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Presentación taller virtual: TALENTO ¿Desarrollo o lujo?

Venta interna de proyectos desde RRHH

Por la experiencia adquirida en crisis anteriores sabemos que la inversión en formación y
desarrollo de personas es de las primeras que se ven recortadas -o eliminadas- en tiempos de incertidumbre. Siendo una reacción esperable y hasta cierto punto justificada, también se reduce con ella la capacidad de las personas de dar una respuesta óptima a los nuevos retos o necesidades imprevistas, que son precisamente las características que hacen excepcional la crisis que estamos viviendo.

Para que la Organización no se vea prisionera de este círculo vicioso, es imperativo para los
responsables de Gestión del Talento saber trasladar de forma efectiva el valor de las iniciativas de Desarrollo de Personas, potenciando la venta del beneficio estratégico que aportan.

Objetivos:

• Reforzarás la consciencia estratégica de los Planes de Desarrollo de Personas, como
paso previo a la venta interna de iniciativas concretas
• Descubrirás y practicarás los diferentes estilos de influencia, para maximizar las
posibilidades de poner en valor tus proyectos y generar corresponsabilidad con los
stakeholders apropiados
• Trabajarás técnicas para el manejo de las objeciones más características
• Entenderás la resiliencia no sólo como una mera gestión de la frustración, sino como la
interpretación de un feedback que te permitirá calibrar la efectividad de tus
propuestas y actuar en consecuencia

Fecha: 

Jueves 08 de octubre 2020 – 12:00 h Central European Summer Time (CEST)

Duración: 120 minutos

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Cupo limitado.

 

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taller virtual gestionando el miedo

Presentación taller virtual: Gestionando el miedo

Claves para impulsarte en entornos A.L.F. (Ágiles, Líquidos, Flexibles)

Hasta hace muy pocos años, el éxito de las Organizaciones se basaba en la solidez de las decisiones de los mandos y el rigor a la hora de adaptarse a los planes (comerciales, financieros, de marketing…) diseñados con mucha antelación.

Por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir una realidad en la que la supervivencia de las empresas reside precisamente en lo contrario: es crítico moverse rápido, tomar decisiones a veces contradictorias y adaptarse urgentemente a lo impensable. Pero como los seres humanos buscamos instintivamente la seguridad para establecernos y crecer, esos cambios frenéticos nos causan incertidumbre y miedo, que repercuten en la agilidad de la Organización y en los resultados. En este Taller-Presentación descubrirás las claves para detectar el miedo, tanto en ti mismo como en los demás, combatirlo y hacer que trabaje para ti.

Objetivos:

• Tomarás consciencia de cuáles son los factores estresores y puntos de tensión
provocados por el miedo a las situaciones
• Aprenderás a diferenciar la imaginación probable de la fantasiosa, transformando la
preocupación improductiva en acción útil
• Descubrirás cómo utilizar los juicios y creencias limitantes ante escenarios de tensión,
y cómo realizar un enfoque múltiple frente a las situaciones potencialmente
desafiantes
• Adquirirás herramientas prácticas para ayudar a otros a gestionar su propio miedo

Fecha: 

Jueves 22 de octubre 2020 – 16:30 h Central European Summer Time (CEST)

Duración: 100 minutos

Formato: Taller-Presentación Virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Cupo limitado.

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revista talento edición julio-agosto 2020

Revista Talento edición julio-agosto 2020

Hoy damos la bienvenida a la edición más veraniega de Talento, nuestra revista de liderazgo, recursos humanos, desarrollo directivo y desarrollo organizacional. En este nuevo número, nacido justo después de los peores momentos de la pandemia, además de conocer todos los talleres virtuales que hemos preparado, queremos invitarte a que conozcas en profundidad nuestro nuevo paradigma de Liderazgo, OMNI-Líder.

OMNI-Líder. El liderazgo integrador que nos sacará de “ésta” es el título de la editorial donde Jorge Salinas describe el marco conceptual del concepto de OMNI-Líder y nos reta a la transición del líder al OMNI-Líder.

¿Hablamos?

El artículo de Miguel Labrador, Los 4 Pilares del OMNI-Líder, nos da la definición de OMNI-Líder y nos describe sus singularidades, y posteriormente pormenoriza las principales actitudes y competencias de cada uno de los 4 pilares del OMNI-Líder.

¿Con qué pilar te sientes más identificado? ¿Qué competencias del OMNI-Líder crees que puedes mejorar?

Miquel Pocurull, en “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo” describe cómo hemos adaptado los programas a unos formatos de entrega mucho más flexibles, customizados y ágiles. También nos describe de la importancia de todas las fases del programa.

¿Has desarrollado ya programas Virtuales? ¿Qué parte de los programas crees que es la más crítica?

Y Núria Lorenzo, en su primer artículo en la revista titulado PENSAMIENTO CREATIVO: La creatividad, generadora de transformación, nos ofrece la posibilidad de desarrollar nuestro Pensamiento Creativo, una de las principales competencias del OMNI-Líder.

¿Te atreves a mirar con nuevos ojos? ¿Te consideras una persona creativa?

