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Tú eliges Jaime Bacás

Tú eliges

Eres libre. Puedes elegir lo que quieras en todo momento.

Las elecciones que realizas siempre conllevan consecuencias.

A veces las consecuencias esperadas condicionan tu elección, en el sentido de confirmarla o rechazarla.

Pero no lo olvides, también eres libre para aceptar o rechazar esas consecuencias.

Si estás de acuerdo con los párrafos anteriores, aceptarás que eres el único responsable de la vida que estás viviendo. ¿Sí?

Si tu respuesta ha sido negativa, puede que te interese seguir leyendo. Si por el contrario ha sido afirmativa, mejor abandona esta lectura y busca otra más interesante.

Todo lo que sucede en el mundo es neutro

Sí, no es ni bueno ni malo. Todo lo que sucede carece de significado.

El significado se lo das tú.

El significado -la valoración que haces de lo que sucede- depende de lo que has elegido creer, lo que has elegido valorar, lo que has elegido que te interesa, el significado que has elegido de las experiencias vividas…

Las personas que han elegido otras diferentes asignan, por tanto, un significado distinto al mismo evento.

Por esa razón lo que acontece no es bueno o malo. Es bueno o malo para ti y para las personas parecidas a ti, digamos para tu tribu o grupo sociológico.

Entender, comprender y aceptar los párrafos anteriores es clave para ejercer conscientemente tu libertad y para hacerte responsable de ella.

Que muchas personas crean lo mismo no lo hace verdadero

En efecto, porque no lo es para muchas otras. Y no lo es porque las creencias, intereses, etc. de esas otras tribus son diferentes.

Escojo un ejemplo extremo, la pandemia actual por coronavirus.

Un pequeño porcentaje de la población está siendo afectada directamente por esta nueva enfermedad, y otro aún menor por la muerte. Otro, más grande, se está viendo afectado indirectamente en su movilidad y en su economía.

En ambos casos está generando situaciones que algunas personas consideran desastrosas, como miedo, dolores, enfermedad y muerte.

Pero también hay un gran porcentaje de personas que no experimentan lo anterior. Incluso les está beneficiando. Por ejemplo, las personas y empresas de los sectores farmacéutico, logístico, entretenimiento y comunicación online. Por no mencionar los individuos y organizaciones cuya profesión es invertir en la compra de empresas que están perdiendo gran parte de su valor en bolsa.

“Esta pandemia que tantos interpretan como desastrosa es beneficiosa para muchos otros”

Sí. Todo lo que sucede en el mundo es neutro, no tiene ningún significado, no es bueno ni malo.

Eres tú el que le das un significado. Decimos que es un desastre cuando las consecuencias nos perjudican, o nos alegramos cuando nos benefician.

Es el significado que asignamos al mismo evento el que genera sufrimiento en unos y felicidad en otros.

Cada uno de nosotros somos responsables de los sentimientos que generamos. Eres el dueño de tus sentimientos. El bichito no es el responsable.

La pandemia es un evento neutro, que unos viven con miedo y dolor, y otros con felicidad.

El mundo no es el barrio donde vives

El ser humano es tribal. Nos gusta vivir rodeados de personas con gustos, mentalidad y apariencia parecidas a la nuestra. Cada uno de nosotros tenemos nuestra tribu. Nos resulta cómodo.

Tenemos noticia de que hay otras tribus, raras ellas. No solemos interactuar con personas del barrio de al lado, de la otra tribu.

El mundo es un lugar en el que habitan personas que viven en otros países y continentes, y en la mayoría de ellos tienen mucho menos que las tribus más desfavorecidas del nuestro. Algunas incluso nada.

“Tu sufrimiento viene determinado por las creencias, valores, intereses que has elegido tener y sostener”

Sí, hay personas que no tienen nada. Personas que no tienen acceso a nada, ni siquiera la posibilidad de robar algo para subsistir.

Me refiero a los seres humanos que tú y yo no queremos ver ni saber nada de ellos. Personas que si pudieran se cambiarían por el más desfavorecido de nuestro país, ahora mismo. Estarían encantadas de tener la oportunidad de arriesgarse a esta pandemia, en cualquiera de nuestros barrios.

Apego y desapego

Algunas enfermedades generan dolores físicos en el paciente, que pueden aliviarse en países como el nuestro.

Sin embargo, es mayor, y afecta a muchísimas más personas, el sufrimiento por el amigo o familiar que está enfermo o ha fallecido.

El sufrimiento es un sentimiento inútil. No genera ningún resultado positivo y sí negativos, como el victimismo.

El sufrimiento es un juicio que generas acerca de lo que está pasando.

Muchas personas suelen sufrir cuando tienen miedo, por ejemplo, a perder salud, nivel de vida, trabajo, propiedades.

El significado que le das a la pérdida –y a la ganancia- viene determinado por las creencias, valores, intereses, que has ido coleccionando y elegido mantener.

Observa cómo, si los cambiases por otros que no primen el apego de esos elementos, dejarías de sufrir.

