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Cinco Broches de Cierre para una Conversación de Mentoring

Sabemos, como hemos comentado en anteriores artículos, que el objetivo fundamental del mentoring como metodología de desarrollo es el de preservar, desarrollar y/o acrecentar el capital experiencial de una organización, entendido éste como una reserva de experiencia, conocimiento e información que atesoran el conjunto de individuos que la componen. Teniendo este objetivo en mente, es por lo que la relación de mentoring se articula fundamentalmente en torno al proceso reflexivo que el mentor facilita a su mentee a lo largo de sus diferentes etapas. Esto significa que una de las cosas que se estará haciendo a través del marco conversacional que sostienen mentor y mentee es ahondar en la Estructura de Experiencia/Conocimiento que ambos tienen, conectando nuevas reflexiones e insights fruto de esa conversación, con una renovada base experiencial.

¿Qué es una Estructura de Experiencia? A efectos prácticos, nuestras estructuras experienciales no son otra cosa que la particular configuración de supuestos, asunciones, paradigmas y/o creencias que conforman nuestro conocimiento, tanto de nosotros mismos como del mundo que nos rodea. En otras palabras, nuestro Modelo del Mundo, la manera específica con la que le damos significado a nuestras vivencias, está conformado por diferentes formas de articular y conectar aprendizajes con experiencias, constituyendo la base desde la que tomamos decisiones y emprendemos acciones para conseguir satisfacer nuestras necesidades.

Así que podríamos decir que la Estructura de Experiencia de cada individuo es tan única como sus huellas dactilares o la configuración de su iris, puesto que, como bien sabemos, no existen dos seres humanos que de forma idéntica construyan unos mismos patrones de conocimiento a partir de las experiencias que viven. Es precisamente sobre esta diversidad sobre la que se asienta la riqueza de la relación de mentoring, al poder -en potencia- aprender recíprocamente, tanto mentor como mentee, a partir de las diferentes maneras de estructurar sus experiencias.

Para que esto suceda de forma efectiva, sabemos que es fundamental que el mentor facilite continuamente la conexión de las reflexiones que se generan durante las conversaciones con los objetivos de aprendizaje y desarrollo del proceso. En caso contrario se convertiría en un mero ejercicio de intercambio intelectual y “filosófico” sin un sentido claro de dirección.

Muchos mentores noveles suelen pasar por alto este último punto, pues esperan que, por el mero hecho de haber intercambiado diferentes experiencias, reflexiones y/o consejos con sus mentees, será suficiente por sí solo para que “automáticamente” sepan cómo incorporar esa nueva información como conocimiento útil y operativo.

A menudo, cuando superviso el trabajo de nuevos mentores, me encuentro que suelen obviar la necesidad de hacer una adecuada conexión entre los insights generados durante la conversación y las Estructuras de Experiencia de sus mentees (así como las suyas propias). Es fundamentalmente al cierre de cada conversación -y también al cierre del propio proceso de mentoring- donde se revela necesario que el mentor facilite esas conexiones. De ahí la importancia de un buen cierre, ya que no importa lo significativo de las ideas que hayan surgido a lo largo del encuentro si éstas finalmente no se capitalizan.

En este sentido, quiero compartir algunas preguntas que a modo de “broches de cierre”, puede ser útil que el mentor formule a su mentee en la clausura de cada sesión. El propósito de estas preguntas no es otro que el de facilitar la creación de nuevas comprensiones que nutran y desarrollen la base experiencial de sus pupilos. De forma adicional, pretenden que el mentee incremente su consciencia acerca de cómo aprende lo que aprende, siendo uno de los meta-aprendizajes más útiles que pueden desarrollar a lo largo de la relación de mentoring.

Finalmente, la forma en la que están planteadas persigue reforzar el sentido de responsabilidad del mentee con respecto a su proceso, responsabilidad que es fundamental que en ningún momento desplace hacia su mentor o hacia la propia organización. Advertir al lector que el orden de las mismas no es necesariamente rígido, pudiendo en diferentes momentos volver sobre alguna de las preguntas planteadas con el propósito de construir nuevos significados.

