Archivos de la categoría Coaching

¿cuánto vives cada día? El presente

¿Cuánto vives cada día?

El pasado es sólo una historia que te cuentas a ti mismo. Tú no eres tu pasado. No eres esa historia. Lo fuiste, pero no ahora.

Eres lo que eres en este preciso instante. Y dentro de otro instante podrás ser lo que elijas y consigas ser. Eres libre, completamente libre, para llegar a ser lo que te propongas y logres. Tienes una enorme capacidad de poder; sólo necesitas elegir usarla, y cada vez que la uses serás una persona diferente.

Tu pasado es la parte del libro que ya has escrito. Tu futuro es la otra parte que aún permanece en blanco y que escribes justo después de este preciso instante. Elige con cuidado cómo te gustaría que fuera, y con presteza escribe el primer renglón. Observa cómo cuando terminas de escribirlo ya es pasado.

Porque el tiempo no existe. Simplemente es un constructo inventado por el ser humano, útil para ordenar la secuencia de los sucesos y así establecer los que ya sucedieron (pasado) y los que esperas o deseas que sucedan (futuro). El pasado ya no es, como tampoco lo es el futuro. Tu vida sólo tiene lugar en la fugacidad del instante presente. Un segundo después se convierte en pasado, ya no es, y dentro de un segundo será el futuro, pero aún no es.

Observa cómo todas las acciones que realizas siempre tienen lugar en el instante presente. Cuando piensas lo que vas a hacer en el futuro también lo haces en el instante presente. Análogamente, cuando recuerdas lo que hiciste en el pasado también lo haces en el presente.

Tu vida (ser) sólo tiene lugar en el momento presente, que es fugaz.

El pasado no es tu vida, fue tu vida. El futuro no es tu vida, tal vez lo sea, pero no lo puedes saber. Cada vez que usas tu presente para recordar el pasado o imaginar el futuro estás perdiendo tu vida, porque no vives el momento presente, que es lo único que existe. Tu mente vaga a lo que ya no es y a lo que podría ser, y se pierde lo único que existe,lo que es, el ahora, la vida.

No pretendo sugerir que no dediques parte de tu vida a planificar o imaginar lo que quieres hacer. Tampoco pretendo que no revises tus acciones pasadas para aprender de ellas o simplemente para disfrutar con recuerdos bellos. Lo que sí pretendo es que seas consciente del coste de esos viajes. El precio es dejar de vivir, o sea, de experimentar el instante presente, que no es recuperable. Así que valora y paga los viajes al pasado y futuro que elijas.

Habrás escuchado a otros, o a ti mismo, decir lo rápido que ha pasado el día, el mes o el año, posiblemente con un tono que denota pérdida. Aprovecha el momento para reflexionar acerca de la cantidad de vida que has perdido vagando al pasado y al futuro. Si llegas a la conclusión de que estás siendo una persona que invierte una gran parte de su vida en no vivirla, porque estás muy atareado en visitar lo que ya no es o lo que podría ser, resuelve vivir más. Sólo necesitas elegir permanecer en el instante presente.

Es muy simple, aunque muy difícil al principio. Observa -sin juzgar- tu entorno y a ti mismo. Date el permiso de ser. Si estás realizando una acción, incluso las que no requieren de tu consciencia como por ejemplo limpiarte los dientes, céntrate en esa acción notando el roce de las cerdas con tus dientes y encías, el frescor y sabor del dentífrico, su olor, los desplazamientos de la lengua conforme exploras los rincones más recónditos, el propósito de cuidar tu salud. Ama el cuidado que te procuras. Elige descubrir hoy en qué consiste limpiarte los dientes, posiblemente lo que sentiste la primera vez que lo hiciste en tu infancia y que ya no puedes recordar.

Vive cada una de las acciones que realizas durante la jornada. Tanto las rutinarias como las singulares. Obsérvalas con tu mirada más inocente, como si fuera la primera vez que las realizas, porque en realidad así es. Aunque las hayas repetido mil veces, cada ocasión es diferente si te fijas bien. Para empezar, tú, el observador, no eres el mismo que antes o que ayer.

Sólo puedes vivir la vida si estás presente en el momento. Estás presente cuando tu mente (pensamiento), tu sentir (emoción) y tu cuerpo (lo que haces, sea lo que sea) coinciden en el momento.

Observa cómo esa conjunción apenas ocurre durante tu jornada.

