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¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

¿Por qué es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado?

Es innegable que vivimos momentos en donde el “frente de batalla”, representado por la encomiable y titánica labor que están llevando a cabo nuestros sanitarios, no sólo se libra en nuestros hospitales, sino también en el mundo de la información: redes sociales, periódicos, televisión y una larga lista de medios luchan entre sí por dar una visión certera de la narrativa de lo que acontece.

Es innegable que las redes sociales han facilitado democratizar la información, pero también la mentira: información y desinformación, verdad y posverdad se encuentran entreveradas de la misma manera que “el tocino y la carne del jamón”, como diría un buen amigo mío. Se nos alienta a no compartir información que no sea “contrastada” y se nos alerta de los posibles bulos, pero no se nos estimula a desarrollar un criterio más preciso sobre la información existente. Culpar a los demás se convierte en la munición predilecta en el frente informativo; sin embargo, esto nos elude de nuestra responsabilidad a la hora de crear significado.

Más que nunca, nuestra capacidad para construir con sensatez una comprensión certera del mundo que nos rodea es vital para poder lidiar de manera efectiva con los diferentes escenarios que estamos gestionando y que nos tocará gestionar en el futuro. En estos tiempos, ser crítico es extremadamente fácil, pero construir nuestros pensamientos y juicios con criterio se convierte en algo tremendamente difícil. El pensamiento crítico y las habilidades necesarias para ello son totalmente fundamentales y no únicamente una actividad reservada para los intelectuales o las pretendidas fuentes de autoridad, ya sean éstas políticas, científicas o académicas.

El título con el que abro este artículo, frase del escritor y humorista norteamericano Mark Twain, puede arrojar algo de luz sobre esta dificultad que tenemos como seres humanos para pensar de forma crítica -no confundir con criticar- acerca del mundo y de nosotros mismos. En primer lugar, hemos de partir de la base de que la mayor parte de nuestros juicios y opiniones no son propios, sino herencia del pensamiento social que hemos incorporado: padres y familiares, educación formal, entorno cercano, medios de comunicación, etc. Esto significa que cuando hacemos “nuestras” las ideas, en gran medida son el fruto de reflexiones elaboradas por otros, y se nos entregan como “producto acabado”.

El proceso educativo formal que seguimos desde nuestra más tierna infancia es un buen ejemplo de ello: la edificación del conocimiento y la comprensión no se basa tanto en la reflexión, experimentación directa y construcción de significado por nosotros mismos, como en la memorización y aceptación de la autoridad académica. Así que nos entrenamos a lo largo de muchos años a seguir las ideas de otros, acatándolas y concluyendo que existe una respuesta correcta o incorrecta basada en la valoración de esas fuentes externas.

En la medida en que nos vamos haciendo adultos, comenzamos a confrontar esas ideas “enlatadas” con las nuestras -o, más bien, las que pensamos que son nuestras-. Sin embargo, para entonces nuestros sesgos ya están instalados y forman parte de nuestro modelo del mundo. Pasan a ser “las gafas” desde las que observamos la realidad. Podemos definir este modelo del mundo como el conjunto de juicios, percepciones, creencias, valores y paradigmas que conforman nuestro pensamiento, y que reflejan el conocimiento que tenemos acerca de nosotros y del entorno que nos rodea.

Como seres humanos, cuando nacemos no sabemos nada, no tenemos instintos imbricados o armas de defensa natural como sí tienen otras especies. Dependemos íntegramente de lo que nos enseñan los demás para nuestra supervivencia. Como diría un antiguo profesor de filosofía: “Somos como un lienzo en blanco sobre el que dibujan otros que no somos nosotros”. Sin embargo, esto no es totalmente cierto; también hay un alto grado de autoría por nuestra parte a la hora de construir conocimiento. Empezamos a experimentar el mundo directamente; inicialmente desde el movimiento físico y la exploración del espacio, aprendiendo a identificar que esa “cosa” que está flotando por encima de nuestra cabeza y que podemos agarrar con nuestras manos, es nuestro pie, nuestros dedos, etc. Es un proceso apasionante, donde cualquier estímulo se convierte en novedad que tenemos que procesar.

Poco a poco, aprendemos a identificarnos con elementos y a separar lo que somos nosotros de lo que es simplemente el espacio y los objetos de nuestro entorno. Es decir, vamos construyendo nuestro sentido de identidad. Es un proceso lento, pero progresivo.

