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Formación & Aprendizaje

Formación vs. Aprendizaje

Aunque me viene a la cabeza Camilo José Cela, no estoy seguro de si fue él quien definió la cultura de una persona como “los posos que quedan después de haber olvidado lo que un día aprendimos”. Si no fue él el autor de la cita, mis disculpas al legítimo propietario.

Tirando un poco más de la madeja, yo sustituiría “lo que un día aprendimos” por “lo que un día trataron de enseñarnos”… Y, siendo un poco más crítico aún, añadiría “…sin que nos interesase para nada”.

Piénsalo por un momento. ¿Cuántas horas de tu vida te has pasado en un aula, incluyendo colegio, instituto, universidad, formaciones complementarias, cursos técnicos o de idiomas, etc.? Difícil hacer el cálculo, ¿verdad? Pero han sido muchísimas, y casi con seguridad me quedo corto.

Continuemos. Imagínate que la suma de todos los datos que algún día estudiaste o alguien trató de hacerte aprender -disciplinas, técnicas, métodos, reglas de oro, frases famosas, biografías, hechos históricos, fórmulas matemáticas, físicas o químicas, lengua, literatura, datos geográficos, filosofía, arte y un larguísimo etcétera- sumasen una cantidad cualquiera, digamos que 1.000. Eso significa que tu cultura potencial sería de 1.000, ¿verdad?

Muy bien. Si ahora sumas imaginariamente lo que recuerdas de todo ello; pero no vaga o anecdóticamente, sino lo que interiorizaste y conservas dentro de tu bagaje de conocimientos y/o habilidades; si lo sumases, decíamos, ¿qué número crees que saldría? -Recuerda que el máximo es 1.000-.

No hace falta que te tortures mucho. A no ser que seas de esas personas que hacen del estudio un fin en sí mismo -sin llegar a padecer el síndrome del eterno estudiante-, el número que habrás obtenido será, con toda probabilidad, muy bajo. ¿Un 10/1.000? ¿Un 100/1.000? Da igual. La proporción entre lo que podrías haber aprendido y lo que en realidad aprendiste es siempre, salvo contadísimas excepciones, muy baja.

¿Cuántas veces en tu vida has tenido que hacer una derivada? ¿Y una raíz cúbica? ¿Y un análisis sintáctico de una oración? ¿Eres capaz de recordar dónde se encuentra la estatua ecuestre del Condottiero Gattamelata, y quién es el autor de la misma? ¿Sabrías decir cuáles son los afluentes principales del Tajo desde el norte? ¿Qué fue y cuándo tuvo lugar el bienio progresista español? ¿Cómo definirías una sinéresis? ¿Qué utilidad tiene un logaritmo neperiano? ¿En qué sistema cristaliza el olivino?

Si has sido capaz de responder a dos de estas preguntas sin tirar de Google, se me ocurre que ha podido ser por una de estas razones:

1. Tienes memoria fotográfica
2. Eres una persona bastante culta
3. Alguna de estas temáticas despertó tu interés en algún momento de tu vida y, en consecuencia, le pusiste un plus de atención
4. Eres el bicho más raro de todo el grupo de amigos
Pero la que se me antoja más probable es:

5. Tu profesión o actividad diaria tiene que ver con esa cuestión, y, en consecuencia, trabajas con frecuencia o al menos ocasionalmente en ella

Y ésta es la clave del presente artículo: la notable diferencia entre asistir a un curso, taller, ponencia o evento de cualquier tipo e interiorizar algún aprendizaje a partir de ello.

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¿Has oído hablar en alguna ocasión de Hermann Ebbinghaus? Pues fue un filósofo y psicólogo alemán del siglo XIX, uno de los pioneros en estudiar la “Curva del Olvido”, modelo que habla de la pérdida natural de retentiva de las personas; en otras palabras, trata sobre la facilidad con la que el cerebro tiende a eliminar aquellos recuerdos que le resultan superfluos, absurdos o innecesarios. Una de las conclusiones a las que llegó Ebbinghaus en una serie de interesantes experimentos, -en los que con frecuencia era él mismo el sujeto investigado, y que se basaban en la repetición sistemática de poesías y sílabas sin sentido para ver hasta qué punto se relacionaban la memoria y la retentiva con la reiteración mecánica de un concepto-, es que la Curva del Olvido tiene una pendiente muy pronunciada -se olvida con mucha facilidad- cuando se memorizan conceptos que carecen de sentido para el sujeto; sin embargo, cuando dichos conceptos le resultan interesantes, especialmente en situaciones emocionalmente importantes -desde traumas hasta acontecimientos señalados-, la curva se vuelve casi plana; es decir, el recuerdo se fija de forma prácticamente perfecta. Por ejemplo, probablemente te resulte difícil recordar qué ropa llevabas puesta el 16 de noviembre del año pasado; pero si ese día se casaba tu única hija, lo recordarás con total seguridad.

