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Toda la felicidad cabe en un cubo

Como tuve ocasión de compartir con vosotros hace ya unos cuantos números de Talento, si hay un tema recurrente tanto en los procesos de coaching que realizo como en las problemáticas profesionales o personales de las personas que tengo oportunidad de conocer en este ámbito, ése es el de la pérdida -cuando no la ausencia total- de autoestima. Los síntomas son variados, y en ocasiones no muestran relación aparente con la cuestión que nos atañe, pero basta escarbar un poco para descubrir, más pronto que tarde, la conexión con ella. Y es algo que, al parecer, sucede también en los procesos de otros coaches que conozco, por lo que podemos descartar el sesgo por mi parte.

Es un problema muy doloroso, tanto que no resulta fácil de imaginar para quien no lo ha experimentado, para quien se encuentra sólido y feliz consigo mismo; lo que añade la incomprensión al sufrimiento que ya de por sí genera en quien lo padece. Y aún podemos sumar el aislamiento como un tercer castigo para el sujeto; de hecho, en no pocas ocasiones un comportamiento triste o depresivo, excesivamente introvertido, desconfiado, celoso, intolerante, radical o demasiado exigente y/o autoexigente esconde una carencia de autoestima, y estaréis de acuerdo conmigo en que no son platos de gusto para compartir con alguien, ¿verdad?

Pongamos un pequeño ejemplo para entenderlo mejor, y pido disculpas anticipadamente por la crudeza del mismo.

Imagínate que estuvieras compartiendo tu vida con una pareja a quien ya no amas, pero te ves en la obligación de estar siempre a su lado; y esto para ti no es compañía, sino un castigo. Miras con envidia a todas tus amistades, y te lamentas cada minuto de no poder ser feliz como lo son ellas. Da igual lo que tu pareja haga porque no te gustará, y nada, por mucho que se esfuerce, te hará cambiar de opinión. Eso sí, cuando por las razones que sean se confunde, o no consigue sus objetivos, ahí estás tú para recordarle lo incapaz que es y lo vanos que son sus esfuerzos. Y cada día darías lo que fuera por tener a tu lado a alguien diferente, más capaz, más interesante, más confiable, más… más de todo.

Es duro, ¿verdad? Pues mucho peor es vivir sin autoestima, porque si alguien estuviera conviviendo con otra persona que le hiciera sentir tan sumamente infeliz, siempre le quedaría la opción de terminar la relación. Algo que no es posible cuando a quien tanto desprecias es a ti mismo.

¿Pero cómo se puede llegar a esta situación tan dolorosa, antinatural e injusta?

Las causas pueden ser variadas. Hay razones genéticas -personas que nacen con altos niveles de cortisol, serotonina, dopamina y noradrenalina-; otras ambientales -educación muy estricta, padres que hacen competir a sus hijos por su atención o cariño-; a veces son emocionales -pérdida de un ser querido, desempleo, fracasos sonados-; e incluso a veces las causas llegan a ser patológicas -tristeza o melancolía asociadas a una depresión clínica-. Pero no es el objeto de este artículo profundizar en ellas, sino mostrar un modelo que puede ser de ayuda para comprender este fenómeno y -ojalá- ayudar a dar los primeros pasos para combatirlo.

Nunca un cubo fue tan importante

La autoestima es un mecanismo estructural del ser humano. No podemos vivir sin ella, porque todos necesitamos querernos a nosotros mismos para poder pertenecer a un grupo social y, de alguna forma, comparar lo que cada uno se valora con lo que le valora el grupo del que forma parte. Así que, aunque sea poca, todas las personas tienen al menos algo. Y todas se sienten bien cuando su nivel de autoestima sube.

Una forma gráfica de verlo es imaginar un cubo, el Cubo de la Autoestima. Imagínate que la autoestima es agua, y tú eres un cubo que contiene esa agua. Cuanta más agua, más feliz eres contigo mismo. Y todos tenemos un cubo… que además está agujereado en la base. ¿Por qué?

Porque todos los seres humanos perdemos autoestima, debido a muchas y variadas razones. Piensa qué te hace perderla a ti: ¿Fracasos? ¿Insultos? ¿Broncas? ¿Ser prejuzgado injustamente? ¿Ser ignorado por tal o cual sujeto? ¿Sentirte atascado profesionalmente? ¿No lograr dejar de fumar, o no estar a gusto con tu cuerpo?… Probablemente te identifiques con alguno de estos ejemplos, pero la lista es mucho más larga.

Es cierto que el material con el que está hecho tu cubo lo hace más o menos inmune a los agujeros. Hay quien lo tiene de acero, y es muy difícil perforarlo (¡qué suerte tienen!); sin embargo, otras personas, más sensibles, es como si tuvieran un cubo hecho de papel; cualquier cosa les hace sentir mal, es muy fácil que se les hagan agujeros y se les vaya la autoestima por ellos. Pero todos perdemos, eso es un hecho.