 La primera y más sencilla de las cuestiones que es útil realizar de forma sistemática al cierre de toda sesión es “¿Qué has aprendido de este encuentro?”.  A pesar de ser una pregunta básica, muchos mentores pasan por alto la importancia de hacerla de forma sistemática. A veces por temor a que les den una contestación no deseada para su ego, y otras porque piensan que lo que sus mentees les digan lo hacen para “regalar sus oídos”. Pero lo cierto es, que no es una pregunta genérica destinada a recibir feedback sobre su competencia como mentores, si lo han hecho bien o mal, sino que es necesaria para que sus mentees organicen la miríada de pensamientos, reflexiones e inquietudes que habrán surgido de forma desorganizada durante su proceso conversacional. Si no se toman el tiempo necesario para estabilizar esa nueva información, es muy probable que no la conviertan en un conocimiento relevante para su día a día.

Nunca hay que subestimar la importancia de tomar el tiempo necesario para poder dar respuesta a este interrogante, por aparentemente “pequeño” o insignificante que haya sido el potencial aprendizaje. No hay que olvidar que el mentoring busca en todo momento que tanto mentores como mentees sean capaces de desarrollar su Capital experiencial, y para ello se requiere la costumbre de volver una y otra vez sobre las experiencias que han acontecido para extraer aprendizajes de ellas.

Es pertinente que al formular esta pregunta el mentor facilite diferentes posiciones perceptivas desde las que el mentee pueda chequear su conocimiento. Algunas posibles áreas de exploración podrían ser: “qué has aprendido de esta conversación en relación a la organización, qué has aprendido en relación a ti mismo/a, qué has aprendido de esta(s) situación(es), qué has aprendido de mí como mentor, de otros, etc. Las posibilidades de exploración en este sentido son enormes. A veces, es difícil extraer un aprendizaje desde un determinado encuadre de pensamiento, pero el simple hecho de facilitar un cambio de perspectiva permite atender a algo que inicialmente estaba fuera del umbral de nuestra consciencia.

 Otra pregunta relevante que puede ser oportuno hacer al cierre del encuentro es ¿Qué te ha resultado más fácil/difícil?” Una de las finalidades que cumple es la de conectar con potenciales fortalezas y/o áreas de mejora que el mentee pudiera experimentar. Una vez más, deberíamos de relacionar esta información con un aprendizaje concreto, así que la pregunta “¿Qué puedes aprender del hecho de que esto te haya sido fácil o difícil?” se convierte en una reflexión igualmente apropiada para no perder la oportunidad incrementar la autoconciencia del mentee en cuanto a sí mismo/a.

 “¿De qué nuevas posibilidades dispones ahora?” El objetivo de esta comprobación es establecer un “puente al futuro”, obligando al mentee a pensar en las nuevas opciones que pudieran estar disponibles. Este tipo de preguntas, encaminadas a conectar aprendizajes con posibles acciones futuras, facilita desarrollar la debida creatividad al tiempo que refuerza la responsabilidad del mentee sobre la dirección de su propio proceso. El mentor aquí puede sugerir, mediante un adecuado feedforward, algunas alternativas que al mentee se le pudieran estar pasando por alto, pero siempre es útil que esa aportación sólo se realice una vez que el proceso reflexivo del mentee parezca agotado.

 “¿De qué forma esto contribuye a avanzar en tus objetivos/necesidades?” Hemos dicho que, para evitar un fútil ejercicio intelectual, cada nueva reflexión y/o aprendizaje deberían de estar relacionados con los objetivos y metas del mentee. Ayudarle a reconectar una y otra vez con éstas es importante si no queremos quedarnos a la deriva en algún momento del proceso. Esto no significa que los objetivos no puedan evolucionar a medida que la relación de mentoring lo haga, sino que siempre deberán de mantenerse como patrón de referencia y medida de la eficacia de las conversaciones mantenidas.

5º “¿Cómo lo sabes?” Probablemente ésta última pregunta (que no necesariamente se ha de formular como la última) es la más infrecuente en los mentores noveles que he acompañado. A veces, porque sienten que están preguntando algo obvio y que aporta poco valor al proceso reflexivo; y otras, porque dan por supuesto que sus mentees conocen la respuesta. Sin embargo, las preguntas acerca de cómo alguien sabe lo que sabe nos permiten hacer una “exploración epistemológica” tremendamente útil para cuestionar, actualizar y/o renovar nuestras inferencias y juicios, algo que, de por sí, constituye una de las bases del proceso reflexivo en mentoring. La única manera de enriquecer nuestras Estructuras de pensamiento es revisar cómo hemos llegado a construir en algún momento ese conocimiento, facilitando nuestro proceso de aprender a aprender. Es útil que este tipo de preguntas no sólo se formulen necesariamente al final de una conversación, sino en todo momento en el que el mentor crea que puede ser beneficioso para el mentee revisar sus supuestos de pensamiento.