Cualquier cosa que quieras conservar puede generarte el miedo a perderla, y el sufrimiento si ello sucede.

“Eres el responsable de tu sentimiento de sufrimiento o felicidad”

Sólo sufren los que tienen. Los que no tienen nada que perder no sufren.

Y tampoco sufren algunos de los que tienen algo y saben que están de paso. Que lo que consiguen en su vida es un préstamo. Saben que cuando termine su viaje se irán, como todos, con las manos vacías.

Apego y desapego por las cosas es una elección, determinada por tus creencias, valores, intereses…

Conclusión

Eres libre para elegir las creencias, valores e intereses que prefieras y, por consiguiente, eres responsable de las consecuencias de tu elección.

Si en algún momento las consecuencias no te satisfacen, sólo tienes que hacer uso de tu libertad y elegir otras que generen las consecuencias que prefieras.

Eres el único responsable de la vida que estás viviendo… y recuerda, sólo tienes ésta.

Eres libre.

Tú eliges.

“Culpar a otro de algo es desempoderante. Cuando buscas razones externas para explicarte tu disgusto o frustración colocas el foco fuera de ti. Puede que te sientas victorioso si consigues que el otro se sienta culpable. Sin embargo habrás fracasado en cambiar lo que hace que te sientas disgustado.” – Brigida Coolidge

Jaime Bacás, socio de Atesora Group

 

 

Elige vivir la vida que quieres

Elige vivir la vida que quieres

Es recurrente. Aunque la emergencia por el Covid-19 ha provocado que en estos días y semanas muchos nos lo hayamos planteado quizá de una manera más real por los fallecimientos -también entre la población joven- que ha causado este virus letal, lo cierto es que de cuanto en cuanto nos preguntamos si la que llevamos es la vida que realmente queríamos vivir.

Quizá pandemias como la que estamos viviendo nos hace ser más conscientes de la fragilidad de la vida y de que, ya sea por rutina o miedo a lo desconocido, no nos atrevemos a realizar ningún cambio para emprender la vida que creemos que nos va a aportar la felicidad que buscamos.

Durante estos días han sido los sanitarios los que han tenido que acompañar a los enfermos en los últimos momentos de su vida por la inhumanidad de esta enfermedad tan contagiosa como aún desconocida.

Han sido ellos, en vez de sus familias, los que han tenido que abrazar remordimientos y pena por no haber hecho o emprendido aquello que siempre habían soñado y que por un motivo u otro habían ido emplazando. Muchos, estoy segura, no olvidarán aquellos “y si”, aquellos abrazos o mensajes que les han pedido que les procuraran a sus seres queridos ante su inminente partida y hacerlo ellos personalmente.

Estos testimonios recogen la esencia del ser humano y tienen algo en común: muchos son remordimientos por no haber podido hacer aquello que les hubiera hecho más felices. Por eso, hoy más que nunca posee más actualidad que nunca este artículo de Jaime Bacás, socio de Atesora, y que resume magníficamente aquello de que la felicidad es, realmente, una elección.

Elige la vida que quieres

No es sencillo imaginar cómo serán tus últimas semanas, días y horas.

Para empezar no tienes ni idea si tu languidecer será plácido o doliente. Tampoco si será pronto o tarde. No sabes si podrás despedirte de los tuyos o estarás solo.

Si además eres joven y estás sano no es probable, siquiera, que pienses en ese momento. Tu mente sólo se interesa en el futuro cercano en el que se hagan  realidad tus sueños más queridos.

No sabes cómo será tu futuro, sólo como te gustaría. Del futuro de tu vida no sabes nada, sólo que es finito. Un día desconocido tu vida terminará.

¿Cómo te gustaría que fuese ese final?

La mayoría de las personas prefieren que sea tarde, indoloro, acompañados por los suyos y en paz consigo mismos.

Observa que el único elemento sobre el que posees un control total es el último. Nada, o muy poco, puedes hacer por los otros tres. Sin embargo eres libre para  vivir la vida que, realmente, quieres vivir para que cuando llegues a tu final, que puede ser esta tarde o dentro de treinta o cincuenta años, estés en paz contigo.

¿Estás viviendo, exactamente, la vida que quieres vivir?

Algunas personas no se preocupan, ni quieren prestar la mínima atención a ese momento final, porque están convencidas de que lo importante es centrarse en el momento presente. La pregunta para ellas, entonces, es: ¿has vivido hoy, exactamente, la vida que querías vivir?

Se trata de una pregunta pertinente porque te permite comprobar si lo que haces es, realmente, lo que quieres.

Muchas personas se creen libres. Creen estar viviendo la vida que quieren. No se dan cuenta de que arrastran determinadas cadenas de esclavitud aceptada, que les impiden vivir la vida que quieren.

La mala noticia de llegar a tu final y darte cuenta de que tu vida, corta o larga, no ha sido lo que querías es que ya no la podrás cambiar.

La muy buena noticia es que si ahora decides hacer esta reflexión, dispondrás de la posibilidad de cambiar tu vida para vivirla de la forma que quieres… y como consecuencia (inevitable) de ello tu final será en paz.