No hay un consenso unánime de cuándo se produce eso que llamaríamos “yo”, pero podríamos decir que se conforma en nuestros primeros años de vida.  Lo importante es que ese mismo proceso lo seguimos no sólo con el “mundo físico”, sino también con el mental: aprendemos a identificarnos con las ideas que vamos generando y recibiendo, asumiéndolas como parte de nosotros, lo mismo que nuestros pies o nuestras manos. Nos comprometemos con ellas buscando una verificación en el mundo que nos las valide. Y, una vez confirmadas, concluimos en que estamos en lo cierto y que lo correcto es “nuestra visión”.

No pretendo ser exhaustivo en la explicación de este proceso, pues en él intervienen muchas habilidades de pensamiento -deductivo, inductivo y abductivo-, pero sí que nos sirve de punto de partida para comprender la pregunta con la que abríamos el artículo: una vez que asumimos una idea, “depositamos” parte de nuestra identidad en ella, y por ende comprometemos nuestra autoestima y autopercepción. Aceptar que no estamos en lo cierto supone, en cierta medida, una “herida narcisista”. Nuestro ego se convierte en algo frágil y quebradizo como el cristal de una vidriera, que puede verse amenazado y dañado por visiones diferentes. Es más, si asumimos que lo que pensamos está equivocado, nos arroja muchas veces al conflicto de tener que hacer algo al respecto. Algo que nos saca de nuestra consabida “zona de confort”.

De ahí que, si aceptamos como ciertos una conclusión, un ideal, o una opinión, no solemos someterlos a escrutinio o, al menos inconscientemente, evitamos cuestionarlos, buscando contraejemplos de ellos. Esto empobrece mucho nuestro proceso de pensamiento, ya que renunciamos a poder pensar más certeramente, en pos de mantener protegida nuestra autoestima. Buscamos verificación, pero no buscamos falsación.

En la era de la sobreinformación en la que vivimos, la falsación se convierte en un elemento tan importante como la verificación. Verificar y falsar son dos procesos claves del pensamiento científico. Según Wikipedia, la “falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan”. Es uno de los pilares del método científico: toda proposición científica, para que la consideremos como válida, debe ser susceptible de ser falsada o refutada.

Es el conocido criterio de demarcación de Karl Popper -por cierto, bastante mal utilizado por algunos-.

No estamos acostumbrados a utilizar este tipo de pensamiento de manera cotidiana cuando inferimos juicios y conclusiones: sencillamente buscamos verificación, depositando crédito en nuestra “cuenta de ahorros emocional“. Pero nos deja muy vulnerables a la hora de poder construir una comprensión precisa y certera de la realidad.

Más que nunca necesitamos alentar ese “pensamiento científico”, pues no sólo corresponde al investigador de bata blanca encerrado en un laboratorio; sino que forma parte de la capacidad -compartida como especie- que tenemos de razonar y dar sentido al mundo que nos rodea. Hemos de tratar de dar la vuelta a la tortilla de nuestros propios argumentos, contrastarlos, fundarlos y dudar de ellos. La duda productiva es una excelente herramienta de pensamiento, como bien nos demostró Descartes hace ya cuatro siglos. La certeza es un mal punto de destino, por que una vez que asumimos algo como cierto dejamos de explorar.

Como niños no paramos de explorar, es la actividad en la que nos involucramos al 100%. Por desgracia, vamos adormeciendo esa facultad -de las pocas innatas que tenemos- a medida que nos hacemos adultos. Alguien podría argumentar que ya bastantes preocupaciones tenemos para preocuparnos también de la calidad de nuestro pensamiento, pero es precisamente por éste por lo que experimentamos muchos de nuestros problemas cotidianos.

Como decía el biólogo y filósofo Gregory Batenson, “los problemas que vivimos como especie es en gran medida el resultado de la diferencia entre cómo funciona el mundo    -realmente- y cómo pensamos nosotros que funciona”.

Ser libre no sólo implica podernos desplazar a donde queramos -algo de lo que no disponemos en estos momentos de confinamiento-, sino también poder llevar nuestro pensamiento más allá de nuestros apriorismos, de lo que nos parece obvio, plausible o razonable, sometiéndolo a escrutinio y no sólo a la verificación de nuestros ideales o la de los demás.