Como seres humanos vivimos muchas más experiencias de las que somos conscientes pasando transparentes para nosotros y perdiendo, en consecuencia, la oportunidad de aprender sistemáticamente de ellas. El mentoring, en cuanto a metodología de desarrollo, persigue precisamente implantar ese “hábito” de aprender continuamente de nuestras vivencias generando nuevo conocimiento a partir de ellas. No hay seminario o master más completo y mejor diseñado que el “master de nuestra vida”, y a menudo pasamos por ella sin participar muy activamente en aquello que nos hace particularmente humanos: nuestra capacidad de dar sentido y aprender de nuestras propias experiencias y del mundo que nos rodea.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School (IMS).

  

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Algunas veces acierto… y las otras aprendo

Muchos de los dichos y refranes acuñados por la cultura popular que aprendimos de pequeños los hemos incorporado como verdades o creencias. Y como ya sabemos, las creencias determinan nuestros comportamientos, es decir, nos comportamos de forma coherente con lo que creemos. Análogamente, nuestros comportamientos generan determinadas consecuencias o resultados; por tanto, los resultados que conseguimos son la consecuencia inevitable de las creencias que elegimos sustentar.

Más vale pájaro en mano que ciento volando. Si funciona no lo cambies. Trata a los demás como a ti te gustaría ser tratado… Y tantos otros.

El riesgo con los dichos y refranes es que los compramos con mucha facilidad, principalmente porque son transmitidos por nuestros familiares cuando somos jóvenes, y por casi todo el mundo a través de los medios de comunicación. Si tantas personas los repiten y utilizan para argumentar lo que hacen o deciden es que serán verdad, ¿no?

Tomemos como ejemplo esos tres, que he elegido intencionadamente.

Tal vez podamos estar de acuerdo en que los dos primeros son conservadores, es decir, son adquiridos por individuos que han elegido una mentalidad conservadora. Una mentalidad en la que prima la seguridad y la certidumbre de la zona de confort. Probablemente este rasgo lo muestren en otros muchos comportamientos; como por ejemplo apelar a la tradición como argumento indiscutible para explicar su comportamiento o forma de pensamiento.

También conocerás a otros individuos que han elegido lo contrario: más vale cientos de pájaros volando que uno en la mano, y si funciona bien trata de cambiarlo para mejorarlo aún más.

Podríamos estar de acuerdo en etiquetar a esos individuos como progresistas o innovadores, porque han elegido rechazar esas verdades, transformándolas en sus contrarias. Se trata de individuos que se encuentran cómodos retando frecuentemente su zona de comodidad.

Los profesionales de marketing conocen muy bien estas mentalidades diferentes y han llegado a determinar lo que han denominado la Curva de Adopción, fundamental a la hora de predecir el consumo de un producto nuevo cuando es lanzado al mercado.

El tercer dicho suele ser utilizado como una forma de subrayar nuestra empatía y así es comprendido y aceptado por una mayoría de los individuos que lo escuchan y adoptan. Sin embargo, en mi opinión, es prácticamente lo opuesto.

Si entendemos empatía como el conocimiento, comprensión y aceptación del otro (no confundir con estar de acuerdo con él), parece poco empático tratarlo según nuestras preferencias (creencias, valores, intereses, etc.). Suena más a egoísmo, en el sentido de que mis preferencias deberían ser el modelo al que el mundo debería aspirar. Poco humilde, ¿no crees?

Yo lo he cambiado por: trata a los demás como a ellos les gustaría ser tratados. ¿No te parece más empático?

Unas veces se gana… y otras se pierde

Éste es otro dicho de gran circulación y aceptado por muchos de los individuos que conoces. Puede que tú también lo hayas escuchado de tus propios labios.

A lo largo de tu vida puedes reconocer episodios en los que las cosas te salieron como deseabas, y sentiste satisfacción. Ganaste.

En las otras, probablemente muchas menos, el resultado conseguido distó del esperado y sentiste insatisfacción. Erraste, perdiste.