¿Morirás con alguno de estos remordimientos?

Bonnie Ware es una enfermera australiana que ha dedicado varios años al cuidado de pacientes terminales, atendiéndoles durante sus últimas tres a doce semanas.

Compartir esos momentos cruciales con tantas personas le ha permitido acumular algunos conocimientos y experiencias  en su libro titulado ‘The top five regrets of the Dying’, que me sirve de inspiración para este artículo.

Entrecomillo las palabras escritas y traducidas de Bonnie… “cuando les preguntaba (a los pacientes terminales) por los remordimientos que tenían o por algo que habrían hecho diferente, siempre se repetían los mismos. Estos son los cinco más frecuentes:

Uno. Me hubiera gustado haber tenido el valor de vivir la vida que yo quería, no la que otros esperaban de mí.

Este es el remordimiento más frecuente de todos. Cuando las personas se dan cuenta que su vida se acaba y la revisan con claridad es fácil comprobar cuántos sueños han quedado incumplidos. La mayoría apenas ha cumplido la mitad de ellos y se enfrenta a su muerte sabiendo que se debe a las elecciones que hicieron o dejaron de hacer.

Dos. Me hubiera gustado no haber trabajado tanto.

Este lo repiten todos los hombres que he cuidado. Echan de menos los momentos que se perdieron de ver crecer a sus hijos y haber compartido más vivencias con su pareja. Las mujeres también expresan este remordimiento aunque en menor medida porque pertenecen a una generación muy anterior que no tuvo que trabajar fuera de casa.

Tres. Me hubiera gustado haber tenido el valor de expresar mis sentimientos.

Muchas personas reprimen sus sentimientos para no soliviantar a otros. El  resultado es el establecimiento de una existencia mediocre en la que nunca llegaron a ser lo que eran capaces de ser. Muchos se consumieron en la amargura y resentimiento.

Cuatro. Me hubiera gustado haber mantenido la relación con mis amigos.

A menudo no se dan cuenta de lo importante que son sus viejos amigos hasta esas últimas semanas cuando ya no es posible recuperarlos. Muchos han estado tan atrapados en sus propias vidas que han abandonado a sus mejores amigos durante años. Hay muchos remordimientos profundos por no haber prestado el tiempo y dedicación que merecían sus amigos. Todos echaban de menos a sus amigos cuando iban a morir.

Quinto. Me hubiera gustado permitirme ser más feliz.

Esta es sorprendente frecuente. Muchos no se dan cuenta hasta el final que la felicidad es una elección. Han permanecido atrapados en viejos patrones y hábitos. El denominado confort de la familiaridad anegó sus emociones, así como sus vidas físicas. El miedo al cambio les ha hecho aparentar ante otros, y ante ellos mismos, que estaban contentos, cuando en su ser más profundo anhelaban una vida más divertida  y despreocupada”.

Ejercicio

Las elecciones que realizas en tu vida están determinadas por tus creencias. Cada creencia te permite determinados comportamientos y te impide otros.

Si tú crees, como ha escrito Bonnie, que “la felicidad es una elección”, entonces ¿qué es, exactamente, lo que vas a hacer y a dejar de hacer desde este mismo momento?

Si no se te ocurre nada mi propuesta es que hagas este ejercicio, porque estoy convencido de que puede ayudarte a ser más feliz:

Explora cuál son tus remordimientos si supieras con certeza que tu vida acaba esta medianoche. Identifica cuáles son los comportamientos y elecciones que te han conducido a esos remordimientos. Escribe las creencias limitadoras fuente de esos comportamientos. Cámbialas por otras que sean poderosas, es decir, que te permitan vivir la vida que quieres.

Si no sabes hacerlo sólo elige pedir ayuda, a un coach, por ejemplo.

“Creo en el sol aunque no lo vea brillar; creo en el amor aunque no lo sienta; creo en Dios a pesar de su silencio”. – Se encontró garabateado en un muro de Auschwitz

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group. 

Artículo escrito originalmente en 2008.

Presentismo tradicional y ahora también... virtual

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

La irrupción del coronavirus ha obligado a empresas y  trabajadores a implantar el teletrabajo en muchos casos a marchas forzadas. En España, la incidencia del trabajo en remoto ha pasado de un pobre 5% al 34% durante esta pandemia. Aunque en algunas organizaciones era una práctica bastante habitual, otras se han visto obligadas a implantar una cultura virtual en tiempo récord y, en muchos casos, sin tener siquiera los recursos adecuados.

Detrás del mensaje optimista de que el trabajo virtual está funcionando –según un reciente estudio el 68% de los encuestados dicen ser más productivos– se esconde otras realidades, como son, por un lado, problemas de gestión u horas extra no remuneradas y por otro, un viejo conocido para managers: el presentismo, un problema que también se da en los tiempos del trabajo virtual, una modalidad que, según los expertos, parece claro que ha llegado para quedarse.