Si practicas progresivamente estar presente, tal vez percibas que el día, mes o año han pasado más despacio. Tal vez empieces a conocerte más. Tal vez comiences a sentirte más a gusto contigo. Tal vez empieces a notar una paz mayor. Tal vez sientas mayor felicidad. Tal vez te ames más. Y tal vez empieces a atraer más.

Si así fuere reflexiona si es porque has vivido más.

Observa que existen dos momentos cada día en los que no puedes hacer nada. Uno se llama antes y el otro después. Por lo tanto, ahora es el momento oportuno para hacer y amar. Puedes llamarlo vivir.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group e International Mentoring School.

La persona que tiene el máximo poder en tu empresa es… el cliente

La persona que tiene el máximo poder en tu empresa es… el cliente

Hace ya tiempo que el mercado inició el cambio del modelo de venta transaccional al de venta consultiva como respuesta a la progresiva necesidad de adaptación de los productos y servicios a las preferencias singulares de los clientes y a la diferenciación competitiva.

Este cambio continua produciéndose en determinados sectores de actividad, y así se mantiene la demanda de este tipo de programas entre algunos de nuestros clientes.

El comercial que lleva muchos años utilizando el modelo transaccional ha desarrollado y reforzado aptitudes y actitudes que ahora ya no le resultan útiles. Su gran reto es desaprender esos hábitos e incorporar otros distintos. La metodología de aprendizaje a partir de la experiencia es, sin duda, la más efectiva. Aún así la gran mayoría de participantes necesita más ayuda, y es ahí cuando aparecen el coaching y el mentoring como herramientas de eficacia elevada en la fase pos-taller, con el propósito de hacer realidad el establecimiento sostenible de los cambios conductuales y actitudinales.

En mi experiencia, el elemento nuclear en la transformación del comercial en su reto de integrar el modelo consultivo reside en el cambio de su actitud frente al cliente.

La actitud frecuente del comercial transaccional se asemeja bastante al enfrentamiento, lucha o yo ganotu pierdes. Algunas de las técnicas más utilizadas tienen origen militar o guerrero. Se trata de un modelo push, porque el propósito es que el producto o servicio, que es bastante rígido, encaje con las necesidades del cliente, y el comercial frecuentemente fuerza el encaje. Así desarrolla una actitud egoísta en un escenario en el que se considera el protagonista principal. Los intereses del comercial, y su empresa, suelen primar sobre los del cliente.

Por el contrario, el modelo de venta consultiva se asienta en la investigación profunda de las necesidades del cliente para diseñar una solución única que validará éste. Es un modelo pull, o de atracción. La actitud con el cliente se aproxima a la de un socio, tu ganas-yo gano. El foco se coloca en los intereses de aquél a través de la construcción de confianza. Es un modelo de servicio, “coachiniano”, en el que el protagonista principal es el cliente.

Conseguir cambios conductuales es difícil, y los actitudinales lo son aún más.

Recuerda que el cliente es la persona que tiene el máximo poder en tu empresa, porque puede despedirte a ti, a tu jefe y a tu CEO… simplemente gastándose su dinero con uno de tus competidores.

Jaime Bacás, socio de Atesora Group e International Mentoring School.

¿Para qué ser coach, si no voy a ser coach?

¿Para qué ser coach, si no voy a ser coach?

En un pasado número de Talento, en concreto en el artículo “A ver si nos aclaramos”, tuve oportunidad de hablar del coaching como técnica relativamente novedosa, diferenciándola de otras que pueden parecer similares o solapadas en sus formas o el objetivo que persiguen. A nadie que tenga un mínimo de responsabilidad en el desarrollo de personas se le escapa que, a día de hoy, el coaching, lejos de ser una moda o una ocurrencia de algún desocupado o el vendedor de crecepelo de turno, es una de las herramientas más apropiadas con las que contamos para acompañar a los seres humanos en su crecimiento personal y profesional.

Esta afirmación no es la opinión de la humilde pluma que escribe estas líneas; es un hecho contrastado de varias formas bastante objetivas:

– Los miles de testimonios de personas que han experimentado profundas transformaciones en sus vidas a raíz de un proceso de coaching
– La recurrencia de las empresas a la hora de contratar este tipo de servicio
– El crecimiento de la demanda de coaching por parte de medianas y pequeñas empresas
– Y, en consecuencia, el hecho de que cada año se forma en escuelas de coaching y certifica en los organismos de validación un mayor número de profesionales; haciendo que paulatinamente desaparezca la figura del “consultor_que_un_día_puso_que_era_coach_en_su_tarjeta” para dar paso al coach profesional, que hace su trabajo según unos estándares rigurosos de metodología y ética

Sin embargo, hay un enfoque que no se suele contemplar, y que cualquier persona que esté valorando formarse en esta disciplina sin duda agradecerá: se trata de los beneficios que una persona puede obtener de su certificación como coach aunque no se dedique al coaching de forma profesional.

