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Adif, Endesa, Repsol y Bankia, ganadores de la 1ª edición de los premios ‘Cultura de coaching en la Empresa’ de Aecop

Adif, Endesa, Repsol y Bankia, ganadores de la 1ª edición de los premios ‘Cultura de coaching en la Empresa’ de Aecop

El 8º Congreso Internacional de Coaching Ejecutivo organizado la Asociación Española de Coaching Ejecutivo y Organizativo AECOP acaba de cerrar sus puertas hasta el año que viene. Y lo hace con un excelente sabor de boca tras el altísimo nivel de sus ponencias, talleres y reflexiones en las que, un año más, ha participado nuestro Socio y Presidente, Jorge Salinas, miembro del Comité Organizador, junto a Vivian Acosta, de Talengo, Manuel Seijo, de Leister Consultores, Juan Carlos Jiménez, de CoachToCoach e Israel Alcázar, de Thinking With You.

Bajo el título ‘Transformación y confianza en entornos inciertos’, el congreso, celebrado en Madrid los días 17 y 18 de junio, además de ofrecer experiencias innovadoras en coaching a través de inspiradores grupos de trabajo, compartir las últimas tendencias en coaching ejecutivo y conocer de primera mano la opinión de CEOs, Directores Generales y emprendedores sobre confianza y entornos líquidos, entre otros muchos asuntos, ha servido para dar un impulso y reconocimiento a todas aquellas empresas que dedican parte de su tiempo y de sus recursos al coaching, un proceso que persigue como objetivo principal el máximo desarrollo profesional y personal de la persona que lo recibe.

Para ello ha celebrado la 1ª edición de los premios ‘Cultura de Coaching en la Empresa’, unos galardones que este año han recaído en Adif, como Premio Honorífico, Endesa, que se lleva el primer premio, Repsol, cuyos esfuerzos en esta manteria le han hecho merecedores del segundo y Bankia, que se alza con el tercero. Los accésits han sido en esta primera edición para Oracle España, Orange, Deloitte España y BBVA.

La cena de gala, además de ser el perfecto cierre de clausura, fue el escenario en el que se entregaron estos galardones, los primeros que se entregan en este ámbito en nuestro país. Nuestro Socio y Fundador, Jorge Salinas, fue el encargado de entregar sus respectivos galardones a Bankia, con Rogelio Carrera Iglesias, Director de Estrategia y Transformación Culltural, a Oracle, que envió a Alejandro Frieben, director de Recursos Humanos, para recibir el suyo, y a Deloitte, con Juan Luis Díez Calleja, el socio responsable de Recursos Humanos de Deloitte España, a la cabeza.

Fue un excelente broche de oro con el que además de analizar con pausa algunos de los retos del managament del futuro sirvió para dar un especial impulso a aquellas empresas que, con una gran visión de futuro y compromiso, han demostrado que apuestan por las personas acompañadas del coaching ejecutivo organizativo.

¡Enhorabuena a todos los premiados! ¡Nos vemos el año que viene!

 

En Atesora Group facilitamos los cambios de comportamiento y actitud (soft skills) de las personas que forman parte de las organizaciones que les permitirán conseguir resultados superiores de forma sostenible.

Es la andragogía, estúpido

 Para el título de este artículo tomo prestada de James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, la estructura de su idea fuerza “es la economía, estúpido”, que se convertiría en eslogan oficioso de la campaña y resultó decisiva para aupar a la presidencia, contra todo pronóstico, al novato Clinton.

Pedagogía. Modelo metodológico aún prevalente en muchas organizaciones. El lenguaje utilizado -formación, enseñanza, curso, alumno o asistente, profesor, experto, universidad corporativa, etc.- es un reflejo coherente de este modelo, que pone la responsabilidad y el poder en el área de Formación, que decide los qué, cómo, cuándo, a quiénes van destinados los contenidos. Un modelo diseñado y eficaz para la enseñanza de niños que continúa aplicándose a adultos (?).

Andragogía. Modelo apenas conocido por la mayoría de las organizaciones. El lenguaje utilizado – aprendizaje, taller de trabajo, aprendiente, facilitador- es el reflejo coherente de este modelo que sitúa la responsabilidad y el poder en el aprendiente. Modelo diseñado, y por tanto eficaz, para el aprendizaje de adultos.

Respons(h)abilidad. Habilidad y capacidad para responder, es decir, elegir la respuesta a lo que acontece. La respuesta es una decisión o solución. Cuando una persona responde, dispara automáticamente su motiv-acción (el motivo para accionar es su respuesta). La motiv-acción dispara, así, su com-promiso (promesa a sí mismo y/o a otro de la ejecución de su respuesta). Y esa ejecución dispara su ownership, el sentimiento de autoría, adueñamiento y pertenencia a algo mucho más grande que él mismo, su equipo o departamento.

Cada vez que le robas a una persona el ejercicio de su responsabilidad le robas, además, su motivación, compromiso y ownership.