En estos momentos de cambios profundos desde Atesora Group te invitamos a adaptar las competencias y las habilidades de tus colaboradores para conseguir el mayor éxito profesional.

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¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School

 

 

 

Flores y velas Atesora Group

Flores y velas

Tengo muy claro cuándo comencé a fijarme en ellos. Tenía 18 años y entrenaba artes marciales al menos tres veces por semana, siempre en el último turno de la tarde, que era cuando podía medirme con los más avanzados del gimnasio. Eran días felices, de excelente forma física y pocas preocupaciones en la cabeza, aunque en las de mis padres había por entonces muchas, especialmente económicas. Pero lo único importante de esto es que en aquel momento aún no tenía permiso de conducir, y mucho menos coche.

Fue en aquellos tiempos cuando comenzó la amistad con los que hoy, casi cuarenta años después, siguen siendo mis mejores amigos -aunque nos hayamos peleado cientos de veces, eso sí, sobre el tatami-. Y, como vivíamos casi todos por la misma zona, hacíamos juntos el recorrido de vuelta a casa, entre risas y agujetas. Recuerdo que en algunas ocasiones uno de nuestros compañeros de entrenamiento, Juan Carlos, mayor que el resto y poseedor de un flamante Seat Ibiza nuevo, tenía el detalle de irnos repartiendo por los respectivos domicilios, cosa que agradecíamos mucho -especialmente las noches de esguinces y cojeras-, y nos hacía olvidar por un rato nuestra nada sana envidia hacia el poseedor del carnet de conducir y del coche. ¿Has escuchado la canción de José Luis Perales “Tú como yo”?

“…Pero cuánto darías por volver a jugar con tu perro una vez más, a mirar de reojo aquel pastel que se burló de ti tras el cristal… ”.

Pues ese Ibiza era mi pastel, y mi amigo Juan Carlos el que se lo comía. ¡Qué tiempos tan felices!¡Cómo añoro los 78 kg que pesaba por entonces y lo poco que me importaba nada!

Bueno, basta de nostalgias.

Una noche cualquiera, en uno de nuestros repartos, las vi por primera vez, atadas al semáforo del nº 28 de la por entonces calle Caídos de la División Azul, recientemente rebautizada como Memorial del 11 de Marzo, de Madrid capital. Ocho o diez flores de colores, agrupadas formando un humilde pero cuidadísimo ramo; y debajo de ellas, igualmente atado al poste con una cuerdecita, un cartel con letras de molde escritas a bolígrafo sobre un cartón mostraba un mensaje que no pude leer por la distancia. Desde el asiento trasero del coche, mientras hacíamos la obligada parada, me pareció que, fuera quien fuese la persona que colocó allí el ramillete y el cartel, mostraba tanta sensibilidad como estrecheces económicas. Recuerdo cómo imaginé para mis adentros que debía de haberlos puesto alguien que lo estaba pasando muy mal, probablemente una madre a la que algún hijo se le había estrellado con la moto en ese mismo lugar. La luz verde nos puso de nuevo en movimiento, y, al igual que el pequeño obituario, mis reflexiones quedaron atrás cediendo espacio a las risas y chistes habituales.

Sólo hasta la siguiente vez que pasamos por el mismo lugar. De forma instintiva me fijé en el semáforo, esperando verlo desnudo o, como mucho, adornado por el ramillete de flores ya secas y mustias. Pero no fue así. Aunque habían pasado al menos dos o tres semanas y el cartel había desaparecido, el ramo lucía sorprendentemente fresco; igual de modesto, pero nuevo.

Y así, en parte espoleado por la curiosidad y en parte por la admiración -o quizás por la compasión- hacia el anónimo autor de los homenajes, buscar el ramo atado al semáforo cada vez que pasaba por ese punto se convirtió en un hábito para mí. Y durante años nunca me sentí defraudado; a cualquier hora del día o de la noche siempre había allí un ramillete nuevo, delicado, con su mensaje discretamente atronador. No puedo más que suponer cuál era la motivación de quien lo colocaba -¡cuántas veces me he lamentado por no haber leído aquel mensaje!-, pero tal persistencia era la prueba incontestable de que ese ritual era el eje alrededor del cual giraba su vida. Me sigue emocionando cuánto amor debía sentir aquella persona, y qué horrible debía ser su sensación de duelo.

Sólo fue al cabo de más de dos décadas cuando el último ramo se secó y nunca más fue sustituido; quizás por respeto, los servicios municipales no lo retiraron hasta meses después de que, probablemente por la muerte o la incapacidad física de su dueño para seguir reponiéndolas, las últimas flores se marchitaron.