Y otro hecho es que la cantidad de autoestima que cada persona necesita es variable; hay gente que tiene un cubo muy pequeño, es decir, a poco que hagan se llena hasta arriba y no hace falta echarle más agua. Y otros necesitan toneladas de autovaloración para sentirse a gusto consigo mismos.  (¡Ah, la subjetividad humana…! Y aún hay quien dice que todas las personas son iguales…)

Bueno, esto en cuanto a cómo perdemos agua. Y… ¿cómo llenamos el cubo?

Basta con positivizar la lista de cosas que nos quitan la autoestima y ya tenemos la respuesta. Conseguir objetivos, recibir elogios o felicitaciones, ser aceptado, desarrollarnos personal y profesionalmente, practicar hobbies que nos hagan felices, vivir en un entorno propicio… Todos estos factores echan agua al cubo, y compensan más o menos la que perdemos por los agujeros de la base.

En realidad, si lo analizas bien, disponemos de dos grifos para llenar el cubo: lo que nos decimos a nosotros mismos y lo que nos dicen los demás. Ambos se equilibran, y si tienen un flujo simétrico de agua (auto-valoración vs. reconocimiento ajeno), el cubo se llenará de forma sana y muy satisfactoria.

Por ejemplo, imagínate que llevas preparándote un año para correr una maratón por primera vez en tu vida. Llegado el gran día, compites y logras terminar la prueba. Seguro que lo que te diga la gente que te conoce cuando se lo cuentes, o cuando vean fotos de la gesta en Facebook, supondrá para ti una inyección de autoestima; pero tan importantes o más serán los mensajes de auto-reconocimiento y auto-valoración que te digas a ti mismo. En este caso ambos grifos funcionan correctamente y no hay problema, sino todo lo contrario.

Pero ¿qué sucedería si uno de los dos grifos no funcionase, o estuviera atascado? Pues que la secuencia de lo que va a ocurrir se puede reducir a este silogismo:

1. Todo individuo necesita autoestima para vivir

2. Todo individuo pierde constantemente autoestima

3. Por lo tanto, todo individuo necesita compensar la pérdida añadiendo más autoestima

4. El individuo puede usar dos grifos para añadir autoestima

5. Pero uno de los dos está atascado

6. Por lo tanto…

Puedes completar tú mismo la última premisa: “…hará lo posible para obtener toda la autoestima que necesita del otro grifo”. ¿Verdad? Y eso nos deja dos opciones:

A) El grifo de los demás es el que está atascado

Si ése fuera tu caso, las posibilidades de estar feliz contigo mismo se reducen a los mensajes positivos que tú te dediques, porque con los demás no puedes contar. ¿Es eso normal? Bueno, seguro que conoces a alguien que está tan pagado de sí mismo que sólo valora su propia opinión, y de hecho tiende a despreciar lo que los demás piensen sobre él -profesores que se vanaglorian de suspender al 95% de sus alumnos, jefes “ogros” que juegan a ser los polis malos de la empresa y disfrutan con ello, técnicos “malotes” que se creen tan buenos en lo suyo que infravaloran cualquier criterio ajeno y se jactan de ser impopulares entre sus compañeros, sindicalistas agresivos que buscan constantemente la confrontación y exhiben el músculo del inconformismo y la acidez en cuanto tienen ocasión, etc.- Bueno, en este caso estaríamos hablando de una autoestima desmesurada, y es obvio que eso no puede ser sano. Por supuesto que es posible trabajarlo, pero para conseguir resultados lo primero que tiene que suceder es que el propio sujeto perciba que tiene un problema, y no suele ser el caso.

B) El grifo atascado es el mío propio

¿Qué es lo que ocurre cuando tu propio mecanismo de auto-valoración no funciona adecuadamente y apenas vierte agua al cubo? Pues éste es exactamente el escenario de la falta de autoestima, y la razón por la que la gente que la padece busca desesperadamente el reconocimiento ajeno, a cualquier precio: tratarán de ser las personas más queridas, mejor valoradas, más dispuestas de sus organizaciones; se ofrecerán para hacer los trabajos que nadie quiere hacer, cumplirán horarios descomunales, se someterán a los gustos, opiniones o caprichos de los demás sin tenerse en cuenta a sí mismos, etc. Es decir, todas sus acciones irán encaminadas a abrir a tope el único grifo del que obtienen agua, que es el de la valoración de los otros. Y, por si fuera poco, nada de lo que hagan los satisfará internamente, porque, por mucho que los demás los reconozcan, feliciten o ensalcen, siempre estarán carentes de la propia auto-valoración, así que se sentirán viviendo en una eterna competición… que nunca podrán ganar, ya que compiten contra sí mismos.