Y esta curva, que desde los ímprobos desvelos del buen Ebbinghaus fue rebautizada con su nombre, es la clave de por qué las organizaciones desperdician enormes cantidades de recursos intentando que sus colaboradores adquieran hábitos nuevos o desarrollen habilidades distintas a las que tienen en ese momento sin conseguirlo. Y ello se debe a dos razones fundamentales:

1. No tienen en cuenta la opinión, gustos, fortalezas, etc. del propio colaborador en el co-diseño de su aprendizaje
2. No son capaces de estimular -yo diría “enamorar”- al colaborador, generando esa “milla extra” de interés y esfuerzo necesarios para integrar el aprendizaje

Así que la única forma de garantizar hasta cierto punto la fijación de lo aprendido es la repetición “on the job” de la técnica correspondiente hasta convertirla en un hábito; pero ya sabemos por la Curva de Ebbinghaus que la reiteración de conceptos que carecen de sentido para el individuo no es sinónimo de integrar el aprendizaje; simplemente mecaniza la tarea. Esto puede resultar suficiente cuando se trata de una formación técnica, que se va a ejecutar una y otra vez sin grandes cambios ambientales; pero es del todo deficiente cuando hablamos de cambio conductual.

Un ejemplo más de las nefastas consecuencias de seguir aplicando técnicas pedagógicas (educación de niños) en lugar de andragógicas (educación de adultos) en la capacitación de los colaboradores.

Uno de los principios andragógicos nos expone que: “El adulto responde a algunos motivadores externos (mejora en las condiciones laborales, económicas, etc.), pero los motivadores más potentes son las presiones o aspiraciones internas (satisfacción personal, autoestima, desarrollo de un proyecto atractivo, etc.)”

Podemos ignorar estos principios al desarrollar planes de formación o desarrollo, pero sus consecuencias se dejarán ver en los resultados, nos guste o no. Como prueba, y aunque las cifras son muy difíciles de contrastar y verificar, se habla de retornos de inversión (ROI) de un 10 a un 15% en el caso de la formación convencional en las empresas, mientras que al aplicar otras técnicas andragógicas, tales como el coaching o el mentoring de implantación, se puede llegar a alcanzar cifras del 500 al 600%.

En próximos artículos profundizaremos acerca de técnicas y procedimientos que ayuden a las organizaciones a maximizar los resultados esperables a partir de sus acciones de desarrollo, facilitando la fijación de aprendizajes en los colaboradores.

 
Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

gestión-del-estrés--Modelo-“BASTA”

¡¡BASTA!!

El fallecimiento de un ser querido es algo duro. Incluso cuando esa persona ha disfrutado de una larga y pletórica vida; aún cuando se ha ido rápidamente, y de forma casi indolora. No por natural ese momento, y todos los que le anteceden y le suceden, resultan menos ingratos y difíciles de gestionar.

Hace un par de semanas, mi padre nos dejó. Tras seis semanas de lucha y degradación física, su cuerpo no pudo continuar batallando contra el devastador cáncer que le invadió y del que no había rastro dos meses atrás. Y el hecho de que el desenlace fuera rápido y de que el tumor decidiera mostrar su cara más compasiva privándole de dolores hasta el mismo momento de su partida, es un consuelo sólo a medias. Ya dije antes que no por ser ley de vida es una píldora más fácil de tragar.

Como es lógico en tal situación, mi madre y hermanos hemos pasado mucho tiempo últimamente en los hospitales. Los frenéticos días de médicos y asistentes entrando cada poco tiempo a diagnosticar, atender y limpiar a mi padre, eran sucedidos por largas noches de vigilia, conversaciones a media voz para no despertarle y algunos momentos solitarios de llanto, más o menos exteriorizado, al pie de la cama y apurando cada momento de su vida cogiéndole la mano o acariciándole mientras dormía. Porque sabíamos que estaba desahuciado, que pronto nos dejaría, y que cada beso bien podría ser el último.

