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¿Utilizas objetivos SMART o SMRT?

Octubre, 1982

Hacía menos de un año que había sido fichado por una multinacional norteamericana, líder en su sector, como director de la división de Diagnóstico Clínico para la Península Ibérica.

Por entonces cumplía el octavo año de mi carrera en el ámbito empresarial, e ignoraba que ésta duraría trece años más.

El jefe al que me referiré era el tercero en mi carrera, y, para mi sorpresa, resultó no ser un jefe. Tardaría bastantes años en colocarle la etiqueta adecuada. La relación conmigo era y sería completamente diferente a la vivida con todos los otros, y la disfruté durante los tres años que ocupó ese cargo (aquella empresa los cambiaba con esa frecuencia).

Se llamaba Nagesh Matre, norteamericano de origen indio (de India, no de los sioux), era el presidente europeo de esa división (con base en Francia) y yo reportaba funcionalmente a él para todo lo que era negocio, y al country manager para las funciones de apoyo (finanzas, logística, legal, etc.). Estrenábamos la estructura matricial… aunque eso da para otro artículo, incluso para una serie.

Un día de ese mes, aprovechando una de sus visitas, me preguntó:

– Dime Jaime… ¿cuáles son tus objetivos de negocio para 1982?

Me quedé estupefacto, es decir, más que sorprendido. Respondí:

– Ehhh… ¿No me los vas a fijar tú?

– Bueno… si son tus objetivos tendrás que establecerlos tú, ¿no?

– Ya… bueno… necesito pensármelos, Nagesh. No esperaba esta situación.

Acordamos en tratarlo aprovechando una reunión europea que tendría lugar un par de semanas después.

Cuando llegó el momento le expuse mis objetivos, que escuchó con atención, sin realizar ningun juicio o valoración de los mismos. Únicamente hizo un gran número de preguntas neutras de aclaración, otras acerca de los criterios que había seleccionado para elegir esos objetivos y otras más en las que indagó en mi grado de confianza en las cifras. Su última pregunta fue:

– ¿Quieres modificar alguna cifra?

Me lo pensé unos pocos segundos y respondí con convicción:

– Sí. Un 10% en ventas y beneficio.

Nunca jamás olvidaré que el resultado final frente a mi objetivo 1982 fue un 103% en ventas y un 101% en OIBT.

Este individuo fue el único, en esos poco más de veinte años, que no discutió o me impuso un objetivo de negocio, y también el que más preguntas me hizo.
De hecho no puedo recordar que me diese alguna orden durante los casi tres años que ocupó ese cargo. Tampoco enjuició lo que yo hacía o decía. Exclusivamente me hacía preguntas. Muy buenas preguntas, que me servían para reflexionar y modificar mis decisiones o confirmarlas con mayor fuerza. ¡Parecía un periodista!

Tuvieron que pasar veintiún años desde aquel día, cuando me formé como coach, para que encontrara una etiqueta al rol que desempeñó conmigo: líder-coach.

La transformación

El impacto que Nagesh me causaba era tan fuerte que la suela de mis zapatos apenas se desgastaba. Flotaba en una nube de responsabilidad, motivación, compromiso y ownership. Viví el empowerment sin tener aún un profundo conocimiento de esos términos o conceptos. Me sentía satisfechamente abducido.

Tuve la fortuna de poder acceder a un modelo de rol del que aprender en vivo y en directo, una oportunidad excelente que no dejé escapar. Comencé a observarle intensa y furtivamente con el propósito de aprender para copiar y pegar sus comportamientos con mis colaboradores. Conseguí replicarlos en gran medida, aunque ignoraba los fundamentos. Era como aprender a practicar fútbol sin conocer las reglas del juego. El resultado fue más que excelente.

La A de SMART

La gran mayoría de los centenares de jefes y empleados que he conocido en mi segunda carrera profesional, como coach desde 2003, afirman utilizar el modelo SMART para el establecimiento de objetivos.

Después de haber vivido aquella experiencia, puedo contar con los dedos de mis manos, y tal vez uno de mis pies, los que realmente sí utilizan el SMART. Todos los demás utilizan el SMRT. Les falta la A.