La idea de escribir este artículo me vino de una de las muchas conversaciones que he mantenido con personas que han resultado movilizadas después de un proceso de coaching -poco importa si dicho proceso tiene un origen profesional o personal, los mecanismos conductuales que se ven afectados son los mismos-. Es verdad que no a todo el mundo le funciona el coaching, bien porque su situación requería otra herramienta, bien porque no era el momento de madurez apropiado, bien porque el coach no fue lo suficientemente hábil, etc. Pero es muy habitual que, si todo ha ido como debiera, el coachee consiga metas que poco antes consideraba inalcanzables y experimente un subidón de autoestima que le lleve a formularse lo que yo llamo La Gran Pregunta:

“…¿Oye, y qué hay que hacer para hacerse coach?”

De hecho, el efecto balsámico del coaching es tan frecuente que sin necesidad de vivir un proceso individual, sólo por haber participado en algún taller grupal de los miles que he facilitado desde que me dedico a esto, no menos de diez personas -que yo tenga constancia- han tomado la decisión de formarse como coaches, dejar su medio de vida y consagrarse profesionalmente a desarrollar a otros seres humanos. Diez puede parecer un número pequeño entre decenas de miles, pero a mí me parece abrumador que lo que yo haya podido hacer dentro de una sala fuese lo suficientemente impactante para que alguien tomase la arriesgadísima decisión de dejar su estabilidad en pos de una nueva e incierta profesión, remunerada con un salario probablemente menor en cuantía, pero mucho más abundante desde el punto de vista emocional.

Sin embargo éstos son los casos más extremos. No podemos pretender que todo el mundo experimente una movilización de semejante calibre, y, de haber más convencidos de este tipo, probablemente la mayor parte fracasaría en su lanzamiento estelar por no haber calibrado bien:

– el aguante económico necesario para la transición
– el tiempo requerido para ser percibidos como seniors en su nueva profesión
– el proceso comercial y el larguísimo ciclo de ventas de este tipo de servicio tan intangible
– el marketing preciso para diferenciarse de sus muchos competidores, etc.

De hecho, creo que las prisas generadas por tanta dopamina son muy peligrosas, y llevan a muchos nuevos coaches a abandonar precipitadamente sus fuentes estables de ingresos en pos de unas infundadas expectativas de buenismo y abundancia. En otras palabras, aunque yo fui de los afortunados en poder cambiar de trabajo y dedicarme por entero al coaching sin morir de hambre en el intento, muchos de mis compañeros de certificación jamás han hecho una sesión de coaching profesional, y otros muchos tuvieron que regresar a sus anteriores empleadores con el rabo entre las piernas al no saber cómo hacer esa transición con éxito. Y eso que yo me certifiqué hace más de diez años, cuando salíamos al mercado cien coaches al año; hoy día se certifican muchos más, que competirán inexorablemente por conseguir su respectiva cuota.

Entonces, si no tengo intención de dejar mi actual empleo y por otra parte hay tantas probabilidades de no encontrar hueco como coach profesional, ¿para qué me voy a formar?¿No sería un gasto inútil de tiempo y dinero?

La respuesta es un NO categórico. Merece la pena, y mucho, certificarse como coach aunque no tengas pensado trabajar en ello. Por citar algunas razones, aquí van cinco:

