¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School