En 1982 formé mi opinión, que no he modificado aún, de que la A es bastante más relevante que las otras cuatro letras. Significa Alcanzable y Acordado.

Alcanzable se refiere a asequible. Sin duda estará fuera de la zona de confort, y por consiguiente requiere un esfuerzo extra y algún cambio en el protagonista (nuevos aprendizajes) que le permita convertirse en una persona diferente, exactamente la persona capaz de atraer ese resultado diferente, nunca antes alcanzado.

Acordado se refiere al pacto argumentado entre el individuo que se responsabiliza del objetivo, el protagonista, y su líder. Porque sólo los líderes son capaces de utilizar SMART.

Cuando el objetivo es impuesto, contra la voluntad del individuo, deja de ser un objetivo. En todo caso será el objetivo del jefe, nunca del individuo que no cree en él.

Un objetivo impuesto implica la ausencia de respons(h)abilidad, ya que no es la respuesta (decisión) del protagonista. La imposición de un objetivo no creíble ni aceptado tiene como consecuencia inevitable la minimización de la motiv-acción y del grado de compromiso del individuo.

Un objetivo impuesto equivale a una orden, y el mejor escenario que puede esperar el jefe que da una orden es la obediencia del ordenado, no su motivación y compromiso.

Y cuando el protagonista recibe esa orden, la mejor respuesta que puede dar a su jefe suena más o menos así: “lo intentaré con todas mis fuerzas”. Nunca pronunciará un “me comprometo”.

Y todos conocemos la diferencia entre esos dos verbos. El verbo intentar lleva embebida en su definición la posibilidad de no conseguir, mientras que el verbo (com)prometer significa promesa. El nivel de motiv-acción que despliega el individuo que intenta es bastante inferior al que ha prometido. La diferencia reside en su confianza.

Cuando el protagonista elige libremente su objetivo pone en juego su respons(h)abilidad y, a través de ella, se hace el dueño (ownership) de todo el proceso que conduce al resultado. En el primer caso el dueño del objetivo es el jefe, y en el segundo el dueño es el protagonista (entonces el jefe deviene en accountable, no responsable).

Son estas diferencias las que distinguen a la A de las otras cuatro letras SMRT. La A es la (única) letra que moviliza estos drivers internos del protagonista, indispensables para confiar en la consecución de su objetivo y disparar su compromiso.

Enero, 2019

Han pasado treinta y siete años desde que descubrí la relevancia de esa letra A y, según mi experiencia, parece que muchas organizaciones apenas han evolucionado en el establecimiento de objetivos.

Tal vez no sea una coincidencia que el déficit de liderazgo continúe siendo señalado, año tras año, como la primera o segunda preocupación organizacional.

Muchos directores y jefes se enfrentarán durante los días próximos a la tarea de establecer los objetivos 2019 con sus colaboradores. Una estupenda ocasión para preguntarse:

¿Quiero devolver a los miembros de mi equipo
su respons(h)abilidad, motiv-acción, compromiso y ownership
a la hora de establecer sus objetivos?

Dicho de otra forma, ¿elijo ser un jefe o un líder?

P.D. En recuerdo de Nagesh Matre, de quien aprendí, a través de su ejemplo, la práctica del liderazgo, sin leer ningún libro ni asistir a ningún curso. Su influencia determinó que eligiera hacerme coach veintiún años después. No puedo estar más agradecido.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group

COACHING. La herramienta más poderosa para el desarrollo profesional editorial TALENTO tecla mentoring EMWP camaleón

No me toques “la tecla”. Las personas no son tecnología

Hemos disfrutado un año más de las sorprendentes propuestas tecnológicas que nos presenta el MWC’19 celebrado en Barcelona. Tecnología 5-G, pantallas flexibles que se pueden doblar como si fueran una hoja de papel, teléfonos móviles con cinco cámaras y un sinfín de novedades más. La tecnología no corre sino que vuela.

En las intervenciones que realizo con grandes compañías percibo que se pusieron hace tiempo las pilas para dar el salto en la necesaria transformación digital y disfruto al trabajar, cada vez más, con empresas donde se ha normalizado el trabajo colaborativo, haciendo uso de plataformas en la nube o donde el horario flexible ya se utiliza con total normalidad. Sin embargo, las personas no son “teclas” de un artilugio tecnológico, son bastante más que eso.

