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¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School

 

 

 

Flores y velas Atesora Group

Flores y velas

Tengo muy claro cuándo comencé a fijarme en ellos. Tenía 18 años y entrenaba artes marciales al menos tres veces por semana, siempre en el último turno de la tarde, que era cuando podía medirme con los más avanzados del gimnasio. Eran días felices, de excelente forma física y pocas preocupaciones en la cabeza, aunque en las de mis padres había por entonces muchas, especialmente económicas. Pero lo único importante de esto es que en aquel momento aún no tenía permiso de conducir, y mucho menos coche.

Fue en aquellos tiempos cuando comenzó la amistad con los que hoy, casi cuarenta años después, siguen siendo mis mejores amigos -aunque nos hayamos peleado cientos de veces, eso sí, sobre el tatami-. Y, como vivíamos casi todos por la misma zona, hacíamos juntos el recorrido de vuelta a casa, entre risas y agujetas. Recuerdo que en algunas ocasiones uno de nuestros compañeros de entrenamiento, Juan Carlos, mayor que el resto y poseedor de un flamante Seat Ibiza nuevo, tenía el detalle de irnos repartiendo por los respectivos domicilios, cosa que agradecíamos mucho -especialmente las noches de esguinces y cojeras-, y nos hacía olvidar por un rato nuestra nada sana envidia hacia el poseedor del carnet de conducir y del coche. ¿Has escuchado la canción de José Luis Perales “Tú como yo”?

“…Pero cuánto darías por volver a jugar con tu perro una vez más, a mirar de reojo aquel pastel que se burló de ti tras el cristal… ”.

Pues ese Ibiza era mi pastel, y mi amigo Juan Carlos el que se lo comía. ¡Qué tiempos tan felices!¡Cómo añoro los 78 kg que pesaba por entonces y lo poco que me importaba nada!

Bueno, basta de nostalgias.

Una noche cualquiera, en uno de nuestros repartos, las vi por primera vez, atadas al semáforo del nº 28 de la por entonces calle Caídos de la División Azul, recientemente rebautizada como Memorial del 11 de Marzo, de Madrid capital. Ocho o diez flores de colores, agrupadas formando un humilde pero cuidadísimo ramo; y debajo de ellas, igualmente atado al poste con una cuerdecita, un cartel con letras de molde escritas a bolígrafo sobre un cartón mostraba un mensaje que no pude leer por la distancia. Desde el asiento trasero del coche, mientras hacíamos la obligada parada, me pareció que, fuera quien fuese la persona que colocó allí el ramillete y el cartel, mostraba tanta sensibilidad como estrecheces económicas. Recuerdo cómo imaginé para mis adentros que debía de haberlos puesto alguien que lo estaba pasando muy mal, probablemente una madre a la que algún hijo se le había estrellado con la moto en ese mismo lugar. La luz verde nos puso de nuevo en movimiento, y, al igual que el pequeño obituario, mis reflexiones quedaron atrás cediendo espacio a las risas y chistes habituales.

Sólo hasta la siguiente vez que pasamos por el mismo lugar. De forma instintiva me fijé en el semáforo, esperando verlo desnudo o, como mucho, adornado por el ramillete de flores ya secas y mustias. Pero no fue así. Aunque habían pasado al menos dos o tres semanas y el cartel había desaparecido, el ramo lucía sorprendentemente fresco; igual de modesto, pero nuevo.

Y así, en parte espoleado por la curiosidad y en parte por la admiración -o quizás por la compasión- hacia el anónimo autor de los homenajes, buscar el ramo atado al semáforo cada vez que pasaba por ese punto se convirtió en un hábito para mí. Y durante años nunca me sentí defraudado; a cualquier hora del día o de la noche siempre había allí un ramillete nuevo, delicado, con su mensaje discretamente atronador. No puedo más que suponer cuál era la motivación de quien lo colocaba -¡cuántas veces me he lamentado por no haber leído aquel mensaje!-, pero tal persistencia era la prueba incontestable de que ese ritual era el eje alrededor del cual giraba su vida. Me sigue emocionando cuánto amor debía sentir aquella persona, y qué horrible debía ser su sensación de duelo.

