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¿Podemos mejorar nuestro rendimiento?

¿Podemos mejorar nuestro Rendimiento?

Michael Jordan en un partido oficial de la NBA lanzó un tiro libre que provocó la admiración de todos los espectadores por la forma en que lo realizó. En el segundo lanzamiento de una falta personal recibida, cogió la pelota, realizó su rutina habitual anterior, cerró los ojos y, para sorpresa de todos, lanzó con los ojos cerrados. Si tienes la oportunidad de ver esta jugada, quedarás fascinado de la naturalidad en cómo realizó el lanzamiento sin tener la referencia visual del aro.

Si bien lanzar un tiro libre es una acción tan habitual para un jugador de baloncesto, algo que realiza en infinidad de ocasiones durante su carrera profesional, tan solo Jordan ha tenido la osadía de hacerlo con los ojos cerrados. Sin restar importancia a su don natural para jugar al baloncesto y a realizar jugadas imposibles para la gran mayoría de jugadores, en este caso en particular me parece algo que cualquier otro jugador podría haber hecho, ya que la acción no tiene una gran dificultad mecánica en sí misma.

En otras palabras, el don de Jordan no fue la principal causa que explica esta acción, sino su motivación para ser el mejor. Realizar un tiro libre con los ojos cerrados requiere haberlo repetido tantos miles de veces para interiorizar el mecanismo que no sea necesario mirar el aro antes de lanzar el balón. Jordan dedicó muchas horas a entrenar, seguramente era el que más horas pasaba repitiendo una y otra vez sus lanzamientos, y lo hacía principalmente motivado para mejorar su rendimiento. Parece un contrasentido que el jugador con más talento es el que dedique más tiempo al aprendizaje y a la mejora de sus habilidades.

Timothy Gallwey, uno de los gurús del coaching moderno, en su teoría del Juego Interior permite comprender este ejemplo de cómo mejorar y transformar nuestras acciones a través del aprendizaje. Considera que entre la percepción y el resultado de una acción (a la que denomina Yo2) hay una interpretación (a la que denomina Yo1). El Yo2 es todo nuestro Potencial, nuestro Talento, la ejecución de forma natural, y el Yo1 es nuestra parte más racional, interpretativa, la consciencia, nuestra capacidad de enjuiciar y dar órdenes a nuestras acciones. Para que una acción que realizamos sea lo más exitosa posible, considera que los dos Yo han de estar en equilibrio, lo que se consigue cuando el Yo2 no recibe distorsiones del Yo1. Las distorsiones pueden aparecen durante las cuatro fases del ciclo de una acción, que denomina Ciclo de Autointerferencia: la Percepción anterior a la acción, la Respuesta que realizamos, el Resultado que obtenemos y la Autoimagen que nos creamos. Estas interferencias influyen directamente en los comportamientos que realizamos; cuantas menos distorsiones tengamos, mejor será nuestra acción.

Para mitigar estas distorsiones y ejecutar un cambio conductual exitoso, el aprendizaje se debe desarrollar sobre tres principios:

– Conciencia imparcial: el Yo1 no realiza juicios, ni positivos ni negativos, durante la acción.

– Confianza: el Yo1 confía en la ejecución del Yo2.

– La Elección del aprendizaje es decisión de la propia persona.

Con estas premisas, el aprendizaje nos permitirá realizar los cambios conductuales de forma exitosa.

Y concluye la teoría con una fórmula: el Rendimiento de una Acción es el resultado del Potencial (Yo2) de una persona menos las Interferencias (Yo1) propias generadas.

Si aplicamos esta fórmula al ejemplo que hemos comentado al principio del artículo, podemos afirmar que Michael Jordan tuvo un Rendimiento muy alto (su porcentaje de aciertos en tiros libres durante su etapa en la NBA estuvo por encima del 82%) como resultado de su gran Potencial/Talento y un bajo nivel de Interferencias internas.

Si trasladamos al mundo de la empresa estos mismos principios, podremos ver algunas singularidades características. Al pertenecer cada persona a una organización, las interferencias que se generan se pueden agrupar en tres categorías:

– Interferencias Internas: están muy relacionadas con las anteriormente expuestas como Yo1, es decir a las de la propia persona.

– Interferencias Externas Inmediatas: son las referentes al entorno social y al rol y status del colaborador. También se incluyen los juicios que las otras personas hacen sobre una persona, y que afectan a su comportamiento.

– Interferencias de Cultura Empresarial: hacen referencia al entorno cultural y a las formas de actuar, tanto formal como informalmente, de cada compañía. En una organización con una cultura más autoritaria o jerárquica, donde los errores se penalizan, las interferencias serán diferentes a una cultura de empresa más abierta, donde los errores no sean penalizados.