Creo que cualquiera, aunque no haya pasado por una pérdida tan cercana, es capaz de imaginarse la catarata de emociones que tiene lugar en una situación así. Todo en esos momentos es emocional, y todo está mezclado hasta la saturación. Los recuerdos de las escenas felices vividas tan sólo unos días atrás dan paso a la sensación de nostalgia y profunda tristeza al ver su ropa colgada en el armario de la habitación, o las gafas con las que leía sus libros favoritos ayer mismo; la desesperanza al pensar que nada se puede hacer para alargarle la vida se combina con la admiración y profundo agradecimiento a esas chicas y chicos que le limpian y le hablan con cariño cada pocas horas, haciendo del cuidado a otro ser humano la más admirable de las vocaciones; la alegría de abrazar y saludar al desfile de parientes y seres queridos que pasan por el hospital se vuelve un aguijonazo en el estómago al recordar qué les ha traído hasta allí. Y, llegado el momento final, la apabullante sensación de vacío por la pérdida, apenas mitigada por el consuelo de no haberle visto sufrir, da paso al asco hacia el frío y negro negocio de la muerte, que busca hacer dinero con los restos de tu ser querido en forma de ataúd más caro o exequias más pomposas.

Emociones. Su nombre significa “las que nos mueven”. Ya tuvimos oportunidad de hablar en un artículo anterior acerca de ellas, y de cómo interactúan con nuestras dimensiones física e intelectual. Pero si bien nos hacen humanos y nos dotan de carácter y espíritu, en momentos como los descritos -y otros menos dramáticos, para qué nos vamos a engañar- creo que todos echamos de menos un grifo regulador, algo así como una válvula de escape que nos permitiera dosificarlas para que su caprichosa efervescencia no nos haga colapsar estallando o hundiéndonos, según las circunstancias.

Supongo que fue por deformación profesional, o tal vez por una humana necesidad de consuelo en forma de bálsamo racional; sea como fuere, recuerdo cómo en uno de los momentos más duros, cuando estaba velándole horas antes de fallecer con su mano entre las mías y sintiendo unas incontenibles ganas de llorar, me acordé de un pequeño truco nemotécnico que suelo compartir con los participantes de talleres relacionados con la gestión del estrés, y que denominamos modelo “BASTA”. Es algo muy sencillo, fácil de recordar, y que tiene como objetivo ayudar a manejar situaciones de tensión emocional, en el trabajo o cualquier otro ámbito. No es la panacea y requiere cierto entrenamiento, pero la gente dice que les suele servir y en aquel momento me pareció útil. Veamos:

Buscar un sitio reservado, y respirar. La respiración es el indicador con el que tu cuerpo se dice a sí mismo que el peligro ya pasó, y que puede dejar de soltar adrenalina y descansar. Por eso todos los métodos de relajación comienzan con técnicas de respiración. La intimidad del wc, o cualquier otro sitio discreto, puede ser suficiente para calmarte y respirar.

Aceptar la emoción. No se trata de castrarla o tratar de ocultarla, sino de darte el permiso de experimentarla y admitirla como algo natural, que te hace humano y vulnerable. Las piedras no sienten nada, las personas sí; alegría, tristeza, miedo, euforia, desagrado, esperanza, excitación, ira. Y surgirán y te atraparán de repente, te guste o no.

Señalar la necesidad que tienes. ¿Qué te sugiere la emoción que estás sintiendo? ¿Qué requiere de ti? ¿Por qué esto que ha sucedido y te ha puesto triste, o tenso, o enfadado, tiene sentido para ti? ¿Qué razones, carencias, creencias o valores hay bajo esa emoción, ocultos pero activos? Si eres capaz de responder de forma racional -y honesta- a alguna de estas preguntas, estarás influyendo indirectamente sobre la emoción que te afecta.

Tomar la responsabilidad que depende de ti. No te enfoques en lo que se sale de tu capacidad de influencia, pon tu energía en lo que sí puedes cambiar. Por ejemplo, en aquella situación nadie podíamos hacer nada por evitar lo inexorable, pero sí acompañarle hasta el último momento de la mejor forma posible.