Yo elegí, hace tiempo, cambiarlo por el que da título a este artículo. Su gestación coincidió con una fase de mi vida en la que accedí al conocimiento del pensamiento positivo. Una época en la que estaba bastante ocupado esforzándome en revisar mis creencias o verdades para elegir entre quedarme con ellas o cambiarlas por otras más poderosas.

Cuando le llegó el turno a ésta recuerdo que me pregunté algo así como: “¿Sólo hay dos opciones en mi vida? ¿Ganar o perder?

Fui capaz de diseñar esa pregunta tan simple desde la inquietud que había adquirido por sustituir mi mentalidad de hacerme preguntas cerradas por abiertas. Realmente simple… y sin embargo poderosa.

La respuesta que encontré fue positivizar la consecuencia de perder. Me decía: “Si fuese capaz de revisar a fondo la vivencia, reflexionar sobre el proceso y argumentos (verdades) que me condujeron a la acción o decisión errónea, e imaginar otras opciones para elegir la más efectiva, tal vez en la próxima ocasión tendría muchas más probabilidades de acertar o tener éxito”.

Darme cuenta de este proceso no ameritaba mi candidatura a ningún premio Nobel, obviamente. No obstante, determinarme para realizar este proceso de forma sistemática y efectiva cada una de las veces que erraba o perdía sí me cualificaba para considerarme una persona más poderosa. Es así como apenas he vuelto a perder.

Entiendo el aprendizaje como una adquisición o in-corporación, y asumo su definición como el acto o proceso mediante el cual el cambio conductual, conocimiento, habilidades y actitudes son adquiridos.

El aprendizaje es descubrimiento, creación, enriquecimiento, crecimiento y empoderamiento. Y además… ¡sienta tan bien!

Te invito a que te plantees la adquisición de este dicho, creencia o verdad:

“Algunas veces acierto… y las otras aprendo”

¡Hoy está de oferta!

Jaime Bacás, socio de Atesora Group e International Mentoring School.

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte I

No acomplejarse nunca, competir hoy para ganar mañana, modelar a los mejores, haz más con menos, arrímate a los que te ponen las pilas y olvida tus errores en cinco minutos.
Estas son las seis reflexiones que ya tengo tatuadas en mi memoria como anclajes emocionales que me marcarán el camino del éxito para todo aquello que me proponga en la vida.

Todavía sonrío cuando lo recuerdo: ¿Pero quién te manda a ti hacer eso…?. ¿Pero qué necesidad hay…? ¿Tú sabes dónde te metes? ¿Has olvidado tu edad? ¿Has pensado en toda la responsabilidad que tienes y lo que pones en riesgo?
Estas y otras muchas preguntas me hicieron cuando seis meses antes de la carrera comentaba con amigos, clientes y conocidos lo que me disponía a hacer. Ocasiones en las que venía a mi cabeza alguna de las reflexiones que Pablo Neruda hizo en su lectura “Muere Lentamente”: “Muere lentamente quien evita una pasión y su remolino de emociones, justamente estas que regresan el brillo a los ojos, el que no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida, huir de los consejos sensatos”.
Los comentarios que me hacían tan sólo eran consejos sensatos desde el cariño pero yo quería huir de ellos para sentir y vivir otra experiencia.
Sabía muy bien que más que un desafío deportivo y una nueva oportunidad para probar mis límites físicos se trataba de un viaje vital que me ayudaría a comprender mejor, si llegaba a buen término, el camino del éxito.
Más de seiscientos kilómetros a través de dunas de arena y pistas interminables me esperaban junto a un molesto viento y temperaturas rondando los cuarenta grados como aliados de la dureza del recorrido.
Más de seiscientos kilómetros para disfrutar, sufrir, pensar y comprender, si era capaz de ir pasando etapa a etapa dentro de los tiempos marcados por la organización de la carrera.
En las siguientes líneas quiero compartir con vosotros una parte de mi experiencia y alguno de los aprendizajes que de allí me traje como equipaje de vida.

PRIMER APRENDIZAJE: “NO ACOMPLEJARSE NUNCA”
Etapa 1: Maadid-Erg Chebbi. 105 kms. 1062+. Primer contacto con el desierto.