Coaching, mentoring y aprendizaje experiencial. Tres metodologías de probada elevada efectividad en el desarrollo de soft skills. ¿Son pedagógicas o andragógicas?

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Toda la felicidad cabe en un cubo

Como tuve ocasión de compartir con vosotros hace ya unos cuantos números de Talento, si hay un tema recurrente tanto en los procesos de coaching que realizo como en las problemáticas profesionales o personales de las personas que tengo oportunidad de conocer en este ámbito, ése es el de la pérdida -cuando no la ausencia total- de autoestima. Los síntomas son variados, y en ocasiones no muestran relación aparente con la cuestión que nos atañe, pero basta escarbar un poco para descubrir, más pronto que tarde, la conexión con ella. Y es algo que, al parecer, sucede también en los procesos de otros coaches que conozco, por lo que podemos descartar el sesgo por mi parte.

Es un problema muy doloroso, tanto que no resulta fácil de imaginar para quien no lo ha experimentado, para quien se encuentra sólido y feliz consigo mismo; lo que añade la incomprensión al sufrimiento que ya de por sí genera en quien lo padece. Y aún podemos sumar el aislamiento como un tercer castigo para el sujeto; de hecho, en no pocas ocasiones un comportamiento triste o depresivo, excesivamente introvertido, desconfiado, celoso, intolerante, radical o demasiado exigente y/o autoexigente esconde una carencia de autoestima, y estaréis de acuerdo conmigo en que no son platos de gusto para compartir con alguien, ¿verdad?

Pongamos un pequeño ejemplo para entenderlo mejor, y pido disculpas anticipadamente por la crudeza del mismo.

Imagínate que estuvieras compartiendo tu vida con una pareja a quien ya no amas, pero te ves en la obligación de estar siempre a su lado; y esto para ti no es compañía, sino un castigo. Miras con envidia a todas tus amistades, y te lamentas cada minuto de no poder ser feliz como lo son ellas. Da igual lo que tu pareja haga porque no te gustará, y nada, por mucho que se esfuerce, te hará cambiar de opinión. Eso sí, cuando por las razones que sean se confunde, o no consigue sus objetivos, ahí estás tú para recordarle lo incapaz que es y lo vanos que son sus esfuerzos. Y cada día darías lo que fuera por tener a tu lado a alguien diferente, más capaz, más interesante, más confiable, más… más de todo.

Es duro, ¿verdad? Pues mucho peor es vivir sin autoestima, porque si alguien estuviera conviviendo con otra persona que le hiciera sentir tan sumamente infeliz, siempre le quedaría la opción de terminar la relación. Algo que no es posible cuando a quien tanto desprecias es a ti mismo.

¿Pero cómo se puede llegar a esta situación tan dolorosa, antinatural e injusta?

Las causas pueden ser variadas. Hay razones genéticas -personas que nacen con altos niveles de cortisol, serotonina, dopamina y noradrenalina-; otras ambientales -educación muy estricta, padres que hacen competir a sus hijos por su atención o cariño-; a veces son emocionales -pérdida de un ser querido, desempleo, fracasos sonados-; e incluso a veces las causas llegan a ser patológicas -tristeza o melancolía asociadas a una depresión clínica-. Pero no es el objeto de este artículo profundizar en ellas, sino mostrar un modelo que puede ser de ayuda para comprender este fenómeno y -ojalá- ayudar a dar los primeros pasos para combatirlo.

Nunca un cubo fue tan importante

La autoestima es un mecanismo estructural del ser humano. No podemos vivir sin ella, porque todos necesitamos querernos a nosotros mismos para poder pertenecer a un grupo social y, de alguna forma, comparar lo que cada uno se valora con lo que le valora el grupo del que forma parte. Así que, aunque sea poca, todas las personas tienen al menos algo. Y todas se sienten bien cuando su nivel de autoestima sube.

Una forma gráfica de verlo es imaginar un cubo, el Cubo de la Autoestima. Imagínate que la autoestima es agua, y tú eres un cubo que contiene esa agua. Cuanta más agua, más feliz eres contigo mismo. Y todos tenemos un cubo… que además está agujereado en la base. ¿Por qué?

Porque todos los seres humanos perdemos autoestima, debido a muchas y variadas razones. Piensa qué te hace perderla a ti: ¿Fracasos? ¿Insultos? ¿Broncas? ¿Ser prejuzgado injustamente? ¿Ser ignorado por tal o cual sujeto? ¿Sentirte atascado profesionalmente? ¿No lograr dejar de fumar, o no estar a gusto con tu cuerpo?… Probablemente te identifiques con alguno de estos ejemplos, pero la lista es mucho más larga.

Es cierto que el material con el que está hecho tu cubo lo hace más o menos inmune a los agujeros. Hay quien lo tiene de acero, y es muy difícil perforarlo (¡qué suerte tienen!); sin embargo, otras personas, más sensibles, es como si tuvieran un cubo hecho de papel; cualquier cosa les hace sentir mal, es muy fácil que se les hagan agujeros y se les vaya la autoestima por ellos. Pero todos perdemos, eso es un hecho.