Para conseguir un alto Rendimiento de nuestros colaboradores es importante tomar consciencia de estas interferencias, con objeto de realizar programas de desarrollo más efectivos.

En algunas empresas hemos observado a profesionales que son vitales para el éxito de la compañía, pero que no entrenan sus comportamientos. Por ejemplo, es difícil que un comercial que no entrena sus habilidades de negociación, de rapport, de comunicación o de liderazgo pueda mejorar su Rendimiento comercial. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que alguien le ha dado feedback de su comunicación con el cliente, de su escucha, de sus habilidades de negociación o de influencia? Si un equipo comercial realiza aprendizajes sistemáticos para mejorar sus Habilidades, será objeto de menos Interferencias, lo que le permitirá optimizar su Rendimiento y conseguir mayores éxitos.

Afortunadamente existen muchas formas para entrenar nuestras habilidades; a través de role playing, recibiendo feedback de observadores externos, programas de Mentoring, talleres específicos para desarrollar habilidades conductuales concretas, procesos de coaching… Si no tienes clara cuál es la que tu equipo necesita, un experto puede aconsejarte al respecto.

Y, para terminar, no debemos olvidar un aspecto que hemos comentado anteriormente y que resulta también clave para conseguir perfeccionar nuestras habilidades: lo ideal es que la elección de las mejoras de cambio conductual sea realizada por la propia persona. Con el uso de este principio andragógico conseguiremos una mayor vinculación, y la motivación necesaria para que cada persona elija desarrollar su propio cambio conductual.

¡Feliz Rendimiento!

Miquel Pocurull. Director General de Atesora Group.

 

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Éxito sobre dos ruedas

Cuando en alguno de los talleres que tengo el honor de facilitar los participantes me piden bibliografía, suelo recomendar como lectura obligatoria “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, del tristemente fallecido Stephen Covey. Da igual cuál sea la temática del taller, probablemente los puntos clave o las palancas de movilización ya fueron contempladas por su autor allá en 1989, fecha de la primera edición de la obra.

No es un libro fácil de leer, ni satisface a todo el mundo. No es de extrañar, porque es denso y exige mucha interiorización; a veces requiere releer dos o tres veces sus párrafos para captar toda la esencia que encierran y adaptarla al mismo tiempo a la trayectoria vital de cada uno. Y eso es un esfuerzo inadmisible para muchas personas que confunden “leer” con “leer tweets”, o que se creen que han aprendido Historia a base de tragarse sin el menor juicio crítico las alucinaciones del Código da Vinci y demás novelas pseudohistóricas. “Los 7 hábitos” no es una lectura de cabecera, es para tomárselo con tranquilidad y dedicarle el tiempo adecuado. Hay que beberlo a sorbitos, no a tragos.

Este libro, considerado la obra de management y autoayuda más influyente de todo el siglo XX, propone un camino de siete peldaños para ascender desde la posición más desvalida (dependencia total de otras personas, ya sea física, intelectual o emocionalmente hablando) hasta la mayor de las satisfacciones (utilización de la propia independencia para conectar y entrelazarnos con el resto de los seres humanos, es decir, vivir felices de forma interdependiente). No voy a extenderme sobre cuáles son esos peldaños ni cómo funciona el método, prefiero dejar a la curiosidad del lector el trabajo de profundizar, si así lo desea. Las fuentes son abundantes y fáciles de encontrar. Pero sí quiero comentar con vosotros una reflexión personal, que surgió de conectar mi anual semana de ruta en moto con los principios fundamentales que dieron origen al libro, y que el propio Covey explicó muy bien en sus videos.

La idea germinal de esta -a mi juicio- obra maestra se remonta a 1976, cuando, con motivo de la publicación de un estudio sobre el concepto de éxito, el autor se propuso investigar lo que dicho concepto significaba tradicionalmente en la mente del estadounidense medio; no olvidemos que éxito puede significar cosas muy variadas dependiendo de para quién (por ejemplo, para una persona tener éxito podría equivaler a ganar mucho dinero, mientras que para otra puede significar criar y educar a sus hijos, para otra más ocupar una posición de poder e influencia y para una última disfrutar de las oportunidades para desarrollar en la vida su máximo potencial intelectual o creativo). Así que decidió consultar artículos, libros y referencias de la literatura de su país para ver cómo se había abordado este tema históricamente. Y pronto se encontró con algo que cualquiera de nosotros que tenga una cierta edad podría corroborar.

