Maximizar Vs. Optimizar: cuando más es menos

Maximizar Vs. Optimizar: cuando más es menos

Siempre me pareció exagerada esa máxima de que el fin último de las organizaciones y empresas que creamos es maximizar sus beneficios. En un sistema capitalista como el que vivimos en buena parte de Occidente, suena plausible, incluso necesario. Maximizar se convierte aparentemente en el propósito y el fin último de las acciones, decisiones y estrategias que adoptamos. Y este tipo de pensamiento “maximizador” no sólo está presente en el ámbito de la economía o la producción, sino también en nuestras decisiones cotidianas: si algo es bueno para nosotros, tratamos de extenderlo o aumentarlo de manera incremental.

Conozco personas que pasan muchas horas haciendo deporte cada día sin ser deportistas profesionales, y experimentan una fuerte culpabilidad e incluso llegan a sentirse irritados cuando no pueden seguir su maratoniana rutina, de la cual, por otro lado, han pasado a sentirse esclavos. Sin duda el deporte es muy saludable, pero es fácil caer en la trampa del pensamiento de que “más es mejor”. Suena razonable, y en términos de cómo nos gestionamos en la vida nos pone las cosas fáciles; sólo hace falta seguir haciendo más de algo para conseguir mejores resultados… ¿O no?

Si bien la calidad de nuestra vida depende en un porcentaje muy alto de la calidad de nuestra forma de pensar, por desgracia no se nos enseña a manejar y gestionar de forma efectiva el pensamiento en nuestra etapa de educación formal, más allá de copiar a fuentes creíbles de autoridad. Y este sentido de pensar que más es mejor es algo que compromete seriamente dicha calidad.

No hace mucho hablaba con mi ex-vecino Julián, quien se había jubilado hace ya algunos años, y que tomó la decisión de marcharse de Madrid e irse a vivir cerca de la playa, en Denia. “El sueño de toda su vida”, decía. Le pregunté qué tal allí, y me contestó algo que me dio qué pensar: “Estoy muy bien, pero, aunque te parezca extraño,” -me dijo mientras se dibujaba en su rostro una leve expresión de consternación-, “el hecho de estar allí todo el día, como que te acostumbras y ya no lo valoras tanto, pensé que lo iba disfrutar más. Cuando vivía en Madrid y estaba yendo y viniendo, lo aprovechaba con más intensidad… Supongo que el contraste entre el estrés del día a día y aquellos momentos de paz hacían que lo saboreara más…” concluyó, muy acertadamente, por otro lado. Aquello me sonaba familiar: pensamos que, si hacemos más de algo, nuestro disfrute y felicidad también serán proporcionales. “Más tiempo de vacaciones significa que experimentaré más satisfacción”, “más deporte será mejor para mi forma física o mi salud”, “más información y conocimiento será mejor para tomar mejores decisiones”, “más tiempo libre me permitirá hacer más cosas que me gustan”, y un largo etcétera. Extrañamente no funciona así. Demasiadas veces, más de algo, se convierte en menos.   

¿Por qué nos ocurre esto? Una habilidad que tenemos como seres humanos es construir estándares. Los estándares nos permiten medir y supervisar cómo de bien o mal están yendo las cosas. Son patrones o modelos que construimos inconscientemente, y que nos sirven de referencia en nuestro proceso de valoración para saber, entre otras cosas, si tenemos o no cubiertas nuestras necesidades. Nuestros estándares van evolucionando a lo largo de nuestra vida, y los empleamos para comparar las cosas entre sí. Es una habilidad de pensamiento fuertemente ligada a las conexiones que hacemos desde el lenguaje, y llegan a tener una importancia clave en el proceso de añadir y crear valor y significado.

Cuando creamos un estándar, sea el que sea, -belleza, dinero, moda, etc.-, pasa a convertirse en la nueva “normalidad” o regla desde la que medimos el mundo y nuestras consecuciones. Los estándares van cambiando, pero su funcionamiento siempre es el mismo. Esto, al ser inconsciente, no es algo en lo que participemos muy activamente. Así que un pensamiento muy lógico es que tratamos de añadir más valor y felicidad repitiendo o aumentando aquellas cosas que en algún momento nos han aportado satisfacción, o nos permitieron obtener el resultado deseado.

La propia sociedad de consumo que hemos diseñado se fundamenta sobre esta premisa: en la medida que tengas algo y lo incrementes, serás más feliz, libre y exitoso -o cualquier otro valor, por otro lado deseable y perseguible por todo ser humano-. Y sobre esta premisa “maximizadora” organizamos buena parte de nuestra vida y, en última instancia, nuestra sociedad.