Actuar en consecuencia. Una vez desahogado, actúa. No te pares, haz lo que te hayas propuesto, deja de languidecer. Recuerdo un chiste del genial Quino, en el que Guille, un amiguito de Mafalda, iba mirando al suelo porque se sentía muy triste. Ésta le decía que lo estaba haciendo muy bien, que cuando uno está triste es muy importante llevar la cabeza baja y mirar al suelo; porque si la levantas y eres capaz de ver el mundo la tristeza desaparecería, y eso te obligaría a dejar de estar triste. ¿Verdad?

Este modelo no pretende cambiar ni dulcificar la situación que estés viviendo, por dramática que sea -de hecho nadie podía cambiar la que yo estaba experimentando en aquellos momentos-. Tampoco se centra en eliminar la emoción, que surge de manera visceral y caprichosa, sin que la elijas. Pero sí te permite cambiar dos cosas importantes: el pensamiento, que modula la emoción que estás sintiendo, y la acción que realices a partir de ese momento.

A mí me sirvió. Nunca pensé que aplicar un modelo tan racional podría consolarme en un momento tan emotivo, pero lo hizo. Me ayudó a llorar, a despedirme y a tomar fuerzas para acompañar a mi madre en los momentos posteriores, prestándole mi apoyo para gestionar su propia tristeza del mejor modo en que me resulte posible. Y con todo ello, he llegado al convencimiento de que mi padre se las arregló para darme una lección de vida hasta en el último aliento de la suya.

Gracias, papá.

Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

¿TE CONSIDERAS UNA PERSONA EMPÁTICA? Empatía, coaching

¿Te consideras una persona empática? Empatía

No sabemos cómo es la realidad… … sólo cómo la interpretamos.

Construyes tus interpretaciones a partir de tu particular -y única- selección de datos de la realidad, obviando otros. Y además evalúas esos datos en función de tus valores, creencias, experiencias, intereses, etc. El resultado es, obviamente, la construcción de interpretaciones diferentes a las de otras personas a partir de una misma realidad. El problema surge cuando consideras que tu interpretación se corresponde con la realidad. O sea, cuando concluyes con el yo tengo razón, que presupone que las interpretaciones de los otros están equivocadas.

Es justo en ese momento cuando puede aparecer…

El conflicto

¿Existe Dios? ¿Son acertadas las ideas políticas que representa Rajoy? ¿Y las de Pablo Iglesias? ¿Estás a favor de aprobar la eutanasia? ¿Son justas las acciones de discriminación positiva de la mujer? ¿Tiene Cataluña derecho a decidir su independencia?

Cada uno de nosotros podemos contestar con un sí o un no a preguntas como éstas. En ocasiones defendemos o atacamos los argumentos que sostienen las interpretaciones, incluso con gran vehemencia. A veces llegamos a discusiones muy fuertes, incluso podemos enemistarnos con el otro. Y lo hacemos porque estamos convencidos de que tenemos razón, y el otro está equivocado, claro.

Una guerra no es más que un conflicto de grado extremo. Vamos a la guerra porque las ideas religiosas, económicas, éticas, etc., de los otros están equivocadas y queremos imponer las nuestras, que son las que tienen razón.

Los conflictos pueden evitarse o minimizarse poniendo en práctica algunas habilidades, como por ejemplo…

La empatía

Con empatía me refiero al conocimiento, comprensión y aceptación del otro. Es decir, acceder a sus valores, creencias, intereses, experiencias, etc. Cuando conoces te das permiso para comprender, y cuando comprendes puedes aceptar. Aceptación no significa estar de acuerdo, sino comprender que (afortunadamente) somos individuos diferentes. Aceptar es respetar la diversidad, el derecho a ser diferente a tí.

La sabiduría popular, expresada en los refranes, dichos, etc., no siempre parece acertada. Muchas personas asimilan empatía con el dicho tantas veces escuchado y repetido de “trata a los demás como a ti te gustaría ser tratado”. Un dicho que, en mi opinión, es el ejemplo perfecto de la anti-empatía. Podríamos empezar a sustituirlo por otro del estilo de “trata a los demás como a ellos les gustaría ser tratados”.

Otros utilizan el dicho de “meterse en los zapatos del otro”. Sería perfecto si fuera capaz de conocer –y sobre todo asumir corporal, racional y emocionalmente- sus experiencias, conocimientos, habilidades, actitudes, creencias, intereses , mentalidad, expectativas, preferencias naturales, etc. y etc . No parece una tarea fácil ¿verdad?