Resulta que la mayor parte de las obras que habían sido publicadas antes de los años 60 del siglo XX coincidían en relacionar el éxito de una persona con los valores tradicionales, inculcados a través de los siglos: ser ético, honesto, trabajador, madrugador, confiable, ahorrador, sincero, etc. se consideraba universalmente el camino directo para llegar a ser alguien “formal y de provecho”. Seguro que alguno de vosotros está escuchando en este momento a sus padres y abuelos, igual que yo.

Pero, como si de una línea en el suelo se tratara, la literatura posterior a esa fecha vinculaba el éxito más bien con herramientas de ámbito social y relacional; saber cómo negociar y obtener beneficios rápidos, ser un orador convincente, utilizar mecanismos de influencia con los otros, liderar carismáticamente y otras habilidades similares pasaron a ser consideradas por la sociedad, o al menos por el mundo empresarial, como más útiles y efectivas para conseguir el éxito profesional y, por extensión natural en la época de los yuppies y el workaholismo, en la vida del individuo.

En su particular búsqueda de lo que, parafraseando a Einstein, podríamos llamar la “teoría unificada del éxito”, Covey sostenía que ambos enfoques eran correctos, pero incompletos. Por ejemplo, todos conocemos personas profundamente éticas y de sólidos valores cuya vida transcurrió y acabó sin pena ni gloria; y también nos hemos topado con personajes hábiles y carismáticos pero profundamente vacíos, que incluso llegaron a ser repudiados por la sociedad de la que tanto se aprovecharon.

Lo bonito y original de “Los 7 hábitos” es cómo convirtió la evolución de una persona hacia el éxito en una figura parecida a un iceberg, en la que la parte enorme y sumergida tiene que ver con los valores y la solidez del sujeto (por eso el conseguir recorrer esta parte del camino constituye lo que llamó la “Victoria Privada”); y la parte visible (la “Victoria Pública”) está conformada por herramientas que permiten relacionarnos exitosamente con los demás, pero que se apoyan y fundamentan inexorablemente en los valores del individuo.

Este mes de agosto, como tengo por costumbre cada año desde hace algunos, me tomé una semana para recorrer una ruta en moto por alguna zona inhóspita de España. Es mi tiempo de pensar, de cargar energía en absoluta soledad y sin rumbo fijo, planificando cada noche qué camino voy a tomar y dónde voy a dormir al día siguiente. Y una semana a horcajadas sobre un motor, recorriendo carreteras perdidas, alojándome en habitaciones más que humildes y tomando café en el bar de la plaza de poblaciones minúsculas, da para unas cuantas reflexiones. Sobre lo divino, lo humano, y hasta sobre Stephen Covey.

¿Y por qué me vino a la cabeza este señor en concreto? Pues por tres cosas que detonaron dichas reflexiones.

La primera es el saludo que nos solemos hacer los motoristas cuando nos cruzamos en vías de doble sentido. Si no eres motero y en alguna ocasión vas detrás de uno en una carretera, verás cómo al cruzarse con otro ambos harán una señal de “V” con los dedos índice y corazón de la mano izquierda (si en ese momento está pulsando el embrague, también vale una ráfaga de luces o levantar el pie derecho de la estribera para agradecer al que te ha facilitado adelantarle, los tres gestos tienen el mismo significado). Dicen que el origen de esta señal se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados motorizados y los correos que iban y venían del frente se saludaban y deseaban buena ruta al cruzarse. Ahora no estamos en guerra, pero aún así dos individuos que no se conocen se desean un buen camino libre de sustos; es un gesto respetuoso y solidario no exento de cierto romanticismo, y me encanta saludar y ser saludado por alguien que no conozco al borde de un barranco en la Sierra de Albarracín. Es cierto que algunos maleducados no hacen la señal, pero la mayoría sí.

La segunda es la hospitalidad que dos grandes amigos me han brindado al alojarme varios días en su casa en la playa. Viajar sin rumbo da mucha libertad y permite vivir aventuras, pero uno siempre está expuesto a imprevistos, siendo el mal clima un clásico de agosto. Una inoportuna tormenta de verano que cubrió medio país me obligó a alterar la ruta de forma inopinada, y decidí cambiar la meseta castellana por la azulísima Costa Blanca. Aunque encontrar alojamiento en plena zona turística el mes de mayor ocupación de los últimos 15 años no es sencillo, encontré una habitación de alquiler en una casa preciosa, pero situada en un pueblecito de interior, a bastantes kilómetros de mi destino escogido. Aún siendo incómodo llegar a la playa desde allí, no era cuestión de rechazar la única oportunidad de dormir por un precio razonable, así que me quedé.