Y otro hecho es que la cantidad de autoestima que cada persona necesita es variable; hay gente que tiene un cubo muy pequeño, es decir, a poco que hagan se llena hasta arriba y no hace falta echarle más agua. Y otros necesitan toneladas de autovaloración para sentirse a gusto consigo mismos.  (¡Ah, la subjetividad humana…! Y aún hay quien dice que todas las personas son iguales…)

Bueno, esto en cuanto a cómo perdemos agua. Y… ¿cómo llenamos el cubo?

Basta con positivizar la lista de cosas que nos quitan la autoestima y ya tenemos la respuesta. Conseguir objetivos, recibir elogios o felicitaciones, ser aceptado, desarrollarnos personal y profesionalmente, practicar hobbies que nos hagan felices, vivir en un entorno propicio… Todos estos factores echan agua al cubo, y compensan más o menos la que perdemos por los agujeros de la base.

En realidad, si lo analizas bien, disponemos de dos grifos para llenar el cubo: lo que nos decimos a nosotros mismos y lo que nos dicen los demás. Ambos se equilibran, y si tienen un flujo simétrico de agua (auto-valoración vs. reconocimiento ajeno), el cubo se llenará de forma sana y muy satisfactoria.

Por ejemplo, imagínate que llevas preparándote un año para correr una maratón por primera vez en tu vida. Llegado el gran día, compites y logras terminar la prueba. Seguro que lo que te diga la gente que te conoce cuando se lo cuentes, o cuando vean fotos de la gesta en Facebook, supondrá para ti una inyección de autoestima; pero tan importantes o más serán los mensajes de auto-reconocimiento y auto-valoración que te digas a ti mismo. En este caso ambos grifos funcionan correctamente y no hay problema, sino todo lo contrario.

Pero ¿qué sucedería si uno de los dos grifos no funcionase, o estuviera atascado? Pues que la secuencia de lo que va a ocurrir se puede reducir a este silogismo:

1. Todo individuo necesita autoestima para vivir

2. Todo individuo pierde constantemente autoestima

3. Por lo tanto, todo individuo necesita compensar la pérdida añadiendo más autoestima

4. El individuo puede usar dos grifos para añadir autoestima

5. Pero uno de los dos está atascado

6. Por lo tanto…

Puedes completar tú mismo la última premisa: “…hará lo posible para obtener toda la autoestima que necesita del otro grifo”. ¿Verdad? Y eso nos deja dos opciones:

A) El grifo de los demás es el que está atascado

Si ése fuera tu caso, las posibilidades de estar feliz contigo mismo se reducen a los mensajes positivos que tú te dediques, porque con los demás no puedes contar. ¿Es eso normal? Bueno, seguro que conoces a alguien que está tan pagado de sí mismo que sólo valora su propia opinión, y de hecho tiende a despreciar lo que los demás piensen sobre él -profesores que se vanaglorian de suspender al 95% de sus alumnos, jefes “ogros” que juegan a ser los polis malos de la empresa y disfrutan con ello, técnicos “malotes” que se creen tan buenos en lo suyo que infravaloran cualquier criterio ajeno y se jactan de ser impopulares entre sus compañeros, sindicalistas agresivos que buscan constantemente la confrontación y exhiben el músculo del inconformismo y la acidez en cuanto tienen ocasión, etc.- Bueno, en este caso estaríamos hablando de una autoestima desmesurada, y es obvio que eso no puede ser sano. Por supuesto que es posible trabajarlo, pero para conseguir resultados lo primero que tiene que suceder es que el propio sujeto perciba que tiene un problema, y no suele ser el caso.

B) El grifo atascado es el mío propio

¿Qué es lo que ocurre cuando tu propio mecanismo de auto-valoración no funciona adecuadamente y apenas vierte agua al cubo? Pues éste es exactamente el escenario de la falta de autoestima, y la razón por la que la gente que la padece busca desesperadamente el reconocimiento ajeno, a cualquier precio: tratarán de ser las personas más queridas, mejor valoradas, más dispuestas de sus organizaciones; se ofrecerán para hacer los trabajos que nadie quiere hacer, cumplirán horarios descomunales, se someterán a los gustos, opiniones o caprichos de los demás sin tenerse en cuenta a sí mismos, etc. Es decir, todas sus acciones irán encaminadas a abrir a tope el único grifo del que obtienen agua, que es el de la valoración de los otros. Y, por si fuera poco, nada de lo que hagan los satisfará internamente, porque, por mucho que los demás los reconozcan, feliciten o ensalcen, siempre estarán carentes de la propia auto-valoración, así que se sentirán viviendo en una eterna competición… que nunca podrán ganar, ya que compiten contra sí mismos.

¿Y qué puede hacer el que esté en esta situación?