Cuando el día del traslado a las cinco de la mañana me di encuentro, junto a mis compañeros del Equipo Troyanos, con los participantes que salíamos de Madrid, aquella gente me pareció “normal”, más allá de la obsesión que percibía por hablar de bicicletas, recorridos y pruebas ciclistas. Los encuentros y reencuentros que se producían eran los propios de personas que comparten una afición y se disponen a vivir una aventura.
Al día siguiente, es decir, en la mañana que arrancaba la prueba, la impresión que tuve fue muy distinta. Buena parte de los más de 450 participantes, de los que tan solo 26 eran chicas, exhibían cuerpos moldeados por muchas horas de entrenamiento en gimnasio, piernas depiladas para favorecer el trabajo de los masajistas y llamativos tatuajes en piernas y brazos. Prácticamente todos ellos ataviados con ropa de calidad de las mejores marcas y bicicletas a juego con el resto de su equipación, es decir, máquinas de alta competición en las que cada uno habría invertido entre siete y diez mil euros.
Caminaban con cierta parsimonia, pero su pose no terminaba de esconder el flujo de adrenalina extra que inundaba sus venas esa mañana.

Fueron momentos de mucha inquietud para mi. Momentos en los que me acordé de todos los “consejos sensatos” que me había dado la gente que me quería. “¿Qué pinto yo aquí?”, me dije. Con mis casi sesenta años, cero horas de gimnasio y piernas velludas…. “¿Quién me mandó venir aquí?”. Honestamente sentí un momento de flaqueza aunque no dejé que se apoderara de mi, tan solo me rondó. Sabía que mi habilidad para resignificar lo que allí me pasara iba a ser una excelente herramienta a mi disposición. Aquellas sensaciones las vivía como un síntoma de la responsabilidad que había asumido al inscribirme en aquella prueba, y me dejó muy tranquilo volver a recordarme que yo no llegaba allí con la intención de hacer pódium sino que mis pretensiones tan solo pasaban por acabar la carrera dentro de los límites de tiempo fijados.

Poco antes de las ocho de la mañana, hora en la que cada día se daba la salida de la etapa, me coloqué en el cajón de salida junto a Jon y Alejandro, mis inseparables compañeros de aventura. También lo eran de jaima, que estaban preparadas para acoger a tres participantes cada una. Música atronadora para excitar los ánimos y…, 3,2,1, ¡¡¡salida!!!!. “¡¡¡Allá vamos!!!”, me dije, y nada más comenzar a pedalear, buena parte de los participantes que en el cajón de salida se habían situado detrás mía empezaron a pasarme por la derecha y por la izquierda con tal ímpetu que hasta me pareció tener la sensación de que alguno me saltaba por encima de la cabeza. Aparecieron los primeros bancos de arena que nos hicieron descabalgar y dificultaban las posibilidades de marchar sobre la bicicleta, viento en contra y piernas mojadas hasta la rodilla por el paso del único río con agua que vimos durante toda la semana a los veinte minutos de empezar la carrera. Así las cosas se me pasó por la cabeza…: “…y todavía quedan 100 kilómetros de desierto”.
Lejos de dejarme atrapar por el desánimo, aquella situación espoleó mi actitud para pedalear con más ahínco y determinación, y no transcurrieron muchos kilómetros antes de ver como alcanzaba y adelantábamos a un nutrido grupo de corredores, alguno de los cuales recordaba por los colores de su maillot que había sido de los que al salir nos habían sobrepasado. Viendo sus caras de agotamiento me dije : “esto no es como empieza, sino como acaba”.

Con frecuencia, muchos directivos a los que acompaño como coach se lamentan de los pocos recursos con los que cuentan para alcanzar sus objetivos. A veces, se comparan con otras áreas de la empresa e incluso con otras empresas con más medios. ¡No te acomplejes nunca!. En tu camino encontrarás gente más inteligente que tú y empresas con más medios que la tuya, sin embargo el camino del éxito depende de muchos más factores que de unos pocos recursos, la determinación y la persistencia entre ellos.
En mis circunstancias, viendo lo que estaba empezando a pasar tan solo a mitad de la primera etapa, me propuse analizar cuales eran esos otros factores, pero no en aquél momento, decidí hacerlo conforme fueran pasando los días. Apreté los dientes y seguí pedaleando hasta que conseguimos acabar la etapa con bastante margen dentro del tiempo límite.



Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS
SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS


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Cosas que aprendí banco Iván Yglesias-Palomar para TALENTO de Atesora Group artículo de desarrollo

Cosas que aprendí en 2016 (Parte IV)

Y así llegamos a la mitad del verano de 2016. Tras los últimos veinte años de mi vida sin hacer nada de ejercicio -exceptuando el submarinismo, que, a mi nivel y tal y como yo lo entiendo, es más una actividad de recreo que un deporte-, me asaltó de repente algo parecido a una sensación de irresponsabilidad, unos fuertes remordimientos acerca del mal estado físico que lucía en ese momento. Y no tenía que ver sólo con la decepcionante imagen en bañador que veía en el espejo, sino también con las contracturas y dolores de espalda que se habían hecho bastante crónicos, unidos a la imposibilidad de subir tres pisos sin jadear como un gran danés.

No recuerdo qué día del mes de agosto tomé dos decisiones. La primera suena muy grandilocuente, y aún me asusta a mí mismo como objetivo: “Voy a cambiar mi cuerpo -me dije-. Voy a construirme un chasis y una carrocería nuevos; quiero verme, dentro de mi edad y posibilidades, físicamente atractivo.”

Soy muy consciente de que cambiar un cuerpo no es algo rápido ni fácil. Como karateca de competición que fui un día, sé que se trata más bien de un cambio estructural de hábitos; de aprender a comer de otro modo, de disfrutar yendo a un gimnasio, de hacerte adicto al sufrimiento controlado, de que sea el propio cuerpo quien pida el entrenamiento, y no el cerebro el que se resigne a él. Resumiendo, quería conseguir que el deporte me gustase. Y en ese momento no me gustaba. Pero nada de nada. Sin embargo, me rondaba por la conciencia una incómoda pregunta: “Si he logrado conseguir todos los demás objetivos que me he propuesto en mi vida, ¿por qué no voy a poder con éste?”

La segunda decisión fue prepararme para afrontar el cambio con éxito, tanto desde el punto de vista técnico -elegir un gimnasio, SMARTizar mis objetivos, equiparme, planificar los días y horas de entrenamiento, etc.- como emocional -mentalizarme, pensar tanto en los beneficios que me aportaría la enorme inversión de esfuerzo como en los obstáculos, internos y externos, que me iba a encontrar, etc.-. Decidí “despedirme” de la vida de caprichos culinarios durante lo que me quedaba de verano; me hice una ruta motera en solitario, que me sirvió para pensar mucho, y marqué la emblemática fecha del 1 de septiembre como fecha de inicio de mi nueva vida.

Es muy posible que todo esto suene a la crisis de los cincuenta, que aún me queda año y pico para cumplir. Pero no lo es. Porque lo que se esconde detrás de este arrebato es algo que podría definir como una crisis de congruencia; a fin de cuentas, si me paso la vida ayudando a otras personas a conseguir sus metas, lo mínimamente exigible es que yo sepa cumplir las mías, ¿verdad? ¿Cómo puedo éticamente cobrar por que otros cambien sus hábitos y no hacer yo nada con mis propias conductas inefectivas?

Un hábito es nada más y nada menos que un sistema que tiene el cerebro para “vaguear”. Me explico. El proceso de aprendizaje de algo nuevo se produce cuando nuestras células cerebrales, las neuronas, se conectan unas a otras formando algo parecido a una carretera, que se conoce como circuito neuronal. Por ejemplo, la primera vez que intentas tocar una melodía en un instrumento musical tienes muchas dificultades para hacerlo, porque tus neuronas “están construyendo la carretera” de esa canción; y eso tiene que ver con la posición de tus manos en el instrumento, la digitación apropiada, la duración de cada nota, etc. La siguiente vez que la tocas, es como si transitases la carretera por segunda vez, y fueras poco a poco corrigiendo defectos, asegurando el firme, tomando conciencia de todo el recorrido. La tercera es más fácil, la cuarta más aún, y así sucesivamente. Al final, la carretera se queda grabada en tu cerebro, y puedes volver a recorrerla cuando quieras. Por eso el entrenamiento y el ensayo de cualquier disciplina facilitan su aprendizaje. (Pero ¡cuidado! Si has construido una carretera pero ya no la vuelves a recorrer hasta dentro de mucho tiempo, es posible que se haya deteriorado por la falta de uso… Tendrás que reconstruirla. Eso lo sabe cualquier músico que se pase el mes de agosto sin ensayar)