Después de descansar un rato, me acerqué -más bien debería decir “me alejé”- a la playa para cenar algo y localizar a un matrimonio de amigos que viven allí, y cuya compañía fue uno de los motivos que me llevaron a esa zona en concreto. Encontré a mis queridos Eduardo y Patricia exactamente donde esperaba hacerlo, y al no haberles avisado de mi llegada la alegría fue mutua y enorme por lo imprevisto de la visita. Ni que decir tiene que les faltó tiempo para ofrecerme su casa durante el tiempo que quisiera, y tampoco hace falta decir que yo acepté encantado la oferta tras cerciorarme de que no causaba más trastorno que el mínimo. Esto puede parecer de lo más obvio, y lógico en personas que se quieren y se encuentran, de hecho rechacé por motivos logísticos invitaciones similares de otros tantos amigos a visitarles en sus lugares de veraneo; pero en tiempos en los que todos vivimos centrados en nuestra comodidad y ocupados mayormente en la satisfacción de las propias necesidades y muy poco de las ajenas, el que diferentes personas me ofrezcan cariñosa y generosamente sus casas para que yo pueda disfrutar del verano en su compañía me enternece y me hace sentir muy agradecido a todos ellos. Y máxime cuando son anfitriones tan abiertos y flexibles como la pareja en cuestión. En cualquier caso, muchas gracias a todos los que os habéis ofrecido a acogerme en mis locos viajes.

La tercera reflexión fue consecuencia de un pequeño percance, afortunadamente sin consecuencia de ningún tipo. A media tarde de uno de los últimos días de mi viaje, me desvié ligeramente de mi camino para visitar una pequeña población turolense, minúscula en tamaño pero enorme en arquitectura e historia. Cuando circulaba a muy poca velocidad por la Plaza Mayor del pueblecito en cuestión, una furgoneta salió de una bocacalle de forma tan imprudente como veloz, lo que, unido al sol del atardecer en los ojos, me dio el susto de mi vida. Felizmente no pasó nada serio; ambos nos vimos y frenamos antes de chocar, pero la inercia de más de 350 kg y lo resbaladizo del piso de adoquines pulidos me impidieron detener la moto en seco, por lo que se me cayó sobre el lado derecho sin poderla sostener.

Sobresaltos aparte, lo que me hizo emocionarme fue la cantidad de gente que vino a ayudarme. Es cierto que la mayor parte eran personas que estaban tomando algo en la terraza del bar y fue justo delante suyo, pero también corrieron a socorrerme la camarera del mismo y varios conductores, además del de la furgoneta y la chica que viajaba con él. No menos de diez personas me rodearon en cuestión de pocos segundos, aunque el percance no tuvo gravedad pese a lo aparatoso de cualquier accidente. Entre todos fue fácil levantar la moto, y algunos de ellos no se fueron de mi lado hasta que se cercioraron de que me encontraba perfectamente, así como la moto; no fuera a ser que continuara el viaje y me llevase otro susto adicional.

Es cierto que podría haberme hecho daño, especialmente por quemaduras por el tubo de escape, pero afortunadamente sólo salió herido mi orgullo de “Ángel del Infierno”. Después de deshacerme en agradecimientos, continué mi camino sin prisa y con el único objetivo de llegar al hotel para darme una ducha y dormir, si es que podía.

Cuando escribo estas líneas, casi he terminado mis vacaciones. Y, a diferencia de toda esa gente que vuelve más cansada de lo que se fue porque simplemente cambió el agobio de la ciudad por el de la primera línea de playa, los atascos del trabajo por los de la carretera costera y las prisas de los informes por las de la tumbona y la toalla, yo he vuelto feliz. Traigo una óptica más benévola hacia el ser humano de la que me llevé. Obviamente no respondo por cada sujeto del planeta, pero me da la sensación de que hay más gente pacífica, honesta y generosa que egoísta, envenenada o despreciable; y si eso es así se lo debemos a nuestros padres, así como a los familiares, maestros y figuras de autoridad que nos inculcaron una serie de valores que hoy día permanecen en nosotros, nos regalaron la ética que guiaba sus propios actos y facilitaron nuestra “Victoria Privada”. Otro día podríamos hablar acerca de cómo y por qué la política busca dividirnos alentando lo que nos separa y penalizando lo que nos aglutina, pero hoy no; hoy me siento agradecido a mis anónimos auxiliadores, a mis amigos anfitriones, a mis colegas de ruta sobre dos ruedas y al Sr. Covey, que en el momento oportuno me dio una estructura para reflexionar a partir de sus propios razonamientos. ¡¡Buena ruta a todos!!