Pues eso depende de la gravedad de la misma. Cuando los síntomas sugieren un problema patológico -una depresión, por ejemplo-, es un terapeuta, y SÓLO UN TERAPEUTA, quien debe valorar al sujeto para prestar la ayuda que considere oportuna. Cualquier otro tipo de intervención, aunque bien intencionada, puede ocasionar más daño que beneficios.

Sin embargo, en muchas ocasiones las personas tienen este tipo de problema sin llegar a ser tan grave; es decir, son sujetos más o menos felices que se encuentran sometidos a tensiones o situaciones particulares que han “agujereado demasiado su cubo”. En este caso, el coaching es una excelente herramienta de apoyo, tanto para combatir las creencias limitantes que llevan al sujeto a infravalorarse como para ayudarle a comprometerse con acciones que reconstruyan su mecanismo de auto-valoración.

Si te ves de algún modo reflejado en este escenario, quiero compartir un par de dinámicas que suelo recomendar a mis coachees cuando trabajamos en este asunto. Creo que pueden serte de utilidad, y no suponen ningún riesgo aunque no sean supervisadas por un coach, mentor u otro tipo de figura de acompañamiento.

1. Radar de reconocimientos. Este ejercicio tiene como objeto hacer tomar consciencia al sujeto de que recibe mucho más reconocimiento del que él mismo supone (recuerda que, al tener muy bajo concepto de sí mismo, tiende a menospreciar o incluso ignorar los halagos o felicitaciones ajenas, considerándolos “cumplidos sin ningún valor”). Es muy sencillo. Simplemente tienes que “sacar las antenas”, prestar mucha atención y anotar durante una semana en una libreta o en el móvil cada reconocimiento positivo que alguien te dirija, así como el contexto en que se produjo. Por ejemplo, “… Pedro me comentó lo bien que hice la presentación de los números del Departamento en la reunión semanal del lunes”.

Ante la duda de si algo es un reconocimiento o no, ¡apúntalo! Más vale tachar luego que no apuntar. Ah, incluye cuando tu madre te dice lo bien que te sienta la barba, o lo guapa que te ve con ese vestido 😉Al cabo de una semana, lee la lista entera. Probablemente te sorprenda la cantidad de reconocimientos que has recibido, que antes pasaban desapercibidos. Y si no has recibido muchos -o ninguno, aunque esto es difícil de creer-, prueba a hacerlo durante una semana más. Si el resultado es el mismo, puede ser hora de hablar con un coach que te ayude a equilibrar los grifos, obtener visibilidad, etc. Pero lo más probable es que tengas una lista abundante de elogios, que te gustará releer de vez en cuando, y que habla del buen funcionamiento del grifo ajeno.

2. Mi premio sorpresa. Al tener atascado el grifo de la auto-valoración, es frecuente que el sujeto se flagele con dureza cuando se confunde o no consigue el éxito, pero haya perdido la capacidad de premiarse a sí mismo cuando obtiene un logro reseñable. En otras palabras, tiende a pensar que lo que hace mal es digno de crítica, pero lo que hace bien es sólo porque era lo exigible. Esta dinámica resulta útil durante un tiempo, hasta que el valor simbólico del “fetiche” deje paso al premio emocional.Toma una hoja de papel y divídela en pedazos (por ejemplo, veinte). En cada uno de ellos escribe un “premio”, algo que te haga ilusión y no suelas hacer diariamente (comprarte ese pastel que tanto te gusta, darte un baño relajante de una hora ajeno al mundo, una sesión extra de tu serie favorita de Netflix…).

Cuando hayas escrito un premio en cada pedacito de papel, haz bolitas con ellos y mételas todas en una bolsa o una caja. El día que hayas hecho algo que tú mismo percibas que está especialmente bien, o que hayas conseguido un reto, o que haya sido significativo por cualquier otro mérito, TIENES LA OBLIGACIÓN de ir a tu bolsa de premios, extraer una bolita al azar y cumplir lo que ponga en ella. (Una variante es dividir los premios en tres categorías: premios de bajo nivel, para logros más cotidianos; premios intermedios -una cena este fin de semana en un local de moda, por ejemplo- para logros señalables; y premios de alto nivel, para logros muy relevantes -un fin de semana en la playa, por ejemplo-).

No se trata de sacar una bolita cada día (a no ser que quieras engordar 10 kg a base de pasteles…), sino de crear y reforzar el vínculo entre una acción destacable y un auto-reconocimiento. Cuando haya transcurrido un tiempo, verás cómo ya no necesitas fabricar ni sacar más bolitas de la bolsa, poco a poco habrás cogido el hábito de valorarte cuando tú mismo lo juzgues apropiado.

Yo mismo tuve serios problemas de autoestima en mi juventud, razón por la que conozco bien todos estos síntomas y sufrimientos. Y, de entre todos los beneficios que el coaching trajo a mi vida, el mayor, el más impagable, es el haberme enseñado a valorarme a mí mismo, como paso previo a ayudar a otros a auto-valorarse. Por eso creo tanto en esta disciplina. De hecho, cuando me certifiqué como coach hace más de once años me hice la promesa a mí mismo de ayudar en todo lo posible a las personas que no se quieren a sí mismas.