1. La formación en coaching es extraordinariamente renovadora y motivacional; no puedes ayudar a “resetearse” a una persona si no te “reseteas” tú antes, así que es una experiencia maravillosa y una gran oportunidad para enfrentarte a tus creencias limitantes y sustituirlas por otras potenciadoras -de ahí el subidón que comentábamos antes-. O sea, que pasarás del “no puedo” al “estoy deseando empezar”.
2. El coaching se basa en hacer preguntas, para estimular el proceso de responsabilidad (entendida como “habilidad para responder”) del sujeto. Y esto funciona también contigo mismo, en una suerte de “auto-coaching”. Es decir, adquirirás el hábito de no dar nada por sentado, ver múltiples enfoques ante una misma situación, aportar racionalidad y posibles soluciones para tus propios bloqueos en los momentos en que estás más prisionero de tus emociones…
3. Un pilar del coaching es el profundo respeto del coach hacia el ser humano que tiene delante, sin juzgarle y con propósito de acompañarle en sus objetivos. Así que los coaches desarrollan los mecanismos relacionados con la empatía y mejoran enormemente su relación personal con sus propios círculos de contacto -pareja, familia, compañeros, amigos, etc.-
4. Como vimos en el artículo “Cuatro estilos, cuatro garantías de acertar con el mentoring” de un anterior número de Talento, el uso de las herramientas características del coaching (escucha activa, preguntas poderosas, feedback, feedforward, etc.) son altamente recomendables cuando queremos desarrollar a una persona que ya muestra un alto grado de madurez en el desempeño de una tarea, y desde el punto de vista del management funcionan mucho mejor que las órdenes, las sugerencias o los consejos. De modo que hacerte coach incrementará tus competencias como líder de tu equipo, así como en eventuales procesos de mentoring en los que estés involucrado como mentor
5. Cada vez más empresas están formando a personas de la propia organización para actuar como coaches internos, con objeto de contener hasta donde sea posible la contratación de coaches externos -por lo general bastante caros cuando son buenos- en procesos de coaching cotidianos, sencillos o de bajo riesgo, y reservar el presupuesto para circunstancias que requieran la intervención de coaches de mayor nivel. Así que a lo mejor hay hueco para ti y puedes hacer sesiones en tu propia empresa…
Y a esta lista podríamos añadir algunos beneficios colaterales más para el coach (desarrolla la asertividad, entrena la resiliencia, ayuda a SMARTizar objetivos, refuerza la autoestima, genera en los demás sensación de confiabilidad, da imagen de madurez ante colaboradores, managers y clientes, mejora las habilidades comerciales, etc.); pero me basta con los arriba citados.

Es cierto que la mayoría de los profesionales que deciden certificarse como coaches provienen de actividades relacionadas de una u otra forma con el desarrollo de personas -técnicos de RRHH, formadores, psicólogos, orientadores, asistentes sociales…) Pero eso no significa que el coaching no pueda resultar útil para otro tipo de profesiones, de hecho yo diría que para todo tipo. Mi sugerencia es que, si estás dándole vueltas a esta posibilidad, consultes lo antes posible con un coach profesional para pedirle su opinión -si no sabes dónde encontrar uno, habla con algún responsable de RRHH de tu empresa, seguro que conoce a alguien); investiga un poco, sondea las opiniones de tus conocidos que hayan pasado por un proceso de coaching; mira a ver qué escuela(s) hay en tu población, descárgate los temarios y dáselos al coach para que te pueda ayudar a tomar una decisión (es importante que la escuela esté autorizada por algún organismo certificador como ICF, AECOP, FIACE, etc, no sólo para que tu título tenga valor en el mercado, sino para tener -y ofrecer- la garantía de que has sido formado de acuerdo a unos estándares de metodología y ética adecuados). Hay diferentes opciones, pero lo importante es que te pongas manos a la obra y tomes una decisión fundada, aunque finalmente ésta sea la de no certificarte. Mi recomendación es que sí lo hagas, pero es cierto que yo estoy sesgado porque el coaching me encanta.

Y si eres de los que ya han pasado por su etapa de formación y contemplas la posibilidad de dedicarte en el futuro a ello pero no sabes cómo empezar, la sugerencia que puedo ofrecerte es que no dejes tu trabajo por el momento y hagas muchas sesiones de coaching en tu tiempo libre. Primero, aunque no sea recomendable cuando ya tengas más horas de vuelo, a conocidos -no demasiado cercanos- que estén dispuestos a invertir algunas horas de su tiempo en tus prácticas; después puedes continuar con conocidos de tus conocidos; si a alguien le ha gustado su proceso, pídele asertivamente que te recomiende. Una forma muy interesante de comenzar a hacerlo de forma profesional es el intercambio de servicios. Por ejemplo, mi primer coachee es mi actual fisioterapeuta; como por aquel entonces yo era novato, no tenía ni idea de cuánto cobrarle y no me sentía honesto poniendo un precio a mis servicios porque a fin de cuentas estaba aprendiendo, decidimos que él me trataría a cambio de mis sesiones. El día que amanecía con una contractura, ya sabía que terminaría haciendo una sesión de coaching al fisio. (Por cierto, todo salió genial; el proceso terminó con gran éxito, fue el origen de una relación de amistad que dura hasta el día de hoy y de vez en cuando seguimos cuidándonos mutuamente). En definitiva, no importa a quién se lo hagas, qué precio pongas o cuánto tiempo dure tu eventual transición; lo relevante es que hagas muchas sesiones, te enfrentes al pánico de no saber qué preguntar en un momento dado, aprendas a no sobre-empatizar con el coachee, adquieras soltura en el manejo de creencias, reencuadres, modelos de observador. Practica mucho, lo agradecerás antes de hacer el triple salto mortal sin red. Luego, ya veremos si hay hueco o no en el mercado. Por el momento, la salud del coaching es muy buena, y parece que todo va a más.