Iván Yglesias-Palomar.   Director de Desarrollo de Negocio en Atesora Group

 

¿Qué es más importante: respirar o comer? Aprender a gestionar la jerarquía de las prioridades

El puesto de trabajo ha muerto. ¡Bienvenidos al omnitrabajo!

“¿Vamos a permitir que el ocio nos parta la jornada de trabajo?”

Quienes me oyen hacer esta reflexión se llevan las manos a la cabeza por lo que interpretan que hay detrás de la pregunta. Quizá piensen que hago apología del trabajo duro y de jornadas interminables, pero nada más lejos de mi intención. De hecho, jamás he admirado a aquellas personas que llegan los primeros a la oficina y se van los últimos. Esos que en muchas ocasiones muestran una permanente cara de preocupación, si no de enfado, porque dejan que los imprevistos y expectativas torcidas disparen sus emociones e invadan hasta su estado de ánimo. Esos que en muchas ocasiones se permiten criticar a aquellos que cumplen un horario laboral y se van de la empresa en cuanto éste finaliza. Yo admiro a los profesionales que han hecho de su trabajo su pasión, que se enamoran de lo que hacen y se les pasan las horas volando, como nos ocurre a la mayoría cuando estamos a gusto en ciertos lugares y en buena compañía

Aceptando que determinados servicios y entornos productivos seguirán necesitando de horarios para organizar su operativa y dar buenos resultados, la gran mayoría de trabajos van a dejar de tener horarios en la Era del Camaleón, es decir, tras la transformación digital.

El teletrabajo ha supuesto un efímero puente entre la manera tradicional de trabajar en las empresas, es decir, presencialmente, y lo que cada vez demanda más el nuevo presente de dichas empresas, una actitud permanente de trabajo y disfrute solapado donde no hay horarios definidos para una ni para otra cosa… El puesto de trabajo ya no es un sitio al que ir o un horario que cumplir. El puesto de trabajo ahora es una serie de tareas a realizar y unos objetivos que cumplir y da igual cuándo y desde dónde lo hagamos. Esto es el omnitrabajo: no desconecto del trabajo porque también, de manera intermitente, estoy conectado con el placer y con esas otras tareas ajenas a la empresa que dan sentido a mi vida.

De hecho, ya hay muchos millennials y algunos jóvenes de la generación Z, que ya se empiezan a incorporar al mercado laboral, que no buscan tan siquiera un puesto fijo sino que pertenecen a la corriente de los gigonomics, aquellos profesionales expertos en determinadas áreas que trabajan por proyectos en diferentes compañías de forma temporal, solo mientras sientan que aportan valor con esa especialización con la que están apasionados y se divierten.

Aceptar y practicar con éxito el omnitrabajo supone un cambio de actitud y la incorporación de nuevos comportamientos. Esta mentalidad impacta directamente en el compromiso de los profesionales con sus empresas disparando su disfrute emocional y dichos cambios, y el éxito de hacerlos sostenibles en el tiempo, son la especialidad de Atesora Group.

¿Hablamos?

Jorge Salinas

Presidente del Grupo Atesora

felicidad desarrollo

¿Vives en una cárcel de cristal?

La vida

La vida es lo que conoces y experimentas entre dos momentos: tu nacimiento y tu muerte.

Conoces el momento de tu nacimiento y desconoces el de tu muerte.

De este último no conoces ni el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Todo es incertidumbre alrededor de ese momento. Podría suceder ahora, más tarde o muchísimo más tarde aún. Desconoces el lugar en que tendrá lugar y sus circunstancias. Esa total falta de claridad genera a muchas personas preocupación, a veces miedo y sufrimiento.

Entre esos dos momentos, inicio y final, discurre tu vida en la que básicamente te dedicas a explorar, aprender y crecer.

La velocidad e intensidad con la que exploras, aprendes y creces es diferente de las de otras personas que conoces y te rodean. Tu vida se refiere, principalmente, al tipo de evolución de esos elementos

La zona de confort

Observa cómo esos elementos configuran continuamente tu zona de confort y evalúa la variabilidad o estabilidad de la misma. ¿Observas en tu vida períodos largos de alguna de estas condiciones?

La felicidad

Es probable que el propósito principal de tu vida sea la consecución de la felicidad, sea cual sea el significado que le otorgas.

Reflexiona acerca de la posible relación entre el grado de variabilidad de tu zona de confort y el nivel de tu felicidad. ¿Encuentras alguna relación o patrón entre ellos? ¿Eres más feliz cuando tu zona de confort permanece estable o cuando varía?

Si la reflexión anterior te ha conducido a algún descubrimiento, pregúntate si eras consciente de esa relación; y si la respuesta es negativa, interrógate por la causa de esa escasa autoconsciencia ¿Cómo estás eligiendo la vida que estás viviendo que te conduce a la persona que has llegado a ser ahora?