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School

 

 

 

Presentación taller virtual OMNI-líder

Presentación Taller virtual OMNI-Líder: los cuatro pilares que redefinen el liderazgo

Los nuevos tiempos requieren nuevos líderes. Por eso, queremos contribuir presentando una manera disruptiva de entender el liderazgo: el concepto de OMNI-Líder. 

Si quieres conocer de primera mano en qué consiste este nuevo y necesario perfil y la forma de poder integrarlo en tu organización, no te pierdas el taller-presentación virtual y abierto que hemos preparado para ti.

Para poder inscribirte en este evento gratuito es imprescindible enviar un correo electrónico con tus datos a info@LearningforResults.com.

Fecha:

– Jueves 4 de junio de 2020 – 11:30 h Central European Summer Time (CEST)

Duración: 90 min

Formato: Taller virtual

Recuerda que tu solicitud no podrá será procesada si no recibimos un correo electrónico con tus datos a info@LearningforResults.com. En breve recibirás un información para poder seguir el taller en directo. ¡Te esperamos!

Enviar correo para inscribirse +Info

 

Tú eliges Jaime Bacás

Tú eliges

Eres libre. Puedes elegir lo que quieras en todo momento.

Las elecciones que realizas siempre conllevan consecuencias.

A veces las consecuencias esperadas condicionan tu elección, en el sentido de confirmarla o rechazarla.

Pero no lo olvides, también eres libre para aceptar o rechazar esas consecuencias.

Si estás de acuerdo con los párrafos anteriores, aceptarás que eres el único responsable de la vida que estás viviendo. ¿Sí?

Si tu respuesta ha sido negativa, puede que te interese seguir leyendo. Si por el contrario ha sido afirmativa, mejor abandona esta lectura y busca otra más interesante.

Todo lo que sucede en el mundo es neutro

Sí, no es ni bueno ni malo. Todo lo que sucede carece de significado.

El significado se lo das tú.

El significado -la valoración que haces de lo que sucede- depende de lo que has elegido creer, lo que has elegido valorar, lo que has elegido que te interesa, el significado que has elegido de las experiencias vividas…

Las personas que han elegido otras diferentes asignan, por tanto, un significado distinto al mismo evento.

Por esa razón lo que acontece no es bueno o malo. Es bueno o malo para ti y para las personas parecidas a ti, digamos para tu tribu o grupo sociológico.

Entender, comprender y aceptar los párrafos anteriores es clave para ejercer conscientemente tu libertad y para hacerte responsable de ella.

Que muchas personas crean lo mismo no lo hace verdadero

En efecto, porque no lo es para muchas otras. Y no lo es porque las creencias, intereses, etc. de esas otras tribus son diferentes.

Escojo un ejemplo extremo, la pandemia actual por coronavirus.

Un pequeño porcentaje de la población está siendo afectada directamente por esta nueva enfermedad, y otro aún menor por la muerte. Otro, más grande, se está viendo afectado indirectamente en su movilidad y en su economía.

En ambos casos está generando situaciones que algunas personas consideran desastrosas, como miedo, dolores, enfermedad y muerte.

Pero también hay un gran porcentaje de personas que no experimentan lo anterior. Incluso les está beneficiando. Por ejemplo, las personas y empresas de los sectores farmacéutico, logístico, entretenimiento y comunicación online. Por no mencionar los individuos y organizaciones cuya profesión es invertir en la compra de empresas que están perdiendo gran parte de su valor en bolsa.

“Esta pandemia que tantos interpretan como desastrosa es beneficiosa para muchos otros”

Sí. Todo lo que sucede en el mundo es neutro, no tiene ningún significado, no es bueno ni malo.

Eres tú el que le das un significado. Decimos que es un desastre cuando las consecuencias nos perjudican, o nos alegramos cuando nos benefician.

Es el significado que asignamos al mismo evento el que genera sufrimiento en unos y felicidad en otros.

Cada uno de nosotros somos responsables de los sentimientos que generamos. Eres el dueño de tus sentimientos. El bichito no es el responsable.

La pandemia es un evento neutro, que unos viven con miedo y dolor, y otros con felicidad.

El mundo no es el barrio donde vives

El ser humano es tribal. Nos gusta vivir rodeados de personas con gustos, mentalidad y apariencia parecidas a la nuestra. Cada uno de nosotros tenemos nuestra tribu. Nos resulta cómodo.

Tenemos noticia de que hay otras tribus, raras ellas. No solemos interactuar con personas del barrio de al lado, de la otra tribu.