Sólo fue al cabo de más de dos décadas cuando el último ramo se secó y nunca más fue sustituido; quizás por respeto, los servicios municipales no lo retiraron hasta meses después de que, probablemente por la muerte o la incapacidad física de su dueño para seguir reponiéndolas, las últimas flores se marchitaron.

Lo cierto es que este episodio dejó huella en mí, porque desde aquellos lejanos días desarrollé una habilidad incuestionable para localizar este tipo de homenajes anónimos; y los he descubierto a centenares, especialmente cuando hago rutas en moto que me llevan por caminos perdidos y puertos de montaña. La mayor parte de las veces son ramos de flores atados al quitamiedos de alguna curva asesina, mal peraltada o con el asfalto en ruinas -señores de la DGT y de Fomento, aprovecho para sugerirles que, si de verdad velan por nuestra seguridad y no tanto por nuestro dinero, siembren algo menos las autopistas de radares absurdos y destinen un poquito más de presupuesto a señalizar bien y acondicionar los despropósitos de carreteras secundarias que hay por España, que no por casualidad el 75% de los fallecidos en vía interurbana se han matado en ellas-. Muchas flores, decía, pero también he visto pequeñas lápidas talladas a mano, cruces más o menos improvisadas hechas de madera, hormigón y hasta uralita, altares con velas encendidas rodeadas de objetos personales del difunto, todo tipo de diminutos monumentos de las formas y motivos más variados; e incluso hay bicis pintadas de blanco por muchos lugares del mundo (también llamadas “bicicletas fantasmas”), colocadas para conmemorar el falleci – miento por atropello de un ciclista en ese mismo punto. De hecho, tal tipo de conmemoraciones no se circunscriben únicamente a los muertos de tráfico; hasta donde yo sé también las hay dedicadas a accidentados laborales y víctimas de todo tipo de violencia -especialmente significativas las ofrendas populares a los muertos en los espeluznantes atentados del 11-M-. Y seguro que hay más razones que no se me ocurren.

Añorar es humano. Homenajear al que se fue equivale a fortalecer y perpetuar su memoria, y contribuye a tolerar un poco mejor nuestra propia caducidad. Sin embargo, tengo una reflexión al respecto. Al margen de lo admirables y conmovedores que me resultan estos testimonios, me hago la siguiente pregunta: ya que el dolor por la pérdida y el recuerdo que tenemos de alguien son subjetivos y particulares para cada individuo; ya que su memoria pertenece a nuestro dominio interior y siempre residirá allí, ¿no es cierto que el homenaje más significativo, el más honesto y perdurable que podríamos dedicarle a esa persona sería hacerla parte de nosotros mismos? Me refiero a integrarla, en el sentido de “hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo”. Recordar sus palabras, sus costumbres, su modo de ver la vida y dar sentido a las cosas; elegir lo que más nos guste y adoptarlo, habituándonos a usarlo en combinación con el propio acerbo. Fusionarla, hacer que forme parte viva de nuestro interior, de nuestra esencia; de ese modo vivirá para siempre en cada decisión que tomemos, en cada acción que realicemos, en cada logro que consigamos y en cada sueño al que aspiremos.

Y, para no resultar tan fúnebre, debo aclarar que no me refiero únicamente a quien falleció, sino a quien nos dejó en un momento dado. Un amante al que añoramos, un compañero que se marchó a la competencia, un jefe que se jubiló, un amigo al que perdimos la pista… Piénsalo por un momento. Puede que lo hayas experimentado trabajando en una empresa que sufrió el trauma de un ERE, o tras el despido -que consideraste injusto- de un compañero; quizás se trató de una persona importante para ti por la razón que fuese, y que un día decidió marcharse para comenzar un futuro diferente en otro lugar… ¿Cuánta energía, cuánto tiempo empleaste en lamentarte, en culpar a la empresa, a sus directivos, a la crisis, al destino? ¿Cuántas charlas en la máquina del café, cuántos rumores tóxicos compartiste con tus compañeros buscando justificación -o al menos una explicación tranquilizadora- para digerir la pérdida? Quizás con la distancia puedas ahora apreciar que, al igual que esas anónimas personas de las que hablábamos invierten un montón de energía a lo largo de años en construir, instalar y cuidar sus ofrendas, tú también erigiste altares y los llenaste de velas y flores, tan emotivos como inefectivos y nostálgicos.