Y, después, tal vez quieras explorar lo que quieres hacer a partir de ahora con esa variabilidad de tu zona de confort.

Exploración se refiere a curiosidad, atención y escucha para descubrir. También a ampliar tu conocimiento de las personas y las cosas. Aprender es el proceso por el que el conocimiento cobra significado y valor. Crecer es la transformación que experimentas cuando asimilas lo que aprendes.

Una definición de felicidad, entre muchas otras, es disfrutar con lo que tienes mientras persigues lo que deseas. Me gusta porque encaja bien con los tres elementos anteriores, y también porque es positiva.

Algunas personas viven parte de su vida con escaso nivel de felicidad porque apenas exploran, aprenden y crecen. Su zona de confort se entumece, es decir, viven una existencia monótona y repetida como en la célebre película El día de la marmota. Un bucle sin fin que les proporciona certeza y seguridad, dos elementos bien valorados por el cerebro de acuerdo con su principio principal de funcionamiento: minimizar su gasto enérgico.

Otras eligen retar con frecuencia ese principio, y de esa manera salir de su zona de confort para conocer y vivir nuevos conocimientos y experiencias. Como es obvio, el precio que pagan es enfrentarse a la incertidumbre de un terreno desconocido y la consiguiente inseguridad que produce esa falta de certeza. También a la incompetencia, y consecuentemente al error y al tropiezo.

Libertad  

Como ya sabes, eres libre. Completamente libre para vivir la vida que quieras vivir. No existe ninguna limitación. Tu vida no está predeterminada, ni siquiera por las decisiones que has tomado en el pasado. Puedes cambiarlas cuando lo desees.

Es maravilloso ser consciente en todo momento de disponer de esa libertad total, que es la fuente de tu felicidad.

Solo tienes que pagar un precio, porque la vida no es gratis. Cada vez que tomas una decisión eliges una opción entre varias, y cada una de ellas lleva asociada una promesa de beneficio y otra de coste. Frecuentemente las decisiones que prometen grandes beneficios suelen tener un coste elevado.

Algunas personas, sin embargo, creen que no son completamente libres. Y la consecuencia de esa creencia es que no pueden elegir en cada momento lo que quieren. Su vida y su felicidad no es plena, porque dicen que “tienen que” y “deben de” hacer determinadas cosas u “obligaciones”.

Viven en “cárceles de cristal”, porque, aunque la apariencia es que son libres, existen limitaciones que sólo ellos ven.

¿Eres de los que arriesgan mucho o poco?

¿Cuánto eres de feliz?

¿Quieres cambiar ese cuánto?

“El ser humano es libre en el mismo instante en que quiere serlo”. – Voltaire

Jaime Bacás, socio de Atesora Group.

sereshacer

“Ser es Hacer”

Cuando pensamos acerca de nosotros mismos solemos estar fuertemente condicionados por un modelo mental heredado de la Grecia clásica. De entre todos los autores que han influido en el pensamiento occidental, probablemente sea Platón el que más ha contribuido a construir una visión objetiva y estática del mundo. Cuando Platón habla del “mundo de las Ideas”, habla de una realidad que aparentemente está más allá de nuestro mundo y que tiene un aspecto eterno e inmutable. Desde esta perspectiva, lo cierto es que se limita bastante nuestra capacidad de cambiar, de desarrollarnos e ir más allá de lo que estamos haciendo o consiguiendo.

Un ejemplo característico de ello es la propia percepción que tenemos de nosotros mismos, de nuestro “Ser”; la mayor parte de las personas tenemos un sentido de identidad y permanencia a lo largo del tiempo bastante estable, sintiendo que cambiamos poco -o nada- a lo largo de nuestra vida. Si enfocamos la mirada de forma más crítica sobre este particular, nos daremos cuenta de que difícilmente somos las mismas personas; claramente hemos experimentado -y seguiremos experimentando- cambios en nuestros valores, creencias, hábitos, preferencias, gustos y/o en los vínculos que establecemos con las personas o las cosas; y apenas notamos estas variaciones por el simple hecho de que pasan “invisibles” ante nuestro nivel de consciencia.