¿Y qué puede hacer el que esté en esta situación?

Pues eso depende de la gravedad de la misma. Cuando los síntomas sugieren un problema patológico -una depresión, por ejemplo-, es un terapeuta, y SÓLO UN TERAPEUTA, quien debe valorar al sujeto para prestar la ayuda que considere oportuna. Cualquier otro tipo de intervención, aunque bien intencionada, puede ocasionar más daño que beneficios.

Sin embargo, en muchas ocasiones las personas tienen este tipo de problema sin llegar a ser tan grave; es decir, son sujetos más o menos felices que se encuentran sometidos a tensiones o situaciones particulares que han “agujereado demasiado su cubo”. En este caso, el coaching es una excelente herramienta de apoyo, tanto para combatir las creencias limitantes que llevan al sujeto a infravalorarse como para ayudarle a comprometerse con acciones que reconstruyan su mecanismo de auto-valoración.

Si te ves de algún modo reflejado en este escenario, quiero compartir un par de dinámicas que suelo recomendar a mis coachees cuando trabajamos en este asunto. Creo que pueden serte de utilidad, y no suponen ningún riesgo aunque no sean supervisadas por un coach, mentor u otro tipo de figura de acompañamiento.

1. Radar de reconocimientos. Este ejercicio tiene como objeto hacer tomar consciencia al sujeto de que recibe mucho más reconocimiento del que él mismo supone (recuerda que, al tener muy bajo concepto de sí mismo, tiende a menospreciar o incluso ignorar los halagos o felicitaciones ajenas, considerándolos “cumplidos sin ningún valor”). Es muy sencillo. Simplemente tienes que “sacar las antenas”, prestar mucha atención y anotar durante una semana en una libreta o en el móvil cada reconocimiento positivo que alguien te dirija, así como el contexto en que se produjo. Por ejemplo, “… Pedro me comentó lo bien que hice la presentación de los números del Departamento en la reunión semanal del lunes”.

Ante la duda de si algo es un reconocimiento o no, ¡apúntalo! Más vale tachar luego que no apuntar. Ah, incluye cuando tu madre te dice lo bien que te sienta la barba, o lo guapa que te ve con ese vestido 😉Al cabo de una semana, lee la lista entera. Probablemente te sorprenda la cantidad de reconocimientos que has recibido, que antes pasaban desapercibidos. Y si no has recibido muchos -o ninguno, aunque esto es difícil de creer-, prueba a hacerlo durante una semana más. Si el resultado es el mismo, puede ser hora de hablar con un coach que te ayude a equilibrar los grifos, obtener visibilidad, etc. Pero lo más probable es que tengas una lista abundante de elogios, que te gustará releer de vez en cuando, y que habla del buen funcionamiento del grifo ajeno.

2. Mi premio sorpresa. Al tener atascado el grifo de la auto-valoración, es frecuente que el sujeto se flagele con dureza cuando se confunde o no consigue el éxito, pero haya perdido la capacidad de premiarse a sí mismo cuando obtiene un logro reseñable. En otras palabras, tiende a pensar que lo que hace mal es digno de crítica, pero lo que hace bien es sólo porque era lo exigible. Esta dinámica resulta útil durante un tiempo, hasta que el valor simbólico del “fetiche” deje paso al premio emocional.Toma una hoja de papel y divídela en pedazos (por ejemplo, veinte). En cada uno de ellos escribe un “premio”, algo que te haga ilusión y no suelas hacer diariamente (comprarte ese pastel que tanto te gusta, darte un baño relajante de una hora ajeno al mundo, una sesión extra de tu serie favorita de Netflix…).

Cuando hayas escrito un premio en cada pedacito de papel, haz bolitas con ellos y mételas todas en una bolsa o una caja. El día que hayas hecho algo que tú mismo percibas que está especialmente bien, o que hayas conseguido un reto, o que haya sido significativo por cualquier otro mérito, TIENES LA OBLIGACIÓN de ir a tu bolsa de premios, extraer una bolita al azar y cumplir lo que ponga en ella. (Una variante es dividir los premios en tres categorías: premios de bajo nivel, para logros más cotidianos; premios intermedios -una cena este fin de semana en un local de moda, por ejemplo- para logros señalables; y premios de alto nivel, para logros muy relevantes -un fin de semana en la playa, por ejemplo-).

No se trata de sacar una bolita cada día (a no ser que quieras engordar 10 kg a base de pasteles…), sino de crear y reforzar el vínculo entre una acción destacable y un auto-reconocimiento. Cuando haya transcurrido un tiempo, verás cómo ya no necesitas fabricar ni sacar más bolitas de la bolsa, poco a poco habrás cogido el hábito de valorarte cuando tú mismo lo juzgues apropiado.