Lo cierto es que este episodio dejó huella en mí, porque desde aquellos lejanos días desarrollé una habilidad incuestionable para localizar este tipo de homenajes anónimos; y los he descubierto a centenares, especialmente cuando hago rutas en moto que me llevan por caminos perdidos y puertos de montaña. La mayor parte de las veces son ramos de flores atados al quitamiedos de alguna curva asesina, mal peraltada o con el asfalto en ruinas -señores de la DGT y de Fomento, aprovecho para sugerirles que, si de verdad velan por nuestra seguridad y no tanto por nuestro dinero, siembren algo menos las autopistas de radares absurdos y destinen un poquito más de presupuesto a señalizar bien y acondicionar los despropósitos de carreteras secundarias que hay por España, que no por casualidad el 75% de los fallecidos en vía interurbana se han matado en ellas-. Muchas flores, decía, pero también he visto pequeñas lápidas talladas a mano, cruces más o menos improvisadas hechas de madera, hormigón y hasta uralita, altares con velas encendidas rodeadas de objetos personales del difunto, todo tipo de diminutos monumentos de las formas y motivos más variados; e incluso hay bicis pintadas de blanco por muchos lugares del mundo (también llamadas “bicicletas fantasmas”), colocadas para conmemorar el falleci – miento por atropello de un ciclista en ese mismo punto. De hecho, tal tipo de conmemoraciones no se circunscriben únicamente a los muertos de tráfico; hasta donde yo sé también las hay dedicadas a accidentados laborales y víctimas de todo tipo de violencia -especialmente significativas las ofrendas populares a los muertos en los espeluznantes atentados del 11-M-. Y seguro que hay más razones que no se me ocurren.

Añorar es humano. Homenajear al que se fue equivale a fortalecer y perpetuar su memoria, y contribuye a tolerar un poco mejor nuestra propia caducidad. Sin embargo, tengo una reflexión al respecto. Al margen de lo admirables y conmovedores que me resultan estos testimonios, me hago la siguiente pregunta: ya que el dolor por la pérdida y el recuerdo que tenemos de alguien son subjetivos y particulares para cada individuo; ya que su memoria pertenece a nuestro dominio interior y siempre residirá allí, ¿no es cierto que el homenaje más significativo, el más honesto y perdurable que podríamos dedicarle a esa persona sería hacerla parte de nosotros mismos? Me refiero a integrarla, en el sentido de “hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo”. Recordar sus palabras, sus costumbres, su modo de ver la vida y dar sentido a las cosas; elegir lo que más nos guste y adoptarlo, habituándonos a usarlo en combinación con el propio acerbo. Fusionarla, hacer que forme parte viva de nuestro interior, de nuestra esencia; de ese modo vivirá para siempre en cada decisión que tomemos, en cada acción que realicemos, en cada logro que consigamos y en cada sueño al que aspiremos.

Y, para no resultar tan fúnebre, debo aclarar que no me refiero únicamente a quien falleció, sino a quien nos dejó en un momento dado. Un amante al que añoramos, un compañero que se marchó a la competencia, un jefe que se jubiló, un amigo al que perdimos la pista… Piénsalo por un momento. Puede que lo hayas experimentado trabajando en una empresa que sufrió el trauma de un ERE, o tras el despido -que consideraste injusto- de un compañero; quizás se trató de una persona importante para ti por la razón que fuese, y que un día decidió marcharse para comenzar un futuro diferente en otro lugar… ¿Cuánta energía, cuánto tiempo empleaste en lamentarte, en culpar a la empresa, a sus directivos, a la crisis, al destino? ¿Cuántas charlas en la máquina del café, cuántos rumores tóxicos compartiste con tus compañeros buscando justificación -o al menos una explicación tranquilizadora- para digerir la pérdida? Quizás con la distancia puedas ahora apreciar que, al igual que esas anónimas personas de las que hablábamos invierten un montón de energía a lo largo de años en construir, instalar y cuidar sus ofrendas, tú también erigiste altares y los llenaste de velas y flores, tan emotivos como inefectivos y nostálgicos.

Todo nuestro éxito se basa en el esfuerzo de quienes nos precedieron. Las normas que hoy cumples, los valores que te definen, los protocolos a los que te atienes, el listado de clientes a los que vendes tus productos, la cultura que caracteriza a tu Organización, nada de eso existiría si antes que tú no hubiera habido otros que ocuparon tu lugar. Y tú, sin saberlo, integraste su obra y ahora la perpetúas. ¿No es eso un claro homenaje a su empeño? ¿No te han ayudado, sabiéndolo o no, a ser quien eres hoy? Sólo te pido la reflexión y la altura de miras suficientes para apropiarte de su legado de forma consciente y voluntaria, y, con su ayuda combinada con tu esfuerzo, esculpir a la persona que anhelas ser para conseguir mañana aquello que hoy no puedes. La añoranza, cuando carece de un aprendizaje, sólo puede conducir a la frustración y a la melancolía. Si alguien importante para ti desapareció de repente, mi sugerencia es que lo recuperes en tu vida; pero si no puedes hacerlo, intégralo en ella. No necesitas atar flores a un semáforo ni construir un altar, real o figurado, para mantener viva su memoria. Y esto lo digo desde el más profundo respeto al dolor de quien sí lo hace, y el agradecimiento a aquella desconocida persona que despertó con sus ramilletes esta reflexión sin ser consciente de ello; como si fuera la moraleja de un cuento, acabo de caer en que hace más de veinticinco años me permitió integrar su sufrimiento y constancia para ayudarme a ser quien hoy soy. Gracias.

Iván Yglesias-Palomar.  Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group