Si te has visto reflejado en este artículo, no lo dudes. Acude pronto a un coach, porque sería triste que siguieras sufriendo cuando la solución a tu problema es tan agradable y -en muchas ocasiones- tan rápida. Piensa en tu cubo, analiza bien tu grifo y, si decides que quieres desatascarlo de una vez por todas, hazlo ya. Quererse es fácil, es barato y es GENIAL.

Iván YglesiasPalomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

Toda la felicidad cabe en un cubo

La autopista de seis carriles que se convirtió en una pista forestal

La autopista de seis carriles que se convirtió en pista forestal

Llevo trabajando más de treinta años, en diferentes sectores, empresas y con distintos roles. Sé que no es la carrera profesional más larga del mundo, pero indudablemente los años de experiencia me han permitido tomar perspectiva acerca del tema del que vamos a hablar en este artículo; por no hablar de que mi trabajo como coach en muchas empresas clientes y unos cuantos años colaborando en una escuela de negocios han añadido a mi propio bagaje la visión de lo que ha sucedido en otros sitios durante todo este tiempo.

Si al principio de mi trayectoria profesional me hubieran preguntado en qué tipo de empresa me gustaría trabajar cuando cumpliera los cincuenta años -lo que ya ha ocurrido hace unos meses, por cierto-, probablemente hubiera pensado en las siguientes características elementales:

– Que fuera una empresa importante, con una marca reconocida en el mercado que me permitiese lucir con orgullo mi tarjeta.

– Que sus productos o servicios fueran sólidos, útiles y fiables.

– Que los procesos estuvieran bien definidos, dando estabilidad a la estructura.

– Que los mandos intermedios alineasen bien a las capas más operativas con la estrategia de la Organización.

– Y, por último, que la Alta Dirección estuviera constituida por personas bien preparadas, visionarias, capaces de timonear la nave dando a los trabajadores la tranquilidad necesaria para hacer sus funciones sabiéndose bien dirigidos.

 

En otras palabras, en aquel momento estaba describiendo, sin saberlo, la típica estructura piramidal con la que se ha venido representando gráficamente el concepto de empresa a lo largo de los años. Y no es de extrañar, puesto que la pirámide es el paradigma de la solidez y la estabilidad (me viene a la cabeza el viejo adagio referido a los famosísimos monumentos de Egipto, “…Los hombres temen al tiempo, y el tiempo teme a las pirámides…”). Pero para proporcionar tan deseada consistencia, es necesaria una condición: el suelo en el que se apoya tiene que ser muy, pero que muy firme. Si el suelo es cenagoso, la pirámide se tambalea; y, si el suelo es líquido, la pirámide se va al fondo.

Y esto es lo que nos lleva pasando hace unos años: que el entorno -social, tecnológico, demográfico, político, geoestratégico…- se ha convertido en algo imprevisible, multiforme, más parecido a un mar encrespado que a la llanura de Gizeh; y, en consecuencia, las empresas que quieran sobrevivir necesitan convertirse en otra cosa, algo más ligero y plano, algo que flote mejor que un bloque macizo de piedras.

Algunas organizaciones, más visionarias o quizás más acuciadas por su propia naturaleza o razón de ser, comenzaron esta transformación hace ya algunos años, y se encuentran en plena adaptación. Otras acaban de mirar al rostro al diablo y están ahora mismo en estado de shock; no saben cómo cumplir con las nuevas exigencias de su matriz o de sus clientes usando los procesos y estructuras existentes; escuchando a sus trabajadores más antiguos quejarse y rememorar con nostalgia cuánto les gustaba su empresa antes y cómo odian en lo que se está convirtiendo ahora; y reciclándose a toda velocidad, leyendo y escuchando con avidez todo lo que tiene que ver con la gestión del cambio, sea información correcta, incorrecta o directamente inaplicable. Pero bueno, al menos ya están en ello.

Me preocupan seriamente las empresas -y colectivos- que aún no se han dado cuenta de lo que viene. Mejor dicho, de lo que ya está aquí. Algunos botones que sirvan de muestra

– Auriculares que traducen simultáneamente en tiempo real. Los hay desde cuarenta a más de cien idiomas. Por primera vez en la historia de la humanidad, va a desaparecer la barrera idiomática; no habrá ninguna razón para que no puedas desempeñar tu trabajo en Oslo, al igual que un surcoreano podrá venir aquí a hacer el tuyo. ¿Te imaginas cómo va a cambiar esto el mercado de trabajo? (Fuente, aquí)