¿Qué pasa con el liderazgo y con la manera en la que managers y directivos animan y hacen crecer a los colaboradores de su equipo? ¿Se han producido cambios de verdad en estos últimos años?

El liderazgo no va solo de coordinar acciones, recursos y personas para generar resultados. El liderazgo va también de acompañar a las personas para que triunfen desde el sentido del éxito que cada uno entienda y ansíe. Si la tecnología está dando un salto exponencial, ¿no debería también darlo el enfoque y la metodología con la que los líderes gestionan a sus equipos? Mi respuesta no puede ser más clara y determinada: ¡¡¡Por supuesto que sí!!!

Es por eso que hace unos meses Antonella Fayer y yo decidimos presentar en sociedad nuestro libro titulado “La Empresa Camaleón”, donde abordamos las seis palancas que una empresa necesita accionar para acompasar la transformación digital, desde un enfoque cultural, humano y conductual.

Por esta misma razón en Atesora Group hemos modificado el tradicional enfoque pedagógico, utilizado para formar a niños, por un enfoque andragógico, el que funciona con los adultos y provoca cambios conductuales que se integran desde la absoluta libertad consciente y hace que éstos sean sostenibles en el tiempo.

Apostando por la tecnología, pero sobre todo por la humanización de las empresas, acabamos de lanzar el primer programa de mentoring empresarial por vídeo conferencia, modular y en abierto, que capacita para diseñar, planificar, animar y medir los resultados de las iniciativas de mentoring empresarial, tanto si se trata de lanzar un primer programa o mejorar los que ya están en marcha.

¿Hablamos?

Jorge Salinas
Presidente del Grupo Atesora

¿cuánto vives cada día? El presente

¿Cuánto vives cada día?

El pasado es sólo una historia que te cuentas a ti mismo. Tú no eres tu pasado. No eres esa historia. Lo fuiste, pero no ahora.

Eres lo que eres en este preciso instante. Y dentro de otro instante podrás ser lo que elijas y consigas ser. Eres libre, completamente libre, para llegar a ser lo que te propongas y logres. Tienes una enorme capacidad de poder; sólo necesitas elegir usarla, y cada vez que la uses serás una persona diferente.

Tu pasado es la parte del libro que ya has escrito. Tu futuro es la otra parte que aún permanece en blanco y que escribes justo después de este preciso instante. Elige con cuidado cómo te gustaría que fuera, y con presteza escribe el primer renglón. Observa cómo cuando terminas de escribirlo ya es pasado.

Porque el tiempo no existe. Simplemente es un constructo inventado por el ser humano, útil para ordenar la secuencia de los sucesos y así establecer los que ya sucedieron (pasado) y los que esperas o deseas que sucedan (futuro). El pasado ya no es, como tampoco lo es el futuro. Tu vida sólo tiene lugar en la fugacidad del instante presente. Un segundo después se convierte en pasado, ya no es, y dentro de un segundo será el futuro, pero aún no es.

Observa cómo todas las acciones que realizas siempre tienen lugar en el instante presente. Cuando piensas lo que vas a hacer en el futuro también lo haces en el instante presente. Análogamente, cuando recuerdas lo que hiciste en el pasado también lo haces en el presente.

Tu vida (ser) sólo tiene lugar en el momento presente, que es fugaz.

El pasado no es tu vida, fue tu vida. El futuro no es tu vida, tal vez lo sea, pero no lo puedes saber. Cada vez que usas tu presente para recordar el pasado o imaginar el futuro estás perdiendo tu vida, porque no vives el momento presente, que es lo único que existe. Tu mente vaga a lo que ya no es y a lo que podría ser, y se pierde lo único que existe,lo que es, el ahora, la vida.

No pretendo sugerir que no dediques parte de tu vida a planificar o imaginar lo que quieres hacer. Tampoco pretendo que no revises tus acciones pasadas para aprender de ellas o simplemente para disfrutar con recuerdos bellos. Lo que sí pretendo es que seas consciente del coste de esos viajes. El precio es dejar de vivir, o sea, de experimentar el instante presente, que no es recuperable. Así que valora y paga los viajes al pasado y futuro que elijas.