Pero para analizar esta no tan nueva casuística que afecta al capital humano de las organizaciones, hay que empezar por el principio, por eso hemos querido recuperar el artículo ‘Presentismo tradicional y ahora también… virtual’, de Jaime Bacás, socio de Atesora Group. Porque aunque hayas escuchado hablar hasta la saciedad del presentismo, ¿sabías que también se puede aplicar en un momento de teletrabajo en auge como el actual?

Presentismo tradicional y ahora también… virtual

Originalmente el término presentismo (presenteeism) – acuñado a mitad de años 90 por Cary Cooper, psicólogo especializado en Gestión Organizacional en la Universidad de Manchester, U.K. – se relaciona con aquellos trabajadores que acuden a su trabajo a pesar de encontrarse enfermos y a las consecuencias que ello origina en su (inferior) desempeño y en su salud (mayor deterioro).

De alguna forma parece el término contrario a absentismo – no ir a trabajar por razones de enfermedad.

Durante estos últimos años otros muchos autores han ampliado la definición de presentismo incluyendo  aquellas situaciones en las que el trabajador – voluntaria o involuntariamente – permanece en su puesto de trabajo más tiempo que el correspondiente a su jornada laboral. En este sentido otros autores utilizan el término “over-time” o alargamiento continuado de la jornada laboral de forma no remunerada.

Así que elijo definir presentismo como “trabajar cuando estás sano pero empleando tu atención y energía en la realización de tareas que no conducen a la consecución de los objetivos de la empresa”. O de una forma más coloquial: “estar presente físicamente, pero perdiendo el tiempo”.

El enfoque de este artículo parte de esta última definición y se ciñe, principalmente, a los efectos negativos de este elemento en la productividad del individuo, su equipo y empresa.

Antes que nada conviene resaltar que las empresas llevan años esforzándose en reducir el absentismo por el elevado coste que representa, sin embargo parecen desconocer que los costes asociados al presentismo son entre tres y ocho veces superiores al absentismo, según las investigaciones realizadas en los pocos países que han investigado este fenómeno (EEUU, Canadá y Australia).

Por ello durante los próximos años asistiremos a un desplazamiento del foco de atención de las empresas hacia la comprensión y reducción de este fenómeno que impacta tan notablemente en su productividad, es decir, en sus resultados.

Presentismo y productividad

Todavía hoy existe un gran número de jefes y directivos que asocian productividad con el número de horas trabajadas y (además) de forma presencial. Creen que el principal indicador para medir la productividad es el tiempo dedicado (que es un input) y, también, que es preciso “ver físicamente” (vigilar) al empleado. De ahí la cultura prevalente, aunque ineficaz, de Gestión del Tiempo.

La productividad, sin embargo, es el resultado (output) de las acciones o tareas realizadas.

En cualquier empresa, medianamente organizada, se asume que la carga laboral por empleado sea mucho mayor de la que puede soportar. Productividad no se refiere a trabajar mucho, ni siquiera a hacer muchas cosas, sino a “completar las acciones que conforman tus objetivos, mientras obtienes satisfacción con ellas y mantienes un equilibrio aceptable entre tu vida laboral y personal”.

El reto, hoy día, no es realizar todo lo que tienes o debes hacer. El reto es discriminar, entre todas las tareas pendientes, las que aportan más valor y ejecutarlas (priorización). Aceptar que “no puedes hacerlo todo” es, precisamente, un cambio de creencia fundamental para liberarte de la sensación de agobio, desbordamiento y estrés, para incrementar notablemente la productividad y la sensación de control sosegado.

Esos jefes, además, no saben cómo gestionar a sus empleados si no pueden “verlos”.

Los jefes y empresas presentistas parecen ignorar que los avances tecnológicos y de organización del trabajo permiten a los empleados trabajar en diferentes lugares y momentos, conservando elevados rendimientos y satisfaciendo, simultáneamente, las necesidades de sus clientes y las suyas propias.

Conseguir tus objetivos (outputs) debería ser lo que importa para asegurar tu éxito personal y empresarial y no las horas empleadas o que tu jefe te vea sentado frente a tu ordenador (inputs).

Algo en apariencia tan simple como establecer objetivos es infrecuente en muchas empresas y, desde luego, en determinadas áreas funcionales y categorías profesionales. Mientras es frecuente que los comerciales dispongan de objetivos, no lo es que un administrativo, por ejemplo, disfrute  de ellos y no se me ocurre ninguna razón para privarle de este derecho.

¿Causas de presentismo?

La lista de razones es muy larga, así que me enfocaré sólo en dos:

  1. Abusiva Demanda de tu Atención (D.A. creciente)
  2. Miedo a perder el puesto de trabajo

1) A.D.A. creciente

Cuando observas tus hábitos laborales y los comparas con los de hace tan sólo diez o veinte años te das cuenta que has incrementado notablemente tu conexión social a través de medios tecnológicos. Y si observas a tus hijos te darás cuenta que el incremento de esa conexión continúa aumentando (¿se les habrá quedado pegada el teléfono en los dedos? ¿realmente se puede estudiar con la radio, el televisor, el ordenador y el móvil enchufados simultáneamente?)