¿Y por qué es tan difícil abandonar un hábito o incorporar uno nuevo? Por economía de recursos; es más barato en términos energéticos recorrer una carretera ya hecha que construir una nueva. Y por una cuestión de “holgazanería neuronal”, el cerebro prima los circuitos existentes a los nuevos a la hora de enfrentarse a situaciones; tiende a pensar como un mal concejal de obras públicas: “Para qué voy a gastar recursos en hacer otra carretera nueva si ya tengo una que aún es transitable; ya haremos otra cuando no nos quede más remedio…”

Visto desde este ángulo, cambiar mi cuerpo, o al menos mi tradicional desidia hacia el ejercicio físico, no era una tarea tan complicada; se trataba de cambiar unos hábitos inefectivos -pereza, abulia, apatía hacia cualquier ejercicio físico- por otros más saludables; o sea, demoler las carreteras y puentes viejos, cómodos y conocidos, pero desgastados y ruinosos, y construir una autopista hacia mi sueño de tener un cuerpo bonito. Y lo mejor de todo es que tenía un montón de lo único necesario para hacerlo: MOTIVACIÓN. O sea, un MOTIVO para la ACCIÓN. No había excusas.

¿Y qué ha sucedido desde entonces? Bueno, teniendo en cuenta que partía de un punto inicial tan opuesto a mi objetivo final, creo que todos los pasos que he recorrido, aún sin grandes resultados visibles, sí apuntan en la dirección correcta. Ya he perdido casi diez kilos de grasa, me noto mucho más tonificado y esbelto, pero especialmente más vivo y activo. Emocionalmente hablando, ha sido como pasar de la noche al día. Por supuesto que la carretera no se construye sola, y la inercia de tantos años sedentarios pesa mucho. Por eso la cantidad de energía motivacional que hay que emplear al principio es enorme, porque hay que vencer al cerebro, que es un vago de campeonato; pero para eso está la fuerza de voluntad. ¿Disfruto entrenando? NO, pero ya me siento muy culpable si no voy a entrenar. ¿He generado adicción al sufrimiento controlado? NO, pero cada día me pongo micro-retos que me ayudan a mantener una sensación de superación constante. ¿Me encuentro mejor después de entrenar que antes de hacerlo? SÍ, sin duda, definitivamente. Y este hecho me da más energía aún para continuar.

Ése es mi tercer aprendizaje. Todo se reduce a demoler carreteras viejas y trazar autopistas. Ni más ni menos.

Es obvio que un año da para muchos aprendizajes, máxime cuando el trabajo que desempeñas tiene que ver con el desarrollo humano y lo ejerces en muchos contextos diferentes. Por motivos de espacio mi selección se redujo a tres lecciones de vida, pero este artículo me ha servido para reflexionar sobre otras muchas, y en próximas ediciones de Talento os las contaré. Por ejemplo, os hablaré del enorme respeto, gratitud y comprensión que, según voy cumpliendo años, se están generando en mí hacia mis padres y las personas de edad en general; o la progresiva tendencia que experimento a eliminar la improvisación de mi vida sustituyéndola por “planes que me pueda saltar”; o la hipersensibilidad que siento últimamente hacia la telebasura y hacia las noticias trágicas y sangrientas que se ven en los informativos, por el impacto que están generando en mi hija adolescente.

Pero eso será en 2017. Felices Fiestas y Felices Aprendizajes.

Por Iván Yglesias-Palomar

Cosas que aprendí banco Iván Yglesias-Palomar para TALENTO de Atesora Group artículo de desarrollo

Cosas que aprendí en 2016 (Parte III)

Sucedió en la curva que conecta la vía de servicio de la autopista con la urbanización donde vivo. Es un camino que he recorrido en coche y en moto miles de veces, conozco perfectamente el trazado y, si me apuras, cada bache no restaurado en el asfalto. Y tampoco es una zona donde se circule a más de 20 o 30 kilómetros por hora, lo que resultó clave en la escasa gravedad del incidente.