Yo mismo tuve serios problemas de autoestima en mi juventud, razón por la que conozco bien todos estos síntomas y sufrimientos. Y, de entre todos los beneficios que el coaching trajo a mi vida, el mayor, el más impagable, es el haberme enseñado a valorarme a mí mismo, como paso previo a ayudar a otros a auto-valorarse. Por eso creo tanto en esta disciplina. De hecho, cuando me certifiqué como coach hace más de once años me hice la promesa a mí mismo de ayudar en todo lo posible a las personas que no se quieren a sí mismas.

Si te has visto reflejado en este artículo, no lo dudes. Acude pronto a un coach, porque sería triste que siguieras sufriendo cuando la solución a tu problema es tan agradable y -en muchas ocasiones- tan rápida. Piensa en tu cubo, analiza bien tu grifo y, si decides que quieres desatascarlo de una vez por todas, hazlo ya. Quererse es fácil, es barato y es GENIAL.

Iván YglesiasPalomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

Toda la felicidad cabe en un cubo

Formación & Aprendizaje

Formación vs. Aprendizaje

Aunque me viene a la cabeza Camilo José Cela, no estoy seguro de si fue él quien definió la cultura de una persona como “los posos que quedan después de haber olvidado lo que un día aprendimos”. Si no fue él el autor de la cita, mis disculpas al legítimo propietario.

Tirando un poco más de la madeja, yo sustituiría “lo que un día aprendimos” por “lo que un día trataron de enseñarnos”… Y, siendo un poco más crítico aún, añadiría “…sin que nos interesase para nada”.

Piénsalo por un momento. ¿Cuántas horas de tu vida te has pasado en un aula, incluyendo colegio, instituto, universidad, formaciones complementarias, cursos técnicos o de idiomas, etc.? Difícil hacer el cálculo, ¿verdad? Pero han sido muchísimas, y casi con seguridad me quedo corto.

Continuemos. Imagínate que la suma de todos los datos que algún día estudiaste o alguien trató de hacerte aprender -disciplinas, técnicas, métodos, reglas de oro, frases famosas, biografías, hechos históricos, fórmulas matemáticas, físicas o químicas, lengua, literatura, datos geográficos, filosofía, arte y un larguísimo etcétera- sumasen una cantidad cualquiera, digamos que 1.000. Eso significa que tu cultura potencial sería de 1.000, ¿verdad?

Muy bien. Si ahora sumas imaginariamente lo que recuerdas de todo ello; pero no vaga o anecdóticamente, sino lo que interiorizaste y conservas dentro de tu bagaje de conocimientos y/o habilidades; si lo sumases, decíamos, ¿qué número crees que saldría? -Recuerda que el máximo es 1.000-.

No hace falta que te tortures mucho. A no ser que seas de esas personas que hacen del estudio un fin en sí mismo -sin llegar a padecer el síndrome del eterno estudiante-, el número que habrás obtenido será, con toda probabilidad, muy bajo. ¿Un 10/1.000? ¿Un 100/1.000? Da igual. La proporción entre lo que podrías haber aprendido y lo que en realidad aprendiste es siempre, salvo contadísimas excepciones, muy baja.

¿Cuántas veces en tu vida has tenido que hacer una derivada? ¿Y una raíz cúbica? ¿Y un análisis sintáctico de una oración? ¿Eres capaz de recordar dónde se encuentra la estatua ecuestre del Condottiero Gattamelata, y quién es el autor de la misma? ¿Sabrías decir cuáles son los afluentes principales del Tajo desde el norte? ¿Qué fue y cuándo tuvo lugar el bienio progresista español? ¿Cómo definirías una sinéresis? ¿Qué utilidad tiene un logaritmo neperiano? ¿En qué sistema cristaliza el olivino?

Si has sido capaz de responder a dos de estas preguntas sin tirar de Google, se me ocurre que ha podido ser por una de estas razones:

1. Tienes memoria fotográfica
2. Eres una persona bastante culta
3. Alguna de estas temáticas despertó tu interés en algún momento de tu vida y, en consecuencia, le pusiste un plus de atención
4. Eres el bicho más raro de todo el grupo de amigos
Pero la que se me antoja más probable es:

5. Tu profesión o actividad diaria tiene que ver con esa cuestión, y, en consecuencia, trabajas con frecuencia o al menos ocasionalmente en ella

Y ésta es la clave del presente artículo: la notable diferencia entre asistir a un curso, taller, ponencia o evento de cualquier tipo e interiorizar algún aprendizaje a partir de ello.