Las personas que se auto-definen como empáticas son las que más sorpresa y perplejidad me causan. Y admiración, si realmente lo son.

La herramienta principal o inicial para empatizar con el otro es…

La conversación

Conversar para conocer y así poder comprender y aceptar su diferencia contigo. Y las dos habilidades principales a poner en juego en esa conversación son la pregunta y la escucha. Pregunta, escucha y… vuelve a preguntar y escuchar y…

Así conocerás mucho mejor los valores, creencias, experiencias, intereses, etc. del otro, lo que te abrirá la puerta a comprenderle y aceptarle como legítimo.

El peor escenario final podría ser que, después de haber realizado esa aproximación a través de la conversación y confrontación de ideas, no quieras mantener con ese otro ningún tipo de relación en el futuro. Un escenario legítimo producto de haber llegado a la conclusión de que (aún) no eres capaz de gestionar las emociones que generas y sientes, provenientes de esa diversidad concreta. Un escenario en el que decides mantenerme en tu zona de confort.

El mejor escenario final, por el contrario, sería la aceptación de esa diversidad concreta, compartir esa relación en la que existe un elevado nivel de discrepancia. Encontrar algunos puntos en común. Si los buscas puedes encontrarlos. Respetar la diferencia y establecer una plataforma relacional para convivir con el otro.

Sin duda este último escenario representa un reto. Puede que un gran reto. Significa tomar la decisión de salir de tu zona de confort para ingresar en la zona de aprendizaje. Aprender a conocer, comprender y aceptar lo que es diferente a tí y a tus preferencias. Aprender a gestionar, también, tus emociones. Ampliar tu registro emocional.

Y entre esos dos escenarios extremos existe toda una gama de espacios intermedios con sus correspondientes beneficios e inconvenientes .

La conversación es la acción o la llave que te abre la oportunidad para aprender. Y si lo consigues habrás incrementado tu poder personal (empowerment), porque ahora puedes hacer cosas que antes no podías.

Resumen
No sabes cómo es la realidad, sólo cómo la interpretas. La interpretación es la filtración única que realizas de los datos que constituyen la realidad y la valoración única que haces de esos datos. Cuando identificas tu interpretación con la realidad automáticamente calificas de erróneas las interpretaciones diferentes. La posibilidad de conflicto aparece en este momento. Puedes evitar o minimizar el conflicto utilizando la habilidad de empatizar con el otro, es decir, conocerle para comprenderle y aceptarlo, lo que no significa estar de acuerdo con él. Utilizas la conversación con el otro para empatizar y, más concretamente, las habilidades de preguntar y escuchar. Escuchas para preguntar. El aprendizaje siempre, y sólo, se genera cuando elijes salir de tu zona de confort.

Pregunta de regalo de despedida: ¿Existen algunas diferencias entre empatizar, simpatizar, estar de acuerdo, aceptar, comprender y entender al otro?

“Aprender no es obligatorio, como tampoco lo es sobrevivir.” – Edwards Deming

 
Jaime Bacás, socio de Atesora Group.

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte VI

SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS
Etapa 6. El Jorf-Maadid. 51 kms. 246+. La gloria espera a los Titanes

Y llegó el gran día. Ese que estábamos esperando todos los supervivientes de la edición de este año. Uno de cada cuatro participantes ya se había quedado por el camino y conforme habían ido pasando los días me había ido sintiendo mejor, más confiado, más cargado de pilas, más entusiasmado. ¿Os acordáis del aprendizaje de la primera etapa?: “No acomplejarse”. No lo había hecho, tuve paciencia, seguí mis sensaciones y mi intuición y ahí estaba yo con un nutrido grupo de participantes, algunos de ellos con lesiones, vendas, parches, tiritas y un aspecto de haber pasado por un sinfín de penalidades, pero todos con la sonrisa dibujada en los labios. A esas alturas todo indicaba que íbamos a acabar la carrera. Era la etapa más corta de esta edición y técnicamente no presentaba dificultad aparente, sin embargo nada más darse la salida me asaltó una inquietud que, luego conversando con mis compañeros de aventura, había sido compartida por varios de ellos. Habíamos llegado hasta allí y el entusiasmo podía cegar a más de uno. De hecho, me contaron que estadísticamente la última etapa era una de las etapas en la que más incidencias se producirían. Con el entusiasmo y la alegría desbordada algunos participantes no sólo bajaban la guardia y asumían riesgos innecesarios, sino que dejaban de tomar ciertas precauciones como no vigilar por dónde metían la rueda delantera, la distancia con el corredor que llevo enfrente, a derecha o a izquierda… etc.
Encontramos a más de uno llorando por un simple pinchazo, atrapado por la angustia, en ese momento irracional, de la posibilidad de no acabar la carrera.