Observa que cuando manejas tu ordenador mantienes abiertas varias ventanas para diferentes asuntos y que saltas continuamente de unas a otras, mientras toleras, aceptas y respondes llamadas al móvil, whatsapps, tweets, interrupciones de tus jefes y compañeros (¿tienes un minuto?) y un largo etc.

Los hábitos que creas por razón de esa conexión social instantánea y constante fagocitan tu atención y energía (que otros llaman tiempo) a tu trabajo, lo que disminuye tu productividad.

Como, en alguna medida, eres consciente de lo anterior decides dedicar más horas (tiempo), para completar algunas de esas tareas, sabiendo además que ese alargamiento de jornada satisfará a tu jefe.

El cuadro, por tanto, es el siguiente: personas saludables desperdiciando enormes cantidades de atención y energía (otros lo llaman tiempo) en el trabajo, como si se tratara de personas enfermas (según la definición del Dr. Cooper).

2) Miedo a perder el puesto de trabajo

La investigación prueba que en momentos, como el presente, de recesión económica y reducción de plantillas en muchas empresas, disminuye el absentismo y aumenta el presentismo. Aumenta la carga de trabajo por empleado y la sensación de estrés.

Los individuos que han mantenido su puesto de trabajo sienten mayor presión por el miedo a perderlo (inseguridad) y una forma de respuesta es “mostrar su involucración” (sincera o fingida) ampliando su disponibilidad y aumentando su jornada laboral.

En ocasiones esa respuesta es voluntaria y en otras forzada, explícita o implícitamente, por sus jefes que trasladan hacia ellos la presión proveniente del equipo directivo.

Sucede que incluso aunque el empleado pueda no sentirse satisfecho con su trabajo o empresa y su involucración sea baja, se esforzará por “estar de cuerpo presente” por miedo a perder su puesto de trabajo. Sin duda, esa presencia física no significa que esté trabajando y, mucho menos, que sea productivo.

La misma presión se puede observar en los trabajadores autónomos entre los que el nivel de presentismo es incluso mayor, al tener que desarrollar diferentes funciones y disponer de menores recursos.

Otra forma de “preservar” el puesto de trabajo es desarrollar una imagen de “imprescindibilidad”, mediante el acopio de responsabilidades, la relación poco colaborativa con los compañeros o la evitación del desarrollo de colaboradores por parte de sus jefes, es decir, actitudes de no jugar en equipo y el despliegue de competitividad interna negativa.

El presentismo genera, automáticamente, un desequilibrio en el resto de los ámbitos personales del trabajador: familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc. El encogimiento de este ámbito personal provoca que la autoestima se nutra, principalmente, del ámbito laboral en el que el individuo “vive” casi exclusivamente. Así es frecuente que, incluso en sus (escasas) relaciones con familiares y amistades, los temas de conversación giren alrededor de asuntos laborales.

Si los resultados que alcanza no son los esperados su autoestima, que es fuertemente dependiente de su ámbito laboral, caerá notablemente, pudiendo entrar en un bucle pernicioso: autoestima baja – desempeño inferior – peores resultados – autoestima más baja…

Este desplazamiento monotemático, además, reduce las capacidades creativas e imaginativas, lo que impacta negativamente en la productividad del individuo.

A veces se desarrolla el workaholismo, que es una forma extrema y compulsiva de presentismo voluntario. Curiosamente a lo que algunos creen, el workahólico es un individuo poco productivo.

 ¿Cómo reducir el presentismo?

 Como ya te imaginas no existen recetas universales. Las soluciones se diseñarán en función del tipo de presentismo y de la cultura de cada empresa.

No obstante podemos formular un par de reflexiones:

  1. ¿Existe relación entre involucración y productividad?
  2. ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

1) ¿Existe relación entre involucración y productividad?

Si definimos involucración como “la conexión emocional íntima que un empleado siente por la empresa en la que trabaja y que le impulsa a ejercer un esfuerzo mayor en su trabajo”, podemos intuir con poco riesgo de equivocación que cuando ésta aumenta la productividad se incrementará de forma proporcional.

Existen cada vez más estudios que muestran consistentemente esa relación directa.

2) ¿Quiénes son los responsables de reducir el presentismo?

Todos los que forman la empresa: empleados, jefes y directivos.

Sin embargo, considerando que los últimos poseen un poder mayor, su responsabilidad será también más grande.

El impacto de los líderes es clave, porque son ellos los que establecen la pauta, crean cultura, inspiran visión y propósito y reconocen la contribución de sus empleados.

Si eres un líder puedes favorecer el incremento de la involucración de tus colaboradores si:

– Les ayudas a que conecten con el núcleo de lo que realmente les importa de su trabajo, clarificando el “para qué” hacen ese trabajo. Conectar con el propósito más genuino de su trabajo.

No es tanto el “qué”, sino el “para qué”.