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¿Has oído hablar en alguna ocasión de Hermann Ebbinghaus? Pues fue un filósofo y psicólogo alemán del siglo XIX, uno de los pioneros en estudiar la “Curva del Olvido”, modelo que habla de la pérdida natural de retentiva de las personas; en otras palabras, trata sobre la facilidad con la que el cerebro tiende a eliminar aquellos recuerdos que le resultan superfluos, absurdos o innecesarios. Una de las conclusiones a las que llegó Ebbinghaus en una serie de interesantes experimentos, -en los que con frecuencia era él mismo el sujeto investigado, y que se basaban en la repetición sistemática de poesías y sílabas sin sentido para ver hasta qué punto se relacionaban la memoria y la retentiva con la reiteración mecánica de un concepto-, es que la Curva del Olvido tiene una pendiente muy pronunciada -se olvida con mucha facilidad- cuando se memorizan conceptos que carecen de sentido para el sujeto; sin embargo, cuando dichos conceptos le resultan interesantes, especialmente en situaciones emocionalmente importantes -desde traumas hasta acontecimientos señalados-, la curva se vuelve casi plana; es decir, el recuerdo se fija de forma prácticamente perfecta. Por ejemplo, probablemente te resulte difícil recordar qué ropa llevabas puesta el 16 de noviembre del año pasado; pero si ese día se casaba tu única hija, lo recordarás con total seguridad.

Y esta curva, que desde los ímprobos desvelos del buen Ebbinghaus fue rebautizada con su nombre, es la clave de por qué las organizaciones desperdician enormes cantidades de recursos intentando que sus colaboradores adquieran hábitos nuevos o desarrollen habilidades distintas a las que tienen en ese momento sin conseguirlo. Y ello se debe a dos razones fundamentales:

1. No tienen en cuenta la opinión, gustos, fortalezas, etc. del propio colaborador en el co-diseño de su aprendizaje
2. No son capaces de estimular -yo diría “enamorar”- al colaborador, generando esa “milla extra” de interés y esfuerzo necesarios para integrar el aprendizaje

Así que la única forma de garantizar hasta cierto punto la fijación de lo aprendido es la repetición “on the job” de la técnica correspondiente hasta convertirla en un hábito; pero ya sabemos por la Curva de Ebbinghaus que la reiteración de conceptos que carecen de sentido para el individuo no es sinónimo de integrar el aprendizaje; simplemente mecaniza la tarea. Esto puede resultar suficiente cuando se trata de una formación técnica, que se va a ejecutar una y otra vez sin grandes cambios ambientales; pero es del todo deficiente cuando hablamos de cambio conductual.

Un ejemplo más de las nefastas consecuencias de seguir aplicando técnicas pedagógicas (educación de niños) en lugar de andragógicas (educación de adultos) en la capacitación de los colaboradores.

Uno de los principios andragógicos nos expone que: “El adulto responde a algunos motivadores externos (mejora en las condiciones laborales, económicas, etc.), pero los motivadores más potentes son las presiones o aspiraciones internas (satisfacción personal, autoestima, desarrollo de un proyecto atractivo, etc.)”

Podemos ignorar estos principios al desarrollar planes de formación o desarrollo, pero sus consecuencias se dejarán ver en los resultados, nos guste o no. Como prueba, y aunque las cifras son muy difíciles de contrastar y verificar, se habla de retornos de inversión (ROI) de un 10 a un 15% en el caso de la formación convencional en las empresas, mientras que al aplicar otras técnicas andragógicas, tales como el coaching o el mentoring de implantación, se puede llegar a alcanzar cifras del 500 al 600%.

En próximos artículos profundizaremos acerca de técnicas y procedimientos que ayuden a las organizaciones a maximizar los resultados esperables a partir de sus acciones de desarrollo, facilitando la fijación de aprendizajes en los colaboradores.

 
Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte VI

SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS
Etapa 6. El Jorf-Maadid. 51 kms. 246+. La gloria espera a los Titanes

Y llegó el gran día. Ese que estábamos esperando todos los supervivientes de la edición de este año. Uno de cada cuatro participantes ya se había quedado por el camino y conforme habían ido pasando los días me había ido sintiendo mejor, más confiado, más cargado de pilas, más entusiasmado. ¿Os acordáis del aprendizaje de la primera etapa?: “No acomplejarse”. No lo había hecho, tuve paciencia, seguí mis sensaciones y mi intuición y ahí estaba yo con un nutrido grupo de participantes, algunos de ellos con lesiones, vendas, parches, tiritas y un aspecto de haber pasado por un sinfín de penalidades, pero todos con la sonrisa dibujada en los labios. A esas alturas todo indicaba que íbamos a acabar la carrera. Era la etapa más corta de esta edición y técnicamente no presentaba dificultad aparente, sin embargo nada más darse la salida me asaltó una inquietud que, luego conversando con mis compañeros de aventura, había sido compartida por varios de ellos. Habíamos llegado hasta allí y el entusiasmo podía cegar a más de uno. De hecho, me contaron que estadísticamente la última etapa era una de las etapas en la que más incidencias se producirían. Con el entusiasmo y la alegría desbordada algunos participantes no sólo bajaban la guardia y asumían riesgos innecesarios, sino que dejaban de tomar ciertas precauciones como no vigilar por dónde metían la rueda delantera, la distancia con el corredor que llevo enfrente, a derecha o a izquierda… etc.
Encontramos a más de uno llorando por un simple pinchazo, atrapado por la angustia, en ese momento irracional, de la posibilidad de no acabar la carrera.