Lo malo de los estándares es que una vez que los formamos se convierten en la nueva regla, y pasamos a medir todo lo demás en función de ellos. Así por ejemplo, poder hacer una escapada a la playa o irte unos días de vacaciones puede ser algo tremendamente disfrutable si lo contrastas con un día a día frenético, o en comparación con un periodo de fuerte carga de trabajo. Sin embargo, cuando eso pasa a ser el nuevo estándar, teniéndolo disponible los 365 días del año, su disfrute va decreciendo progresivamente hasta dejar de funcionar como medio de obtención de “valor extra”. Es como una bombilla que va perdiendo lentamente su intensidad. Lo que antes era una actividad excepcional pasa a convertirse en la nueva norma. Y es aquí donde resulta fácil caer en el pensamiento maximizador. Pensamos que si pudiéramos tener más de eso volveríamos a sentirnos igual, a disfrutarlo, al menos durante un tiempo…

Los seres humanos no nacemos con un sentido de lo que son las cosas, de la realidad, de lo que es apropiado o justo. Lo aprendemos a lo largo de la vida, y con ello vamos aprendiendo a responder a nuestras necesidades, a identificarlas y a tomar decisiones y emprender acciones para satisfacerlas. Tampoco nacemos con un sentido de lo que es “bueno o malo” para nosotros o para los demás. Tenemos que ir construyéndolo, y buena parte de esto lo aprendemos a través del transcurso de la sociabilización. Y en ese proceso de saber lo que nos conviene, una de las cosas que tenemos que ir definiendo es cuánto de algo es óptimo, y cuándo empieza a ser inefectivo o contraproducente.

La cocina es una buena metáfora de este proceso: la cantidad de un determinado ingrediente -sea sal, azúcar, especias o cualquier otro- requiere de un justo equilibrio; demasiado poco o mucho de cualquiera de ellos manda al traste el resultado global de la receta. Y en ningún sitio se nos dice qué significa exactamente “una pizca” de algo, ¡como bien sabemos aquéllos que hemos arruinado una receta por no saber seleccionar la cantidad adecuada de sal!

Optimizar tiene que ver precisamente con eso, con equilibrar de forma justa las cosas para que den los mejores resultados posibles, añadiendo “la cantidad necesaria”. Es mucho más difícil que el pensamiento maximizador, ya que requiere estar gestionando activamente lo que hacemos, cuándo lo hacemos y con qué intensidad.

La escuela estoica trataba de cultivar este pensamiento optimizador. La “virtud” -o “Areté”, como la llamaban- constituía un intento de equilibrar continuamente los pensamientos y acciones, para obrar con justicia y sentido de responsabilidad.

Quizás la palabra virtud en pleno siglo XXI pueda parecer arcaica. Actualmente vemos las cuestiones morales como algo subjetivas, moldeables y cambiantes, y es posible que comportamientos socialmente aceptados en la actualidad fueran hace unos años fuertemente criticados. Sin embargo, una mirada más detenida nos permite darnos cuenta de que la mayor parte de las civilizaciones y sociedades han perseguido características morales similares, vinculadas a ese sentido de virtud.

Optimizar es una habilidad difícil, pues supone revisar nuestras decisiones y acciones, cuestionándolas; no únicamente buscando su validación o confirmación, como hacemos la mayor parte del tiempo.

Demasiadas veces observamos en las organizaciones pensamientos maximizadores, porque “es su razón de ser”, pero sabemos que eso, llevado a su último extremo, puede llegar a suponer la extinción no sólo de una organización, sino también de una sociedad entera. No es una forma sostenible de crecimiento. Muchas empresas han terminado desapareciendo por tratar de hacer más de algo; más de un determinado producto o servicio, o más de una determinada estrategia que en el pasado funcionó.

Como seres pensantes y lingüísticos, somos la única especie capaz de aspirar a equilibrar y optimizar lo que hacemos. Ninguna otra especie, por ahora, puede o sabe hacerlo. Paradójicamente seguimos buscando crecimientos indefinidos en muchos ámbitos de nuestra vida, como si eso fuera beneficioso para nosotros.

El pensamiento maximizador es más simple, rápido y aparentemente efectivo. El pensamiento optimizador es más lento, con peor prensa y supuestamente menos práctico.  Busca pensar en términos de opuestos: cuánto de presencia o ausencia de algo es útil y necesario para que las cosas sigan funcionando de la mejor de las formas.

En un mundo con una excesiva presencia del pensamiento maximizador, en donde tratamos de explotar todo lo posible ciertos recursos o funciones, merece la pena empezar a pensar más en términos optimizadores. Sin lugar a duda, optimizar probablemente nos hará más felices, efectivos… y sostenibles como especie.

 “Tu felicidad depende de tres cosas, todas las cuales están en tu poder: tu voluntad, tus ideas sobre los eventos en los que te involucras y el uso que haces de tus ideas.”

Epicteto

Miguel Labrador. Director de Desarrollo Directivo en Atesora Group