– Les ayudas a que consideren su trabajo como un acto de servicio. ¿A quiénes sirven? ¿Cómo pueden mejorar su servicio a sus clientes? Porque, realmente, mi trabajo no se trata de mi, sino de ellos (mis clientes).

No es tanto el “qué”, sino el “para quién”.

– Les ayudas a que gestionen eficazmente su atención y energía, enfocándose exclusivamente en las tareas que generan más valor y aprendiendo a reponer estos dos recursos, que son limitados. Abrazar este concepto y desterrar para siempre la excusa “no tengo tiempo” les ayudará a incrementar notablemente su productividad.

No es tanto el “qué”, sino el “cómo”.

Y ahora también… presentismo electrónico

El presentismo es, por tanto, una forma inadecuada e inefectiva de gestión de personas. El modelo de trabajo presencial (en oficina) con un horario inflexible no responde a las necesidades de los clientes (globales) ni tampoco de los empleados (necesidad creciente de equilibrar su vida laboral y personal).

Los continuos avances de los medios tecnológicos hacen posible, cada día más, el trabajo colaborativo y flexible.

Sin embargo, esa potencialidad no está siendo suficientemente asimilada ni aprovechada por las empresas que mantienen la inflexibilidad de sus jornadas y lugares de trabajo, además de no proveer a sus empleados la necesaria formación en la utilización estratégica de esas herramientas.

El resultado está a la vista de todos: el incremento notable del presentismo virtual o electrónico.

Defino presentismo virtual como “estar presente virtualmente, prestando tu atención y energía a las comunicaciones electrónicas laborales cuando te encuentras en tus ámbitos personales (familia, amistades, ocio, desarrollo personal, bienestar físico, etc.)”.

Crece el número de individuos afectados por este hábito y crece el uso del hábito en cada individuo. Cada vez nos parece más normal interrumpir lo que estamos haciendo (no importa el qué), por ejemplo una conversación, cena con nuestros amigos o familiares, asistencia a un espectáculo, para desplazar nuestra atención al mensaje o llamada entrante e incluso responderla. Algo que no merecería más importancia si se tratara de un hecho aislado e infrecuente, pero que repetido tan frecuentemente y en momentos tan inoportunos invita a plantearse preguntas del tipo ¿Realmente qué es lo que más me importa en esta vida?

El hábito no sólo se extiende fuera de la jornada laboral, sino que invade los fines de semana y los períodos de vacaciones.

Evitar el presentismo virtual se refiere a crear o desarrollar una sensación de autonomía respecto a cómo, dónde y cuando trabajas para completar tus tareas y conseguir tus objetivos laborales.

Procura que no te pase (involuntariamente) lo que señala el poeta Robert Frost: “Trabajando dedicadamente ocho horas al día puedes llegar a ser jefe y trabajar doce horas al día”.

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group

Artículo original publicado en 2008 en Senderos de Productividad. 

Flores y velas Atesora Group

Flores y velas

Tengo muy claro cuándo comencé a fijarme en ellos. Tenía 18 años y entrenaba artes marciales al menos tres veces por semana, siempre en el último turno de la tarde, que era cuando podía medirme con los más avanzados del gimnasio. Eran días felices, de excelente forma física y pocas preocupaciones en la cabeza, aunque en las de mis padres había por entonces muchas, especialmente económicas. Pero lo único importante de esto es que en aquel momento aún no tenía permiso de conducir, y mucho menos coche.

Fue en aquellos tiempos cuando comenzó la amistad con los que hoy, casi cuarenta años después, siguen siendo mis mejores amigos -aunque nos hayamos peleado cientos de veces, eso sí, sobre el tatami-. Y, como vivíamos casi todos por la misma zona, hacíamos juntos el recorrido de vuelta a casa, entre risas y agujetas. Recuerdo que en algunas ocasiones uno de nuestros compañeros de entrenamiento, Juan Carlos, mayor que el resto y poseedor de un flamante Seat Ibiza nuevo, tenía el detalle de irnos repartiendo por los respectivos domicilios, cosa que agradecíamos mucho -especialmente las noches de esguinces y cojeras-, y nos hacía olvidar por un rato nuestra nada sana envidia hacia el poseedor del carnet de conducir y del coche. ¿Has escuchado la canción de José Luis Perales “Tú como yo”?

“…Pero cuánto darías por volver a jugar con tu perro una vez más, a mirar de reojo aquel pastel que se burló de ti tras el cristal… ”.

Pues ese Ibiza era mi pastel, y mi amigo Juan Carlos el que se lo comía. ¡Qué tiempos tan felices!¡Cómo añoro los 78 kg que pesaba por entonces y lo poco que me importaba nada!

Bueno, basta de nostalgias.