Llegar hasta aquí no es una casualidad, es el resultado de muchos factores. No se trata solo de haber preparado la carrera desde un punto de vista físico con un buen entrenamiento previo, también cuenta una buena preparación logística, qué llevo y qué no llevo a la Titan y a cada una de sus etapas. A una buena montura, es decir, una buena bici resistente a las roturas, a las averías mecánicas y en perfecto estado de mantenimiento. A la fortaleza mental para aguantar el sufrimiento y estar preparado para los inesperado, a una buena salud. Que nos respeten los golpes de calor pero que también seamos cuidadosos con lo que comemos y bebemos, cuándo lo hacemos y en qué cantidad. Pero hay un factor que poca gente tiene en cuenta y que sin embargo se revela como elemento clave en un desafío de estas características: la toma de decisiones. Puede parecer evidente…, sin embargo es interesante reparar en ello conscientemente.

La inquietud que nos asaltó a muchos de sufrir un percance en la última etapa creo que despertó especialmente nuestros sentidos. Ese día no me pegaba tanto a quien tenía delante para aprovecharme de su escudo contra el viento y así mejorar mi aerodinámica. Tenía especial cuidado de por dónde iba “colocando” mi rueda delantera, no fuera a ser que un saliente o un canto afilado del terreno rajara una cubierta, y me di cuenta que cuando no estaba acertado con el sitio por el que hacía pasar la bicicleta el sentimiento de culpa por haber cometido ese error y mi análisis de porqué lo había cometido distraían mi capacidad de concentración y, a veces, esto me llevaba a encadenar varios errores seguidos. Afortunadamente me di cuenta en los primeros kilómetros de esa etapa y mi aprendizaje me permitió evitar más situaciones como aquella. En esas circunstancias la toma de decisiones es continua: ¿paso la rueda por la derecha o por la izquierda de la piedra?, ¿me salgo de la rodada para buscar terreno más compacto?, ¿paso por encima de la zarza porque la alternativa me parece muy irregular?, ¿me acerco o me alejo del corredor que llevo delante?, ¿lo adelanto o lo sigo?, ¿subo o bajo pulsaciones?, ¿me conviene beber o comer de nuevo?…,etc.
Ante tal avalancha de información y la consiguiente toma de decisión es conveniente no detenerse a sobre-analizar. Si lo hago, mi pérdida de foco en el presente, en lo que está pasando ahora, aumenta el riesgo de volver a cometer otro error. Es fácil trasladar este aprendizaje a un proyecto profesional. Toma las mejores decisiones que puedas tomar con la información que tienes. Tomando decisiones también cometerás errores, pero no pasa nada. Olvida tus errores en cinco minutos (en esa última etapa decidí hacerlo en cinco segundos). No te lamentes más tiempo. Busca el aprendizaje que sacas de ellos con rapidez, y sigue poniendo foco en el ahora, en el presente. El pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, lo que está pasando está pasando ahora. No te pierdas el ahora.

Si movilizadora fue mi experiencia en la Titan, también lo ha sido revivirla para poder compartirla en este artículo.
Confío en que el relato te haya entretenido y que los aprendizajes que yo viví se conviertan en un nuevo mapa que te ayude a alcanzar el éxito en tu carrera profesional y en todo lo que te propongas.

Este artículo está dedicado a personas como mi amigo Pedro que lleva dos años luchando contra un cáncer, a los que sufren violencia de género o acoso, a los que sobreviven en condiciones de pobreza extrema. Todos ellos sí que son Titanes, saben lo que es la verdadera dureza del camino. Lo nuestro, lo de aquellos que buscamos desafíos por voluntad propia en una carrera como La Titan Desert, tan sólo es un paseo en bicicleta.

Jorge Salinas, Presidente de Atesora Group.

 
Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte V

QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS
Etapa 5: Fezzou-El Jorf. 143 kms. 1288+. Un infierno de más de 140 kms.

