Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga)

Las seis cosas que aprendí en la Titan Desert (O las seis claves del éxito para todo lo que me proponga) Parte IV

CUARTO APRENDIZAJE: HAZ MÁS CON MENOS
Etapa 4: Merzouga-Fezzou. 104 kms. 900+. Inicio etapa maratón y puro desierto.

Y llegó la etapa maratón. ¿Qué en qué consiste?. Son dos tramos, uno por día, donde en la noche que hay por medio no se cuenta con ningún tipo de ayuda ni comodidades, más allá de una jaima comunitaria para los más de cuatrocientos participantes.
En la salida de esta cuarta etapa, cada corredor debe llevar encima todo lo necesario para terminar esa etapa y la siguiente: repuestos para la bicicleta, alimento sólido para el recorrido, elementos para el aseo personal, equipación para cambiarse el segundo día, saco y colchón hinchable, si se quiere descansar durante la noche…etc. En esa etapa, si se consigue terminar, no esperan masajista ni mecánicos para recomponer cuerpo y máquina.
Saliendo ese día sabíamos que estábamos sobrepasando el ecuador de la prueba y precisamente, en el momento de la partida, sufrí un incidente desagradable.
Esta es la etapa en la que los participantes necesitan utilizar toda su inventiva y creatividad para transportar el “equipo extra necesario” al que antes hacía mención. Fue interesante para mí dedicar unos minutos a observar la percepción de “lo necesario” tan diferente que tenemos los seres humanos. Alguno parecía que fuera a hacer el Camino de Santiago en bicicleta durante varios días por la cantidad de enseres que transportaba. Mochila de hidratación de mayor tamaño que en días anteriores, saco de dormir bajo el manillar, alfombrilla aislante atada a la barra horizontal del cuadro de la bicicleta, colchoneta sujeta bajo el sillín y hasta un trasportín sobre la rueda trasera para llevar el resto de accesorios “necesarios”. Otros, sin embargo, parecía que fueran a dar un paseo de media hora por el Parque del Retiro, porque más allá de la habitual mochila de hidratación, no fui capaz de identificar donde transportaban los accesorios extraordinarios para esas dos jornadas.
Mi decisión previsora se ajustó a la del participante medio, en cuanto al mínimo de elementos a transportar durante esa etapa. Me las ingenié para colocarlo todo en la Camel Back, la mochila de agua que habitualmente llevaba con los accesorios imprescindibles en caso de avería común. Eso sí, fue un puzle que encajé con “calzador”.

La música a tope y todos esperando en el cajón de salida. Empieza la cuenta atrás: 10,9,8,7…, pero llegando al 3,2…, alguien, que tenía detrás de mí, me dice: ”se te ha caído el saco”. “La madre que me p…”. En qué momento me ocurre aquello…, lo recojo del suelo con precipitación antes de que alguien me atropelle en su arranque, se lo comento a mi compañero de viaje y, con el saco en la mano, me pongo a pedalear para evitar que me pase por encima la marabunta. Con un “nos echamos ahora a la derecha nada más salir”, acordamos parar para asegurar lo que estuve a punto de perder. Las noches en el desierto pueden ser muy frías y abandonar el saco de dormir no me parecía una buena idea. Ya parados, mientras nos las ingeniamos para asegurarlo de nuevo (la cinta americana es un excelente compañero de viaje en este tipo de aventuras), observamos, no sin cierta desazón, como todos los participantes que habían salido detrás nuestra nos sobrepasan y comienzan a desaparecer en la lejanía tras una nube de polvo y el estruendo que originan las palas del helicóptero.
Serenidad y mente fría fueron, a partir de ahí, extraordinarios recursos de valor el resto de la etapa.
Los problemas estomacales de mi compañero del alma casi habían desaparecido del todo pero aún nos asaltaba la duda de cómo iba a responder al esfuerzo necesario para acabar la jornada. Aún así, y a su ritmo, para asegurarnos de que nos ajustábamos según sus sensaciones, estuvimos remontando posiciones el resto de la etapa, lo que supuso un refuerzo emocional extra que sin el percance no habríamos tenido.
Uno de los participantes que alcanzamos pedaleaba con la única pierna que tenía. Pertenecía a ese reducido colectivo de valientes corredores que con alguna discapacidad se habían atrevido a inscribirse en la prueba.
Supongo que será de esas personas que cuando alguien le insinúa que no podrá hacer determinadas cosas como consecuencia de su discapacidad dirá: “mira como lo hago”. Observar aquel ejemplo de fuerza y determinación hizo que apretáramos aún mas los dientes y continuáramos pedaleando.
Fue una etapa dura porque se hizo interminable aunque las sensaciones percibidas nos llenaron de entusiasmo y confianza para poder llegar a la meta ese día y los restantes con un tiempo fantástico.

Ese día aprendí dos cosas muy importantes para mí. La primera que “menos es más”. Que no necesitamos esperar a tener todos los recursos disponibles para abordar un proyecto. “Lo necesario no es tanto”. Hay personas que no se echan a andar porque esperan a tenerlo todo antes de poner en marcha una iniciativa. No esperes, ¡empieza ya!. Echa a andar con lo mínimo imprescindible. No caigas en esa trampa. Puede ser tu principal boicoteador. De hecho, “tenerlo todo”, se convierte en un lastre que nos retrasa porque nos condiciona, y aún así, en el trayecto para conseguir un objetivo, si sufres un percance, utilízalo como un aliciente para insistir con mayor determinación. Llénate de orgullo solventando los incidentes que sin duda van a aparecer y date premios para celebrarlo y así reforzar emocionalmente esos logros.
Mi segundo aprendizaje…, que no hay discapacidad que pueda con la determinación humana.



Artículo completo en la Revista Talento de julio y agosto de 2017. Página 20.
PRIMER APRENDIZAJE: NO ACOMPLEJARSE NUNCA
SEGUNDO APRENDIZAJE: COMPETIR HOY PARA GANAR MAÑANA
TERCER APRENDIZAJE: MODELA A LOS MEJORES
QUINTO APRENDIZAJE: APROVECHA LOS IMPULSOS DE OTROS
SEXTO APRENDIZAJE: OLVIDA TUS ERRORES EN CINCO MINUTOS


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