Una noche cualquiera, en uno de nuestros repartos, las vi por primera vez, atadas al semáforo del nº 28 de la por entonces calle Caídos de la División Azul, recientemente rebautizada como Memorial del 11 de Marzo, de Madrid capital. Ocho o diez flores de colores, agrupadas formando un humilde pero cuidadísimo ramo; y debajo de ellas, igualmente atado al poste con una cuerdecita, un cartel con letras de molde escritas a bolígrafo sobre un cartón mostraba un mensaje que no pude leer por la distancia. Desde el asiento trasero del coche, mientras hacíamos la obligada parada, me pareció que, fuera quien fuese la persona que colocó allí el ramillete y el cartel, mostraba tanta sensibilidad como estrecheces económicas. Recuerdo cómo imaginé para mis adentros que debía de haberlos puesto alguien que lo estaba pasando muy mal, probablemente una madre a la que algún hijo se le había estrellado con la moto en ese mismo lugar. La luz verde nos puso de nuevo en movimiento, y, al igual que el pequeño obituario, mis reflexiones quedaron atrás cediendo espacio a las risas y chistes habituales.

Sólo hasta la siguiente vez que pasamos por el mismo lugar. De forma instintiva me fijé en el semáforo, esperando verlo desnudo o, como mucho, adornado por el ramillete de flores ya secas y mustias. Pero no fue así. Aunque habían pasado al menos dos o tres semanas y el cartel había desaparecido, el ramo lucía sorprendentemente fresco; igual de modesto, pero nuevo.

Y así, en parte espoleado por la curiosidad y en parte por la admiración -o quizás por la compasión- hacia el anónimo autor de los homenajes, buscar el ramo atado al semáforo cada vez que pasaba por ese punto se convirtió en un hábito para mí. Y durante años nunca me sentí defraudado; a cualquier hora del día o de la noche siempre había allí un ramillete nuevo, delicado, con su mensaje discretamente atronador. No puedo más que suponer cuál era la motivación de quien lo colocaba -¡cuántas veces me he lamentado por no haber leído aquel mensaje!-, pero tal persistencia era la prueba incontestable de que ese ritual era el eje alrededor del cual giraba su vida. Me sigue emocionando cuánto amor debía sentir aquella persona, y qué horrible debía ser su sensación de duelo.

Sólo fue al cabo de más de dos décadas cuando el último ramo se secó y nunca más fue sustituido; quizás por respeto, los servicios municipales no lo retiraron hasta meses después de que, probablemente por la muerte o la incapacidad física de su dueño para seguir reponiéndolas, las últimas flores se marchitaron.

Lo cierto es que este episodio dejó huella en mí, porque desde aquellos lejanos días desarrollé una habilidad incuestionable para localizar este tipo de homenajes anónimos; y los he descubierto a centenares, especialmente cuando hago rutas en moto que me llevan por caminos perdidos y puertos de montaña. La mayor parte de las veces son ramos de flores atados al quitamiedos de alguna curva asesina, mal peraltada o con el asfalto en ruinas -señores de la DGT y de Fomento, aprovecho para sugerirles que, si de verdad velan por nuestra seguridad y no tanto por nuestro dinero, siembren algo menos las autopistas de radares absurdos y destinen un poquito más de presupuesto a señalizar bien y acondicionar los despropósitos de carreteras secundarias que hay por España, que no por casualidad el 75% de los fallecidos en vía interurbana se han matado en ellas-. Muchas flores, decía, pero también he visto pequeñas lápidas talladas a mano, cruces más o menos improvisadas hechas de madera, hormigón y hasta uralita, altares con velas encendidas rodeadas de objetos personales del difunto, todo tipo de diminutos monumentos de las formas y motivos más variados; e incluso hay bicis pintadas de blanco por muchos lugares del mundo (también llamadas “bicicletas fantasmas”), colocadas para conmemorar el falleci – miento por atropello de un ciclista en ese mismo punto. De hecho, tal tipo de conmemoraciones no se circunscriben únicamente a los muertos de tráfico; hasta donde yo sé también las hay dedicadas a accidentados laborales y víctimas de todo tipo de violencia -especialmente significativas las ofrendas populares a los muertos en los espeluznantes atentados del 11-M-. Y seguro que hay más razones que no se me ocurren.

Añorar es humano. Homenajear al que se fue equivale a fortalecer y perpetuar su memoria, y contribuye a tolerar un poco mejor nuestra propia caducidad. Sin embargo, tengo una reflexión al respecto. Al margen de lo admirables y conmovedores que me resultan estos testimonios, me hago la siguiente pregunta: ya que el dolor por la pérdida y el recuerdo que tenemos de alguien son subjetivos y particulares para cada individuo; ya que su memoria pertenece a nuestro dominio interior y siempre residirá allí, ¿no es cierto que el homenaje más significativo, el más honesto y perdurable que podríamos dedicarle a esa persona sería hacerla parte de nosotros mismos? Me refiero a integrarla, en el sentido de “hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo”. Recordar sus palabras, sus costumbres, su modo de ver la vida y dar sentido a las cosas; elegir lo que más nos guste y adoptarlo, habituándonos a usarlo en combinación con el propio acerbo. Fusionarla, hacer que forme parte viva de nuestro interior, de nuestra esencia; de ese modo vivirá para siempre en cada decisión que tomemos, en cada acción que realicemos, en cada logro que consigamos y en cada sueño al que aspiremos.