Llegar hasta aquí no es una casualidad, es el resultado de muchos factores. No se trata solo de haber preparado la carrera desde un punto de vista físico con un buen entrenamiento previo, también cuenta una buena preparación logística, qué llevo y qué no llevo a la Titan y a cada una de sus etapas. A una buena montura, es decir, una buena bici resistente a las roturas, a las averías mecánicas y en perfecto estado de mantenimiento. A la fortaleza mental para aguantar el sufrimiento y estar preparado para los inesperado, a una buena salud. Que nos respeten los golpes de calor pero que también seamos cuidadosos con lo que comemos y bebemos, cuándo lo hacemos y en qué cantidad. Pero hay un factor que poca gente tiene en cuenta y que sin embargo se revela como elemento clave en un desafío de estas características: la toma de decisiones. Puede parecer evidente…, sin embargo es interesante reparar en ello conscientemente.

La inquietud que nos asaltó a muchos de sufrir un percance en la última etapa creo que despertó especialmente nuestros sentidos. Ese día no me pegaba tanto a quien tenía delante para aprovecharme de su escudo contra el viento y así mejorar mi aerodinámica. Tenía especial cuidado de por dónde iba “colocando” mi rueda delantera, no fuera a ser que un saliente o un canto afilado del terreno rajara una cubierta, y me di cuenta que cuando no estaba acertado con el sitio por el que hacía pasar la bicicleta el sentimiento de culpa por haber cometido ese error y mi análisis de porqué lo había cometido distraían mi capacidad de concentración y, a veces, esto me llevaba a encadenar varios errores seguidos. Afortunadamente me di cuenta en los primeros kilómetros de esa etapa y mi aprendizaje me permitió evitar más situaciones como aquella. En esas circunstancias la toma de decisiones es continua: ¿paso la rueda por la derecha o por la izquierda de la piedra?, ¿me salgo de la rodada para buscar terreno más compacto?, ¿paso por encima de la zarza porque la alternativa me parece muy irregular?, ¿me acerco o me alejo del corredor que llevo delante?, ¿lo adelanto o lo sigo?, ¿subo o bajo pulsaciones?, ¿me conviene beber o comer de nuevo?…,etc.
Ante tal avalancha de información y la consiguiente toma de decisión es conveniente no detenerse a sobre-analizar. Si lo hago, mi pérdida de foco en el presente, en lo que está pasando ahora, aumenta el riesgo de volver a cometer otro error. Es fácil trasladar este aprendizaje a un proyecto profesional. Toma las mejores decisiones que puedas tomar con la información que tienes. Tomando decisiones también cometerás errores, pero no pasa nada. Olvida tus errores en cinco minutos (en esa última etapa decidí hacerlo en cinco segundos). No te lamentes más tiempo. Busca el aprendizaje que sacas de ellos con rapidez, y sigue poniendo foco en el ahora, en el presente. El pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, lo que está pasando está pasando ahora. No te pierdas el ahora.

Si movilizadora fue mi experiencia en la Titan, también lo ha sido revivirla para poder compartirla en este artículo.
Confío en que el relato te haya entretenido y que los aprendizajes que yo viví se conviertan en un nuevo mapa que te ayude a alcanzar el éxito en tu carrera profesional y en todo lo que te propongas.

Este artículo está dedicado a personas como mi amigo Pedro que lleva dos años luchando contra un cáncer, a los que sufren violencia de género o acoso, a los que sobreviven en condiciones de pobreza extrema. Todos ellos sí que son Titanes, saben lo que es la verdadera dureza del camino. Lo nuestro, lo de aquellos que buscamos desafíos por voluntad propia en una carrera como La Titan Desert, tan sólo es un paseo en bicicleta.

Jorge Salinas, Presidente de Atesora Group.

 
Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte V

QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS
Etapa 5: Fezzou-El Jorf. 143 kms. 1288+. Un infierno de más de 140 kms.