El mundo es un lugar en el que habitan personas que viven en otros países y continentes, y en la mayoría de ellos tienen mucho menos que las tribus más desfavorecidas del nuestro. Algunas incluso nada.

“Tu sufrimiento viene determinado por las creencias, valores, intereses que has elegido tener y sostener”

Sí, hay personas que no tienen nada. Personas que no tienen acceso a nada, ni siquiera la posibilidad de robar algo para subsistir.

Me refiero a los seres humanos que tú y yo no queremos ver ni saber nada de ellos. Personas que si pudieran se cambiarían por el más desfavorecido de nuestro país, ahora mismo. Estarían encantadas de tener la oportunidad de arriesgarse a esta pandemia, en cualquiera de nuestros barrios.

Apego y desapego

Algunas enfermedades generan dolores físicos en el paciente, que pueden aliviarse en países como el nuestro.

Sin embargo, es mayor, y afecta a muchísimas más personas, el sufrimiento por el amigo o familiar que está enfermo o ha fallecido.

El sufrimiento es un sentimiento inútil. No genera ningún resultado positivo y sí negativos, como el victimismo.

El sufrimiento es un juicio que generas acerca de lo que está pasando.

Muchas personas suelen sufrir cuando tienen miedo, por ejemplo, a perder salud, nivel de vida, trabajo, propiedades.

El significado que le das a la pérdida –y a la ganancia- viene determinado por las creencias, valores, intereses, que has ido coleccionando y elegido mantener.

Observa cómo, si los cambiases por otros que no primen el apego de esos elementos, dejarías de sufrir.

Cualquier cosa que quieras conservar puede generarte el miedo a perderla, y el sufrimiento si ello sucede.

“Eres el responsable de tu sentimiento de sufrimiento o felicidad”

Sólo sufren los que tienen. Los que no tienen nada que perder no sufren.

Y tampoco sufren algunos de los que tienen algo y saben que están de paso. Que lo que consiguen en su vida es un préstamo. Saben que cuando termine su viaje se irán, como todos, con las manos vacías.

Apego y desapego por las cosas es una elección, determinada por tus creencias, valores, intereses…

Conclusión

Eres libre para elegir las creencias, valores e intereses que prefieras y, por consiguiente, eres responsable de las consecuencias de tu elección.

Si en algún momento las consecuencias no te satisfacen, sólo tienes que hacer uso de tu libertad y elegir otras que generen las consecuencias que prefieras.

Eres el único responsable de la vida que estás viviendo… y recuerda, sólo tienes ésta.

Eres libre.

Tú eliges.

“Culpar a otro de algo es desempoderante. Cuando buscas razones externas para explicarte tu disgusto o frustración colocas el foco fuera de ti. Puede que te sientas victorioso si consigues que el otro se sienta culpable. Sin embargo habrás fracasado en cambiar lo que hace que te sientas disgustado.” – Brigida Coolidge

Jaime Bacás, socio de Atesora Group

 

 

Presentación taller virtual OMNI-líder

Presentación Taller virtual OMNI-Líder: los cuatro pilares que redefinen el liderazgo

OMNI-Líder: Los cuatro pilares que redefinen el Liderazgo

Las circunstancias que estamos viviendo han acelerado de forma imprevista la evolución socio-tecnológica que se esperaba para los próximos años. Lo que hasta hace poco tiempo parecía ser un escenario coyuntural se ha convertido en un contexto permanente, que nos está obligando a adoptar nuevas reglas que rigen no sólo el comportamiento en las Organizaciones, sino en la Sociedad en su conjunto.

Si el mundo está cambiando y las empresas también, los líderes necesitan redefinirse para dar respuesta a los nuevos desafíos. Desde esta premisa, queremos contribuir presentando una manera disruptiva de entender el Liderazgo: el concepto de OMNI-Líder.