Siempre digo que el coaching no es una herramienta, es un modo de vida. Proporciona recursos no sólo para acompañar a otros, sino para afrontar el propio día a día de forma más equilibrada, solvente y positiva. Por tanto, te lo recomiendo.

Y, para terminar, no puedo por menos que recordar las palabras de mi mentor Jorge Kenigstein, cuando, al ver mi cara de escepticismo al hablar por primera vez de la posibilidad de certificarme como coach, me dijo: “No te hagas ilusiones. El coaching no es magia… pero se le parece mucho.”

 
Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

La felicidad en el trabajo ¿mito o realidad? Revista Talento Jorge Salinas Presidente Atesora Group

La lección aprendida de este verano: “el talento poco tiene que ver con el saber”

El talento poco tiene que ver con el saber

El verano toca a su fin y durante estas vacaciones, como cada año, decidí prestar atención a los aprendizajes que me proporciona un periodo distinto al de otros meses, cuando la mayoría de las personas estamos inmersos en un sinfín de actividades sociales y profesionales que limitan nuestra capacidad para ver con perspectiva más allá de lo que tenemos delante. Por estas fechas suelo hacer una revisión retrospectiva de lo que he vivido durante las últimas semanas y siempre encuentro algo que me sorprende y que me ayuda a seguir creciendo como persona.

Observando en qué emplean mis amigos y colegas sus vacaciones, indistintamente del destino que cada uno elige, da igual que sea la playa, la montaña, un viaje cultural o un programa para desarrollo personal, siempre encuentro un común denominador entre ellos, y es la pasión que ponen en las actividades que han elegido. Sus caras, sus sonrisas, sus relatos y la corporalidad al contar sus experiencias los delatan. Sin embargo, pocos declaran estar satisfechos con lo que hacen el resto del año para ganarse la vida.

Muchas son las definiciones de talento que he ido descubriendo a lo largo de mis lecturas e investigaciones profesionales en los últimos años y muy pocas dejaron buen sabor de boca en mí. A las que no les faltaba una cosa les faltaba otra que yo valoraba como básica.

Para mí el talento es la suma equilibrada de diferentes factores, y se expresa más como una actitud que con el ser o el saber. Yo lo definiría como la actitud resultante del equilibrio entre el saber, la intuición, la intención y la acción, pero incluso conseguido este equilibrio, será inestable, si no viene acompañado por la pasión, catalizador capaz de suplir la deficiencia de cualesquiera de los otros elementos. Sin pasión no hay talento, y este poco tiene que ver con el saber. Puede haber mucho conocimiento, pero ese saber hacer, sin pasión, no se encauzará. Puede haber mucha acción, pero esta será improductiva.

¿Cuántos de vosotros habéis hecho una reflexión sobre lo que dispara vuestras pasiones? Si lo encontráis, estaréis descubriendo ese propósito que da sentido a vuestras vidas y, haciendo un análisis más profundo, tendréis la oportunidad de identificar elementos básicos del mismo que pudieran estar presentes en vuestra actividad profesional. No obstante, quizá necesitéis el acompañamiento de un profesional que os haga las preguntas adecuadas para explorar estas conexiones.

Este es el desafío que te propongo para la recta final del año: Encuentra los disparadores de tu pasión que están presentes en tu trabajo y busca cómo alimentarlos con ambición y determinación. Eso te proporcionará una vida profesional más exitosa y satisfactoria.

Las empresas que acuden a cualquiera de las firmas de Atesora Group no lo hacen por lo que sabemos o por el conocimiento que somos capaces de trasmitir, sino por nuestra capacidad para movilizar a los profesionales en cambios de conducta que les proporcionen satisfacción e impacten en los resultados de las compañías para las que trabajan.

¿Hablamos?

Jorge Salinas, Presidente de Atesora Group.

Del Santo Grial de la Motivación

Del Santo Grial de la Motivación

No es infrecuente que en nuestros procesos de entrenamiento de Mentores y Directivos la preocupación número uno sea “cómo puedo motivar a los demás”. Pero sabemos, como hemos mencionado en otros artículos, que no es muy útil -ni sabio- poner en los demás la responsabilidad de motivarnos; es como delegar nuestro propio caminar en una tercera persona. El mito de crear roles de “motivadores” y “motivados” pasa por un modelo mental que delega en los demás una responsabilidad que sólo nos concierne a cada uno de nosotros, con independencia de la posición, funciones o roles que desempeñemos.