La tarde del 1 de marzo di por concluida mi jornada laboral después de un día no especialmente cansado. Con buena visibilidad, firme seco y tráfico reducido, nada hacía prever un choque en los siete minutos escasos que tardo en recorrer la distancia entre la oficina y mi casa -sí, ya sé que soy un privilegiado-. Pero una pandilla de adolescentes, que no tenía otra idea mejor que jugar a empujarse unos a otros, decidió cambiar eso. Cuando estaba tumbando en la última curva para enfilar ya la calle en la que vivo, uno de los muchachos tiró a otro a la calzada con un soberano empujón, lo que obligó al coche que me precedía en el carril más próximo a la acera a invadir el mío bruscamente para no atropellarle.

El golpe fue inevitable, de nada valieron los reflejos, ni la contundente frenada, ni el ABS. No había distancia física suficiente.

Una vez resueltos los papeles del seguro, llegué a casa empujando la maltrecha moto y preso aún de una notable taquicardia. Y luego comenzaron las tradicionales vueltas en la cabeza. ¿Cometí una imprudencia? ¿Hasta qué punto el conocimiento de cada punto del itinerario había supuesto un exceso de confianza? ¿Qué porcentaje de mi nivel de atención prestaba a la conducción y qué porcentaje a mis propios pensamientos? ¿Y si me sucediera algo parecido en plena autopista a 120 kilómetros por hora?

Mi aprendizaje se resume de modo muy sencillo: al conducir una moto, al igual que en otros aspectos de la vida, no es bueno permanecer todo el tiempo en la zona de confort. Es útil y saludable mantener cierto punto de atención consciente. Y en el caso que nos ocupa, aprendí que frecuentar el mismo límite de la zona de confort no es una cuestión de estímulo o de desarrollo, sino de conservar la vida. Ahora no sólo soy mucho más prudente cuando voy en moto, sino que he extrapolado este aprendizaje a mi profesión. Aunque me sepa de memoria un taller, aunque haya practicado hasta la saciedad las dinámicas que lo componen, aunque conozca profundamente la filosofía de la empresa cliente, me lo repaso, lo ensayo mentalmente de arriba a abajo; no vaya a ser que algo no previsto me haga irme al suelo de repente.

3. UN HÁBITO ES SÓLO UN SISTEMA QUE EMPLEA EL CEREBRO PARA AHORRAR ENERGÍA. ES PERFECTAMENTE POSIBLE SUSTITUIRLO POR OTRO.

Por encima de cualquier otro logro o consideración, 2016 ha sido para mí el año de la reconciliación con mi cuerpo.

Nunca he sido un tipo deportista, una de esas personas que cuando no están jugando al fútbol están subiendo una montaña o practicando windsurf, porque no saben quedarse quietas. Mis aficiones, desde muy niño, fueron mucho más intelectuales o emocionales que físicas; aún me recuerdo, con siete u ocho años, sentado en un extremo del patio del colegio conversando con los compañeros más gorditos de la clase, aunque yo no lo fuera, lejos del bullicioso caos -y de los tremendos balonazos- de los partidos de fútbol de siete clases distintas que compartían el mismo campo de juego y la misma portería a la hora del recreo. Yo era un crío tranquilo, sedentario, nada competitivo; jamás entendí la gracia que tenía matarse por conseguir el balón, y me resultaba mucho más estimulante charlar con mis amigos acerca del último episodio de Mazinger Z o sobre cualquier otra cosa que volver a casa con tres puntos en la ceja.

A eso de los trece años comencé a practicar karate, un arte marcial por entonces poco implantado aún en España, y fue casi más por la insistencia de mi padre que por propio convencimiento. Lo cierto es que se me dio bien, así que con el paso de los años fui consiguiendo cinturones negros y trofeos, además de alguna lesión. Pero, aunque técnicamente fuera bueno, nunca me gustaron la competición ni el combate. Por ejemplo, la sensación de angustia y la tensión generadas por la expectativa de las peleas, aunque éstas estuvieran limitadas al tatami, solían provocarme fiebre la noche antes de un campeonato.

Quizás por ello o por agotamiento físico o mental después de millones de golpes de puño y de pierna, dejé el karate a los veinticuatro años. Y, desde entonces, mi vida deportiva puede definirse como una sucesión de intentonas; a veces, de recuperar la forma física apuntándome a gimnasios para luego no ir; y a veces, de eliminar los kilos de grasa acumulados en la cintura haciendo dietas milagrosas que, una y otra vez, me devolvían al frustrante punto de inicio tras un año de privaciones.


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