Y, para no resultar tan fúnebre, debo aclarar que no me refiero únicamente a quien falleció, sino a quien nos dejó en un momento dado. Un amante al que añoramos, un compañero que se marchó a la competencia, un jefe que se jubiló, un amigo al que perdimos la pista… Piénsalo por un momento. Puede que lo hayas experimentado trabajando en una empresa que sufrió el trauma de un ERE, o tras el despido -que consideraste injusto- de un compañero; quizás se trató de una persona importante para ti por la razón que fuese, y que un día decidió marcharse para comenzar un futuro diferente en otro lugar… ¿Cuánta energía, cuánto tiempo empleaste en lamentarte, en culpar a la empresa, a sus directivos, a la crisis, al destino? ¿Cuántas charlas en la máquina del café, cuántos rumores tóxicos compartiste con tus compañeros buscando justificación -o al menos una explicación tranquilizadora- para digerir la pérdida? Quizás con la distancia puedas ahora apreciar que, al igual que esas anónimas personas de las que hablábamos invierten un montón de energía a lo largo de años en construir, instalar y cuidar sus ofrendas, tú también erigiste altares y los llenaste de velas y flores, tan emotivos como inefectivos y nostálgicos.

Todo nuestro éxito se basa en el esfuerzo de quienes nos precedieron. Las normas que hoy cumples, los valores que te definen, los protocolos a los que te atienes, el listado de clientes a los que vendes tus productos, la cultura que caracteriza a tu Organización, nada de eso existiría si antes que tú no hubiera habido otros que ocuparon tu lugar. Y tú, sin saberlo, integraste su obra y ahora la perpetúas. ¿No es eso un claro homenaje a su empeño? ¿No te han ayudado, sabiéndolo o no, a ser quien eres hoy? Sólo te pido la reflexión y la altura de miras suficientes para apropiarte de su legado de forma consciente y voluntaria, y, con su ayuda combinada con tu esfuerzo, esculpir a la persona que anhelas ser para conseguir mañana aquello que hoy no puedes. La añoranza, cuando carece de un aprendizaje, sólo puede conducir a la frustración y a la melancolía. Si alguien importante para ti desapareció de repente, mi sugerencia es que lo recuperes en tu vida; pero si no puedes hacerlo, intégralo en ella. No necesitas atar flores a un semáforo ni construir un altar, real o figurado, para mantener viva su memoria. Y esto lo digo desde el más profundo respeto al dolor de quien sí lo hace, y el agradecimiento a aquella desconocida persona que despertó con sus ramilletes esta reflexión sin ser consciente de ello; como si fuera la moraleja de un cuento, acabo de caer en que hace más de veinticinco años me permitió integrar su sufrimiento y constancia para ayudarme a ser quien hoy soy. Gracias.

Iván Yglesias-Palomar.  Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group

Podría, tendría, debería...

Podría, tendría, debería…

Conforme cumples años eres más consciente de que tu futuro disminuye en la misma cuantía que aumenta tu pasado. Esa consciencia se suele espabilar al cruzar el ecuador de tu vida y se aviva conforme se acerca tu fecha de caducidad.

¿Es lo anterior un motivo de tristeza o ansiedad?

La respuesta depende de muchos factores, uno de los más influyentes son las creencias que has elegido sostener.

Cuando valoras la parte que ya has vivido utilizas esas creencias como criterio de medición. Seleccionas los acontecimientos de tu vida relacionados con esas creencias y les asignas un valor. Observa cómo si hubieses elegido otras creencias la valoración sería diferente. Mucho mejor o peor.

Por consiguiente, la valoración de tu vida en cada momento es función de la elección de tus creencias. Tus vivencias -tu vida- son menos relevantes. ¿No es sorprendente?

Si crees que esto es así parece conveniente prestar la máxima atención a revisar las creencias que sostienes y plantearte su cambio.

Para un gran parte de la población, que no es consciente de que las creencias son cambiables o elegibles, no hay esperanza en cambiar su valoración, y si ésta es baja vivirán una existencia penosa.

Es fácil identificar a estas personas que sufren, lo pasan mal, se sienten infelices. Sus creencias (limitadoras) les impiden cambiarlas, creen que “yo soy así”. No saben que pueden elegir “ser como prefieran”.

Incluso un individuo enfrentado a las más duras vivencias -como por ejemplo una severa carencia de salud o una dura indigencia- podría interpretarlas y valorarlas positivamente según las creencias que sostenga.

Existen palabras que denotan esa falta de poder personal, como por ejemplo, podría, tendría, debería… haber hecho o dicho…

Son palabras que muestran el arrepentimiento por haber perdido oportunidades más prometedoras. Su elección en aquellos momentos fue permanecer en su zona de confort, no aceptar la toma de un riesgo a lo nuevo, no elegir la incertidumbre de lo diferente, sentir temor al error o el fracaso.

Si conoces a alguien así invítale a que empiece cambiando su lenguaje con un puedo, quiero, elijo…

Jaime Bacás. Socio de Atesora Group