– ¿No te crees que dentro de poco las calles de tu ciudad van a estar llenas de coches autónomos, que te irán a recoger a casa y te llevarán ellos solitos donde les digas? Vale, quizás este video te convenza: primeros vuelos con taxis drones autónomos. El del video es chino, pero Uber ya ha reservado 500 hechos en EEUU para 2019 en Los Ángeles y San Francisco. (Fuente, aquí)

– Si te manejas bien con el inglés y estás prevenido contra un shock anafiláctico, te propongo que veas este video acerca de cómo van las cosas -te aconsejo que bajes el volumen de la música, es desesperante-. (Fuente, aquí)

– Este año se ha impreso el primer riñón humano usando tecnología de impresión 3D. Adiós a las listas de espera de transplantes en poco tiempo. (Fuente, aquí)

– Hoy hablamos de aranceles, tenemos la sensación de que a la Unión Europea pronto va a haber que ponerle oxígeno, todas las encuestas electorales fallan estrepitosamente -Trump, Bolsonaro, acuerdos en Colombia, Brexit…-. ¿Se ha vuelto loco el mundo? Echa un vistazo a la nueva geopolítica. (Fuente, aquí

– ¿Cómo se gestiona una oficina en la que conviven cuatro generaciones diferentes de trabajadores, con sus manías, costumbres, zonas de confort y estilos distintos? Pues cada vez es más frecuente tener que hacerlo… (Fuente, aquí)

 

Podría seguir un buen rato con esta historia, pero no creo que sea necesario. Si te la crees, aunque no hubieras caído en ella de forma tan chocante, comenzarás a buscar información por tus propios medios y en poco tiempo tendrás el baño de realidad del que hablamos. Y si no te la crees, o piensas que éstas son cosas de frikis y que toda la vida ha habido avances y poco a poco la sociedad los integra, pues te recomiendo que enciendas la tele y te enganches a la reposición de “La casa de la pradera” que están poniendo todos los días. Será lo más parecido a un ambiente estable y previsible que encontrarás desde hoy hasta que desaparezcas.

Los demás, seguiremos trabajando en cómo adaptarnos al “new normal” que nos ha tocado vivir. Pero, por si fuera necesaria alguna demostración más al respecto, los expertos han bautizado esta época de cambio… No, mejor este CAMBIO DE ÉPOCA, como V.U.C.A. ¿Has oído alguna vez hablar de ello? No te preocupes, en breve será un vocablo muy popular. Significa:

Volátil (Volatile)

U – Incierto (Uncertainty)

Cambio (Change)

Adaptabilidad (Adaptability)

Para hacerlo más sencillo, quiere decir que todo lo que habías conocido como estable, inamovible, previsible, diáfano y tranquilizador en el mundo laboral ha dejado de serlo. Y lo que se encuentran cada día las empresas es que están compitiendo en un terreno de juego con reglas cambiantes, golpes por todos los lados, cambios inesperados en la legislación, la tecnología, la convivencia social, la agenda política, medioambiental, estratégica, etc. Y los responsables tienen que rentabilizar la empresa pese a todo ello. Visto así empieza uno a compadecer a los que mandan, ¿eh?

En el próximo artículo desarrollaremos más profundamente el concepto VUCA, así como otros asociados a él -la doble curva de ciclo de vida de producto, la esquizofrenia organizacional, etc.-, y trataremos de dar algo de sentido a un mundo que se comporta como si lo hubieran puesto patas abajo.

Míralo desde el lado bueno: la increíble velocidad a la que se están produciendo todas estas cosas nos está desarrollando músculos que probablemente antes no teníamos tan entrenados; la proactividad, la resiliencia, la habilidad para gestionar equipos diversos, necesitan un campo de juegos real donde practicar y consolidar los avances. Y eso, indudablemente, te convertirá en alguien mucho más preparado y flexible.

Pero NADIE aquí ha dicho que sea fácil… ni cómodo. En realidad, es un viaje duro.

¡¡Abróchense los cinturones!!

Iván Yglesias-Palomar. Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

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“Ser es Hacer”

Cuando pensamos acerca de nosotros mismos solemos estar fuertemente condicionados por un modelo mental heredado de la Grecia clásica. De entre todos los autores que han influido en el pensamiento occidental, probablemente sea Platón el que más ha contribuido a construir una visión objetiva y estática del mundo. Cuando Platón habla del “mundo de las Ideas”, habla de una realidad que aparentemente está más allá de nuestro mundo y que tiene un aspecto eterno e inmutable. Desde esta perspectiva, lo cierto es que se limita bastante nuestra capacidad de cambiar, de desarrollarnos e ir más allá de lo que estamos haciendo o consiguiendo.

Un ejemplo característico de ello es la propia percepción que tenemos de nosotros mismos, de nuestro “Ser”; la mayor parte de las personas tenemos un sentido de identidad y permanencia a lo largo del tiempo bastante estable, sintiendo que cambiamos poco -o nada- a lo largo de nuestra vida. Si enfocamos la mirada de forma más crítica sobre este particular, nos daremos cuenta de que difícilmente somos las mismas personas; claramente hemos experimentado -y seguiremos experimentando- cambios en nuestros valores, creencias, hábitos, preferencias, gustos y/o en los vínculos que establecemos con las personas o las cosas; y apenas notamos estas variaciones por el simple hecho de que pasan “invisibles” ante nuestro nivel de consciencia.