El Santo Grial de la motivación no reside en técnicas mágicas que permitan “despertarla” en nuestros semejantes, ni tampoco en el enfoque conductista de “palo o zanahoria”, aunque a corto plazo pueda ser un factor externo impulsor; sino que descansa en la comprensión de los diferentes elementos que la componen y la posibilidad de crear las condiciones más adecuadas para que cada persona elija “activarla”. Ciertamente, cada persona es dueña de su propia motivación, y a lo máximo que podemos aspirar como managers, coaches o mentores que dirigimos y desarrollamos personas es a entender cómo la llegamos a construir, con la idea de ser más efectivos en nuestra capacidad para participar e influir activamente en su generación.

A continuación presentaremos algunas distinciones que, a modo de elementos, intervienen en su construcción. Podríamos decir que es importante entender cuáles son los “ladrillos y el cemento” con los que se edifica, así como la forma que le damos o, lo que es lo mismo, cuál es el Contenido de nuestra Motivación y cómo la Estructuramos.
 

FACTORES DE CONTENIDO

El primer aspecto de contenido de nuestra motivación tiene que ver con los motivos y/o razones por los que hacemos algo. Nuestros motivos para actuar son el primer componente que determina nuestro deseo de acercamiento hacia algo. Por ejemplo, podemos pensar en personajes del deporte que han logrado grandes resultados después del fallecimiento de algún ser querido, rindiendo tributo a esta persona. En este caso, el motivo tiene que ver con hacer algo en nombre de alguien más; hay personas que lo hacen en nombre de una convicción, de una religión, de una familia, de un valor importante para ellos. Aquí es importante que nos preguntemos cómo nos posicionamos a la hora de hacer cosas. ¿Qué razones o motivos están presentes detrás de nuestro actuar? ¿Qué pretendemos alcanzar con ello?

Si tienes una meta u objetivo, la pregunta aquí sería: ¿Qué motivos tienes para alcanzar eso que quieres? La meta en sí misma puede ser motivante (conseguir un aumento en el salario), pero sin lugar a dudas habrá razones y/o motivos para querer alcanzarla (por ejemplo, qué es lo que me va a permitir ese aumento, qué nuevas posibilidades me abre, etc.)

Junto a las razones o motivos por los que hacemos algo, que pueden ser más o menos conscientes, otro aspecto de Contenido de nuestra motivación son las Motivaciones Inconscientes que todos tenemos y que son difíciles de expresar y/o verbalizar, pero que determinan gran parte de las decisiones y acciones en nuestro día a día. De acuerdo con la Teoría de la Personalidad de los Eneatipos, podemos describir diferentes direcciones hacia las que orientamos nuestro actuar, direcciones que actúan como fuertes motivadores y que subyacen a todo lo que hacemos, pero que en cada persona operan con diferente intensidad. Es importante reseñar que ninguna de estas motivaciones es “mejor o peor”, todas ellas son igualmente legítimas y, nos guste o no, en algún momento de nuestras vidas han pasado a formar parte de nuestro “ADN” motivacional.

A continuación, haremos una breve reseña de cada una de ellas:
• Hacer las cosas por Hacer lo Correcto: Es uno de los grandes motivadores primarios para algunas personas. Hacer lo correcto no en términos absolutos u objetivos, sino hacer lo correcto desde nuestro propio marco de referencia (lógicamente subjetivo), de acuerdo a nuestra educación, experiencias, a los aprendizajes que nos han sido inculcados a lo largo de nuestra vida. Estas personas buscan adecuar sus decisiones a reglas inconscientes que determinan lo apropiado o no de un determinado curso de acción. Por ejemplo, el hijo que considera que lo correcto es sacar una carrera con las mejores notas, el directivo que toma una decisión que considera la más “ética”, etc.

• Hacer las cosas para Agradar a los demás: A estas personas les mueve en gran medida el recibir afecto y cariño de otros. Buscan continuamente el ser queridos o aceptados. Si bien ésta es una motivación presente en todos los seres humanos, para algunas personas constituye una fuerza o necesidad especialmente poderosa. Evalúan todas sus actuaciones de forma inconsciente bajo el prisma de ser queridos, aceptados o valorados como individuos. Las cosas buenas o malas que realicen estarán encaminadas a conseguir ese preciado afecto de los demás. Su marco de referencia, por tanto, siempre será el de “los otros”. No importará tanto lo que ellos piensen o quieran, sino sobre todo lo que otros buscan o necesitan de ellos. Sólo así se sienten capaces de conseguir su objetivo de agradar y ser apreciados.

