Cosas que aprendí banco Iván Yglesias-Palomar para TALENTO de Atesora Group artículo de desarrollo

Cosas que aprendí en 2016 (Parte IV)

Y así llegamos a la mitad del verano de 2016. Tras los últimos veinte años de mi vida sin hacer nada de ejercicio -exceptuando el submarinismo, que, a mi nivel y tal y como yo lo entiendo, es más una actividad de recreo que un deporte-, me asaltó de repente algo parecido a una sensación de irresponsabilidad, unos fuertes remordimientos acerca del mal estado físico que lucía en ese momento. Y no tenía que ver sólo con la decepcionante imagen en bañador que veía en el espejo, sino también con las contracturas y dolores de espalda que se habían hecho bastante crónicos, unidos a la imposibilidad de subir tres pisos sin jadear como un gran danés.

No recuerdo qué día del mes de agosto tomé dos decisiones. La primera suena muy grandilocuente, y aún me asusta a mí mismo como objetivo: “Voy a cambiar mi cuerpo -me dije-. Voy a construirme un chasis y una carrocería nuevos; quiero verme, dentro de mi edad y posibilidades, físicamente atractivo.”

Soy muy consciente de que cambiar un cuerpo no es algo rápido ni fácil. Como karateca de competición que fui un día, sé que se trata más bien de un cambio estructural de hábitos; de aprender a comer de otro modo, de disfrutar yendo a un gimnasio, de hacerte adicto al sufrimiento controlado, de que sea el propio cuerpo quien pida el entrenamiento, y no el cerebro el que se resigne a él. Resumiendo, quería conseguir que el deporte me gustase. Y en ese momento no me gustaba. Pero nada de nada. Sin embargo, me rondaba por la conciencia una incómoda pregunta: “Si he logrado conseguir todos los demás objetivos que me he propuesto en mi vida, ¿por qué no voy a poder con éste?”

La segunda decisión fue prepararme para afrontar el cambio con éxito, tanto desde el punto de vista técnico -elegir un gimnasio, SMARTizar mis objetivos, equiparme, planificar los días y horas de entrenamiento, etc.- como emocional -mentalizarme, pensar tanto en los beneficios que me aportaría la enorme inversión de esfuerzo como en los obstáculos, internos y externos, que me iba a encontrar, etc.-. Decidí “despedirme” de la vida de caprichos culinarios durante lo que me quedaba de verano; me hice una ruta motera en solitario, que me sirvió para pensar mucho, y marqué la emblemática fecha del 1 de septiembre como fecha de inicio de mi nueva vida.

Es muy posible que todo esto suene a la crisis de los cincuenta, que aún me queda año y pico para cumplir. Pero no lo es. Porque lo que se esconde detrás de este arrebato es algo que podría definir como una crisis de congruencia; a fin de cuentas, si me paso la vida ayudando a otras personas a conseguir sus metas, lo mínimamente exigible es que yo sepa cumplir las mías, ¿verdad? ¿Cómo puedo éticamente cobrar por que otros cambien sus hábitos y no hacer yo nada con mis propias conductas inefectivas?

Un hábito es nada más y nada menos que un sistema que tiene el cerebro para “vaguear”. Me explico. El proceso de aprendizaje de algo nuevo se produce cuando nuestras células cerebrales, las neuronas, se conectan unas a otras formando algo parecido a una carretera, que se conoce como circuito neuronal. Por ejemplo, la primera vez que intentas tocar una melodía en un instrumento musical tienes muchas dificultades para hacerlo, porque tus neuronas “están construyendo la carretera” de esa canción; y eso tiene que ver con la posición de tus manos en el instrumento, la digitación apropiada, la duración de cada nota, etc. La siguiente vez que la tocas, es como si transitases la carretera por segunda vez, y fueras poco a poco corrigiendo defectos, asegurando el firme, tomando conciencia de todo el recorrido. La tercera es más fácil, la cuarta más aún, y así sucesivamente. Al final, la carretera se queda grabada en tu cerebro, y puedes volver a recorrerla cuando quieras. Por eso el entrenamiento y el ensayo de cualquier disciplina facilitan su aprendizaje. (Pero ¡cuidado! Si has construido una carretera pero ya no la vuelves a recorrer hasta dentro de mucho tiempo, es posible que se haya deteriorado por la falta de uso… Tendrás que reconstruirla. Eso lo sabe cualquier músico que se pase el mes de agosto sin ensayar)