Habrás escuchado a otros, o a ti mismo, decir lo rápido que ha pasado el día, el mes o el año, posiblemente con un tono que denota pérdida. Aprovecha el momento para reflexionar acerca de la cantidad de vida que has perdido vagando al pasado y al futuro. Si llegas a la conclusión de que estás siendo una persona que invierte una gran parte de su vida en no vivirla, porque estás muy atareado en visitar lo que ya no es o lo que podría ser, resuelve vivir más. Sólo necesitas elegir permanecer en el instante presente.

Es muy simple, aunque muy difícil al principio. Observa -sin juzgar- tu entorno y a ti mismo. Date el permiso de ser. Si estás realizando una acción, incluso las que no requieren de tu consciencia como por ejemplo limpiarte los dientes, céntrate en esa acción notando el roce de las cerdas con tus dientes y encías, el frescor y sabor del dentífrico, su olor, los desplazamientos de la lengua conforme exploras los rincones más recónditos, el propósito de cuidar tu salud. Ama el cuidado que te procuras. Elige descubrir hoy en qué consiste limpiarte los dientes, posiblemente lo que sentiste la primera vez que lo hiciste en tu infancia y que ya no puedes recordar.

Vive cada una de las acciones que realizas durante la jornada. Tanto las rutinarias como las singulares. Obsérvalas con tu mirada más inocente, como si fuera la primera vez que las realizas, porque en realidad así es. Aunque las hayas repetido mil veces, cada ocasión es diferente si te fijas bien. Para empezar, tú, el observador, no eres el mismo que antes o que ayer.

Sólo puedes vivir la vida si estás presente en el momento. Estás presente cuando tu mente (pensamiento), tu sentir (emoción) y tu cuerpo (lo que haces, sea lo que sea) coinciden en el momento.

Observa cómo esa conjunción apenas ocurre durante tu jornada.

Si practicas progresivamente estar presente, tal vez percibas que el día, mes o año han pasado más despacio. Tal vez empieces a conocerte más. Tal vez comiences a sentirte más a gusto contigo. Tal vez empieces a notar una paz mayor. Tal vez sientas mayor felicidad. Tal vez te ames más. Y tal vez empieces a atraer más.

Si así fuere reflexiona si es porque has vivido más.

Observa que existen dos momentos cada día en los que no puedes hacer nada. Uno se llama antes y el otro después. Por lo tanto, ahora es el momento oportuno para hacer y amar. Puedes llamarlo vivir.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group e International Mentoring School.

La persona que tiene el máximo poder en tu empresa es… el cliente

La persona que tiene el máximo poder en tu empresa es… el cliente

Hace ya tiempo que el mercado inició el cambio del modelo de venta transaccional al de venta consultiva como respuesta a la progresiva necesidad de adaptación de los productos y servicios a las preferencias singulares de los clientes y a la diferenciación competitiva.

Este cambio continua produciéndose en determinados sectores de actividad, y así se mantiene la demanda de este tipo de programas entre algunos de nuestros clientes.

El comercial que lleva muchos años utilizando el modelo transaccional ha desarrollado y reforzado aptitudes y actitudes que ahora ya no le resultan útiles. Su gran reto es desaprender esos hábitos e incorporar otros distintos. La metodología de aprendizaje a partir de la experiencia es, sin duda, la más efectiva. Aún así la gran mayoría de participantes necesita más ayuda, y es ahí cuando aparecen el coaching y el mentoring como herramientas de eficacia elevada en la fase pos-taller, con el propósito de hacer realidad el establecimiento sostenible de los cambios conductuales y actitudinales.

En mi experiencia, el elemento nuclear en la transformación del comercial en su reto de integrar el modelo consultivo reside en el cambio de su actitud frente al cliente.

La actitud frecuente del comercial transaccional se asemeja bastante al enfrentamiento, lucha o yo ganotu pierdes. Algunas de las técnicas más utilizadas tienen origen militar o guerrero. Se trata de un modelo push, porque el propósito es que el producto o servicio, que es bastante rígido, encaje con las necesidades del cliente, y el comercial frecuentemente fuerza el encaje. Así desarrolla una actitud egoísta en un escenario en el que se considera el protagonista principal. Los intereses del comercial, y su empresa, suelen primar sobre los del cliente.