Todo nuestro éxito se basa en el esfuerzo de quienes nos precedieron. Las normas que hoy cumples, los valores que te definen, los protocolos a los que te atienes, el listado de clientes a los que vendes tus productos, la cultura que caracteriza a tu Organización, nada de eso existiría si antes que tú no hubiera habido otros que ocuparon tu lugar. Y tú, sin saberlo, integraste su obra y ahora la perpetúas. ¿No es eso un claro homenaje a su empeño? ¿No te han ayudado, sabiéndolo o no, a ser quien eres hoy? Sólo te pido la reflexión y la altura de miras suficientes para apropiarte de su legado de forma consciente y voluntaria, y, con su ayuda combinada con tu esfuerzo, esculpir a la persona que anhelas ser para conseguir mañana aquello que hoy no puedes. La añoranza, cuando carece de un aprendizaje, sólo puede conducir a la frustración y a la melancolía. Si alguien importante para ti desapareció de repente, mi sugerencia es que lo recuperes en tu vida; pero si no puedes hacerlo, intégralo en ella. No necesitas atar flores a un semáforo ni construir un altar, real o figurado, para mantener viva su memoria. Y esto lo digo desde el más profundo respeto al dolor de quien sí lo hace, y el agradecimiento a aquella desconocida persona que despertó con sus ramilletes esta reflexión sin ser consciente de ello; como si fuera la moraleja de un cuento, acabo de caer en que hace más de veinticinco años me permitió integrar su sufrimiento y constancia para ayudarme a ser quien hoy soy. Gracias.

Iván Yglesias-Palomar.  Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group

Podría, tendría, debería...

Podría, tendría, debería…

Conforme cumples años eres más consciente de que tu futuro disminuye en la misma cuantía que aumenta tu pasado. Esa consciencia se suele espabilar al cruzar el ecuador de tu vida y se aviva conforme se acerca tu fecha de caducidad.

¿Es lo anterior un motivo de tristeza o ansiedad?

La respuesta depende de muchos factores, uno de los más influyentes son las creencias que has elegido sostener.

Cuando valoras la parte que ya has vivido utilizas esas creencias como criterio de medición. Seleccionas los acontecimientos de tu vida relacionados con esas creencias y les asignas un valor. Observa cómo si hubieses elegido otras creencias la valoración sería diferente. Mucho mejor o peor.

Por consiguiente, la valoración de tu vida en cada momento es función de la elección de tus creencias. Tus vivencias -tu vida- son menos relevantes. ¿No es sorprendente?

Si crees que esto es así parece conveniente prestar la máxima atención a revisar las creencias que sostienes y plantearte su cambio.

Para un gran parte de la población, que no es consciente de que las creencias son cambiables o elegibles, no hay esperanza en cambiar su valoración, y si ésta es baja vivirán una existencia penosa.

Es fácil identificar a estas personas que sufren, lo pasan mal, se sienten infelices. Sus creencias (limitadoras) les impiden cambiarlas, creen que “yo soy así”. No saben que pueden elegir “ser como prefieran”.

Incluso un individuo enfrentado a las más duras vivencias -como por ejemplo una severa carencia de salud o una dura indigencia- podría interpretarlas y valorarlas positivamente según las creencias que sostenga.

Existen palabras que denotan esa falta de poder personal, como por ejemplo, podría, tendría, debería… haber hecho o dicho…

Son palabras que muestran el arrepentimiento por haber perdido oportunidades más prometedoras. Su elección en aquellos momentos fue permanecer en su zona de confort, no aceptar la toma de un riesgo a lo nuevo, no elegir la incertidumbre de lo diferente, sentir temor al error o el fracaso.

Si conoces a alguien así invítale a que empiece cambiando su lenguaje con un puedo, quiero, elijo…

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group

revista talento marzo abril 2020

Revista Talento edición marzo-abril 2020

Vuelve Talento, la revista bimensual especializada en RRHH, talento  Coaching, Outplacement, Productividad y mentoring. En esta edición, la de marzo-abril de 2020, cuenta con los siguientes contenidos:

‘Podría, tendría, debería’ es el título del editorial de Jaime Bacás en el que señala cómo eres el arquitecto de tu felicidad eligiendo las creencias que quieres sostener.