Esta etapa era la más temida por los participantes, 143 km de desierto, altas temperaturas y un viento que sin ser tan fuerte como los primeros días todavía molestaba, y según la orientación de la marcha se convertía en un importante freno para avanzar.
A esas alturas de la carrera, casi el 25% de los participantes habían abandonado. Los problemas estomacales los primeros días y la fatiga, el agotamiento, los golpes de calor, las averías y alguna que otra caída habían mermado el pelotón.
Mi compañero de batalla ya estaba totalmente recuperado y desde el arranque pusimos una buena marcha. No queríamos forzar porque sabíamos que aquella etapa se le iba a hacer muy larga a muchos. Sin embargo, un terreno compacto con apenas algunos intervalos de camino trialero, nos ofreció un escenario mejor de lo esperado.
Unos cuantos participantes, aquellos que el día anterior habían llegado muy justitos de fuerzas, decidieron no salir temiéndose lo peor, sin embargo, para la mayoría, la etapa fue larga aunque más llevadera de lo previsto. A veces las expectativas en forma de creencias limitantes son las principales boicoteadoras de nuestra vida. Además, el Dios Meteo quiso que durante los últimos treinta kilómetros de la jornada un fuerte viento soplara a nuestro favor con lo que una espalda bien erguida sobre la bicicleta se convertía en una estupenda vela para que llaneando consiguiéramos en alguno de esos últimos tramos más de cuarenta kilómetros de velocidad.
Pensando en las claves que nos permitieron hacer esta etapa en un tiempo extraordinario y con un desgaste menor de lo esperado identifiqué un recurso que apenas habíamos utilizado en las jornadas anteriores: pedalear en grupo. O como dirían los buenos aficionados al ciclismo, “marchar en grupeta”.
En varias ocasiones hicimos grupeta con algún equipo o con algún grupo de participantes que habían decidido hacer el camino juntos. Alcanzar a uno de estos grupos significaba pedalear más protegidos del viento y, al mismo tiempo, obligarnos a no disminuir el ritmo al que íbamos. En ocasiones, por un parón inesperado del grupo, o porque verdaderamente veíamos decaer su ritmo, nosotros decidíamos tirar hacia delante con la intención de alcanzar nuevos compañeros de viaje con un ritmo más adecuado a lo que necesitábamos en ese momento.

El aprendizaje, trasladado al mundo empresarial, puede parecer obvio, sin embargo no siempre somos conscientes de ello. Aprovecha los impulsos de otros, arrímate a aquellas personas que te dan energía y que están empujando en el mismo sentido. A los que te ponen las pilas. No pretendas hacer el camino solo. Una labor de equipo bien alineada, donde además se cultiva la complicidad y la vinculación emocional, es una base extraordinaria para desempeñar el liderazgo y multiplica las posibilidades de éxito de un proyecto.

El incidente más comentado de la jornada fue el error que cometió un grupo de unos cincuenta corredores que, con el objetivo de recortar terreno entre el primer punto de control y el segundo, decidieron navegar por una ruta alternativa a la sugerida por la organización, algo que está permitido dentro de los reglamentos de la Titan, únicamente que al preparar esa alternativa la noche anterior no tuvieron en cuenta la altimetría del terreno y el camino elegido les llevó a través de un terreno ascendente, que por tramos ni siquiera podían hacer montados en la bicicleta, hasta un precipicio desde el que era casi imposible descender por la vertiente contraria salvo que alguien se jugara la vida saltando de saliente en saliente con la bicicleta al hombro, riesgo que asumieron dos participantes. El resto se dio la vuelta acumulando un retraso de tres horas con respecto a los que siguieron la ruta sugerida. El comentario general de los que sufrieron aquel percance fue “deberíamos habernos dado la vuelta antes al comprobar sobre el terreno que continuar en esa dirección era una estúpida huida hacia delante”.
Pasados unos días y analizando el incidente lo conecté con el empecinamiento y cabezonería con la que algunos profesionales abordan circunstancias parecidas, es decir, cuando todo hace indicar que se ha cometido un error y por evitar reconocerlo, para que el ego no resulte dañado, insisten en contra de las opiniones de la mayoría, y hasta de la evidencia. Si te confundes no pasa nada, rectifica, no tengas miedo a utilizar la declaración menos escuchada en el mundo del trabajo: “Me he equivocado”.



Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS


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Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte IV

CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
Etapa 4: Merzouga-Fezzou. 104 kms. 900+. Inicio etapa maratón y puro desierto.