Por el contrario, el modelo de venta consultiva se asienta en la investigación profunda de las necesidades del cliente para diseñar una solución única que validará éste. Es un modelo pull, o de atracción. La actitud con el cliente se aproxima a la de un socio, tu ganas-yo gano. El foco se coloca en los intereses de aquél a través de la construcción de confianza. Es un modelo de servicio, “coachiniano”, en el que el protagonista principal es el cliente.

Conseguir cambios conductuales es difícil, y los actitudinales lo son aún más.

Recuerda que el cliente es la persona que tiene el máximo poder en tu empresa, porque puede despedirte a ti, a tu jefe y a tu CEO… simplemente gastándose su dinero con uno de tus competidores.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group e International Mentoring School.

¿Para qué ser coach, si no voy a ser coach?

¿Para qué ser coach, si no voy a ser coach?

En un pasado número de Talento, en concreto en el artículo “A ver si nos aclaramos”, tuve oportunidad de hablar del coaching como técnica relativamente novedosa, diferenciándola de otras que pueden parecer similares o solapadas en sus formas o el objetivo que persiguen. A nadie que tenga un mínimo de responsabilidad en el desarrollo de personas se le escapa que, a día de hoy, el coaching, lejos de ser una moda o una ocurrencia de algún desocupado o el vendedor de crecepelo de turno, es una de las herramientas más apropiadas con las que contamos para acompañar a los seres humanos en su crecimiento personal y profesional.

Esta afirmación no es la opinión de la humilde pluma que escribe estas líneas; es un hecho contrastado de varias formas bastante objetivas:

– Los miles de testimonios de personas que han experimentado profundas transformaciones en sus vidas a raíz de un proceso de coaching
– La recurrencia de las empresas a la hora de contratar este tipo de servicio
– El crecimiento de la demanda de coaching por parte de medianas y pequeñas empresas
– Y, en consecuencia, el hecho de que cada año se forma en escuelas de coaching y certifica en los organismos de validación un mayor número de profesionales; haciendo que paulatinamente desaparezca la figura del “consultor_que_un_día_puso_que_era_coach_en_su_tarjeta” para dar paso al coach profesional, que hace su trabajo según unos estándares rigurosos de metodología y ética

Sin embargo, hay un enfoque que no se suele contemplar, y que cualquier persona que esté valorando formarse en esta disciplina sin duda agradecerá: se trata de los beneficios que una persona puede obtener de su certificación como coach aunque no se dedique al coaching de forma profesional.

La idea de escribir este artículo me vino de una de las muchas conversaciones que he mantenido con personas que han resultado movilizadas después de un proceso de coaching -poco importa si dicho proceso tiene un origen profesional o personal, los mecanismos conductuales que se ven afectados son los mismos-. Es verdad que no a todo el mundo le funciona el coaching, bien porque su situación requería otra herramienta, bien porque no era el momento de madurez apropiado, bien porque el coach no fue lo suficientemente hábil, etc. Pero es muy habitual que, si todo ha ido como debiera, el coachee consiga metas que poco antes consideraba inalcanzables y experimente un subidón de autoestima que le lleve a formularse lo que yo llamo La Gran Pregunta:

“…¿Oye, y qué hay que hacer para hacerse coach?”

De hecho, el efecto balsámico del coaching es tan frecuente que sin necesidad de vivir un proceso individual, sólo por haber participado en algún taller grupal de los miles que he facilitado desde que me dedico a esto, no menos de diez personas -que yo tenga constancia- han tomado la decisión de formarse como coaches, dejar su medio de vida y consagrarse profesionalmente a desarrollar a otros seres humanos. Diez puede parecer un número pequeño entre decenas de miles, pero a mí me parece abrumador que lo que yo haya podido hacer dentro de una sala fuese lo suficientemente impactante para que alguien tomase la arriesgadísima decisión de dejar su estabilidad en pos de una nueva e incierta profesión, remunerada con un salario probablemente menor en cuantía, pero mucho más abundante desde el punto de vista emocional.