• Hacer las cosas para Obtener Reconocimiento: Uno de los valores primarios para ciertas personas es el reconocimiento, ya sea en términos de fama, prestigio, admiración, etc. Les mueve, por tanto, un fuerte deseo de posicionamiento con respecto a los demás. Muchos actores o personas del mundo del espectáculo exhiben claramente esta motivación. También se puede apreciar en algunos Políticos, ciertos Directivos o en cualquier persona que busca ser el centro de atención de los demás.

• Hacer cosas para Sentirse Únicos: A estas personas les mueve fuerte e inconscientemente el hacer cosas con el fin de sentirse diferentes a los demás. Huyen de lo estándar o lo común, les gusta diferenciarse y salirse de la norma establecida. Esta motivación se puede hacer evidente de muchas formas: su manera de vestir, su trabajo, su estilo de vida, etc. Aprecian y buscan ante todo la sensibilidad de saberse y reconocerse como diferentes.

• La Motivación de Poseer: Para otra de las personalidades, lo importante en el fondo es poseer o tener. No necesariamente bienes materiales –dinero, por ejemplo-; puede ser simplemente el poseer conocimiento, un título, una pareja… Tener se convierte en el objetivo fundamental en torno al que articulan toda su actuación. Tienden a ser personas sumamente analíticas, pero en el fondo les mueve la emoción del tener. Normalmente a través del “poseer” obtienen seguridad, algo que buscan continuamente con las decisiones o acciones que emprenden.

• Hacer cosas con la Motivación de Pertenecer: Estas personas se sienten fuertemente atraídas por sentirse parte de algo más. Al igual que el resto se trata de una motivación presente en todos los seres humanos, pero particularmente para estas personas el sentido de pertenencia se convierte en su “brújula”. Muchas son las formas en las que pueden verse satisfechas: sentir la pertenencia a un club, un grupo de compañeros, una afición compartida con otros, una empresa, un determinado departamento, una clase social… No buscan la fama o el reconocimiento, tampoco buscan el aprecio de los demás; sólo el sentirse parte de algo. Cualquier actividad que fomente ese “sentirse parte” será bien recibida por ellos (reuniones, eventos sociales, fiestas…)

• Hacer cosas para Sentirse Bien: Puede parecer una motivación común en cualquier ser humano, pero en el caso de esta personalidad es especialmente clara. Busca ante todo el placer en las actividades, con independencia de lo “bueno o malo” de la actividad en sí. Sentirse bien haciendo cosas que le permiten evocar esa emoción. En el camino de esa búsqueda, no es extraño verles realizar cosas que pueden llegar a ser contraproducentes para ellos -por ejemplo, acudir a las drogas- si eso les permite incrementar ese sentir global. La tendencia hacia el hedonismo como búsqueda del placer y la supresión del dolor como objetivo o razón de ser, marcan su vida.

• La Motivación de Poder: El motivador principal para estas personas es el sentido de poder o supremacía sobre los demás. Necesitan demostrar su superioridad en algún área de su vida; puede ser superioridad económica, intelectual, laboral… Perciben que dentro de ellos hay mucha fuerza, y necesitan ejercerla “hacia afuera”. El deseo de impacto, influencia y/o dominio sobre los demás es muy fuerte. Muchos grandes conquistadores, dictadores o monarcas a lo largo de la historia han demostrado esta marcada personalidad.

• Hacer las cosas para Evitar el Conflicto: La evitación del conflicto (personal o interpersonal) es un motivador inconsciente muy presente en esta personalidad. La búsqueda del consenso, la armonía en las relaciones y/o la cordialidad para con los demás se convierten en actitudes rectoras de su comportamiento. Son grandes mediadores por su capacidad conciliadora en la búsqueda de áreas de acuerdo, pero en el fondo hay una continua búsqueda para evitar el dolor que les produce el conflicto. La evitación y/o huida de la situación conflictiva suele ser una de sus estrategias principales, pero también son habituales el controlar sus impulsos y los de los demás ante situaciones de tensión.

Es importante reseñar que todos poseemos estas motivaciones, no son etiquetas estancas y separadas entre sí. Sin embargo, el sesgo hacia una u otra determinará la intensidad con la que se manifieste en nosotros y la importancia que tenga en nuestro actuar.
 