El motivo fundamental es que nuestra propia identidad está relacionada con aquello con lo que nos identificamos, haciendo nuestras las diferentes experiencias que vivimos. De este modo pensamos acerca de nosotros -y de los demás- en base a cualidades que vinculamos erróneamente a la palabra “SER”: utilizamos expresiones como “soy optimista”, “alegre”, “pesimista”, “tímido”, “nervioso”…, y un largo collage de otras cualidades con las que de forma desatinada nos identificamos. La dificultad de percibirnos en base a esas cualidades estáticas es que olvidamos que esos aspectos no son otra cosa que meros comportamientos que hacemos: nos comportamos tímidamente, nerviosamente, alegremente, etc, pero también podemos comportarnos de forma distintas e incluso totalmente opuestas. Desde la perspectiva del “HACER”, y nuestra identidad es un ejemplo de “hacer” a diferentes niveles, las cosas pasan a ser más cambiantes y dinámicas.

Algo semejante nos ocurre desde la perspectiva del “TENER”. Muchas habilidades y cualidades que realizamos las entendemos desde un sentido de posesión; utilizamos expresiones como “tiene talento”, “tiene capacidad”, “tiene fuerza de voluntad” o “tiene motivación”, como quien dice que alguien tiene ojos azules o pelo rubio; pero una vez más, percibir las cosas desde esta perspectiva las convierte en aspectos demasiado inamovibles y difíciles de alterar.

El inicio de año o la vuelta de las vacaciones es una época en la que habitualmente nos proponemos nuevas metas o al menos actualizamos las que nos habíamos marcado; propósitos típicos como perder peso, conseguir recuperar la forma física, aprender un idioma o cambiar de trabajo son ejemplos clásicos que completan nuestro ideario de promesas… y lo que tienen en común es que todos ellos son aspectos que exigen “hacer” cosas en el mundo para producir -o mantener- un determinado resultado.

En este sentido, algo interesante con los cambios que buscamos es la diferente naturaleza de los mismos: el tipo de cambio más fácil de notar es aquél en el que buscamos “arreglar” o “remediar” las cosas, bien porque no estamos consiguiendo lo que nos proponemos o bien por que en algún momento nuestro bienestar se ha interrumpido en cierta forma. Así que, si observo con horror cómo al finalizar las fiestas navideñas el marcador de la báscula se ha desplazado diez kilos a la derecha, es probable que mi malestar sea suficiente para plantearme que tengo que “remediar” el asunto de mi sobrepeso. Es fácil que en esta fase nos sintamos fuertemente motivados para tomar cartas en el asunto, y hasta es posible que consigamos nuestro objetivo durante algún tiempo, hasta que volvamos a bajar la guardia y nuevamente nuestra amiga la báscula nos enfrente con la dura realidad. En este punto, sobre todo cuando ha ocurrido de forma recurrente, probablemente empezamos a analizar lo sucedido y terminamos con explicaciones del tipo “me falta fuerza de voluntad”, “soy vago”, “soy un glotón”, “tengo mala genética” o, lo que es peor, concluyamos que “nunca conseguiré ponerme en forma” o cualquier otro juicio que me cierre posibilidades de logro.

Ahora bien, otro tipo de cambio quizás más importante que el remediativo, dado lo omnipresente del mismo, es aquél orientado a hacer cosas con el fin de mantenerlas: hacemos ejercicio para mantener la forma física, llamamos o quedamos con nuestros amigos para mantener las relaciones, llevamos el coche a revisión para mantener la salud del motor, dormimos para mantener nuestros niveles de energía, y un largo etcétera. La mayor parte del tiempo estamos haciendo muchas cosas para que todo siga igual. Probablemente, cuando mejor notamos este tipo de cambios que normalmente pasan desapercibidos es cuando no conseguimos mantenerlos adecuadamente: el coche se estropea, mis relaciones se rompen, o mi salud me pasa factura con alguna dolencia. En definitiva, cuando acontece cualquier tipo de resultado no deseado.

En esos momentos, una pregunta interesante que es útil plantearse es: “…¿Cómo hacemos para mantener las cosas en el tiempo?…” Pero también “… ¿Qué hemos hecho o hemos dejado de hacer para no mantenerlas adecuadamente? …” Una vez más, mantener las cosas tiene que ver con “hacer”, no con “ser” o “tener”. Seguramente, si analizamos la pregunta en detalle, a cualquiera de nosotros nos cueste dar una respuesta amplia y descriptiva de cómo hacemos lo que hacemos. Es algo que sencillamente “nos pasa”.