Objetivos:

• Tomarás consciencia acerca de por qué el modelo de liderazgo existente hasta 2020 ha dejado de tener vigencia, y necesita una re-evolución
• Entenderás cómo la integración de los escenarios personal, profesional y social exige unas habilidades de autogestión y liderazgo permanentes y en múltiples dimensiones
• Conocerás los cuatro pilares que proporcionan estructura, coherencia, flexibilidad e integración al OMNI-Líder
• Te presentaremos cómo operativizar el concepto de OMNI-Líder en tu Organización mediante un Programa modular, escalable y multi-formato

Fecha:

– Jueves 4 de junio de 2020

Horario:

– 11:30 h Central European Summer Time (CEST)

Duración: 90 min

Formato: Taller virtual

Invitación exclusiva para RRHH. Plazas limitadas a 20 participantes

Enviar correo para inscribirse +Info

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Me tengo que conectar un rato después de acostar a los niños que no me ha dado tiempo a terminar el informe, “con tantos Skype y Zoom hoy no he tenido un minuto para revisar mi correo”, “Hoy voy a comer delante del ordenador aprovechando que tengo más tiempo ya que mis hijos duermen la siesta”. Sé sincero: ¿cuántas veces has oído o has pronunciado alguna de estas frases en las últimas semanas?

Y es que, aunque son muchos los beneficios asociados al trabajo en remoto (aunque en muchos casos ha sido improvisado por las compañías, con el consiguiente perjuicio de aquellos trabajadores que lo ‘sufren’), cada vez son más los expertos que hablan de las trampas del teletrabajo.

Muchos aseguran que detrás del éxito de esta fórmula tan poco arraigada en nuestra cultura española (hasta ahora) son horas extra no remuneradas, ansiedad e incluso problemas de gestión. Resulta llamativo que pese al ahorro de tiempo en el traslado (que puede ser de más de dos horas al día en las grandes ciudades), la mayoría de los profesionales que teletrabajan a causa del COVID-  19 se lamentan también de que no pueden completar sus tareas porque no les da tiempo.

Afortunadamente hay recetas que se pueden aplicar para este tipo de productividad en remoto y que hoy queremos compartir con vosotros gracias a este oportuno y brillante artículo de Jaime Bacás, socio fundador de Atesora Group, que hoy cuenta con más vigencia que nunca. ¿Leemos juntos esta buena noticia en forma de cambio de hábitos y empezamos a dejar de ‘elegir’ quejarnos de la falta de tiempo?

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Seguro que lo has escuchado o leído en alguna ocasión. Sí, Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Thomas Edison, Nelson Mandela o la madre Teresa de Calcuta son algunos de los personajes que se citan por haber alcanzado grandes y célebres logros para señalar, inmediatamente a continuación, que todos ellos – igual que tú – disponen de un mismo recurso: 1.440 minutos cada día.

De esta forma suelen comenzar los cursos basados en la gestión eficaz del tiempo. Saber que dispones del mismo recurso que esas celebridades parece alentador y por un momento puedes sentirte capaz de alcanzar logros similares.

A tu rescate puede aparecer el descubrimiento de que tu valía no se mide por lo cerca que tus logros estén de los de ellos sino, más bien, por tu determinación para ser hoy un poco mejor que ayer. La carrera no es contra los demás (amigos, familiares o compañeros), es sólo contra ti. De esta forma puedes ganar todos los días. Y lo más importante es que sólo dependes de ti.

No te dejes engañar por el tiempo

Nuestra ancestral obsesión por el tiempo se cimenta en nuestra certeza de que nuestra vida es finita y, sobre todo, en nuestra incertidumbre de que no sabemos cuál será su duración. Por eso no es de extrañar que las personas que por alguna circunstancia ya conocen cuál será su caducidad, o las que viven alguna experiencia que les muestra con crudeza su fragilidad, invariablemente reaccionan modificando significativamente sus valores y creencias, lo que se traduce en nuevas actitudes, intereses y comportamientos.

En el ámbito laboral el recurso tiempo sirvió para crear el término productividad: número de chismes producidos por unidad de tiempo. Si la empresa A producía veinte chismes por persona y día y la B sólo diez, significaba que A era el doble de productiva que B. La referencia al tiempo y a las personas tenía sentido en aquella economía de producción industrial tan dependiente de ellos.

Tantísimos años de influencia han supuesto un enorme influjo en nuestra educación y, así, seguimos creyendo que el tiempo es la principal variable o recurso de lo que podemos llegar a conseguir. La influencia que ejerce este concepto en nuestras vidas finitas es enorme, como lo atestigua nuestro lenguaje.

El tiempo – más concretamente su falta – te sirve para justificar lo que no has logrado (“no he tenido tiempo”). También los compromisos que no te atreves a establecer (“si tuviera tiempo lo haría”), o lo que no vas a hacer (“no tendré tiempo”). Observa, además, que empleas el verbo tener, que denota posesión. Estás convencido de que, realmente, posees el tiempo y que, por tanto, puedes gestionarlo, es decir, gastarlo o aprovecharlo.