FACTORES DE ESTRUCTURA

La motivación no sólo tiene que ver con las razones y/o motivos por los que hacemos algo, ya sean conscientes o no; también obedece a determinadas estructuras de pensamiento o patrones mentales que determinan la forma en la que “hacemos” la motivación.

Existen muchos diferentes “programas”. Sin embargo, algunos de los más característicos que podemos resaltar son:

La Dirección de Acercamiento o Alejamiento: Cualquier motivación tendrá una determinada dirección; algo de lo que nos alejamos y algo hacia lo que nos acercamos.

Siempre estaremos tratando de conseguir algo o evitar alguna consecuencia (por ejemplo: buscar estar en forma o evitar una mala forma física, conseguir tener éxito o conseguir evitar el fracaso). Aunque pueden parecer similares, ambos aspectos constituyen las dos caras de una misma moneda; sin embargo, cada uno de nosotros tenemos más o menos preferencia por una de estas estrategias: mientras algunos se motivan más evitando la consecuencia negativa, otros lo hacen acercándose a lo que desean lograr. Ambas estrategias son válidas y es útil identificar ambos aspectos en cualquier motivación. Muchas personas tienen muy claro lo que no quieren, pero no tan claro lo que buscan; otros saben perfectamente lo que quieren conseguir, pero pasa totalmente desapercibido para ellos lo que están tratando de evitar. Conocer ambas dimensiones nos abre las puertas a entender cómo opera nuestra motivación, y sobre qué lado -el acercamiento y/o alejamiento- poner un mayor énfasis.

El carácter de Reactividad Vs. Proactividad de la Motivación: Un segundo elemento estructural tiene que ver con el enfoque Reactivo (fuera hay algo o alguien que me motiva a actuar) o Proactivo (siento internamente la necesidad de actuar). El aspecto extrínseco o intrínseco de la motivación puede estar igualmente más o menos presente en cada uno de nosotros, y determinará en gran medida qué es lo que va a hacer que nos pongamos en marcha. Una vez más, ninguna de las dos formas de hacer la motivación es más correcta o incorrecta. Muchas personas tienen auténticas dificultades para tomar decisiones si no encuentran algún motivo “ahí fuera” para actuar. De igual modo, actuar únicamente porque me apetece, quiero o me gusta, puede no ser el mejor motivo para ponerme en marcha, sobre todo cuando puede impactar negativamente en mi entorno.

Hacer algo por Posibilidad Vs. Necesidad: ¿Por qué algunas personas no hacen cambios importantes en su vida hasta que no les queda otra alternativa? En cambio, otras personas hacen cambios que saben que les ayudarán a mejorar su vida sin necesidad de verse atrapados. Hay personas que hacen algo porque es necesario o tienen que hacerlo, existiendo por tanto un “deber”. Otras personas hacen algo porque quieren, porque es posible o deseable hacerlo. En ese caso, el ámbito de lo posible se revela como su dirección principal.

Es tentador volver a caer en la trampa de lo que parece más “apropiado”. Aparentemente las personas que se mueven por posibilidad tienen más opciones; sin embargo, las personas que están motivadas por la necesidad tienen otras virtudes igualmente útiles según el contexto o los requerimientos de la situación. En algunos puestos la permanencia es un factor importante, es decir, se precisa de la solidez de alguien que vaya a durar mucho tiempo con independencia de lo tedioso, difícil o retador de la posición o la situación. Una persona motivada por la posibilidad siempre estará buscando nuevas opciones, nuevas empresas y nuevos retos. Si encuentra otro trabajo que parezca ofrecer más potencial, hay una buena probabilidad de que se marche con todo lo que ello conlleva.

Cada uno de estos componentes estructurales y su combinación determinarán diferentes maneras de “hacer” la motivación, con independencia de su contenido. Sensibilizarse a ellos nos permite entender, acompasar e influir de forma más certera sobre ellos. No hay un Santo Grial o botón sobre el que pulsar, sólo existe responsabilidad personal.

Si entendemos que toda motivación depende de la alineación entre nuestros valores y el proceso de valorar, nuestras razones y propósitos y las acciones que escogemos, podremos intervenir sobre ella. Tenemos plena libertad para “diseñarnos” y participar activamente en nosotros mismos. Podemos, entre otras cosas, escoger nuestras propias razones para hacer algo, añadir más valor en lo que hacemos o ampliar nuestras maneras de valorar, así como escoger acciones más alineadas con nuestras razones y propósitos. Todo ello conforma un rico espacio de intervención donde cada uno de nosotros se convierte en arquitecto.

Miguel Labrador, Director de Desarrollo Directivo de Atesora Group e International Mentoring School (IMS).