¿La frustración o el sufrimiento, por ejemplo, existen? ¿Son consecuencia de determinadas creencias? Por tanto, ¿frustración y sufrimiento son una elección?

En ‘Flores y velas’ Iván Yglesias-Palomar comparte un momento de su experiencia vital y con gran delicadeza concluye: “La añoranza, cuando carece de un aprendizaje, sólo puede conducir a la frustración y a la melancolía. Si alguien importante para ti desapareció de repente, mi sugerencia es que lo recuperes en tu vida; pero si no puedes hacerlo, intégralo en ella”.

¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Cómo lo relacionas con tu vida? ¿Y cómo con tus relaciones en tu empresa?

En ‘¿Por qué tus programas de desarrollo de soft skills no generan cambios sostenibles?’ Jaime Bacás identifica algunos de los paradigmas erróneos -sostenidos por la mayoría de las áreas de L&D de las organizaciones- causantes del bajo rendimiento de estos programas. El artículo concluye con una invitación a ocho reflexiones que pueden ayudarte.

Algunas distinciones a considerar: ¿Conocimiento vs. Experiencia? ¿Hard vs. Soft (skills)? ¿Enseñanza vs. Aprendizaje? ¿Pedagogía vs. Andragogía? ¿Mides lo que necesitas medir?

En ‘Influencia Vs. Manipulación’ (Dos senderos que caminan juntos) Miguel Labrador comparte esta sutil distinción, tan relevante en las relaciones personales. “Influir es inevitable, pero manipular ciertamente no lo es”.

¿Eres consciente de esta distinción? ¿Qué tiene que ver con tu ego? ¿Cómo te relacionas en este asunto con tus colaboradores, si eres el jefe? ¿Y cómo con tus mentees si eres su mentor?

‘El coronavirus y la disrupción digital’ es el artículo de Miquel Pocurull en el que señala la incipiente crisis que está creando la epidemia del coronavirus como un posible acelerador del desarrollo y puesta en práctica de los avances tecnológicos.

“Adaptar las habilidades conductuales -gestión emocional de los equipos, comunicación eficaz, gestión de la influencia, motivación, etc.- a este nuevo universo virtual será vital para el éxito de las empresas”.

Desde Atesora Group te invitamos a elegir una vida más enfocada en influir, evitando la tendencia a manipular. Lo primero que necesitas es conocer esa distinción y tomar conciencia de cómo te comunicas. Preguntarte frecuentemente ¿he pretendido ejercer poder sobre esa persona o desarrollar su autonomía? puede ayudarte en tu empeño.

Y si no progresas pide ayuda… un coach sería una sabia elección.

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Te deseamos un año pleno de crecimiento personal

Te deseamos un año pleno de crecimiento personal

En Atesora Group creemos, como Jim Rohn, que…

“El sentido principal de la vida no consiste en lo que consigues,
sino en lo que te conviertes.
No desees que las cosas te resulten fáciles, desea ser mejor,
y de esta forma serás capaz de enfrentarte con éxito
a los retos presentes y futuros.
La consecuencia del cambio será el logro de lo que quieres.

La felicidad reside en aceptar lo que tienes
mientras persigues lo que quieres.
La felicidad no es algo que esperes que suceda o llegue en el futuro,
sino lo que diseñas, ejecutas y logras en el presente.

Los resultados que quieres conseguir no pueden ser alcanzados
por el individuo que eres ahora,
es decir, por el individuo que posee las habilidades, actitudes y mentalidad
de que dispones hoy.
Porque si así fuera ya los habrías conseguido. Serán alcanzados por un individuo diferente.
Exactamente por el individuo que haya conquistado
las habilidades, actitudes y mentalidad
que requieren esos resultados.

En Atesora Group tenemos la fortuna de conocer continuamente a nuevas personas que frecuentemente nos preguntan ¿a qué os dedicáis?, y nuestra respuesta es:

“Nos dedicamos a facilitar cambios conductuales, actitudinales y mentales
en las personas y en las organizaciones, a veces transformaciones,
que les permitan conseguir el logro de sus retos de forma sostenible y saludable”.

Por eso desde Atesora Group lo que te deseamos es
un año 2020 pleno de crecimiento personal,
que es lo que necesitas para atraer el éxito y la felicidad.