Sin embargo éstos son los casos más extremos. No podemos pretender que todo el mundo experimente una movilización de semejante calibre, y, de haber más convencidos de este tipo, probablemente la mayor parte fracasaría en su lanzamiento estelar por no haber calibrado bien:

– el aguante económico necesario para la transición
– el tiempo requerido para ser percibidos como seniors en su nueva profesión
– el proceso comercial y el larguísimo ciclo de ventas de este tipo de servicio tan intangible
– el marketing preciso para diferenciarse de sus muchos competidores, etc.

De hecho, creo que las prisas generadas por tanta dopamina son muy peligrosas, y llevan a muchos nuevos coaches a abandonar precipitadamente sus fuentes estables de ingresos en pos de unas infundadas expectativas de buenismo y abundancia. En otras palabras, aunque yo fui de los afortunados en poder cambiar de trabajo y dedicarme por entero al coaching sin morir de hambre en el intento, muchos de mis compañeros de certificación jamás han hecho una sesión de coaching profesional, y otros muchos tuvieron que regresar a sus anteriores empleadores con el rabo entre las piernas al no saber cómo hacer esa transición con éxito. Y eso que yo me certifiqué hace más de diez años, cuando salíamos al mercado cien coaches al año; hoy día se certifican muchos más, que competirán inexorablemente por conseguir su respectiva cuota.

Entonces, si no tengo intención de dejar mi actual empleo y por otra parte hay tantas probabilidades de no encontrar hueco como coach profesional, ¿para qué me voy a formar?¿No sería un gasto inútil de tiempo y dinero?

La respuesta es un NO categórico. Merece la pena, y mucho, certificarse como coach aunque no tengas pensado trabajar en ello. Por citar algunas razones, aquí van cinco:

1. La formación en coaching es extraordinariamente renovadora y motivacional; no puedes ayudar a “resetearse” a una persona si no te “reseteas” tú antes, así que es una experiencia maravillosa y una gran oportunidad para enfrentarte a tus creencias limitantes y sustituirlas por otras potenciadoras -de ahí el subidón que comentábamos antes-. O sea, que pasarás del “no puedo” al “estoy deseando empezar”.
2. El coaching se basa en hacer preguntas, para estimular el proceso de responsabilidad (entendida como “habilidad para responder”) del sujeto. Y esto funciona también contigo mismo, en una suerte de “auto-coaching”. Es decir, adquirirás el hábito de no dar nada por sentado, ver múltiples enfoques ante una misma situación, aportar racionalidad y posibles soluciones para tus propios bloqueos en los momentos en que estás más prisionero de tus emociones…
3. Un pilar del coaching es el profundo respeto del coach hacia el ser humano que tiene delante, sin juzgarle y con propósito de acompañarle en sus objetivos. Así que los coaches desarrollan los mecanismos relacionados con la empatía y mejoran enormemente su relación personal con sus propios círculos de contacto -pareja, familia, compañeros, amigos, etc.-
4. Como vimos en el artículo “Cuatro estilos, cuatro garantías de acertar con el mentoring” de un anterior número de Talento, el uso de las herramientas características del coaching (escucha activa, preguntas poderosas, feedback, feedforward, etc.) son altamente recomendables cuando queremos desarrollar a una persona que ya muestra un alto grado de madurez en el desempeño de una tarea, y desde el punto de vista del management funcionan mucho mejor que las órdenes, las sugerencias o los consejos. De modo que hacerte coach incrementará tus competencias como líder de tu equipo, así como en eventuales procesos de mentoring en los que estés involucrado como mentor
5. Cada vez más empresas están formando a personas de la propia organización para actuar como coaches internos, con objeto de contener hasta donde sea posible la contratación de coaches externos -por lo general bastante caros cuando son buenos- en procesos de coaching cotidianos, sencillos o de bajo riesgo, y reservar el presupuesto para circunstancias que requieran la intervención de coaches de mayor nivel. Así que a lo mejor hay hueco para ti y puedes hacer sesiones en tu propia empresa…
Y a esta lista podríamos añadir algunos beneficios colaterales más para el coach (desarrolla la asertividad, entrena la resiliencia, ayuda a SMARTizar objetivos, refuerza la autoestima, genera en los demás sensación de confiabilidad, da imagen de madurez ante colaboradores, managers y clientes, mejora las habilidades comerciales, etc.); pero me basta con los arriba citados.