¿Y por qué es tan difícil abandonar un hábito o incorporar uno nuevo? Por economía de recursos; es más barato en términos energéticos recorrer una carretera ya hecha que construir una nueva. Y por una cuestión de “holgazanería neuronal”, el cerebro prima los circuitos existentes a los nuevos a la hora de enfrentarse a situaciones; tiende a pensar como un mal concejal de obras públicas: “Para qué voy a gastar recursos en hacer otra carretera nueva si ya tengo una que aún es transitable; ya haremos otra cuando no nos quede más remedio…”

Visto desde este ángulo, cambiar mi cuerpo, o al menos mi tradicional desidia hacia el ejercicio físico, no era una tarea tan complicada; se trataba de cambiar unos hábitos inefectivos -pereza, abulia, apatía hacia cualquier ejercicio físico- por otros más saludables; o sea, demoler las carreteras y puentes viejos, cómodos y conocidos, pero desgastados y ruinosos, y construir una autopista hacia mi sueño de tener un cuerpo bonito. Y lo mejor de todo es que tenía un montón de lo único necesario para hacerlo: MOTIVACIÓN. O sea, un MOTIVO para la ACCIÓN. No había excusas.

¿Y qué ha sucedido desde entonces? Bueno, teniendo en cuenta que partía de un punto inicial tan opuesto a mi objetivo final, creo que todos los pasos que he recorrido, aún sin grandes resultados visibles, sí apuntan en la dirección correcta. Ya he perdido casi diez kilos de grasa, me noto mucho más tonificado y esbelto, pero especialmente más vivo y activo. Emocionalmente hablando, ha sido como pasar de la noche al día. Por supuesto que la carretera no se construye sola, y la inercia de tantos años sedentarios pesa mucho. Por eso la cantidad de energía motivacional que hay que emplear al principio es enorme, porque hay que vencer al cerebro, que es un vago de campeonato; pero para eso está la fuerza de voluntad. ¿Disfruto entrenando? NO, pero ya me siento muy culpable si no voy a entrenar. ¿He generado adicción al sufrimiento controlado? NO, pero cada día me pongo micro-retos que me ayudan a mantener una sensación de superación constante. ¿Me encuentro mejor después de entrenar que antes de hacerlo? SÍ, sin duda, definitivamente. Y este hecho me da más energía aún para continuar.

Ése es mi tercer aprendizaje. Todo se reduce a demoler carreteras viejas y trazar autopistas. Ni más ni menos.

Es obvio que un año da para muchos aprendizajes, máxime cuando el trabajo que desempeñas tiene que ver con el desarrollo humano y lo ejerces en muchos contextos diferentes. Por motivos de espacio mi selección se redujo a tres lecciones de vida, pero este artículo me ha servido para reflexionar sobre otras muchas, y en próximas ediciones de Talento os las contaré. Por ejemplo, os hablaré del enorme respeto, gratitud y comprensión que, según voy cumpliendo años, se están generando en mí hacia mis padres y las personas de edad en general; o la progresiva tendencia que experimento a eliminar la improvisación de mi vida sustituyéndola por “planes que me pueda saltar”; o la hipersensibilidad que siento últimamente hacia la telebasura y hacia las noticias trágicas y sangrientas que se ven en los informativos, por el impacto que están generando en mi hija adolescente.

Pero eso será en 2017. Felices Fiestas y Felices Aprendizajes.

Por Iván Yglesias-Palomar