Y llegó la etapa maratón. ¿Qué en qué consiste?. Son dos tramos, uno por día, donde en la noche que hay por medio no se cuenta con ningún tipo de ayuda ni comodidades, más allá de una jaima comunitaria para los más de cuatrocientos participantes.
En la salida de esta cuarta etapa, cada corredor debe llevar encima todo lo necesario para terminar esa etapa y la siguiente: repuestos para la bicicleta, alimento sólido para el recorrido, elementos para el aseo personal, equipación para cambiarse el segundo día, saco y colchón hinchable, si se quiere descansar durante la noche…etc. En esa etapa, si se consigue terminar, no esperan masajista ni mecánicos para recomponer cuerpo y máquina.
Saliendo ese día sabíamos que estábamos sobrepasando el ecuador de la prueba y precisamente, en el momento de la partida, sufrí un incidente desagradable.
Esta es la etapa en la que los participantes necesitan utilizar toda su inventiva y creatividad para transportar el “equipo extra necesario” al que antes hacía mención. Fue interesante para mí dedicar unos minutos a observar la percepción de “lo necesario” tan diferente que tenemos los seres humanos. Alguno parecía que fuera a hacer el Camino de Santiago en bicicleta durante varios días por la cantidad de enseres que transportaba. Mochila de hidratación de mayor tamaño que en días anteriores, saco de dormir bajo el manillar, alfombrilla aislante atada a la barra horizontal del cuadro de la bicicleta, colchoneta sujeta bajo el sillín y hasta un trasportín sobre la rueda trasera para llevar el resto de accesorios “necesarios”. Otros, sin embargo, parecía que fueran a dar un paseo de media hora por el Parque del Retiro, porque más allá de la habitual mochila de hidratación, no fui capaz de identificar donde transportaban los accesorios extraordinarios para esas dos jornadas.
Mi decisión previsora se ajustó a la del participante medio, en cuanto al mínimo de elementos a transportar durante esa etapa. Me las ingenié para colocarlo todo en la Camel Back, la mochila de agua que habitualmente llevaba con los accesorios imprescindibles en caso de avería común. Eso sí, fue un puzle que encajé con “calzador”.

La música a tope y todos esperando en el cajón de salida. Empieza la cuenta atrás: 10,9,8,7…, pero llegando al 3,2…, alguien, que tenía detrás de mí, me dice: ”se te ha caído el saco”. “La madre que me p…”. En qué momento me ocurre aquello…, lo recojo del suelo con precipitación antes de que alguien me atropelle en su arranque, se lo comento a mi compañero de viaje y, con el saco en la mano, me pongo a pedalear para evitar que me pase por encima la marabunta. Con un “nos echamos ahora a la derecha nada más salir”, acordamos parar para asegurar lo que estuve a punto de perder. Las noches en el desierto pueden ser muy frías y abandonar el saco de dormir no me parecía una buena idea. Ya parados, mientras nos las ingeniamos para asegurarlo de nuevo (la cinta americana es un excelente compañero de viaje en este tipo de aventuras), observamos, no sin cierta desazón, como todos los participantes que habían salido detrás nuestra nos sobrepasan y comienzan a desaparecer en la lejanía tras una nube de polvo y el estruendo que originan las palas del helicóptero.
Serenidad y mente fría fueron, a partir de ahí, extraordinarios recursos de valor el resto de la etapa.
Los problemas estomacales de mi compañero del alma casi habían desaparecido del todo pero aún nos asaltaba la duda de cómo iba a responder al esfuerzo necesario para acabar la jornada. Aún así, y a su ritmo, para asegurarnos de que nos ajustábamos según sus sensaciones, estuvimos remontando posiciones el resto de la etapa, lo que supuso un refuerzo emocional extra que sin el percance no habríamos tenido.
Uno de los participantes que alcanzamos pedaleaba con la única pierna que tenía. Pertenecía a ese reducido colectivo de valientes corredores que con alguna discapacidad se habían atrevido a inscribirse en la prueba.
Supongo que será de esas personas que cuando alguien le insinúa que no podrá hacer determinadas cosas como consecuencia de su discapacidad dirá: “mira como lo hago”. Observar aquel ejemplo de fuerza y determinación hizo que apretáramos aún mas los dientes y continuáramos pedaleando.
Fue una etapa dura porque se hizo interminable aunque las sensaciones percibidas nos llenaron de entusiasmo y confianza para poder llegar a la meta ese día y los restantes con un tiempo fantástico.

Ese día aprendí dos cosas muy importantes para mí. La primera que “menos es más”. Que no necesitamos esperar a tener todos los recursos disponibles para abordar un proyecto. “Lo necesario no es tanto”. Hay personas que no se echan a andar porque esperan a tenerlo todo antes de poner en marcha una iniciativa. No esperes, ¡empieza ya!. Echa a andar con lo mínimo imprescindible. No caigas en esa trampa. Puede ser tu principal boicoteador. De hecho, “tenerlo todo”, se convierte en un lastre que nos retrasa porque nos condiciona, y aún así, en el trayecto para conseguir un objetivo, si sufres un percance, utilízalo como un aliciente para insistir con mayor determinación. Llénate de orgullo solventando los incidentes que sin duda van a aparecer y date premios para celebrarlo y así reforzar emocionalmente esos logros.
Mi segundo aprendizaje…, que no hay discapacidad que pueda con la determinación humana.



Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS
SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS


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