Y sin embargo no deja de ser un autoengaño, porque lo que ciertamente sucede es que el tiempo pasa invariablemente, sin que puedas hacer nada.

A veces te confunde la diferente perspectiva del tiempo objetivo (kronos) y el subjetivo (kairos), que te hace sentir que a veces avanza muy despacio y otras demasiado deprisa. Y, entonces, te sorprendes y preguntas por qué tu productividad es en ocasiones tan baja o elevada.

Si el tiempo no es el elemento referenciador principal de la productividad ¿cuál lo es entonces?

Los procesos de coaching y talleres que desarrollo no podían ser una excepción. En ellos aparecen, siempre, las explicaciones a la falta de tiempo como la causa principal de que el individuo no haya conseguido determinados logros esperados por sus jefes o por él mismo.

El individuo, invariablemente, se siente frustrado. Quiere sinceramente conseguir el logro, se ha esforzado duro… pero ha fracasado… y no ha sido por su culpa, sino porque no ha tenido tiempo. Está convencido de que podría haberlo conseguido si hubiera tenido más.

Se trata de una respuesta tranquilizadora, victimista y desempoderante: “no hay nada más que pueda hacer… está claro, no tengo tiempo suficiente”.

Todos y cada uno de los días decimos y escuchamos esta frase a todos los empleados y jefes de la empresa. Por tanto – concluimos – es verdad, porque todos no podemos estar confundidos. Si todos lo decimos es que el mundo es así. No es mi culpa.

Se trata, sin duda, de una creencia universal que sólo tiene un pequeño inconveniente: es una creencia limitante.

A diferencia de las creencias poderosas que te dan más poder, las creencias limitantes te lo quitan… limitan tus posibilidades de conseguir.

Así que lo que puedes elegir es cambiar tu creencia y, así, darte permiso para poder cambiar tus acciones y, ahora sí, poder lograr.

Descubrirás con asombro y preocupación… que no puedes gestionar el tiempo… pero que (y estas son las buenas noticias) sí puedes gestionar lo que haces… es decir, tus acciones.

Este descubrimiento, que al principio suena a juego de palabras, deviene transcendental a la hora de plantearte el cambio de creencia que, como ya sabes, es la puerta de acceso al cambio de resultados.

Cuando dejas de intentar gestionar lo que no puedes (el tiempo) porque es externo a ti, y te ocupas en gestionar lo que sí puedes – tus acciones – porque son internas y tu dispones del control total sobre ellas, entonces aparecen delante de ti, como por arte de magia, dos elementos constitutivos de las acciones en los que antes no mostraste demasiado interés: tu atención y tu energía.

De hecho aparecen algunos más, pero esos dos serán los más relevantes y efectivos. A partir de este momento se despliega delante de ti el acceso al desarrollo imparable de tu respons(h)abilidad.

Gestionar eficazmente tus acciones se refiere, pues, a gestionar tu atención – tu habilidad para seleccionar la acción más relevante (que añade valor) entre la enorme oferta que compite por ella – y tu energía – tu habilidad para mantener tu atención en la acción elegida hasta completarla. Se trata de dos recursos limitados pero que sí puedes gestionar, es decir, puedes recargarlos y dosificarlos (lo que no puedes hacer con el tiempo)

La paradoja saber – hacer

Entender lo anterior es muy simple. Hacerlo es muy difícil.

La mayoría de las personas no son conscientes de la diferencia entre saber o entender una habilidad y desempeñarla, porque desconocen cómo se forman los hábitos. Creen que el simple hecho de saber algo les permitirá hacerlo. Cuando se dan cuenta de que eso no funciona así suelen inferir que lo que han conocido o aprendido está equivocado y que lo que necesitan es aprender otra cosa… y así caen en el hábito inefectivo de la infoxicación.

Mi recomendación para ti: toma la determinación de suspender tu infoxicación durante los próximos 21 días, es decir, deja de consumir más información. En su lugar elige concentrar tu atención en cambiar alguno de tus hábitos más inefectivos, sustituyéndolos por otros más efectivos. El día 22 escribe los beneficios que has logrado… y no olvides felicitarte y celebrarlo.

“Tu actitud, no tu aptitud, determinará tu altitud.” – Zig Ziglar

Jaime Bacás, socio de Atesora Group.

Artículo escrito originalmente en 2008 para Senderos de Productividad