Es cierto que la mayoría de los profesionales que deciden certificarse como coaches provienen de actividades relacionadas de una u otra forma con el desarrollo de personas -técnicos de RRHH, formadores, psicólogos, orientadores, asistentes sociales…) Pero eso no significa que el coaching no pueda resultar útil para otro tipo de profesiones, de hecho yo diría que para todo tipo. Mi sugerencia es que, si estás dándole vueltas a esta posibilidad, consultes lo antes posible con un coach profesional para pedirle su opinión -si no sabes dónde encontrar uno, habla con algún responsable de RRHH de tu empresa, seguro que conoce a alguien); investiga un poco, sondea las opiniones de tus conocidos que hayan pasado por un proceso de coaching; mira a ver qué escuela(s) hay en tu población, descárgate los temarios y dáselos al coach para que te pueda ayudar a tomar una decisión (es importante que la escuela esté autorizada por algún organismo certificador como ICF, AECOP, FIACE, etc, no sólo para que tu título tenga valor en el mercado, sino para tener -y ofrecer- la garantía de que has sido formado de acuerdo a unos estándares de metodología y ética adecuados). Hay diferentes opciones, pero lo importante es que te pongas manos a la obra y tomes una decisión fundada, aunque finalmente ésta sea la de no certificarte. Mi recomendación es que sí lo hagas, pero es cierto que yo estoy sesgado porque el coaching me encanta.

Y si eres de los que ya han pasado por su etapa de formación y contemplas la posibilidad de dedicarte en el futuro a ello pero no sabes cómo empezar, la sugerencia que puedo ofrecerte es que no dejes tu trabajo por el momento y hagas muchas sesiones de coaching en tu tiempo libre. Primero, aunque no sea recomendable cuando ya tengas más horas de vuelo, a conocidos -no demasiado cercanos- que estén dispuestos a invertir algunas horas de su tiempo en tus prácticas; después puedes continuar con conocidos de tus conocidos; si a alguien le ha gustado su proceso, pídele asertivamente que te recomiende. Una forma muy interesante de comenzar a hacerlo de forma profesional es el intercambio de servicios. Por ejemplo, mi primer coachee es mi actual fisioterapeuta; como por aquel entonces yo era novato, no tenía ni idea de cuánto cobrarle y no me sentía honesto poniendo un precio a mis servicios porque a fin de cuentas estaba aprendiendo, decidimos que él me trataría a cambio de mis sesiones. El día que amanecía con una contractura, ya sabía que terminaría haciendo una sesión de coaching al fisio. (Por cierto, todo salió genial; el proceso terminó con gran éxito, fue el origen de una relación de amistad que dura hasta el día de hoy y de vez en cuando seguimos cuidándonos mutuamente). En definitiva, no importa a quién se lo hagas, qué precio pongas o cuánto tiempo dure tu eventual transición; lo relevante es que hagas muchas sesiones, te enfrentes al pánico de no saber qué preguntar en un momento dado, aprendas a no sobre-empatizar con el coachee, adquieras soltura en el manejo de creencias, reencuadres, modelos de observador. Practica mucho, lo agradecerás antes de hacer el triple salto mortal sin red. Luego, ya veremos si hay hueco o no en el mercado. Por el momento, la salud del coaching es muy buena, y parece que todo va a más.

Siempre digo que el coaching no es una herramienta, es un modo de vida. Proporciona recursos no sólo para acompañar a otros, sino para afrontar el propio día a día de forma más equilibrada, solvente y positiva. Por tanto, te lo recomiendo.

Y, para terminar, no puedo por menos que recordar las palabras de mi mentor Jorge Kenigstein, cuando, al ver mi cara de escepticismo al hablar por primera vez de la posibilidad de certificarme como coach, me dijo: “No te hagas ilusiones. El coaching no es magia… pero se le parece mucho.”

 
Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.