El motivo fundamental es que nuestra propia identidad está relacionada con aquello con lo que nos identificamos, haciendo nuestras las diferentes experiencias que vivimos. De este modo pensamos acerca de nosotros -y de los demás- en base a cualidades que vinculamos erróneamente a la palabra “SER”: utilizamos expresiones como “soy optimista”, “alegre”, “pesimista”, “tímido”, “nervioso”…, y un largo collage de otras cualidades con las que de forma desatinada nos identificamos. La dificultad de percibirnos en base a esas cualidades estáticas es que olvidamos que esos aspectos no son otra cosa que meros comportamientos que hacemos: nos comportamos tímidamente, nerviosamente, alegremente, etc, pero también podemos comportarnos de forma distintas e incluso totalmente opuestas. Desde la perspectiva del “HACER”, y nuestra identidad es un ejemplo de “hacer” a diferentes niveles, las cosas pasan a ser más cambiantes y dinámicas.

Algo semejante nos ocurre desde la perspectiva del “TENER”. Muchas habilidades y cualidades que realizamos las entendemos desde un sentido de posesión; utilizamos expresiones como “tiene talento”, “tiene capacidad”, “tiene fuerza de voluntad” o “tiene motivación”, como quien dice que alguien tiene ojos azules o pelo rubio; pero una vez más, percibir las cosas desde esta perspectiva las convierte en aspectos demasiado inamovibles y difíciles de alterar.

El inicio de año o la vuelta de las vacaciones es una época en la que habitualmente nos proponemos nuevas metas o al menos actualizamos las que nos habíamos marcado; propósitos típicos como perder peso, conseguir recuperar la forma física, aprender un idioma o cambiar de trabajo son ejemplos clásicos que completan nuestro ideario de promesas… y lo que tienen en común es que todos ellos son aspectos que exigen “hacer” cosas en el mundo para producir -o mantener- un determinado resultado.

En este sentido, algo interesante con los cambios que buscamos es la diferente naturaleza de los mismos: el tipo de cambio más fácil de notar es aquél en el que buscamos “arreglar” o “remediar” las cosas, bien porque no estamos consiguiendo lo que nos proponemos o bien por que en algún momento nuestro bienestar se ha interrumpido en cierta forma. Así que, si observo con horror cómo al finalizar las fiestas navideñas el marcador de la báscula se ha desplazado diez kilos a la derecha, es probable que mi malestar sea suficiente para plantearme que tengo que “remediar” el asunto de mi sobrepeso. Es fácil que en esta fase nos sintamos fuertemente motivados para tomar cartas en el asunto, y hasta es posible que consigamos nuestro objetivo durante algún tiempo, hasta que volvamos a bajar la guardia y nuevamente nuestra amiga la báscula nos enfrente con la dura realidad. En este punto, sobre todo cuando ha ocurrido de forma recurrente, probablemente empezamos a analizar lo sucedido y terminamos con explicaciones del tipo “me falta fuerza de voluntad”, “soy vago”, “soy un glotón”, “tengo mala genética” o, lo que es peor, concluyamos que “nunca conseguiré ponerme en forma” o cualquier otro juicio que me cierre posibilidades de logro.

Ahora bien, otro tipo de cambio quizás más importante que el remediativo, dado lo omnipresente del mismo, es aquél orientado a hacer cosas con el fin de mantenerlas: hacemos ejercicio para mantener la forma física, llamamos o quedamos con nuestros amigos para mantener las relaciones, llevamos el coche a revisión para mantener la salud del motor, dormimos para mantener nuestros niveles de energía, y un largo etcétera. La mayor parte del tiempo estamos haciendo muchas cosas para que todo siga igual. Probablemente, cuando mejor notamos este tipo de cambios que normalmente pasan desapercibidos es cuando no conseguimos mantenerlos adecuadamente: el coche se estropea, mis relaciones se rompen, o mi salud me pasa factura con alguna dolencia. En definitiva, cuando acontece cualquier tipo de resultado no deseado.

En esos momentos, una pregunta interesante que es útil plantearse es: “…¿Cómo hacemos para mantener las cosas en el tiempo?…” Pero también “… ¿Qué hemos hecho o hemos dejado de hacer para no mantenerlas adecuadamente? …” Una vez más, mantener las cosas tiene que ver con “hacer”, no con “ser” o “tener”. Seguramente, si analizamos la pregunta en detalle, a cualquiera de nosotros nos cueste dar una respuesta amplia y descriptiva de cómo hacemos lo que hacemos. Es algo que sencillamente “nos pasa”.