Esta etapa era la más temida por los participantes, 143 km de desierto, altas temperaturas y un viento que sin ser tan fuerte como los primeros días todavía molestaba, y según la orientación de la marcha se convertía en un importante freno para avanzar.
A esas alturas de la carrera, casi el 25% de los participantes habían abandonado. Los problemas estomacales los primeros días y la fatiga, el agotamiento, los golpes de calor, las averías y alguna que otra caída habían mermado el pelotón.
Mi compañero de batalla ya estaba totalmente recuperado y desde el arranque pusimos una buena marcha. No queríamos forzar porque sabíamos que aquella etapa se le iba a hacer muy larga a muchos. Sin embargo, un terreno compacto con apenas algunos intervalos de camino trialero, nos ofreció un escenario mejor de lo esperado.
Unos cuantos participantes, aquellos que el día anterior habían llegado muy justitos de fuerzas, decidieron no salir temiéndose lo peor, sin embargo, para la mayoría, la etapa fue larga aunque más llevadera de lo previsto. A veces las expectativas en forma de creencias limitantes son las principales boicoteadoras de nuestra vida. Además, el Dios Meteo quiso que durante los últimos treinta kilómetros de la jornada un fuerte viento soplara a nuestro favor con lo que una espalda bien erguida sobre la bicicleta se convertía en una estupenda vela para que llaneando consiguiéramos en alguno de esos últimos tramos más de cuarenta kilómetros de velocidad.
Pensando en las claves que nos permitieron hacer esta etapa en un tiempo extraordinario y con un desgaste menor de lo esperado identifiqué un recurso que apenas habíamos utilizado en las jornadas anteriores: pedalear en grupo. O como dirían los buenos aficionados al ciclismo, “marchar en grupeta”.
En varias ocasiones hicimos grupeta con algún equipo o con algún grupo de participantes que habían decidido hacer el camino juntos. Alcanzar a uno de estos grupos significaba pedalear más protegidos del viento y, al mismo tiempo, obligarnos a no disminuir el ritmo al que íbamos. En ocasiones, por un parón inesperado del grupo, o porque verdaderamente veíamos decaer su ritmo, nosotros decidíamos tirar hacia delante con la intención de alcanzar nuevos compañeros de viaje con un ritmo más adecuado a lo que necesitábamos en ese momento.

El aprendizaje, trasladado al mundo empresarial, puede parecer obvio, sin embargo no siempre somos conscientes de ello. Aprovecha los impulsos de otros, arrímate a aquellas personas que te dan energía y que están empujando en el mismo sentido. A los que te ponen las pilas. No pretendas hacer el camino solo. Una labor de equipo bien alineada, donde además se cultiva la complicidad y la vinculación emocional, es una base extraordinaria para desempeñar el liderazgo y multiplica las posibilidades de éxito de un proyecto.

El incidente más comentado de la jornada fue el error que cometió un grupo de unos cincuenta corredores que, con el objetivo de recortar terreno entre el primer punto de control y el segundo, decidieron navegar por una ruta alternativa a la sugerida por la organización, algo que está permitido dentro de los reglamentos de la Titan, únicamente que al preparar esa alternativa la noche anterior no tuvieron en cuenta la altimetría del terreno y el camino elegido les llevó a través de un terreno ascendente, que por tramos ni siquiera podían hacer montados en la bicicleta, hasta un precipicio desde el que era casi imposible descender por la vertiente contraria salvo que alguien se jugara la vida saltando de saliente en saliente con la bicicleta al hombro, riesgo que asumieron dos participantes. El resto se dio la vuelta acumulando un retraso de tres horas con respecto a los que siguieron la ruta sugerida. El comentario general de los que sufrieron aquel percance fue “deberíamos habernos dado la vuelta antes al comprobar sobre el terreno que continuar en esa dirección era una estúpida huida hacia delante”.
Pasados unos días y analizando el incidente lo conecté con el empecinamiento y cabezonería con la que algunos profesionales abordan circunstancias parecidas, es decir, cuando todo hace indicar que se ha cometido un error y por evitar reconocerlo, para que el ego no resulte dañado, insisten en contra de las opiniones de la mayoría, y hasta de la evidencia. Si te confundes no pasa nada, rectifica, no tengas miedo a utilizar la declaración menos escuchada en el mundo del trabajo: “Me he equivocado”.



Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS


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