtuales que hemos realizado; a las empresas que habéis confiado en nosotros para el desarrollo virtual de vuestros equipos; y también a quienes nos habéis dado feedback en algún momento de esta exploración, porque vuestra opinión es la piedra angular de nuestra mejora continua.

Como dice nuestro lema, la misión de Atesora Group es acompañar a organizaciones y profesionales en situaciones de cambio, desarrollo y transformación. En estos momentos tan especiales en que se dan encuentro estos tres factores, queremos ser vuestro partner para contribuir con nuestro esfuerzo a la consecución de vuestros éxitos. Muchas gracias.

Miquel Pocurull. Director General de Atesora Group.

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School