Si volvemos al ejemplo del peso o a cualquier otro similar, en algún momento habremos activado nuestra motivación para iniciar una dieta, hacer ejercicio, aprender un idioma o lo que sea que nos hayamos propuesto. Existirán muchos procesos involucrados que habremos realizado inconscientemente; quizás hemos hecho una imagen más saludable y atractiva de nosotros mismos hacia la que nos sentimos atraídos; quizás nos hemos dicho determinadas frases que nos refuerzan, o hemos construido un significado personal importante en torno al logro que queremos alcanzar… Si analizamos en detalle estos procesos desde la perspectiva del “hacer”, nos daremos cuenta de que todos ellos son actos que realizamos conductualmente, y cuanto más los practicamos mejores nos volvemos ejecutándolos. De igual forma, cuanto menos los hagamos más nos costará mantenerlos activados. En palabras de uno de mis mentores, podríamos decir que nuestro “SER es HACER”.

Si alguien está motivado por conseguir un determinado objetivo, es porque en algún momento habrá construido esa motivación. De la misma forma, si deja de experimentar esas ganas, será así mismo porque en algún momento “habrá hecho la desmotivación”. Aunque pueda parecer extraño, percibirlo desde esa óptica nos invita a participar de una forma más consciente, activa y responsable en nosotros mismos, en lugar de simplemente ser víctimas de nuestros procesos de pensamiento.

Si alguien mantiene a lo largo del tiempo una determinada forma física -o cualquier otro logro- y consigue los resultados que se propone, esto lo podemos explicar de diferentes maneras. Una de ellas, como hemos visto, es desde la perspectiva del “SER”: “es una persona disciplinada”, “es perseverante”, o cualquier otra razón vinculada a la identidad de la persona. Otra es desde la perspectiva del “TENER”: “tiene perseverancia, o fuerza de voluntad suficiente para mantenerse”. La tercera y más útil es desde el “HACER”: qué es lo que está haciendo esa persona para mantenerse en el tiempo.

Cuando realizamos procesos de coaching o de mentoring, la fijación de objetivos suele ser el eje central en torno al cual se vertebra el proceso. Por lo tanto, la consecución de sus correspondientes desenlaces se convierte en la medida del éxito de la intervención. Más importante que iniciar una conducta es mantenerla y seguir haciéndola en el tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los objetivos que nos planteamos en el ámbito de las organizaciones son de carácter dinámico: delegar más, escuchar más, gestionar determinadas emociones, etc.

De cara a este nuevo año, quizás sea útil para tus logros que enfoques desde esta perspectiva y te asegures de que te mantienes haciendo. A continuación, comparto algunas preguntas que sería interesante que te formularas para sensibilizarte con tus procesos de mantenimiento:

  • ¿Cómo has llegado a construir la motivación por ese objetivo/propósito? ¿Cómo empezó y cómo te diste cuenta de que lo querías, te gustaba o lo necesitabas?
  • ¿Qué imágenes ves? ¿Qué palabras te dices? ¿Qué sensaciones experimentas cuando imaginas esa consecución?; en términos “espaciales”, ¿dónde las localizas? ¿Cómo las mantienes y las traes a tu mente? ¿Tienes que hacer algo para ello o simplemente sientes que “te suceden”?
  • ¿Qué razones y/o propósitos están de fondo? ¿Con qué cosas te conecta ese objetivo? ¿Cómo vas a hacer para recordarte la importancia de esas razones a lo largo del tiempo? ¿Qué cosas pueden facilitártelo?
  • ¿Hacia qué te acercas? Es decir, ¿cuál es el beneficio o beneficios que tratas de conseguir si alcanzas ese objetivo? Y por otro lado, ¿de qué te estás alejando? ¿Cuál es la consecuencia negativa que tratas de evitar? ¿Cómo puedes mantener activadas esas orientaciones en el tiempo?
  • Eso que quieres conseguir, ¿es algo que “tira de ti” y te atrae sin esfuerzo, o tienes un sentido de que “tú tienes que caminar hacia ello”?
  • En la medida en que vas logrando lo que quieres, ¿siguen valiéndote las mismas razones que te pusieron en marcha o la consecución del objetivo requiere que construyas otras que te conecten con nuevas cosas importantes para ti? Y en ese caso, ¿cuáles podrían ser? ¿Qué otras cosas podrían estar involucradas que te ayudarían a mantenerte en marcha?
  • ¿Cuánto de eso necesitas conseguir para sentirte satisfecho? ¿Es todo o nada, o por el contrario te sirven pequeños avances? ¿Cuáles son los pequeños logros que pueden reforzarte para mantenerte en marcha?
  • Cuando sufres un tropiezo o no avanzas al ritmo que quieres, ¿qué sentido de razón y/o propósito puedes activar para mantenerte en marcha?
  • ¿Con qué otras cosas puede estar entrando en conflicto eso que quieres? Y en ese caso, ¿cómo estas respondiendo a ello?

 

“El Pensar, Hacer y Ser son uno y la misma cosa”.  Parménides

Miguel LabradorDirector de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School.