Si volvemos al ejemplo del peso o a cualquier otro similar, en algún momento habremos activado nuestra motivación para iniciar una dieta, hacer ejercicio, aprender un idioma o lo que sea que nos hayamos propuesto. Existirán muchos procesos involucrados que habremos realizado inconscientemente; quizás hemos hecho una imagen más saludable y atractiva de nosotros mismos hacia la que nos sentimos atraídos; quizás nos hemos dicho determinadas frases que nos refuerzan, o hemos construido un significado personal importante en torno al logro que queremos alcanzar… Si analizamos en detalle estos procesos desde la perspectiva del “hacer”, nos daremos cuenta de que todos ellos son actos que realizamos conductualmente, y cuanto más los practicamos mejores nos volvemos ejecutándolos. De igual forma, cuanto menos los hagamos más nos costará mantenerlos activados. En palabras de uno de mis mentores, podríamos decir que nuestro “SER es HACER”.

Si alguien está motivado por conseguir un determinado objetivo, es porque en algún momento habrá construido esa motivación. De la misma forma, si deja de experimentar esas ganas, será así mismo porque en algún momento “habrá hecho la desmotivación”. Aunque pueda parecer extraño, percibirlo desde esa óptica nos invita a participar de una forma más consciente, activa y responsable en nosotros mismos, en lugar de simplemente ser víctimas de nuestros procesos de pensamiento.

Si alguien mantiene a lo largo del tiempo una determinada forma física -o cualquier otro logro- y consigue los resultados que se propone, esto lo podemos explicar de diferentes maneras. Una de ellas, como hemos visto, es desde la perspectiva del “SER”: “es una persona disciplinada”, “es perseverante”, o cualquier otra razón vinculada a la identidad de la persona. Otra es desde la perspectiva del “TENER”: “tiene perseverancia, o fuerza de voluntad suficiente para mantenerse”. La tercera y más útil es desde el “HACER”: qué es lo que está haciendo esa persona para mantenerse en el tiempo.

Cuando realizamos procesos de coaching o de mentoring, la fijación de objetivos suele ser el eje central en torno al cual se vertebra el proceso. Por lo tanto, la consecución de sus correspondientes desenlaces se convierte en la medida del éxito de la intervención. Más importante que iniciar una conducta es mantenerla y seguir haciéndola en el tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los objetivos que nos planteamos en el ámbito de las organizaciones son de carácter dinámico: delegar más, escuchar más, gestionar determinadas emociones, etc.

De cara a este nuevo año, quizás sea útil para tus logros que enfoques desde esta perspectiva y te asegures de que te mantienes haciendo. A continuación, comparto algunas preguntas que sería interesante que te formularas para sensibilizarte con tus procesos de mantenimiento:

  • ¿Cómo has llegado a construir la motivación por ese objetivo/propósito? ¿Cómo empezó y cómo te diste cuenta de que lo querías, te gustaba o lo necesitabas?
  • ¿Qué imágenes ves? ¿Qué palabras te dices? ¿Qué sensaciones experimentas cuando imaginas esa consecución?; en términos “espaciales”, ¿dónde las localizas? ¿Cómo las mantienes y las traes a tu mente? ¿Tienes que hacer algo para ello o simplemente sientes que “te suceden”?
  • ¿Qué razones y/o propósitos están de fondo? ¿Con qué cosas te conecta ese objetivo? ¿Cómo vas a hacer para recordarte la importancia de esas razones a lo largo del tiempo? ¿Qué cosas pueden facilitártelo?
  • ¿Hacia qué te acercas? Es decir, ¿cuál es el beneficio o beneficios que tratas de conseguir si alcanzas ese objetivo? Y por otro lado, ¿de qué te estás alejando? ¿Cuál es la consecuencia negativa que tratas de evitar? ¿Cómo puedes mantener activadas esas orientaciones en el tiempo?
  • Eso que quieres conseguir, ¿es algo que “tira de ti” y te atrae sin esfuerzo, o tienes un sentido de que “tú tienes que caminar hacia ello”?
  • En la medida en que vas logrando lo que quieres, ¿siguen valiéndote las mismas razones que te pusieron en marcha o la consecución del objetivo requiere que construyas otras que te conecten con nuevas cosas importantes para ti? Y en ese caso, ¿cuáles podrían ser? ¿Qué otras cosas podrían estar involucradas que te ayudarían a mantenerte en marcha?
  • ¿Cuánto de eso necesitas conseguir para sentirte satisfecho? ¿Es todo o nada, o por el contrario te sirven pequeños avances? ¿Cuáles son los pequeños logros que pueden reforzarte para mantenerte en marcha?
  • Cuando sufres un tropiezo o no avanzas al ritmo que quieres, ¿qué sentido de razón y/o propósito puedes activar para mantenerte en marcha?
  • ¿Con qué otras cosas puede estar entrando en conflicto eso que quieres? Y en ese caso, ¿cómo estas respondiendo a ello?

 

“El Pensar, Hacer y Ser son uno y la misma cosa”.  Parménides

Miguel LabradorDirector de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School.